Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for enero 2009

El hijo de Bob Dylan

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No tiene por qué hacerlo. No tiene por qué pensar que, por ser el hijo de la legenda, tiene que romper la historia de la música en dos, así como su padre lo hizo. El lugar donde nació, en otras palabras, no debe ser un argumento para juzgar la música que hace el menor de los cuatro hijos de Sara y Bob Dylan.

Y es que a partir de ese ojo, de ese estigma, lo han estado mirando desde que lanzó –en el 2008- su primer disco como solista, Seeing Things. La reseña del crítico y ex vicepresidente de MTV Mark Kemp en Rolling Stone, por ejemplo, empieza diciendo que “Jakob Dylan tiene unas botas de cuero español que llenar”, y concluye que “tratando de vivir bajo la sombra de su padre, Dylan necesita de un folk rock más competente para ser tomado seriamente”.

¿Qué pretende el señor Kemp, que Jakob Dylan no tenga en cuenta sus influencias y, además, experimente -y tenga éxito- con tendencias sin precedentes como lo hizo su padre en los 60’s, 70’s y 80’s? Jakob Dylan no tiene ninguna obligación. Se metió en la boca de lobo, eso sí, al haber decidido hacer un disco de guitarra y voz: de auténtico y sencillo folk, ese género nostálgico con algo de blues y algo de country que se originó en el meollo de alguna clase trabajadora estadounidense, y se regó y popularizó como música de protesta durante la Guerra de Vietnam. Eso, precisamente, en la boca de Bob Dylan, entre otros, quien, propio de su irreverencia, nunca se consideró como un cantautor del famoso folk-revival.

En 1994, otra legenda del folk, Johnny Cash, grabó en la sala de su casa uno de sus discos insignia, American Recordings, con uno de los productores más relevantes de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, Rick Rubin, el mismo personaje gordo y pinta de indigente que produjo el disco que acá reseñamos. Así como el mencionado, produjo 4 más de Cash, y de sus manos también han salido discos importantes y diferentes como Californication, de los Red Hot Chili Peppers, De-Loused in the Comatorium, de The Mars Volta, Renegades, de Rage Against the Machine y Licensed to Ill, de los Beastie Boys. No es cualquier productor. Y basta con leer el reportaje de portada titulado “The Music Man” publicado en la revista del New York Times en septiembre del 2007 para entender su relevancia como el hombre detrás de música claramente relevante, que ha influenciando a muchos y vendido por doquier.

Y se nota en el disco de Jakob Dylan, que, si bien no es música compleja -siendo que se trata de cuerdas, voz y en partes vientos y percusiones-, tiene un sonido perfecto, delicado y con textura. Un sonido, por lo demás, que se materializa en una casa al borde del Río Missisippi, cómoda, donde la madera suena mientras se prende, en un domingo frío y desolado, cuando la única voluntad de un hombre melancólico no puede ser otra que fumar e interactuar con su guitarra.

10 canciones en 37 minutos sin pretensiones utópicas ni revolucionarias, letras oscuras y una voz de añoranza, propia del folk sureño, es lo que propone el ex líder de The Wallflowers, la exitosa banda de pop-rock que dio a conocer por el mundo a Dylan Jr. en los 90’s.

Para seguir encasillándolo, Seeing Things va en la onda de James McMurtry y Elvis Costello: letras tristes, métrica fácil y voz ronca y honesta. Hablamos de ese tufo rural del campo norteamericano solitario, seco, donde no pasa nada y la juventud y el movimiento parecen no tener lugar. “Will It Grow” y “I Told You I Couldn’t Stop” son canciones que hablan de ese mundo, así como “Something Good This Way Comes” expresa el ideal de la vida buena -no la buena vida- que se rige por una cabeza fría y clara, donde hay una única y amada mujer, donde los pájaros silban y el sol resplandece, la tierra es fértil y un café con apple pie es el punto más alto del día.

Que lo de Jakob Dylan no sea tan importante como la obra de su padre no significa que sea mala. Sin prejuicios, uno debe escuchar este disco mientras escribe, o lee, o se toma un té con galletas de chocolate.

No tiene por qué hacerlo. También se puede oír este disco pensando que Jakob Dylan trata de seguir los pasos de su padre sin éxito alguno. O, por qué no, también puede oírlo pensado que el disco habla de la música que oyó Jakob Dylan mientras crecía, y demuestra que el folk no tiene que ser hecho en los 50’s para ser bueno. El hijo de Bob Dylan no puede ser visto como tal, sino como un músico que se atrevió, sin pretensiones abismales, a hacer folk clásico el siglo XXI.

Publicado en Revista Arcadia en Enero de 2009.

Written by pardodaniel

enero 18, 2009 at 11:02 pm

Publicado en Revista Arcadia

Desnudo hasta en la sopa

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Ver pezones en portada ya es un lugar común de los impresos en Colombia. Estamos acostumbrados, es parte de la normalidad y para que nos sorprenda tiene que ser inconcebible. Cosa que, sin duda, pasa. En la sala de la casa, en la tienda del barrio, en la oficina, en el Transmilenio: el desnudo está hasta en la sopa. Y no es pornografía, sino revistas que se venden todos los días al público común y corriente, en el mercado, junto a los chicles y la gaseosa.

Cuando los ve, uno no se pregunta por dónde pasó este subgénero del arte para volverse medular en los contenidos de las revistas. Se imagina que alguna vez tuvo que ser censurado, se acuerda de una anécdota que lo corrobora, piensa que es una fórmula para vender y termina preguntándose quién será que van a empelotar en la próxima edición. En adelante, por una curiosidad irresistible, compra la revista.

¿Cuál es la historia del desnudo en Colombia?¿Cuál fue el primero?¿En qué contexto se dio?¿Qué reacciones generó?¿Qué pasó después?¿En qué momento nos acostumbramos al desnudo?

Intento fallido

El primer paso se dio en falso. Y varias cosas tuvieron que pasar para que se diera. La revolución sociocultural de los 60 llegó a algunos gremios de Bogotá y Medellín. El Nadaísmo, por ejemplo, era una tendencia que iba en contra de lo establecido y peleaba, literalmente, por una sociedad más liberal, más abierta moralmente. Encima, la caída de la dictadura en España significó una apertura editorial, el ‘destape español’, que llegó a Colombia como una moda que los medios asumieron como sinónimo de modernidad. Así, sectores intelectuales y mediáticos del país reconocieron, en los 60 y 70, los movimientos liberales que nacían en el Primer Mundo.

De ese contexto salió Bárbara-Bárbara, la primera revista que publicó pezones y vaginas sin tapujos. Con el objetivo de hacer una ‘Playboy criolla’, se la inventaron Mauricio Vázquez, el dueño del bar de jazz Doña Bárbara, y Dora Franco, la controversial modelo y fotógrafa. Por otro lado, Gonzalo Arango hizo lo suyo con Nadaísmo 70, una minúscula revista con artículos, poemas y fotos eróticas de mujeres; entre ellas, claro, Franco. El otro medio que publicó desnudos por esa época –el más recordado– fue Cromos, que sacó a divas como Amparo Grisales y Virginia Vallejo.

En el 86, El Tiempo publicó unos desnudos tomados por Ángel Becassino en la Catedral de Sal de Zipaquirá, porque al autor lo detuvieron ese día, no porque la línea editorial del periódico fuera esa. A Becassino también lo excomulgaron y, hoy, 20 años después, lo reconocen más por ese incidente, que por todas las publicaciones que ha hecho. Más que eso, el episodio demuestra que el desnudo, antes de los 90, no fue aceptado por el público: los dos primeros medios mencionados se quebraron por falta de apoyo comercial, y el tercero, Cromos, dejó de publicar tetas por no ser éstas del gusto de los anunciantes.

Que cesura, que los anunciantes intervenían el contenido, que mojigatería, que autocensura, que moralismo, que simple falta de costumbre, que rechazo a lo nuevo: uno lo puede explicar como quiera. Pero viejas empelotas no se podían publicar antes de los 90 en Colombia. Si uno lo hacía, era un suicidio periodístico y comercial.

La transición

¿Qué tuvo que pasar para que la ostentación física de la mujer se volviera sinónimo del éxito, como lo es hoy? ¿En qué momento pasamos de condenar los desnudos a acostumbrarnos a verlos en las revistas más leídas?

El narcotráfico, en los 80, se metió con la economía y la política, pero también con la cultura. Y representaciones del tema –como El Cartel de los Sapos, Sin tetas no hay Paraíso o el libro de Virginia Vallejo– lo han demostrado; sin exactitud, pero con veracidad. Así pues, el gusto mafioso de ostentar las propiedades –los carros, la casa, la novia– se fue volviendo una prioridad, un paradigma, para los colombianos y colombianas.

La mujer se volvió un foco de atención y su cuerpo adquirió una forma concreta: voluptuoso, tetón, culón, mostrón. Y la causa también está en la preponderancia del Reinado Nacional de la Belleza, lo que su director y creador describe como “el máximo evento cultural del país”. Junto con la traqueta, la mujer del Reinado es un ideal de belleza; más recatado, menos directo, más casero, maternal, pero también lleno de curvas y voluptuoso.

A eso hay que añadirle el peso de la televisión en el sentido común de la gente. Las novelas y los noticieros –en los que la mitad de la información es sobre farándula– propagan un molde de mujer que se debe seguir para tener éxito. Hasta que la vuelven un objeto. Sin tetas no hay paraíso explicó esa dicotomía –cuerpo igual éxito– y tomó como escenario a Cali, la ciudad donde más cirugías de tetas se hacen el Latinoamérica, hecho que dejar ver cómo es de prioritario para las mujeres tener el cuerpo ideal. Con los medios diciéndole tácitamente que las facciones de la Reina son el objetivo, la mujer no tiene otra que operarse. Vive, dice el filósofo, ‘del qué dirán’.

La Apertura de los 90 también tuvo que ver. Porque Colombia ‘entraba al futuro’, porque sus puertas hacia el mundo estaban siendo abiertas, porque el mercado nacional iba competir con el internacional. Con eso llegaron nuevos productos –perfumes, carros, tecnología, relojes– que un hombre de mediana edad consume, ese que eventualmente leería una revista para hombres. La ‘apertura’ creó un mercado que podía sostener una publicación con viejas empelotas, y por eso –combinado con lo anterior– lo que sigue.

El imperio del desnudo

Dos vertientes estéticas y editoriales se desarrollaron sobre el desnudo. La que reprocha lo anterior y la que le responde.

El primero es un desnudo que, por medio de una temática o crítica, busca justificarse. Diners, una revista de periodismo cultural, jugó con el tema del desnudo desde el 99. Entre las fotos famosas, la de Isabela Santo Domingo en el caballo y la de Roberto Posada, D’artagnan, en medio del drama de una operación y una demanda. El objetivo de Diners era salirse del fondo plano y la mujer posando, y darle una connotación coyuntural –el secuestro, la religión, la crisis económica– a cada desnudo. Por otro lado, el almanaque de Mujeres sin Vencimiento, cuyas fotografías, realizadas por Dora Franco, fueron publicadas en la revista Número, con la famosa portada de Carmenza Gómez, iba en un sentido parecido: sacar del molde al cuerpo y mostrarlo tal y como es, sin prejuicios estéticos.

La otra vertiente es la que vemos todos los días en el supermercado. Esas revistas pesadas, llenas de cartones y de avisos. SoHo, ‘la revista prohibida para mujeres’, nació en una casa editorial con recorrido y soporte comercial, Publicaciones Semana. Con la fórmula de empelotar a la mujer de moda con la que el público –televidente– se identifica, acompañado de textos literarios y periodísticos, SoHo se convirtió, en 5 años, en la segunda revista más leída del país, según el EGM, después de TV y Novelas, la quincenal sobre farándula. Lo interesante es que después de dos desnudos sin experimentación artística, después de educar al lector una línea editorial sorpresiva coyunturalmente, hoy SoHo se da el lujo de romper esquemas estéticos y publicar desnudos como los de Yidis Medina y Marbel; siempre, a la vez, respondiendo en la contraportada a lo que la gente pide, sin dejar de sacar divas ejemplares como Amparo Grisales o Aura Cristina Geitner. Ese contexto arriba descrito fue aprovechado por SoHo y, con algunas excepciones de inspiración periodística y estética, no se ha salido de ahí: la mayoría de las fotos son iguales y las mayoría de las mujeres, en las mismas poses de siempre, están registradas dentro de unos parámetros concretos de belleza. Con eso, se ha convertido en un medio masivo de comunicación, lleno de cartones y de avisos.

Jet-set, Don Juan y Playboy también han publicado desnudos. Pero no podemos hablar de todos y la relevancia de estos tres medios no es comparable con la de los anteriormente analizados. También omitimos los desnudos de tabloides, como los de Vea y El Espacio, fotografías compradas a agencias extrajeras cuyo propósito no es noticioso –como sí lo son las de SoHo, que empelotan a una mujer (u hombre) reconocida– sino ser una lectura pasajera y entretenida. Si la idea fuera ser juiciosos, faltaría profundidad en el análisis de temas como el desnudo en el arte, la televisión o el cine, así como un estudio de la cultura traqueta que invadió al país. Pero es un hecho que el desnudo se ha vuelto una prioridad periodística y hoy en día se lleva gran parte de los lectores y la pauta. Y eso, es un evento extraordinario si nos comparamos con otros países, lo cual no es un accidente –como vimos– sino que responde a una historia económico-socio-cultural que el país ha experimentado en los últimos 40 años.

Publicado en Lecturas dominicales de El Tiempo en enero de 2009

Written by pardodaniel

enero 9, 2009 at 3:40 pm

Una aguja en el desierto

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Los tunecinos son muy queridos, a pesar de su desafortunado pasado francés. Y no solo eso: también son inteligentes. Un Tunecino encontró mi billetera en la mitad del desierto. Y esta es la historia.

Después de haber llegado a Monastir -un pueblo en el Mediterráneo que tiene, únicamente, una hermosa Rábida-, haber pasado una tarde en
Kairuán -una antigua ciudad Persa que hoy resalta por su inmensa e intacta Medina-, y haber dormido en Tozeur -otro pueblo al sur de Tunéz donde un niño de 17 años me estafó al cobrarme 20 dólares por dormir en la lavandería del hotel que estaba cuidando esa noche-, llegué a Douz, lugar desde el cual saldría para el desierto del Sahara, a pasar año nuevo.

Una agencia de viajes me llevó, por 23 dólares, todo incluido, a la mitad del desierto el 31 de diciembre del 2009 en un camello en celo, lo que quiere decir que cada 30 segundos sacaba su inmensa lengua para hacer una maroma incomprensible con sus babas, que, pegajosas y esponjosas, salataban por medio mundo. En un campamento con unos japoneses que se fueron a dormir a las 8, un profesor que enseña griego en un colegio londinense, una familia de 42 españoles y españolas relativamente borrachos y borrachas, y dos tunecinos que trataban de entender la tradición de las 12 uvas a las 12 (que los españoles remplazaron con 12 dátiles secos, típica producción de la palma seca del este africano) pasé el año nuevo. Hizo frío, no hubo trago, la fogata hacía más humo que fuego, no había música sino tambores y los últimos nos fuimos a dormir a las 12 y 30.

Al otro día, de vuelta a Douz, por culpa de esa manía de guardarla en el bolsillo de atrás, boté mi billetera en el trayecto en camello. ¿Cómo hizo Abdul Ein Habib para encontrar una billetera en el desierto del Sahara? Simple: por la fortuna de 10 dólares, Abdul y sus camellos volvieron a recorrer el camino de 10 kilómetros que previamente habíamos trazado, y después de tres horas encontró la billetera.

Abdul Ein Habib, un hombre mueco de 1 metro con 60 que no pasa de los cuarenta, se gana 5 dólares al día por hacer ese trayecto 5 veces al día, con 6 camellos, un turbante beige que heredó de su padre hace 34 años y un celular que no sabe manejar muy bien. Tiene dos esposas, una de ellas en sus treintas, con la que tiene tres hijos, y otra en sus veintes, que ve una vez cada dos días. ¿Cómo hace para mantener semejante camada con tan diminuto sueldo? Por las mañanas se compra 10 pitas por 10 centavos de dólar, una mantequilla hecha de dátil por 5, los ingredientes para hacer falafel, fríjoles, tajine y humus por 15 y un paquete de cigarrillos por 1 dólar. Con eso comen por tres días, hasta que las pitas se ponen viejas, un pecado en esta tierra de pan. Viven en una casa hecha con ladrillos de barro, donde cuidan los camellos y donde, en el verano, la temperatura llega a los 45 grados centígrados.

Desde que le avisé que había botado mi billetera, Abdul me aseguró que la iba a encontrar, a lo que yo, naturalmente, repondí con una sonrisa arrogante e indiferente. Me dejó callado.

Publicado en Historias – Blog SoHo en enero de 2010

Written by pardodaniel

enero 1, 2009 at 11:20 pm