Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for enero 2010

De cómo llegué a Delhi

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Downtown Delhi on a Seasonably Hot Day by Stuck in Customs.

Al señor que limpia los cuartos de mi Hotel en Cairo sólo le quedan cuatro dientes: tres arriba y uno abajo. Él, en su inglés imposible, se ofreció a lavarme dos sacos de algodón con capucha, de esos que se demoran en secar, y unos pantalones de pana, por 2 dólares en menos de 48 horas. La primera vez que lo vi fue a las 5 de la mañana, cuando llegué al hotel buscando un cuarto, y él estaba botado en el piso haciendo su rezo de las mañanas.

Cuando vi, a 12 horas de mi vuelo a Delhi, que la ropa no estaba seca, le dije que no tenía sentido ponerla ahí, en la lavandería, y que era mucho mejor ponerla en el techo, al rayo del sol. Él se rehusó, en su inglés descarado, así que yo cogí la ropa y la puse en el techo. Cuando, 4 horas antes del vuelo, fui a recogerla, estaba botada en el piso, llena de polvo, porque la dueña del techo, una indigente que vende papel higiénico en la calle, la había tirado.

Entonces me fui con mi ropa mojada y más sucia que nunca. Salí del hotel, a las 10 de la mañana, a mandar la guía de Egipto y otro libro a Bogotá por correo. En eso, tras explicar en mi inglés estúpido qué era Colombia y dónde quedaba, me demoré una hora, y me llamó la atención cómo los funcionarios del correo trataron mi sobre: le abrieron huecos, le escribieron notas, le dibujaron mamarrachos, le pegaron calcomanías. Uno de ellos, de cachucha Nike y tennis Puma, guardó mi email, por si los libros son devueltos sin haber podido alcanzar su destino.

Por líchigo y terco, me fui caminando a la estación del bus, y no cogí taxi. En el camino, por un increíble cable que había en la calle, me caí, rompí mis jeans y me raspé las rodillas. Las dos. Pero finalmente, en medio de una histéria inaudita, con mis rodillas sangrando y mis manos negras, cogí el bus indicado a tiempo.

El recorrido no fue largo, sino eterno. Y al conductor no le bastó que el trancón fuera infinito para parar a hacer su rezo del mediodía, mientras todos lo esperábamos debajo del sol del mediodía, ese que entra por las ventanas, quema los pantalones y calienta las piernas. Una hora en ese bus ardiendo, y llegué al terminal equivocado, así que, como si mi destino me estuviera castigando por pesetero, tuve que coger un taxi.

El avión de Gulf Air que hacía escala en Bahréin, un isla millonaria en el Golfo Pérsico, se había dañando, entonces tuve que esperar una hora a que las estresadas operarias de la aerolínea, con un mundo de árabes regañándolas, me reservaran un puesto en otro avión, que terminó siendo en Jet Airways, una aerolínea India, que hacía escala en Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos. Dos horas después abordé el avión, y me tocó en el último asiento; sí, ese; el que no se pude echar para atrás y queda al lado del baño. Y no solo fue el niño vomitando en el baño y el trasero de su padre en mi cara mientras recogía el trapo vomitado del piso. También era el árabe modernizado con gafas de espejo echándole los perros a la azafata y el gordo de mi lado cuyo brazo tomaba, literalmente, mitad de mi asiento.

Ya acostumbrado a los problemas, acepté con tranquilidad el retraso de 12 horas en el vuelo desde Abu Dabi, un aeropuerto que, a pesar de tener Internet gratis, tiene de esos asientos con reposadores de brazos que no dejan que uno se acueste. Entonces dormí en el piso y, 12 horas después, abordé el avión, otra vez en el asiento de atrás.

Como en Delhí no se podía aterrizar por una neblina interminable, nos mandaron a Bombay, donde esperamos 3 horas.

Finalmente, después de 38 horas de problemas, llegué a Delhi, una ciudad oscura, caótica y fea, a un hotel en el Bazar Central, el de las vacas, las motos, los taxis, los rateros y las ratas. Tengo agua caliente, un privilegio, pero la regadera está dañada y me toca bañarme con balde. Las sábanas están limpias, pero parece que estuvieran mojadas, porque están muy carrasposas y frías. Afortunadamente, la luz está también dañada, y así no tengo que ver la realidad del piso del cuarto.

Al niño que limpia los cuartos todavía le quedan dientes de leche. La primera vez que lo vi estaba botado en el piso, trapeándolo con una tela sucia. Me miró con sus unos ojos tristes y, sin vergüenza alguna, me preguntó ‘are you girls or boys?’. ‘Boy’, le dije, y me volvió a preguntar. Yo me quedé callado, pagué mi cuarto de 6 dólares, y dormí por 7 horas, hasta que el sonido de una carne fritándose me despertó y me dijo ‘Welcome to India’.

Publicado en Historia – SoHo en febrero de 2010

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Written by pardodaniel

enero 26, 2010 at 11:30 pm

Los hombres

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Cairo, Egypt

Los 6 hombres de estas fotos son habitantes de Al-Rashid, un pueblo sin calles que con el carisma honesto de su gente hace olvidar -y en cierto sentido eliminar- la pobreza inmunda en la que vive.

Si la persona más amable que usted va a conocer en el mundo en un egipcio, una persona de Al-Rashid es la más amable que va a conocer en Egipto, un país, de por sí, muy amable.

Inmunda, digo, sin ser despectivo, sino de manera literal. Lo primero que hice al llegar a Al-Rashid, un pueblo en la costa mediterránea de Egipto a 65 kilómetros de Alejandría, fue ir a un baño público. El piso, para empezar, era un barrial de mierda, del color de la mierda y con la textura aguada de que caracteriza a la mierda. Los artefactos destinados para orinar no eran orinales sino sifones en el piso improvisadamente instalados. Lavamanos no había, pero sí una manguera en otro de esos sifones donde la gente se bañaba las manos, la cara, las axilas y los pies. Hablo de uno de esos lugares donde uno tiene que tomar aire para entrar. Y lo que es increíble, para rematar, es que la entrada al baño de Al-Rashid, el baño más sucio y descartado que yo jamás había visto, vale una libra egipcia, equivalente a 50 pesos colombianos.

Las calles son barriales, el río es un barrial, y la comida, sin ser exagerado, está untada de barrial. Y a la gente, sonriente y afable, no parece importarle. Al contrario, éste es el lugar más feliz de un país que siempre tiene una cara generosa, servicial. Tal vez cada vez que he comprado o he pretendido comprar algo en Egipto el vendedor me ha tratado de estafar. Porque el árabe es estafador por naturaleza, por cultura. Pero acá no. Al contrario: me regalaron la comida. Me comí el Fuul más rico que me he comido en este país, por una Libra egpcia. Y me dieron uno más gratis.

Rosetta, como se le conoce en Inglés, fue un puerto comercial relativamente importante durante el imperio Otomano, y de ahí el origen de las casas hechas con ladrillos negros y vinotinto cuyos balcones están tallados en madera oscura. En Al-Rashid, también, fue donde encontrarón la piedra Rosetta, tal vez el descubrimiento que más contribuyó a descifrar los jeroglíficos egipcios.

La historia de Al-Rashid, sin embargo, hoy solo existe en Wikipedia y Lonely Planet. Y lo que hay es un pueblo cerrado y diminuto donde la gente, en medio de la porquería, recibe a los tres extranjeros que van al año con los brazos abiertos. Pareciera, de hecho, que los habitantes de Al-Rashid nunca jamás hubiesen visto un extranjero, y fue por eso que mi viaje a ese lugar -donde me trataron como un extraterrestre, una celebridad y un invasor- fue tan impactante.
La cultura árabe es una cultura de hombres, de mirarse a la cara y decir las cosas de frente. La diferencia de género es radical y las mujeres no parecen tener rol social por fuera de la casa, donde ahí sí son las matronas. Pero es un país de hombres. Y están jodidos: Egipto pasa por una de sus peores crisis económica en la historia; tienen un gobierno desgastado hace casi 30 años y la gente parece no aguantar más. Pero siguen ahí, hablando, riendo, siendo un país de tertulia, de amigos que se reúnen varias veces al día a tomar té o café a hablar y reírse sin parar, como cotorras, como si los temas de la vida nunca se acabaran. Ese es el caso de estos hombres, que muy amablemente se dejaron fotografiar por mi cámara.

 

 

Ar-Rashid, Egypt

Written by pardodaniel

enero 20, 2010 at 11:24 pm

Café, cigarrillos, fútbol

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El-Tugareya, Alexandria, Egypt.

 

El sábado a las seis de la tarde un señor que vamos a llamar Mohhammed, puesto que ese es el nombre más usado en el mundo árabe, estaba tomándose una limonada en El-Tugareya, una cafetería con 94 años de edad el frente del Mediterráneo en la histórica y hoy aburrida ciudad de Alejandría, al norte de Egipto. Canoso, a dos años de quedarse completamente calvo, de bigote plano, saco negro de lana y pantalón de pana vinotinto, Mohhammed era el único hombre solo de la cafetería más famosa de esta ciudad de tertulia.

El-Tugareya (foto) está separada en dos: un salón de té que acepta mujeres, donde la gente se reúne a jugar dominó y tomar té de menta usualmente por las tardes, y un salón de debate donde hombres no menores de 40 años se reunen en mesas diminutas a hablar, a 10 centímetros de distancia entre cara y cara, de política, fútbol y negocios. Su nombre en árabe, ahwa, traduce comercio, y la bebida oficial es el café turco: espeso, arenoso, fuerte.

Estar tomando limonada en una mesa solo hacía de Mohhammed un bicho raro en este establecimiento donde es prohibido, según un código pegado en la pared, tomar café parado. Después pidió un té, que viene en una bandeja de plata con un vaso de agua de la llave, un contenedor de azúcar y una cuchara que Mohhammed no usó, ya que echó el azúcar directamente desde el contenedor.

A las siete y 45 Mohhammed se paró y caminó dos cuadras al sur, entre las calles angostas del centro, y llegó a otro café del mismo estilo, donde unos 50 señores se preparaban para ver ala selección de Egipto jugar su segundo partido en la Copa africana de naciones. Al café no le cabía una persona más, aunque nadie estaba viendo el partido parado. Sentados en filas perfectamente alineadas, sin dejar espacio entre uno y otro, todos los hombres de este café estaban tomando café o té y fumando cigarrillos o sheesha.

Cuando Mohhammed Gedo, jugador del El-Ittihad El-Iskandary que entró en elminuto 68 aplaudido por los hombres del café, marcó el 2-0 con una media bolea, Mohhammed (nuestro Mohhammed, que nunca apagó cigarrillo pero en el segundo bar no se tomó nada) no dio signo de vida, a diferencia del resto de los hombres, que saltaron y gritaron el gol.

Al terminar el partido, la mayoría de los hombres de este bar abrieron las mesas de dominó y sacaron las fichas. Mohhammed, en cambio, se sacudió las manos y tiró la colilla del último Cleopatra que se iba a fumar en esta noche fría de sábado, que en el mundo musulman es lo que a nostros, los occidentales, es el domingo. Salió del bar y se perdió, con su metro y medio de estatura, en las calles desbaratadas de Alejandría, la ciudad que no dejó huella alguna de la alborotada historia que vivió en tiempos pasados.

Publicado en Historias – Blog SoHo en febrero de 2010

Written by pardodaniel

enero 19, 2010 at 11:22 pm

El edificio Kalah

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Art Deco building Downtow Cairo (2) by Kodak Agfa.

A las nueve de la mañana se parquea un carrito de comida portátil al frente del edificio Kalah, en la calle Sheriff en el abrumador centro de El Cairo. Diez minutos después el carrito está rodeado por decenas de cairotas desayunando lo mismo que desayunan todos los días cada uno de ellos: dos pitas que ya, a esas horas de la mañana, han recorrido media ciudad y muchas manos, un planto de metal con fríjoles y un plato de ensalada de pepinillos rosados y zanahoria. Y té.

En ese mismo edificio, uno de los tantos ejemplares del siglo XIX del legendario y cada vez más estropeado centro de El Cairo que se están deshaciendo en ruinas, queda el Hotel Richmond, hostal donde tengo un cuarto por 5 dólares la noche. Queda en el quinto piso, está decorado de verde y en él soy el único extranjero, puesto que el resto de huéspedes son ejecutivos locales de clase media que vienen a la capital a cerrar negocios. Acá, en este país, y tal vez en esta cultura, un trato no se puede cerrar de manera impersonal, por correo o por teléfono. Tiene que ser entre macho y macho, cara a cara. Con ellos, que si lo generalizamos son todos gordos y peludos, comparto la ducha y el inodoro, que, como todos sus semejantes en el mundo árabe, tiene un tubo por dentro, por el cual sale el agua fría con la que uno debe limpiarse. Se dice que uno nunca debe entregar las cosas con la mano izquierda porque su uso está limitado a limpiarselo. En Egipto, en todo caso, el papel higiénico no es cosa del común.

El cuarto piso del edificio Kalah está abandonado. Ahí una camada de gatos está viviendo aparentemente hace más de un año.

En el tercero hay un almacén de blusas para mujeres manejado por un hombre relativamente amanerado, camisa perfectamente metida en sus pantalones de dril y uñas meticulosamente cortadas. Su frente, como la de la mayoría de los hombres, tiene la marca que años y años de rezo han dejado. Para él trabaja Ismail, un joven de 19 años que también es el mensajero del resto del edificio. Conoce a todos los inquilinos y hace vueltas para todos, la mayoría de ellas subir y bajar con bandejas de té y paquetes de cigarrillos. Ismail, según me dijo con el mejor inglés que encontré en el edificio, está tratando de entrar a la Policía, donde pretende hacer carrera y convertirse en oficial dentro de dos años. Así pudiera ir a la universidad, ese no es su objetivo, ya que su Sheik, su mentor religioso, lo convenció hace rato de que servirle al país es una carrera más digna. Ismail hace los cinco rezos del día con rigurosidad y va todos los viernes a la mezquita sin falta.

En el techo vive una mujer con tres niños, el menor de los cuales tiene 4 años y el mayor 8. A las 12 del día bajan a sentarse en la congestionada calle Sheriff, ella a vender pañuelos y ellos a pedir limosna.

El portero, o más bien las persona que duerme en una cama alborotadamente tendida en la puerta del edificio, no tiene dientes del todo y, a pesar de que su piel es mestiza, sus pies se ven negros de lo percudidos. No hay forma de comunicarse con él.

En el segundo piso está The Middle East Observer, una agencia de noticias que no se encuentra en Internet. Sus puertas están siempre cerradas y el slogan que promociona el afiche polvoriento que está en la puerta dice ‘La agencia más grande del Islam’.

El Kalah es una foto de El Cairo contemporáneo: una joya de los tiempos de la revolución industrial y ocupación europea que hoy se está enfrascada en una pobreza y depresión económica cuya única salida, al menos para sus habitantes, parece ser Dios, Grande y Todopoderoso.

El Cairo, sucia y estrepitosa, es de esas capitales que no parece tener remedio. En los noventa pusieron unas cercas gigantes en las calles para que la gente no cruzara donde no debe, pero hoy ya están llenas de huecos y pasadizos y no hay manera de que la gente las respete. De hecho, como toda ciudad tercermundista que se respete, pasar las calles en Cairo es una ciencia, dado que no hay cebras y los semáforos no cumplen su fin, ni por los carros ni por los peatones. Es por eso que uno, de extranjero, debe pegarse a un local y seguirlo en su cruce entre carro y carro.

Publicado en Historias – Blog SoHo en enero de 2010

Written by pardodaniel

enero 18, 2010 at 11:23 pm

Seguimiento de una pita

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http://wittslentils.files.wordpress.com/2009/02/aish-oven.jpg

Todo empieza en el piso, donde se va a quedar la mayoría del tiempo. Un piso normal, que ha sido barrido alguna vez, reconstruido también. Un piso sobre el que millones de personas han caminado y alguna que otra dormido. Un piso de asfalto, al fin y al cabo, que en cualquier lugar del mundo será arenoso, barato y gris. Éste, particularmente, está en El viejo Cairo, uno de los barrios más pobres de esta pobrísima ciudad, donde el café vale una libra, mientras que en el centro vale 3.

Sobre dicho piso Majida el-Shabazz, la madre de 10 niñas y niños todos menores de 14 años, amasa todas las mañanas desde las 4, incluso antes del primer rezo, que es a las 5, algo que para cualquier otro cairota, acostumbrado a comenzar el día a las 10, es una tortura. En un plato gigante, o un wok grande y viejo, pone harina, levadura, sal, azúcar y agua tibia. Sobre el piso hace un montón con la harina, abre un hueco en el centro y mezcla. Trabaja la masa por un rato largo, con algo de tensión y furia, con las manos siempre embadurnadas de harina. Majida, que se sienta con los pies de lado porque es demasiado gorda para hacerlo diferentemente, hace una bola gigante con la maza, le da corte, la arropa con unos trapos y la deja reposar por una hora, hasta que se dobla el volumen.

Cuando la bola está lista, Abdel Bari, uno de sus cuatro hermanos, flaco y con una quemadura grande en la cara, coge la maza del piso y, como si fuera un enemigo, la lleva a la casa de al lado, donde están los hornos, y la monta sobre una mesa de madera. Hace pequeñas bolas que convierte en las tortillas de 30 centímetros de diámetro que pone en una bandeja de madera.

A pesar de los 8 grados que hace afuera, éste cuarto de 10 metros cuadrados, que parece más la carbonera de un barco de carga, está hirviendo, porque el horno de leña, que puede cocinar 200 pitas al tiempo, arde a 500 grados centígrados. Pita por pita, Abdel las lanza sobre una banda tipo aeropuerto que pasa las pitas por el horno y las dispara, como billetes que se imprimen, 5 minutos después. Las pitas caen al piso y de ahí los hombres las meten en una canasta forrada en tela, para mantener el pan tierno y caliente.

Abdel y Majida son dos de los 23 hombres y mujeres que están haciendo este mismo procedimiento en estos dos cuartos. Todos, vale decir, son familiares.

Afuera esperan mujeres, niños y señores, que, al comprarlas, 50 por 10 dólares, las ponen sobre el andén para que se refresquen, contarlas y repartirlas en las bolsas que van para la casa, el restaurante del tío o la casa de la mamá.

Sigamos a Naúm Tarlaat, que compró 400, las puso sobre una repisa hecha en caña y las montó sobre su cabeza, para llevar al centro en su bicicleta oxidada.

La ciudad sigue sin levantarse. Son las 7 de la mañana, y la niebla y los gatos siguen rondando como en su casa. Naúm, también, maneja fresco por las calles, hasta llegar al sector peatonal del centro, donde, desde el piso, vende la mayoría de sus pitas al doble de precio a los hombre que, con sus carritos de metal y plástico, les venderán falafels a los millones de cairotas que desayunan, almuerza y cenan falafel en la calle.

Naúm, con las pitas que recoge, se va por la ciudad, ya abarrotada de caos, con su bicicleta y su pitas en la cabeza, para así llegar a otra esquina, donde las pondrá en el piso y se las venderá a otros cairotas.

Las pitas no solo son la parte más importante de la comida árabe. Son un símbolo cultural, con connotaciones religiosas, gracias al cual innumerables interacciones sociales se producen. Es un símbolo de hermandad. Cada persona, sin falta, se compra todas las mañanas las 7 pitas que se va a comer durante el día. Dos por comida, y una para regalar.

Publicado en Historia – SoHo en febrero de 2010

Written by pardodaniel

enero 15, 2010 at 11:29 pm

Al teléfono

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https://i0.wp.com/www.textually.org/textually/archives/images/set3/061014-Cairo-05c-thumb.jpg
En Túnez, país islámico no particularmente cerrado hacia occidente, está de moda oír música en el celular. No con audífonos, sino por el parlante ese que tienen los celulares, particularmente los celulares que son anaranjados, rosados y así. En el tranvía de Ciudad de Túnez, por ejemplo, un sistema de transporte de los 50 que a pesar de su lentitud funciona, es típico oír dos o más celulares a la vez oyendo música moderna islámica, que en Túnez quiere decir tecno, del duro y atosigante, con letras en árabe. Esa misma música se oye en los cafés de Ciudad de Túnez y en el único bar que vende trago que se encuentra, en el último piso de un hotel.

El trato de los celulares en Egipto es distinto, aunque igual de bizarro. Aquí es más un culto que un uso práctico. Los musulmanes no son personas particularmente fiesteras, porque no toman trago y porque las manifestaciones ociosas son reservadas a la privacidad. Es por eso que buscan prácticas diferentes para pasar sus noches de viernes y sábado. Una de ellas, además de la tradición de fumar sheesha y tomar té durante horas, es comprar y vender celulares. La calle El Abasia es la más prendida de El Cairo por la noches, porque en ella se lleva a cabo un gigantesco mercado de celulares piratas, donde se venden y compran gallos para el celular y tarjetas SIM con cualquiera de los servidores y cualquiera de los planes. Minutos a celular, por supuesto, se venden a precios increíbles, aunque la demanda está bajando porque todo el mundo ya tienen celular. En Egipto, como en Inglaterra, hay más celulares que habitantes.

En el trayecto nocturno de 8 horas desde Monastir a Tozeur, en Túnez, no pude dormir porque los dos árabes que estaban a mi lado no pararon de hablar por un solo segundo. Los árabes, en otras palabras, no se callan. Y no hay nada que nosotros los occidentales, por más tapones que nos pongamos, podemos hacer.

Publicado en Historia – SoHo en febrero de 2010

Written by pardodaniel

enero 10, 2010 at 11:25 pm