Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

El hijo de Bob Dylan

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No tiene por qué hacerlo. No tiene por qué pensar que, por ser el hijo de la legenda, tiene que romper la historia de la música en dos, así como su padre lo hizo. El lugar donde nació, en otras palabras, no debe ser un argumento para juzgar la música que hace el menor de los cuatro hijos de Sara y Bob Dylan.

Y es que a partir de ese ojo, de ese estigma, lo han estado mirando desde que lanzó –en el 2008- su primer disco como solista, Seeing Things. La reseña del crítico y ex vicepresidente de MTV Mark Kemp en Rolling Stone, por ejemplo, empieza diciendo que “Jakob Dylan tiene unas botas de cuero español que llenar”, y concluye que “tratando de vivir bajo la sombra de su padre, Dylan necesita de un folk rock más competente para ser tomado seriamente”.

¿Qué pretende el señor Kemp, que Jakob Dylan no tenga en cuenta sus influencias y, además, experimente -y tenga éxito- con tendencias sin precedentes como lo hizo su padre en los 60’s, 70’s y 80’s? Jakob Dylan no tiene ninguna obligación. Se metió en la boca de lobo, eso sí, al haber decidido hacer un disco de guitarra y voz: de auténtico y sencillo folk, ese género nostálgico con algo de blues y algo de country que se originó en el meollo de alguna clase trabajadora estadounidense, y se regó y popularizó como música de protesta durante la Guerra de Vietnam. Eso, precisamente, en la boca de Bob Dylan, entre otros, quien, propio de su irreverencia, nunca se consideró como un cantautor del famoso folk-revival.

En 1994, otra legenda del folk, Johnny Cash, grabó en la sala de su casa uno de sus discos insignia, American Recordings, con uno de los productores más relevantes de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, Rick Rubin, el mismo personaje gordo y pinta de indigente que produjo el disco que acá reseñamos. Así como el mencionado, produjo 4 más de Cash, y de sus manos también han salido discos importantes y diferentes como Californication, de los Red Hot Chili Peppers, De-Loused in the Comatorium, de The Mars Volta, Renegades, de Rage Against the Machine y Licensed to Ill, de los Beastie Boys. No es cualquier productor. Y basta con leer el reportaje de portada titulado “The Music Man” publicado en la revista del New York Times en septiembre del 2007 para entender su relevancia como el hombre detrás de música claramente relevante, que ha influenciando a muchos y vendido por doquier.

Y se nota en el disco de Jakob Dylan, que, si bien no es música compleja -siendo que se trata de cuerdas, voz y en partes vientos y percusiones-, tiene un sonido perfecto, delicado y con textura. Un sonido, por lo demás, que se materializa en una casa al borde del Río Missisippi, cómoda, donde la madera suena mientras se prende, en un domingo frío y desolado, cuando la única voluntad de un hombre melancólico no puede ser otra que fumar e interactuar con su guitarra.

10 canciones en 37 minutos sin pretensiones utópicas ni revolucionarias, letras oscuras y una voz de añoranza, propia del folk sureño, es lo que propone el ex líder de The Wallflowers, la exitosa banda de pop-rock que dio a conocer por el mundo a Dylan Jr. en los 90’s.

Para seguir encasillándolo, Seeing Things va en la onda de James McMurtry y Elvis Costello: letras tristes, métrica fácil y voz ronca y honesta. Hablamos de ese tufo rural del campo norteamericano solitario, seco, donde no pasa nada y la juventud y el movimiento parecen no tener lugar. “Will It Grow” y “I Told You I Couldn’t Stop” son canciones que hablan de ese mundo, así como “Something Good This Way Comes” expresa el ideal de la vida buena -no la buena vida- que se rige por una cabeza fría y clara, donde hay una única y amada mujer, donde los pájaros silban y el sol resplandece, la tierra es fértil y un café con apple pie es el punto más alto del día.

Que lo de Jakob Dylan no sea tan importante como la obra de su padre no significa que sea mala. Sin prejuicios, uno debe escuchar este disco mientras escribe, o lee, o se toma un té con galletas de chocolate.

No tiene por qué hacerlo. También se puede oír este disco pensando que Jakob Dylan trata de seguir los pasos de su padre sin éxito alguno. O, por qué no, también puede oírlo pensado que el disco habla de la música que oyó Jakob Dylan mientras crecía, y demuestra que el folk no tiene que ser hecho en los 50’s para ser bueno. El hijo de Bob Dylan no puede ser visto como tal, sino como un músico que se atrevió, sin pretensiones abismales, a hacer folk clásico el siglo XXI.

Publicado en Revista Arcadia en Enero de 2009.

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Written by pardodaniel

enero 18, 2009 a 11:02 pm

Publicado en Revista Arcadia

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