Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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Resumiendo

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Así que me echaron de Kien&Ke por la columna “Pacific ES Colombia” y se armó toda una radionovela. Bien. Fue interesante. Tocó hablar y explicar y defender mi versión. Qué más iba a hacer. No había de otra. Para quienes se perdieron la novela, acá van los mejores capítulos, con los que se pueden hacer una idea de qué fue lo que pasó, qué versión dieron en Kien&Key cuál fue el tratamiento que los medios le dieron al asunto. Va en orden de lo que para mí, cual Google, es más relevante y explica mejor los acontecimientos.

Declaraciones

Daniel Pardo habló de su salida de Kien&Ke”. El Colombiano.

Medios deberían definir claramente límite entre publicidad e información: Daniel Pardo”. Radio Nacional.

Mi investigación no era sobre Pacific sino sobre los medios: Daniel Pardo”. Blu radio.

Escuche el testimonio de Daniel Pardo tras su despido de Kien y Ke”. RCN radio.

En mi despido hubo errores de fondo y de forma: Daniel Pardo”. RCN radio.

Daniel Pardo expone su opinión sobre el episodio que terminó en que la revista Kien y Ke se abstuviera de publicar sus columnas”. Caracol radio.

Columnas

La ventana indiscreta: cómo se despide a un columnista”. Carlos Cortés en La silla vacía.

Kién es kién en Pacific Rubiales”. César Rodríguez Garavito en El Espectador.

Kómo, ké y por ké”. Mauricio Pombo en El Tiempo.

Los medios de comunicación: más que un arma de doble filo”. Leopoldo Fergusson en La silla vacía.

La pauta y el periodismo”. Ana María Cano en El Espectador.

Tragicomedia en cinco actos”. Libreta de apuntes.

Los pecados de Daniel”. María Jimena Duzán en Semana.

Poderosas pautas publicitarias para paralizar periodistas”. Daniel Samper Pizano en El Tiempo.

La reaparición de dos monstruos”.  Daniel Samper Pizano en El Tiempo.

Cubrimiento

Despido de periodista en Colombia despierta polémica sobre relación entre publicidad y periodismo”. Knight Center for Journalism. En inglés y portugués.

Kien y Ke ‘pacifica’ la salida de Pardo”. La silla vacía.

Kien&Ke no es el único medio que ‘Pacificó’ su cubrimiento”. La silla vacía.

Daniel Pardo pagó el costo de su independencia: Javier Darío Restrepo”. Delaurbe.

La columna que incomodó a Kien&Ke”. Storify en cerosetenta.

Salida de Daniel Pardo de Kien&Ke, un caso para analizar”. Ética segura.

Censura en Colombia: Pacific Rubiales impone criterios a cambio de publicidad”. Periodistas en español.

¿Por qué salió Daniel Pardo de Kien & Ke?”. El Espectador.

María Elvira Bonilla renunció a la dirección del portal Kien&Ke”. El Espectador.

Colombia: Journalist Fired Over Article About Oil Company”. Global Voices.

De Kien&Ke

¿Por qué Daniel Pardo no va más en Kien&Ke?” Kien&Ke.

Una última reflexión”. Por María Elvira Bonilla, en Kien&Ke.

Comentario de Héctor Mario Rodríguez en comunicado de Kien&Ke.

Daniel el travieso”. Por Fernando Álvarez en Kien&Ke

EXCLUSIVO: los guerrilleros son políticos

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Podrán decir que se trata del mismo discurso de siempre, pero yo nunca lo había oído. Tengo 27 años y, por mucho, llevo diez parándole bolas a las noticias. Siempre había visto a los guerrilleros hablando desde la selva y con la intermediación de los medios de comunicación. Siempre que oía o veía noticias sobre un guerrillero se referían a él como “terrorista”, “genocida”, “narcoterrorista”, “matón”, “asesino”.

Hoy conocí, realmente, el discurso de los guerrilleros. Iván Márquez, el vocero de las Farc, tuvo micrófono por primera vez en una década y lo aprovechó como nunca: dijo que el paramilitarismo está asociado con el Estado, que el pueblo debe jugar un papel en el proceso de paz, que el conflicto termina si acaba la injusticia social, que el Estado colombiano tiene complicidad con multinacionales que han explotado a la gente en el campo. Omitió las matanzas, las minas antipersona, el narcotráfico, los desaparecidos y las innumerables víctimas de su ejército. Sin embargo, por primera vez en diez años pude ver a la guerrilla como ésta quiere que yo la vea. Como políticos.

Caí en cuenta de que durante los últimos diez años el discurso de las Farc ha estado censurado de los medios de comunicación. Se reportan las matanzas, pero las ideas con las que el grupo guerrillero pretende legitimar sus prácticas violentas se omiten del periodismo. Hoy, en la rueda de prensa que el gobierno colombiano dio con las Farc, parece que lo volvieron a hacer: cuando empezaron las preguntas a los guerrilleros, varios medios cortaron la trasmisión.

En las negociaciones de paz están hablando dos partes que se consideran a sí mismas legítimas. Son partes, digamos, iguales. Que consideran a la otra ilegal y están negociando. Los medios van a tener que representarlas así –y nosotros oír los discursos de ambos– si es que queremos darles las condiciones a los guerrilleros para que se dejen las armas. Ahora que supuestamente se van a reintegrar a la sociedad, lo último que podemos hacer es excluir su discurso.

Después del fracaso del proceso de paz en el Caguán, los colombianos nos llenamos de odio y se volvió parte de la normalidad decirles “los asesinos de las Farc”. Fue la misma época, principios de siglo, en que se produjeron los ataque a las Torres Gemelas en Nueva York y el mundo se volcó, de la mano del presidente George Bush, en una guerra “contra el terror” cargada de un discurso fundamentalista y polarizador que dividió al mundo entre el “eje del mal” y la supuesta legalidad. Los efectos de esa guerra dogmática hoy son incuestionables en muchas partes del mundo, incluido nuestro país.

El presidente que Colombia eligió para contrarrestar el fiasco del Caguán, Álvaro Uribe, seguía de cerca ese discurso de Washington y lo aplicó en Colombia con las Farc, que con prácticas de lesa humanidad le dieron cada vez más argumentos a Uribe para reforzarlo. Con una exitosa política de seguridad y comunicaciones que le dio mucha popularidad, Uribe logró inyectar el lenguaje polarizador en los medios y la gente: los periodistas que entrevistaban a las Farc, como Romeo Langlois y Hollman Morris, se volvieron “cómplices” y los políticos de izquierda, como Carlos Gaviria, se convirtieron en “marxistas disfrazados”.

Medios por la paz fue una ONG que se creó después del Caguán para pensar la manera como se iba cubrir el conflicto y no se repitieran los errores del pasado. Las investigaciones de la organización demostraron que el conflicto en Colombia estaba siendo muy mal cubierto: era amarillista, oficialista, parcial al tratar a la guerrilla y a los gobiernos. Hicieron todo tipo de talleres y foros para entrenar a los periodistas y crear modelos para cubrir el conflicto. Se hicieron manuales de estilo, cursos, debates. Hoy Medios para la paz no existe y, según lo que vimos hoy, sus revelaciones no sirvieron de nada.

¿Cuál es, acaso, la necesidad de tratar a los guerrilleros como iguales al gobierno y no rotularlos con adjetivos como “terrorista”, “genocida” o “asesino” durante el proceso de paz? Hay varias respuestas. Originalmente, las Farc se crearon como un ejército rebelde e ilegal de una gente que se sentía excluida del Estado y del debate público. El proceso de paz busca que se reintegren a la sociedad y salgan de la ilegalidad. Para eso, hay que incluir su discurso en el debate público y político, así sus palabras suenen anacrónicas, mamertas y hasta chistosas. Los guerrilleros creen, y en parte tienen razón, que el establecimiento colombiano también es “terrorista”, “genocida” y “asesino”. Y, para citar un ejemplo, está la Masacre de Segovia, que acabó con un partido político, la Unión Patriótica, que se había armado después de un proceso de paz en el 84.

Tal vez odiemos el discurso de los guerrilleros. Pero es un discurso. Y, si queremos jugar a la democracia, vamos a tener que oírlo. Como dijo De la Calle hoy, “si las Farc quieren un cambio en el sistema tendrán que presentarse a elecciones y cambiarlo”. “La gente debe decidir a quién le cree más: a las Farc o al gobierno. Por eso los medios deben transmitir ambos puntos de vista”, dijo hoy el periodista y profesor Javier Darío Restrepo. Les tengo una chiva: los guerrilleros son políticos.

Publicado en Kien&Ke en octubre de 2012.

Foto: http://bit.ly/RKhOfA

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octubre 18, 2012 at 9:11 am

Pacific ES Colombia

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carátula 393. .

No era un montaje. Las imágenes de las condiciones infrahumanas en las que vivían y laburaban los trabajadores de Pacific Rubiales eran una realidad. Y las denuncias del senador Jorge Robledo también. La multinacional que llegó al país en 2007 para convertirse en un poder económico sin igual estaba, en el 2011, en el foco de atención. SemanaEl Nuevo SigloDinero,Kien&Ke y El Espectador, entre otros, lo reportaron y le dieron micrófono a Robledo. La petrolera manejada por venezolanos quedó mal parada.

Y respondió con una campaña publicitaria según la cual “Pacific es para ti”. Rubiales inundó los medios con publicidad y, tal vez gracias a eso, las noticias que seguía generando la petrolera empezaron a cambiar de tono. Las investigaciones de los medios, en general, desaparecieron.

Quizá el caso más visible es el de La W, dirigida por el empresario/periodista Julio Sánchez Cristo. El director de Primera Página, Héctor Mario Rodríguez, que denuncióen esa emisora la presunta inflación de cifras de Pacific Rubiales, en 2011, y el supuesto matoneo judicial que estaba sufriendo a cuenta de un pleito que tenía con la petrolera, en 2012, me dijo: “Pacific sabía que mi flanco de salida era La W y buscaron cortar ese filtro con avisos”. En el archivo de La W se encuentran pocas noticias o investigaciones que cuestionan a la petrolera después de que empezó la campaña según la cual “Pacific es Colombia”.

Pero había que seguir investigando. Son varios los episodios polémicos que involucran a la petrolera: el bloqueo de las carreteras en el Meta; los problemas de contratos con Ecopetrol; una indagación de la Dian a unos de sus contratistas por evasión de impuestos; los aparentes desastres en sus inversiones en BPZ Energy; las investigaciones de las Superintendencia de Sociedades por la falta de claridad en la propiedad de unas filiales; la contratación de innumerables exfuncionarios públicos, cual devolución de favores; los fallidos negocios en Papúa Nueva Guinea, donde aseguraron haber encontrado petróleo y aparentemente no fue así. En fin: hay mucha tela que cortar y los medios no han ni comprado las tijeras. El único que ha investigado, Héctor Mario, fue demandado cuatro veces y es, según él, víctima de un matoneo judicial.

En general, los medios donde Pacific pauta ya no se refieren a la empresa si no es para elogiarla o defenderla. No es que nieguen la realidad, sino que no la investigan o la acomodan a favor de Pacific. El vicepresidente Garzón no había terminado de publicar el comunicado donde aseguraba que había una huelga en Campo Rubiales este lunes, y Pacific ya estaba en todos los medios desmintiéndola. Y hace unas semanas Bloomberg dijo que una directora de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales le había negado una licencia ambiental a Rubiales y ahí estuvo La W, con rigor, para acorralar a la funcionaria.

Las campañas publicitarias de Pacific en prensa no se reducen a La W, así parezca. Historias en Kien&Ke como “El factor humano de Pacific Rubiales” o “El colombiano que pesa en Pacific Rubiales” son publirreportajes pagados que se presentan como periodismo. Y así, parecido, ocurre en otros medios impresos, radiales y televisivos. Semana pagó un histórico evento protagonizado por prestigiosos periodistas del mundo entero con plata de Pacific y ahora prepara un libro, también con el patrocinio de la empresa. ¿Cómo van a hacer los medios en 2014 para reportar con transparencia el vencimiento del contrato de Rubiales con el Estado?

El periodismo depende, en parte, del dinero de los anunciantes. Al negociar, empresarios y periodistas crean vínculos implícitos que perjudican la información. Ahí están las fotos de los altos ejecutivos de Pacific en los cocteles periodísticos. Tal vez no sea una estrategia deliberada de Rubiales, sino una reacción inconsciente de los periodistas/empresarios al ver que sus hijos comen de la mano de la empresa; en cualquier caso, la pauta de la petrolera parece haber tenido enormes efectos en la información que se publica sobre ella.

Y no solo porque los reportes que se publican son para celebrarle o defenderla. Las notas que se publican para criticarla también se ven perjudicadas por este fenómeno. En Colombia, lo que no sale en el periodismo informativo se publica en las columnas de opinión: ahí están las críticas de María Elvira SamperHéctor RiverosCésar Rodríguez o Razón Pública en contra de Rubiales. Que son importantes, y tienen su punto. Pero sirven poco, porque no son investigaciones. Y, según me dijo un ejecutivo de Pacific, se basan en datos equivocados, porque los columnistas —que no tienen responsabilidades informativas—  no verificaron sus números con la empresa. A punta de opiniones es muy difícil.

La relación entre los empresarios y los periodistas, cuya primera y más obvia consecuencia son los empresarios/periodistas como Julito, es un problema histórico del periodismo colombiano, donde los medios públicos, que en otros países hacen de solución a esta situación, son prácticamente inexistentes. Las investigaciones sobre los fraudes del Grupo Grancolombiano, por ejemplo, casi quiebran a El Espectador en los ochenta. Y la denuncia de unas polémicas prácticas del Grupo Santo Domingo en los noventa, por las que el Grupo retiró su pauta de la revista, fue un duro golpe económico para Semana.

Pacific Rubiales ha hecho lo que ha querido con los grandes medios colombianos porque los periodistas/empresarios que manejan la prensa se lo permitieron. Pacific ES Colombia porque su llegada demuestra que en este país la plata puede comprar lo que sea, incluso la verdad.

Cualquier multinacional que llega a un país a invertir enormes cantidades de capital aprovecharía semejante apertura de patas. Si los medios han dejado de reportar las posibles irregularidades de Rubiales es porque así lo quisieron, no porque en su contrato con la empresa estuviese estipulado.

“¿Acaso quiere que rechacemos el dinero con el que le damos de comer a nuestros hijos?”, me diría un periodista/empresario. Que la relación de la prensa con los empresarios genere estrechos vínculos que perjudican la objetividad de la información es inevitable. Pero que se sacrifique la trasparencia por cuenta de morder pasito a quienes pautan es perjudicial para colombianos, inversionistas extranjeros y trabajadores de Pacific. La periodista Marta Ruiz me recordó, cuando hablamos de esto, la ya legendaria tesis de The Economist: “la nueva objetividad está en la transparencia”. No en Colombia.

Publicado en Kien&Ke en octubre de 2012.

Foto: Revista Dinero.

Soy colombiano, luego opino

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Es una escena muy colombiana: un automóvil se estrella contra otro y, de repente, de la nada, empiezan a brotar opinadores como si fueran abejas de un panal recién caído. Que fue éste, que fue el otro. Que el seguro. Que la policía. Que el trancón. Todos opinan. Todos gimen. Y lo mismo pasa en los aviones, en las peluquerías, en las filas de los bancos: no es sino que surja un temilla medio polémico en cualquier esfera pública para que salten 40 millones de colombianos a ejercer su derecho fundamental a la libertad de expresión. Es la democracia, maestro.

Los traumas de una sociedad se notan en sus medios de comunicación, y la cultura del opinionismo también abunda en la prensa. Empezando por este texto, que es una opinión. Pero miren los nuevos proyectos: las mañanas Blu son “una apuesta por el periodismo de opinión”, el programa de Luis Carlos Vélez “será un espacio para el análisis” y el de Rodrigo Pardo, mi papi, presenta la opinión de dos puntos contrarios. Los tres proyectos se unen a las opiniones de más de 50 y más de 100 columnistas que escriben El Tiempo y El Espectador, así como a los cinco de Semana, que es una revista de opinión, y a los editorialistas de El Nuevo Siglo, que son la razón de ser del periódico. Esto sin mencionar internet, que es un zaperoco de opiniones, ni los medios regionales, que son en su mayoría panfletos de sus dueños.

No digo que haya muchas opiniones. Sino que hay demasiados espacios de opinión. Pareciera que tan pronto alguien se queda sin trabajo pide una columna en un medio de comunicación. Y se la dan.

¿Por qué? ¿Por qué acá todos creemos que nuestras opiniones son dignas del tiempo de los demás? Habrá quien diga que las raíces democráticas de esta sociedad huérfana de dictadura generan espacios para que las diferentes opiniones se manifiesten. Pero nuestra versión de la democracia, donde un ‘buen’ apellido es garantía de columna, no ha establecido las estructuras que refuerzan la movilidad social y la rendición de cuenta gubernamental. Además, en los demás países latinoamericanos, que supuestamente son menos democráticos que el nuestro, también se ve esta saturación de espacios de opinión. De hecho, si semejante cantidad de tribunas dice algo de nuestras democracias es que acá los favores se pagan con espacios en la prensa.

Tal vez la explicación de que haya tantos opinionistas sea más simple y se pueda resumir en una palabra: pereza. Dar una opinión es mucho más fácil que hacer una investigación. Los casos de columnistas que le dedican investigación a sus artículos son escasos, y por eso Daniel Coronell o Cecilia Orozco sobresalen tanto. Recuerde al costeño que prefiere dar un dato equívoco a decir que no sabe dónde queda tal sitio: en Colombia nos creemos sabelotodo y sentimos que podemos opinar sobre cualquier tema, no importa si es magnetohidrodinámica.

Pero periodistas perezosos y sabidillos hay en todas partes. El otro problema al que se enfrenta el periodismo colombiano es la pobreza: tener más opinadores que periodistas no solo es más barato, sino que genera más réditos, porque es más taquillero. Las columnas suelen ser los artículos que más se leen de la prensa del domingo porque son más entretenidas, controversiales y exponen la intimidad de una persona. Además, después del sacudón de internet la gente consume lo que quiere y no lo que le toca. En esa lógica, la audiencia busca reafirmar sus prejuicios en vez de encontrar unos nuevos.

La opinión vende. Y, en general, es bienvenida. Pero todo en exceso es malo. El opinionismo tiene consecuencias.

La primera, la repetición. Si bien hay muchos espacios de opinión en Colombia, no es que haya muchas opiniones. De hecho, si uno filtrara todas las opiniones que se publican, lo más probable es que pueda reducirlas a dos o tres ideas divergentes. Por eso uno queda con la impresión de que perdió cuatro horas de su tiempo cuando termina de leer la prensa del domingo. Por eso, y paradójicamente, la palabra unanimismo se lee con tanta frecuencia en las columnas.

La segunda, el sacrificio de la investigación. Es preferible que haya una saturación de espacios de opinión a que no los haya, sin duda. Pero el exceso de opinión se convierte en un problema cuando remplaza a la investigación. Que el presupuesto de los medios se vaya en pagarle a los opinadores es bueno para los medios porque le traerá más visitas el domingo. No es bueno, sin embargo, para el periodismo, y para la democracia, porque se pierde el objetivo principal de la prensa, que es investigar. La opinión es un acompañamiento del periodismo: no puede ser el plato fuerte.

Es contradictorio que mi opinión sea que hay mucha opinión. Debería ser el primero en dejar de dar mi opinión, si quiero ser coherente. Y es que parte de la intrascendencia de las opiniones es que nos permiten ser incoherentes, porque, como decía Mr. Santos, “solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”.

El día de su lanzamiento, el perfil de Twitter de Blu dijo “#EscuchoBlu, luego opino”. Le apuestan a opinar. Le apuestan a lo que ya todos hacemos todo el santo día. Le apuestan a la democracia, maestro.

Publicado en Kien&Ke en septiembre de 2012.

Caricatura: http://bit.ly/Pl9Bux

Written by pardodaniel

septiembre 25, 2012 at 6:24 pm

Juan Manuel Santos, el fin de la independencia de Semana

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Alfonso López Pumarejo, Enrique Olaya Herrera y Eduardo Santos.

Días antes de que Juan Manuel Santos se posesionara como presidente en el 2010 se veía un grafiti en una pared de Bogotá que decía “se va el mayordomo, llega el dueño de la finca”.

La forma más apropiada para entender la política en Colombia, el séptimo país más desigual del mundo, es ver la manera como nuestros líderes entienden sus fincas. Mientras que Álvaro Uribe es el jinete que dirige el arreo de ganado desde su purasangre, Santos tiene una casa con piscina y pantallas plasma que colinda con las mansiones de sus amigos burgueses. Son dos tipos de élites distintas. Dos formas diferentes de entender lo rural. Y el mundo. Pero la segunda, la que ve su finca como un lugar de reposo y no como el origen del trabajo y la vida en sí, es la que manejó al país durante las décadas que antecedieron a Uribe.

Esa disyuntiva de élites es el contexto que quiero usar en esta columna para explicar por qué para Semana ser independiente del gobierno de Santos es como entrar al Gun Club sin corbata. Por qué desde que Juan Manuel llegó al poder, la revista no es el veedor del poder que fue durante el polémico gobierno de Uribe.

El pasado de Semana, propiedad del periodista Felipe López, está estrechamente ligado al de Santos, no solo en términos políticos e históricos, sino culturales y territoriales. Los vínculos entre las dos familias se remontan, por lo menos, a la República Liberal de los treinta y cuarenta. Felipe y Juan Manuel son amigos de infancia. Sus familias recibieron los terrenos de sus fincas del exalcalde de Anapoima Julio César Sánchez, un hombre que pasó de ganadero a toparse con los tiesos y majos dirigentes del Partido Liberal o, en términos de El Tiempo, “escaló, peldaño a peldaño, casi todas las dignidades que ofrece la democracia colombiana”.

Que Santos sea la tercera persona que más veces ha salido en las Sociales de Semana–ese extraordinario formato que explica por sí solo a nuestra sociedad y nuestro periodismo– no es una casualidad. Antes de ser presidente, Santos ya tenía un historial con la revista. Le dieron dos portadas cuando era ministro, una que titulaba “La hora de Juan Manuel” y otra en la que, en contra de la voluntad del presidente Uribe, Santos revelaba que Tirofijo estaba muerto. En la primera edición de Semana, publicada en 1982, había una columna suya, “Nubarrones cafeteros”. El ahora presidente acababa de llegar de Londres, donde trabajó para la Federación Nacional de Cafeteros, y empezaba su carrera como periodista de El Tiempo, el periódico de su familia que fue objeto de la siguiente cita escrita por Álvaro Salom Becerra en sulibro Al Pueblo nunca le toca.

Las cosas se parecen a su dueño. Y El Tiempo ha sido, es y será idéntico al doctor Santos. El respeto al statu quo, el culto a los valores consagrados, el servicio a dos amos, las velas simultáneamente prendidas a Dios y al diablo, el oportunismo elevado a categoría de necesidad patriótica, la cobardía disfrazada de prudencia, el miedo a la verdad, la mentira ataviada con los ropajes de la discreción, las fórmulas eclécticas, las soluciones salomónicas, los tonos grises, las medias palabras, los eufemismos, las ambigüedades, fueron siempre las normas de conducta y, aplicándolas sistemáticamente, llegó a convertirse en una de las empresas más prósperas del país. Pero Santos, además, le infundió su personalidad a millones de sus compatriotas. Porque el santismo es un estado de alma colectivo. La gente sigue la línea de la menor resistencia. No habla porque es imprudente, no escribe porque es peligroso, no exige porque es inoportuno, no protesta porque es subversivo, no actúa porque es contraproducente. Y si se atreve a hablar, escribir o actuar, lo hace con reticencias y ambages que diluyen la idea y desvirtúan la intención.

Salom Becerra escribió su novela en los años setenta, pero la trama ocurre en los cuarenta. Es una historia sobre la élite bogotana y liberal que manejó al país desde los salones estilo republicano del Jockey Club durante la Violencia. El Santos que menciona es Eduardo, expresidente y fundador del periódico. Pero la cita con facilidad puede tratarse de su sobrino y actual presidente, que llegó a la subdirección de El Tiempo sin hacer carrera periodística y hoy en día sufre un problema de identidad política que lo tiene montado en un caballo que no sabe maniobrar para remontar en las encuestas. Después de un populista como Uribe, la gente no ha entendido la metodología santista de delegar las decisiones desde un salón republicano. El santismo, así gobierne en el siglo XXI, es un fenómeno de los años cuarenta.

***

Según el especial que se publicó el domingo, la portada más crítica que Semana ha publicado sobre  Santos se tituló “¿Qué está pasando?”. Mostraba un par de fotos del presidente encogiéndose con motivo de un bajón en las encuestas. El texto no explica las opiniones de la gente, sino que las cuestiona; califica los resultados seis veces de ser “sorpresivos” y tiene afirmaciones como esta: “lo que sorprende es que la encuesta revela (…) un escepticismo general en el estado de ánimo del país que parecería no corresponder al momento histórico que está atravesando”.

La otra portada de Santos que uno podría calificar de crítica es sobre la reforma a la Justicia, titulada “Todos quedaron mal”. En el penúltimo párrafo, después de que se responsabiliza al Congreso y a los magistrados y a los senadores, dice: “La verdad es que ninguno de los miembros del gobierno actuó de mala fe o tenía la intención de consagrar constitucionalmente la impunidad”.

Semana no niega la realidad: ahí están la encuesta y la reforma a la Justicia. Pero encuadra los argumentos, los ajusta, para que el gobierno salga bien librado y Santos no se queje durante el almuerzo del domingo en Anapoima.

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Mucho se ha escrito sobre la falta de movilidad social en Colombia y la perpetuidad de las élites en el poder. La misma María Jimena Duzán, en su reflexión de aniversario, se quejó de que “en la Colombia actual, para hacer política se necesita no tener ideas, no ser audaz y ser hijo de alguien”. Y Semana ha reconocido más de una vez, y en portada, que este es un país de delfines políticos.

Pero lo que les ha faltado a los análisis sobre la élite en Colombia, y en entre ellos vale destacar los de Malcolm Deas, es decir que esos fenómenos también se dan en los medios de comunicación.

La puerta giratoria y los vínculos entre las élites políticas y mediática han sido fenómenos cambiantes a través de la historia. Dependiendo del gobierno, los medios han tenido altas y bajas en términos de independencia. Lo dijo Daniel Coronell sobre el periodista de Semana Ricardo Calderón, quien “ha vivido florecientes períodos en los que la revista quiere investigar y otros en los que quiere menos”. El gobierno de Santos es uno de esos momentos en los que la revista no quiere investigar.

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Semana asegura que Uribe ha sido portada 62 veces y Santos, 39. Mientras estuvieron en el gobierno, yo conté 58 portadas de Uribe y 19 de Santos. Según esto, Santos estuvo en la portada 20 veces antes de ganar las elecciones; Uribe, 4.

El tono que Semana le ha dado a las portadas del presidente Santos –“El cuarto de hora de Colombia”, “¡Por fin!”, “¿Líder regional?”– es difícil de encontrar en las portadas que le dieron a Uribe: “El poder soy yo”,  “Uribeitor”, “¿A qué le juega Uribe?”, “¿Se metieron al rancho?”, “Calma, presidente”, “Grietas en el pedestal” o “¿A qué le teme, presidente?”.

Solo hay una portada que se puede considerar positiva sobre Uribe, “El año en que volvió la esperanza”, que fue un artículo firmado por el director, Alejandro Santos, algo pocas veces visto en la historia de la revista.

Es forzado comparar a Uribe con Santos: pudo haber razones para ser críticos con el primero y elogiosos con el segundo. Además, en ocho años se generan más controversias dignas de criticar que en los primeros dos, cuando se supone que los mandatarios gozan de una luna de miel.

Por eso hacer la comparación en igualdad de condiciones es importante. En el análisis de los primeros 100 días de Uribe, Semana fue escéptica: “Aunque no ha mejorado la situación de los colombianos, el Presidente ha logrado un cambio sicológico que les ha devuelto la esperanza”. Con Santos fue elogiosa:

“Casi todos los presidentes de Colombia empiezan bien sus mandatos y la expresión ‘luna de miel’ se ha convertido en un lugar común para definir el sentimiento de los ciudadanos en los 100 primeros días. En el caso de Juan Manuel Santos, sin embargo, esa figura se queda corta para definir la manera favorable como la opinión pública ha recibido los nombramientos, anuncios y cambios de estilo de su gobierno. La luna de miel actual es una de las más dulces que se pueden recordar”.

Para ambos análisis de los 100 días Semana contrató encuestas, y los resultados no corresponden al tono: Uribe tenía 74% de favorabilidad mientras que Santos, 73%. Aunque hoy se puede explicar la preferencia de Santos sobre Uribe con razones como las chuzadas del DAS o la parapolítica, en los primeros dos años de Uribe no se había destapado ningún escándalo de aquellos. En igualdad de condiciones, pues, Semanafue más santista que uribista.

Puedo ser injusto. Puedo estar tomando los ejemplos que me sirven de manera aleatoria para argumentar que Semana es santista. Pero, esta vez, yo no soy el único que he visto esta tendencia. El bloguero Carlos Cortés también se dio cuenta de ella en su burlón “Top de portadas de Mr. Santos”. Ricardo Galán criticó el análisis de la encuesta mencionada. Y La silla vacía dijo que Semana es a Santos lo que El Colombiano fue a Uribe, un panfleto propagandista. “A Semana no le creo ni el horóscopo”, tuiteó hace poco Sandra Borda, una profesora de los Andes.

Semana cree, en general, que Santos es regio. Y, aunque esto puede ser cierto y la opinión pública, que desaprueba su gestión, puede estar equivocada, el cubrimiento de Semana sobre Santos no ha sido del todo balanceado.

***

Como dijo Juanita León, Santos tiene estrechos vínculos con los medios. El ejemplo de El Tiempo es uno de los más evidentes: su director está casado con una prima del Presidente y es primo de la Canciller. Pero en Semana el presidente tiene a “uno de sus mejores amigos” y a su sobrino favorito. Su asesor más cercano, Juan Mesa, que viene de ser un alto ejecutivo en Caracol, es hermano de la gerente en Publicaciones Semana, Elena.

Así han funcionado las élites de los medios casi siempre. Yo, que soy hijo de Rodrigo Pardo y bisnieto de Roberto García-Peña y sobrino de D’Artagnan, soy parte del fenómeno: a los 22 años ya estaba sentado en un escritorio del edificio de Semana al lado de la hija de Felipe López, que es nieta y bisnieta de periodistas/políticos. Mi jefe era Daniel Samper Ospina, nieto y bisnieto de periodistas/políticos. Felipe López es consciente de todo esto, y sus ácidos comentarios lo corroboran: “cuando quise hacer cine, fui director; y cuando quise ser periodista, fui dueño”, ha dicho en tono irónico más de una vez.

El clientelismo que remplazó al caudillismo en Colombia le permitió a determinadas élites mantenerse en el poder político, económico y mediático y sucederse entre ellas a manera de monarquía.

Semana, porque las cosas se parecen a su dueño, es una revista de la élite. Y durante el gobierno elitista de Juan Manuel se encontró con un escenario, quizás sin precedentes en estos 30 años, donde sus estrechos vínculos con el poder político comprometen su capacidad de tomar distancia. Cuando hay desacuerdo dentro de la élite, Semana es independiente: los gobiernos de Uribe o Samper son ejemplos. Pero cuando hay consenso en ese remoto e influyente círculo de la sociedad –y los procesos de paz serán una prueba más– Semana es culturalmente incapaz de establecer la distancia necesaria para darle una mirada alternativa a la realidad nacional. En general y excluyendo a sus columnistas, Semana es menos independiente cuando se trata del dueño de la finca.

En estas columnas he argumentado una y otra vez que el problema de los medios en este país, y sí que los hay, es el mismo de la política y la sociedad: la exclusión. Estamos en manos de las mismas élites de siempre, que se consienten entre ellas y hacen todo lo que pueden para perpetuarse en el poder. Hay matices, por supuesto: innumerables. Y en la historia de Semana antes del gobierno de Santos hubo más independencia que cercanía del poder. No obstante, en los últimos dos años Semanademostró que –con todo y aplicación de iPad– seguimos en los años cuarenta.

Publicado en Kien&Ke en agosto de 2012.

Foto: Alfonso López Pumarejo, Enrique Olaya Herrera y Eduardo Santos. Banco de la República.

Si yo fuera Néstor Morales

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Yo, de Él, no diría “yo me inventé” algo, lo que fuera, como dijosobre el formato de la confrontación que dirigió en el programa de opinión Hora 20. Porque, primero, el debate se lo inventaron los griegos. Ademásestá el antecedente del Tertuliano. Y porque, más importante, uno no dice eso. A menos de que quiera, y le guste, dar papaya para que se la monten por arrogante y egocéntrico.

Si yo, entonces, fuera Modestor Morales, aprovecharía como un niño al que le dan permiso de desordenar la sala de la casa para hacer guerra de cojines la oportunidad que el no tan pobre Grupo Santo Domingo le puso en bandeja para acabar con todo lo que está mal en la radio colombiana.

Primero, los periodistas. Si la idea es, como dijo, hacer y decir las cosas de una manera distinta a como hacen y dicen las cosas RCN y Caracol, lo primero que yo haría si fuera Néstor Morales sería no hacer lo primero que hizo Néstor Morales: llamar a los mismos Zuletas, Bonnets y Pizanos que hablan a diario en RCN y Caracoly sus derivados en prensa y televisión y radio.

El clientelismo también aplica al periodismo. La razón por la que vivimos casi 200 años de bipartidismo elitista es, en parte, la misma razón por la que la prensa pasa de un unanimismo a otro cada cuatro, y ahora cada ocho, años. Porque la política y la prensa siempre se han hecho, y todavía se hacen, con los mismos y con las mismas personas, métodos, fuentes y objetivos. ¿Cómo decir y hacer las cosas diferentemente?

Si fuera Morales, armaría mi equipo con la gente que no sale en las sociales deSemana ni va a los almuerzos de Felipe López. Solo así, pensaría, se podrían decir y pensar cosas distintas a lo que se dice todas las santas mañanas en las 287 emisoras que tenemos. No solo Twitter es buen espacio para encontrar diferentes, mejores y menos perezosas voces a las de siempre. La radio pública es otro: en vez de reclutar gente de El Espectador, yo le estaría robando gente a la Radio Nacional, donde sí se dicen cosas distintas. Radiónica es otro criadero de talento. Y lo mismo en las regiones: sacaría a dos o tres periodistas rasos de las emisoras regionales que sí han salido de Bogotá y les daría el micrófono que nunca tuvieron. Porque darle más micrófono a Felipe Zuleta no es ser innovador: es hacer lo mismo que llevamos haciendo hace 200 años.

En ese sentido, otra cosa que haría si estuviera en los zapatos de Morales sería abrirle la sala de redacción a la audiencia. No haría lo de Julio, por ejemplo, que es poner al aire y en desorden las voces de la gente. Yo los acogería, discutiría con ellos los temas del día y, después de una rigurosa depuración, pondría sus voces al aire. Haría foros de comentarios como este. Y programas de discusión por internet como este. Y también le contaría a la gente cuál es el plan de investigación del día, así. Empezaría, pues, un diálogo con las audiencias que no dejara sus voces en el olvido del silencio que se oye después de cada intervención de un oyente en La W.

Otro tema es la página. El futuro de la radio es en internet, sin duda, y en consecuencia los programas de nicho van a ser cada vez mejor pagados por la pauta, gracias a la fidelidad que promete una audiencia segmentada. Por eso yo, si fuera Néstor, no imitaría las noticiosas e inmediatistas salas de redacción de periódico, ni tendría periodistas para cada fuente. La chiva, recuerde, se acabó. Yo solo armaría programas para públicos segmentados dirigidos por expertos externos. Algo así.

Yo, de Morales, armaría con la página una red social de audios como esta: instalaría un software, que podría ser Soundcloud, para que la gente pueda subir, calificar, publicar y oír sus audios y los de otros. Escogería los mejores, les haría curaduría periodística o musical y los publicaría en la frecuencia. Mi página, si fuera Morales, tendría poco texto y mucho audio. Sería una plataforma donde la gente oiría a las nuevas bandas o conocería las noticias que los periodistas omiten, que no son pocas.

No haría una alianza con El Espectador, ni con Cromos, ni con ningún panfleto del Grupo. Haría alianzas con las emisoras regionales, sobre todo, y trataría de llegarle a más gente vulnerable a través de la radio por teléfono, como hace la Deutsche Welleen África. También llamaría a una alianza a los señores y señoras de Radio Ambulante, ese proyecto latinoamericano de crónicas de radio por internet que le da cátedra a todos los Arizmendis.

Si Alejandro Santo Domingo me hubiera llamado a mí como llamó a Néstor Morales, yo le habría dicho de entrada que mi proyecto no se prestaría para hacerlepropaganda a las telenovelas y productos de sus canales y revistas y cervezas. Ser innovador en el periodismo colombiano es fácil: solo hay que ser independiente, que es prácticamente imposible.

Como pueden ver, lo que yo sufro es de envidia (y de ingenuidad crónica). La verdad es que yo quiero y sueño con ser como Néstor Morales. Y por alguna parte tenía que empezar. Ahora me voy a comprar un tarro de gel.

Publicado en Kien&Ke en agosto de 2012.

Written by pardodaniel

agosto 16, 2012 at 7:54 pm

Escobar, la gran alianza de los medios

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Por muy “ambiciosa” que sea, la serie de Pablo Escobar no es la noticia grandilocuente que los medios se inventaron. Por muy “titánica” que sea, la telenovela del capo no da para portada de El Espectador, tema del día en La W, artículos en Cromos, cubrimiento especial en Caracol radio, portada de Semana, reiteradas notas en Caracol noticias y portada de Jet-Set, entre otras. Por muy extraordinaria, entretenida, histórica o exitosa que sea, la producción de una novela no da para semejante despliegue mediático.

Y no lo digo porque haya una violencia y una economía y una corrupción que cubrir. Ni porque los medios solo publican banalidades. Sino porque esa redundante insistencia por vender un producto a manera de noticia me hizo, una vez más, sospechar de los periodistas de esta patria.

Los medios colombianos son como los capuletos y los montescos: inmensas familias regidas por la cultura de que los amigos de mis amigos son mis amigos y los amigos de mis enemigos son mis enemigos. A veces es una complicidad implícita; a veces, explícita. Sí, los dueños de El Espectador son los mismos de Caracol televisión y primos hermanos de los de Caracol radio. Pero no es solo eso: hace tres o cuatro años los grandes medios decidieron aliarse en vez de competir entre ellos. Y es por eso que todos, más o menos, dicen lo mismo: todos son uribistas en un momento y, de repente, todos son santistas. Una consecuencia de la ya familiar “gran alianza de medios” es el unanimismo: una complicidad paradójicamente muy parecida al actuar de las mafias que reduce el espacio para la pluralidad de voces.

El Espectador y CaracolLa W y El TiempoSemana y RCN: el mercado de los grandes medios en Colombia –propiedad de los tres mismos dueños del mercado financiero y cervecero y no sé qué más– está cada vez más arraigado a los grandes, que no hacen más sino crecer. Son ellos quienes hacen nuevas alianzas; ellos quienes compran los medios independientes; ellos quienes innovan en internet.

Y no es un problema del capitalismo. Se supone, por el contrario, que el libre mercado diversifica la oferta e incrementa el número de opciones. Pero esto es capitalismo a la colombiana, donde crear un tercer canal es una interminable odisea.

El duopolio de RCN y Caracol hace que el cubrimiento de ciertos temas se estigmatice según la propiedad de los derechos de una producción. Tanto así que cuando es necesario cubrir ciertos temas que son exclusivos de la competencia se recurre a trucos para esconder el crédito del otro, como darlo a medias o tapar el logo en las imágenes. Como la producción de la novela de Escobar era de Caracol y El Espectador, ni El Tiempo ni RCN le dieron semejante despliegue. Y pasa igual con el fútbol y el reinado, donde la relevancia de la noticia se determina según quien tenga los derechos de transmisión. Ninguno es la excepción: la noticiación que hoy hizo la Casa Santo Domingo con “Escobar, el patrón de mal” mañana la va a hacer la Casa Ardila con “Protagonistas de Nuestra Tele”.

Estamos, pues, jugando Risk y el mapa se parece al de Europa justo antes de la Primera Guerra Mundial: tres o cuatro imperios pelean entre sí. Su cometido, acabar al otro. Si no se destruyen entre ellos, se compran. El problema de esta concentración de la información en dos o tres grandes bloques es que en el futuro no habrá espacio para los proyectos diferentes: el que diga algo que no le gusta a ningún emperador será excluido del régimen del bien.

Por eso sospecho que la novela nos está mostrando una historia acomodada. Esa escena del primer capítulo en la que Escobar está vendiendo cigarrillos contrabandeados y el único cliente que se rehúsa a comprárselos está leyendo El Espectador solo me hace dudar de que la serie es “basada en documentos periodísticos hasta ahora inéditos y testimonios reales”. “Con el que hay que acabar es con El Espectador, porque es el único periódico que está hablando mal de nosotros”, dice el capo. ¿Eso es verdad? ¿Acaso los demás medios se mantuvieron en silencio para complacer a Escobar? ¿Están usando la novela para promocionar a El Espectador? No lo sé, pero no me confío: con tanta “gran alianza” entre los medios me he vuelto un conspiracionista. Porque no sé qué hay detrás de lo que ellos llaman periodismo.

No me explico esta aliancionitis de los medios. Tal vez su origen sea la necesaria alianza que hacen para las costosas encuestas políticas.

Pero también tiene que ver con que los grandes medios decidieron responderle a la amenaza de internet a través de la convergencia, una sala de redacción inmensa donde el contenido de unos es el mismo de otros.

Puede ser que la obsesión por saturar el contenido de pauta haya creado un escenario más conveniente y apetecible para la publicidad. Fenómenos como los omnipresentes comerciales de Pacific Rubiales, por ejemplo, se dan con mayor facilidad en un escenario donde pautar acá y allá es parte del mismo negocio.

Y una explicación más puede estar en la cultura: hay acuerdos implícitos de complicidad entre los periodistas que los hacen decir y vender lo mismo. Habiendo solo tres o cuatro conglomerados, la carrera de un periodista se reduce a saltar de uno a otro. En ese proceso se crean lazos de amistad y complicidad que, mal que bien, perjudican la pluralidad.

La telenovela de Escobar puede ser buena y tal vez necesaria. Pero la manera como la han promocionado en los diferentes medios que tienen una relación explícita o implícita con Caracol televisión me ha llevado a concluir que el periodismo colombiano también podría ser motivo de una “ambiciosa” saga de mafiosos en televisión.

Publicado en Kien&Ke en junio de 2012.

Written by pardodaniel

junio 9, 2012 at 6:37 am

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