Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for mayo 2009

La historia en espiral

leave a comment »

En junio de 1940, mientras los Nazis invadían París, Peggy Guggenheim y Herbert Read hacían una lista de artistas a los cuales Peggy les compraría obra. Entre ellos estaba Pablo Picasso, a cuyo estudio Guggenheim entró en diciembre de ese año. “Madame, —dijo el andaluz—, el departamento de lencería está en el segundo piso; éste es el tercero”. Peggy, libreta en mano, omitió el incidente y se presentó como una judía que estaba entre escapar de la persecución nazi o viajar por Europa comprando una obra de arte al día. Tanto Picasso como Man Ray, compañeros de estudio en ese momento, se rieron y se disculparon.

Hoy, la bodega del Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York, guarda doce Picassos donados por Peggy Guggenheim. Guardados mientras sus salas exhiben la obra de otro monstruo: Frank Lloyd Wright, el arquitecto que le dio forma al edificio que cumple cincuenta años de fundado, ha hospedado 500 exposiciones y ha sufrido dos renovaciones.

En los tersos muros blancos del edificio en espiral se escriben dos historias. La de una mujer que, sin omitir que tuvo cuatro esposos, es considerada una de las más prestigiosas coleccionistas y mecenas del arte del siglo pasado. Y la de un hombre obsesionado con romper paradigmas arquitectónicos que, también sin omitir, trataba sin piedad las cuentas bancarias de sus clientes, es considerado una ruptura en la arquitectura moderna.

Los Guggenheim brotaron de la bonanza del siglo XIX como una de las familias judías más poderosas del Upper East Side, de Manhattan. Solomon se retiró del negocio minero en 1919  y se estableció como un comprador importante de arte, creando en 1937 la fundación que iba a llevar su nombre. Su hermano Benjamin, financiero que murió en el Titanic, era el padre de Peggy, una mujer enamorada del arte, de los hombres y de los hombres que hacen arte. En 1920 se mudó a París, donde conoció a Marcel Duchamp y a Georges Braque. En 1938 abrió una galería en Londres, donde exhibió a Alexander Calder y a Vassili Kandinsky. En 1942 se casó con Max Ernst y en 1946 se divorció.

Peggy Guggenheim fue la cabeza de la generación de artistas exiliada en Nueva York durante la Segunda Guerra. Íntima amiga de Truman Capote y Jackson Pollock, la clase alta neoyorkina nunca fue fanática de su obra ni de su personalidad: la calificaban de tonta, loca y ninfómana. En 1947 volvió a Europa y se afincó en Venecia, donde creó el museo que hoy exhibe parte de su colección. Más allá de sus intimidades, su filantropía hizo del Guggenheim una fundación relevante que dio a conocer, entre muchos, a Kandinsky y a Pollock, protagonistas determinantes del arte de postguerra.

En la obra de Broadway dedicada a su vida, Woman Before a Glass, su personaje se refiere al ‘espiral’ diciendo: “Por el amor de dios, ¡es un parqueadero!”. No es mentira que Peggy Gugenheim, después de que Wright construyó el edificio que respondía más a la ambición de un arquitecto visionario que a los parámetros convencionales de un recinto dedicado a exponer pintura, se desilusionó con la obra.

Y es que en la cuadriculada Nueva York, quien quiera que se pasee por la Quinta Avenida con calle 89, en Manhattan, notará que hay un lunar blanco pegado al Central Park. El Guggenheim fue, de entrada, un ataque a la rigidez de la capital financiera de Norteamérica. Además, siendo una rosca en forma de embudo, no tiene la lógica espacial necesaria para exhibir pintura. John Canaday, de The New York Times, lo llamó en 1959 “una guerra entre arquitectura y pintura de la que ambas salen lisiadas”. Esa no era la preocupación de Wright. No lo era, porque Frank Loyd Wright es el arquitecto norteamericano más famoso del siglo XX. Aquel capaz de pensar la ciudad moderna de una manera revolucionaria luchando en contra de la deshumanización de las ciudades. Su teoría, materializada en la Casa Usonian (término que prefería a American, ‘Usonian’), en la cual articulaba la naturaleza con la residencia, y separaba lo público de lo privado: la ciudad y la casa, unidas por enormes autopistas, son dos espacios diferentes.

El triunfo de Frank Lloyd Wright: de dentro hacia fuera, la exposición que muestra 200 de sus dibujos y más de una docena de sus modelos a escala, es que muestra cientos de proyectos que se quedaron en el papel del genial arquitecto. Si el Guggenheim hubiera sido construido para una exposición concreta, en esta muestra hubiera encontrado su razón de ser. A eso se refiere Paul Goldberger, crítico de arquitectura de The New Yorker, en la última edición del semanario: “En su ascendencia hacia el cielo, el Espiral es una metáfora autoritaria para una exhibición cronológica de no pintura”.

El recinto se ajusta a la narrativa de esta obra, pero la exhibición no incursiona en la controversia de un arquitecto que ha sido calificado de megalómano y desobedecía sin vergüenza a las pretensiones de sus clientes. Como pasó con el Guggenheim. Durante la construcción, James Johnson, director del museo, tuvo que pelear a menudo con Wright sobre sus ideas. Cuando el segundo murió, seis meses antes de la inauguración, pintaron el edificio de blanco en vez de marfil, como era su idea, y colgaron las pinturas en paredes artificiales en vez de hacerlo en los muros curvilíneos del espiral, tal como Wright quería.

Según Víctor Hugo, “la arquitectura ha grabado las grandes ideas de la raza humana. No solo todo símbolo religioso, sino toda idea humana, tiene un espacio en este vasto libro”. Según el libro Museo Guggenheim, entonces, este Espiral fue el protagonista central de la historia del arte y la arquitectura en el siglo XX. Que los cumpla muy feliz.

Publicado en Revista Aecadia en junio de 2009

Anuncios

Written by pardodaniel

mayo 18, 2009 at 11:09 pm

Publicado en Revista Arcadia

Choque de civilizaciones

leave a comment »

102809breslin.jpg

El Ace Hotel es uno de esos sitios que uno mira con admiración y decepción, porque, si bien son encantadores, va a ser muy difícil que algún día uno pueda llegar a disfrutar de sus servicios. Los cuartos son como el apartamento que uno siempre quiso, con ventanales gigantes, una guitarra acústica, afiche de Andy Warhol, nevera llena de Stella Artois, un jamón serrano por ahí colgado y una colección actualizada de Vanity Fair sobre la mesa de la sala. Por 900 dólares la noche. El hotel abrió ayer un restaurante, donde el fin de semana pasado hubo un matrimonio gay y donde U2 hizo una fiesta hace 10 días. Se llama The Breslin, y su dueño, Ken Friedman, tiene dos restaurantes con uno de los gurús de la gastronomía neoyorquina, Robert De Niro.

Al frente de The Breslin hay una mezquita musulmana, una cultura que, como se sabe, no mezcla sus cultos religiosos con prácticas del ocio. Como The Breslin, evidentemente, servirá alcohol, restaurante y sacerdotes han estado peleando toda esta semana sin poder llegar a un acuerdo funcional. A la petición del líder árabe de abstenerse de servir licor, Friedman dijo “es chistoso, porque yo no voy a mover mi bar solo porque ustedes descubrieron que servimos trago. ¿Acaso existe un restaurante que no sirva alcohol? Esto es los Estados Unidos, y yo puedo servir trago donde se me dé la gana”. Ante la insistencia de los sacerdotes, que según Friedman lo amenazaron, el señor va a poner unas cortinas para tapar las ventanas que dan a la calle. No las ha puesto.

Como lo reportó The New York Observer, existe una ley que prohibe a restaurantes de Nueva York vender trago a menos de 200 metros de un lugar de culto, lo cual le daría la razón a los musulmanes. Sin embargo, como ellos también tienen un comedor y unos apartamentos en la mezquita, ésta no está exclusivamente destinada a la religión, que lo que establece la ley. ¿Y ahora qué van a hacer los sacerdotes? ¿Quién podrá defenderlos?

Written by pardodaniel

mayo 8, 2009 at 9:48 pm

No contaban con su astucia

leave a comment »

http://srg85.files.wordpress.com/2009/08/central-park-picture.jpg

Vermont, un estado en la región de Nueva Inglaterra cuya ciudad más importante es Burlington, es una tacita de té. Por eso, la revista Forbes lo llamó el año pasado el Estado más verde de Estados Unidos. Porque abundan los árboles, las fincas, los jardines, y porque no tiene un sistema de transporte masivo, sucio y alevoso. La mayoría de los edificios están cerificados por el Consejo de Edificios Ambientales (LEED) y la mayoría de la inversión pública se va en hacer del Estado uno más verde, en términos ambientales, claro. Vermont es, así, el ejemplo a seguir, según Forbes.

Pero Forbes está equivocada, dice David Owen, periodista de The New Yorker, en su columna en el blog ambiental de la Universidad de Yale, Environement 360. Lo dice porque lo habitantes de Vermont gastan 100 galones de gasolina más que el gringo promedio, porque su sistema de tránsito se reduce a buses y porque sus habitantes no son concientes del daño que hacen al dejar la luz prendida, por ejemplo. Es decir, según Owen, Vermont es como un país tercermundista: si bien no está desarrollado, y por eso aparenta ser verde, el impacto que genera en el ambiente es incluso peor del que produce una metrópoli.

Entonces, ¿cuál es el lugar más verde de Estados Unidos? Para nuestra sorpresa, la ciclópea Nueva York. Porque los neoyorquinos son los que menos gasolina y electricidad consumen en el país, porque las distancias son pequeñas, porque el sistema de transporte es ambientalmente eficiente, porque sus residentes son los más deportistas del país, porque un apartamento es más eficiente que una casa, porque la gente tiene conciencia ambiental. Es decir, porque ésta es una metrópoli desarrollada en pocos metros cuadrados, donde todos viven apeñuscados y donde, por consiguiente, se maximizan los recursos, Nueva York resulta ser la ciudad que menos rejo le está dando al ambiente por estos días.

Al señor Owen le faltó mencionar que el próximo domingo se llevará a cabo la mítica maratón de Nueva York, con sus habituales 40 mil participantes, lo cual es un argumento más para graduarla como la líder en el fomento de la sanidad ambiental.

Written by pardodaniel

mayo 8, 2009 at 9:47 pm

Colombianos equivocados

leave a comment »

Uno de los pensamientos más frustrantes que le produce a uno Nueva York es darse cuenta que en Colombia nos leemos. No hay que citar a nadie para comprobarlo. Es una realidad que todos los colombianos —nosotros, los colombianos— sabemos que es cierta. Preferimos la televisión. Y qué le vamos a hacer. La preferimos sin vergüenza. Y tampoco es que seamos brutos —nosotros, los colombianos, tan particulares en nuestras formas. Lo que pasa es que somos perezosos y nos soportamos la ignorancia. Podemos vivir con ella.
Y la verdad, así suene pretencioso, es que uno solo se da cuenta que los colombianos no leemos cuando llega a Nueva York. Cuando se monta en el metro y cuatro de cada cinco pasajeros van leyendo. Literalmente. Leen libros para saber cuál es la mejor dieta sin tener que dejar la Coca-Cola; leen reportes sobre la bolsa de acciones; leen perfiles de aplicantes para un trabajo de mesero; leen historias sobre dragones que se toman la Casa Blanca; leen una guía para comprar exfoliadores para las plantas de los pies; leen La Crítica de la Razón Pura; leen el Daily News; leen Esquire. De sus iPhones y de sus Kindles también. Y unos van aprendiendo chino y los otros van traduciendo un poema. No importa qué sea, si es estúpido o no, pero los tipos van leyendo. Porque, tal vez, no quieren perder un solo segundo de sus vidas mirando el espaldar de la silla del frente. Quieren, mientras se transportan, estar enriqueciendo su conocimiento. Así sea con un libro de novecientas páginas sobre las interpretaciones psicoanalíticas de la crisis de Britney Spears, o una historieta sobre lesbianas que se alimentan de abejas en África. Y hasta tienen un blog que día a día hace comentarios sobre los libros que la gente lee en el metro, el cual dio lugar a la organización que regaló 600 libros en el metro con el sencillo objetivo de fomentar la lectura en el tren.

Acá la gente sí lee.
En Colombia, en cambio, es normal que alguien diga que no se lee un libro hace años, o que alguien diga que simplemente no lee del todo. “Yo no leo”, diría tranquilo. Acá, en Nueva York, eso no pasa.
Y la investigación que publicó hoy el New York Times titulada “Leyendo bajo tierra: habla por sí sola. Y va así:

La mujer de mediana edad con un saco negro sobre sus hombros ha asumido una postura meticulosamente calibrada: pies separados, brazos relativamente inclinados, músculos relajados pero en alerta. No estaba ella preparándose para una pelea de Taekwondo, sino haciendo un versión personal de una contienda que millones de Neoyorquinos enfrentamos todos los días: leer, atentamente, incrustados en una lata de sardinas de tren que va a gran velocidad hacia Brooklyn a la hora tumultos de la tarde. Sin sostenerse. Como sea, leemos. Incluso sin una silla, incluso mientras estamos espichados dentro de un panini humano, incluso mientras alguien toca la armónica y pasa un vaso de monedas, incluso cuando vamos prendidos para la casa después de una fiesta.

El metro es el lugar más incomodo que uno se pueda imaginar para leer, con su ruido, olor y hostigamiento. Y sin embargo, ahí es donde los neoyorquinos leen la mayor cantidad de sus páginas. Cosa que es, si los sumamos, mucho: John, un plomero citado en el artículo que vive en Bushwick, tiene que viajar una hora de ida y otra de vuelta todos los días en el metro. Con eso, lee dos horas al día, diez horas a la semana, dos libros cada mes. El último que se leyó fue City of Glass, un clásico de Nueva York escrito en el 71 por Paul Auster.
Ahora después de esta publicación, que definitivamente ha dado de qué hablar hoy en los blogs neoyorquinos, el New York Times pretende saber qué, exactamente, lee la gente en cada línea del metro. Para eso, van a preguntarle a los usuarios de su página por el título del libro y la línea en la que se transportan mientras lo lee.
Los Colombianos no leemos porque todo nos importa un carajo. Porque nos conformamos con un periódico nacional, porque le creemos a Vicky Dávila y porque creemos que, gracias a García Márquez, somos un país de literatura. Equivocado estaba Simón Bolívar cuando dijo que Colombia era la Universidad de Latinoamérica. Y equivocados también los que dicen que Bogotá es la Atenas Suramericana. Equivocados todos los colombianos —nosotros, los colombianos— cuando pensamos que, a punta de no leer, algún día vamos a salir del barullo en el que llevamos 200 años empotrados. Equivocados.

Written by pardodaniel

mayo 8, 2009 at 9:36 pm

La Nueva York de Ted Kennedy

leave a comment »

Cuando niño la llamaba casa. Se casó acá. Enterró a su hermano Bobby acá. Y fue Nueva York, un Estado que le trató de dar la nominación por el partido Demócrata cuando perdió contra Jimmy Carter en el 80, la ciudad que vio sus sueños de ser presidente difuminarse.

Edward (Ted) Kennedy, el hermano menor de John y Robert (Bobby) Kennedy que murió esta madrugada, será siempre recordado, como su familia, como un hombre de Massachusetts, siendo que representó a este Estado en el Senado durante 46 años. Pero Ted Kennedy, en esencia, era un neoyorquino del Upper East Side, del Central Park los domingos, de Wall Street Journal en la mano izquierda y de café oscuro y sin leche en la derecha. Los momentos más importantes de su vida ocurrieron acá, y los testigos de su muerte eso no debemos olvidar.

Uno de eso momentos, por ejemplo, fue en agosto de 1980, en el famoso escenario de Manhattan, el Madison Square Garden, cuando dio un discurso legendario en la convención demócrata que nominó a su previamente contendor en la primarias del partido, Jimmy Carter. “Las cosas salieron diferente a como las había pensado—empezó—, pero déjenme decirles, yo siempre amaré Nueva York”. Las palabras que se volvieron parte de la cultura popular de la ciudad y del país entero fueron al final del discurso: “Para mí, hace unas horas, esta campaña se acabó. Pero para todos aquellos cuyos problemas han sido de nuestra competencia, el trabajo prosigue, la causa se refuerza, la fe pervive y el sueño nunca morirá”. (Este fue el mismo tipo de lenguaje poético y utópico que le vimos en la convención demócrata que nominó a Obama).

Cuando nació, en el 32, su familia vivía en una casa al norte de Nueva York, en Westchester County. En el 42 se mudaron de vuelta a Boston, y él se quedó en un apartamento en Manhattan. Cuando se casó, en el 58, Ted volvió a Westchester.

Los Kennedy siempre fueron una familia de esta ciudad. Cuando mataron a Robert, en el 68, justo después de haber sido elegido candidato demócrata para la presidencia, su funeral fue en la famosa catedral de San Patricio en la Quinta Avenida con calle Cincuenta. Precisamente ese día, Ted pronunció con voz cortada tal vez su más famoso discurso, en el que dijo: “Mi hermano no necesita ser idealizado o agrandado por haber sido asesinado, porque su vida habla por sí sola. Que sea más bien recordado como un hombre que veía el mal y lo corregía, uno que veía sufrimiento y trataba de sanarlo, que veía guerra y trataba de pararla…Esos que lo amábamos lo acogeremos en nuestros brazos para siempre; recemos por lo que fue para nosotros y por lo que quiso para los demás, un sueño que algún día tendrá que ser una realidad”.

Un sueño que Ted se empeñó en cumplir durante 46 años en el Senado. Hoy Nueva York se unió para rendirle tributo a uno de sus más cercanos amigos; amigo de ricos y pobres. Hoy los medios dicen que Ted fue el Kennedy más influyente, el que más relevancia tuvo en la política norteamericana, y tiene sentido. Haber superado el asesinato de sus dos hermanos no fue un obstáculo para insistir en su proyecto primordial, la reforma al sistema de salud; esa que hoy está en limbo y Obama está prestado en sacar adelante.

Hoy Nueva York, junto con medio país, estuvo de luto por un hombre que nunca dejó de ser un auténtico neoyorquino: un liberal con mente revolucionaria empeñado de cabeza en ayudar a los demás.

Written by pardodaniel

mayo 6, 2009 at 9:35 pm

Gastronomía neurótica

leave a comment »

Pues claro que Boris Yellnikoff, protagonista de la última de Woody Allen, Whatever Works, interpretado por Larry David, es judío. Pues claro. Porque David es judío, Allen también, y Yellnikoff resulta ser un cincuentón amargado que no se resiste a los demás y se preocupa a diario por la falta de sentido que tiene esta vida y el oscuro futuro que le espera a esta humanida. Es un auténtico personaje de Allen, que vuelve a Nueva York, esta vez a Chinatown, con una película clásica en su lenguaje, estilo e hilarante humor. Ahora bien, si uno es judío y vive en Chinatown, va, caminando, a Yonah Shimmel Knish, la panadería semita que está montada en Houston Street, en el Lower East Side, desde 1890.

The Underground Gourmet, una compilación de reseñas de restaurantes neoyorquinos que salió hace unos años y se convertió en una biblia más completa que la Zagat, no solo elogió el sitio con devoción. También dijo que “en los últimos 50 años ningún político de la ciudad ha sido elegido sin haberse tomado una foto en Yonah Shimmel”. En el XIX el señor Shimmel, hijo de familia polaca, puso un carro rodante para vender especialidades en el barrio judío de Manhattan. A saber, humus, Borscht con crema agria, Gefilte fish y bolas matzah. En 1910, Shimmel convirtió el carrito en el local que hoy sigue ahí, siendo uno de los pocos símbolos judíos que quedan en el LES.

La especialidad del sitio es el Knish, un relleno cubierto de una masa cocinada al horno o frita, tradicionalmente rellena de puré de papa, carne picada, sauerkraut, cebollas, kasha, batata, frijoles negros, frutas, brocoli, tofu, espinaca o queso. Grandes o pequeños, los hay para comérselos de un bocado o a manera de sánduche. Lo importante, sobre todo, es que sean encontrados en un lugar informal, donde las servilletas estén arrugadas, el salero esté grasoso y la lata de Coca-Cola que venden tenga que ser meticulosamente limpiada en su parte superior. Admás, es importante que el sitio esté repleto de rabinos, que gritan lo que hablan y huelen feo, que tienen todos la misma pinta y su piel parece congelarse de la resequedad. La idea, en otras palabras, es que el sitio donde uno coma Knish sea lo más judío posible. Y Yonah Shimmel es el corazón de esto y mucho más. Por eso Boris Yellnikoff lo frecuenta, aunque no sepa “de qué carajos está hecho el Knish”.

Written by pardodaniel

mayo 4, 2009 at 9:45 pm