Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

El edificio Kalah

leave a comment »

Art Deco building Downtow Cairo (2) by Kodak Agfa.

A las nueve de la mañana se parquea un carrito de comida portátil al frente del edificio Kalah, en la calle Sheriff en el abrumador centro de El Cairo. Diez minutos después el carrito está rodeado por decenas de cairotas desayunando lo mismo que desayunan todos los días cada uno de ellos: dos pitas que ya, a esas horas de la mañana, han recorrido media ciudad y muchas manos, un planto de metal con fríjoles y un plato de ensalada de pepinillos rosados y zanahoria. Y té.

En ese mismo edificio, uno de los tantos ejemplares del siglo XIX del legendario y cada vez más estropeado centro de El Cairo que se están deshaciendo en ruinas, queda el Hotel Richmond, hostal donde tengo un cuarto por 5 dólares la noche. Queda en el quinto piso, está decorado de verde y en él soy el único extranjero, puesto que el resto de huéspedes son ejecutivos locales de clase media que vienen a la capital a cerrar negocios. Acá, en este país, y tal vez en esta cultura, un trato no se puede cerrar de manera impersonal, por correo o por teléfono. Tiene que ser entre macho y macho, cara a cara. Con ellos, que si lo generalizamos son todos gordos y peludos, comparto la ducha y el inodoro, que, como todos sus semejantes en el mundo árabe, tiene un tubo por dentro, por el cual sale el agua fría con la que uno debe limpiarse. Se dice que uno nunca debe entregar las cosas con la mano izquierda porque su uso está limitado a limpiarselo. En Egipto, en todo caso, el papel higiénico no es cosa del común.

El cuarto piso del edificio Kalah está abandonado. Ahí una camada de gatos está viviendo aparentemente hace más de un año.

En el tercero hay un almacén de blusas para mujeres manejado por un hombre relativamente amanerado, camisa perfectamente metida en sus pantalones de dril y uñas meticulosamente cortadas. Su frente, como la de la mayoría de los hombres, tiene la marca que años y años de rezo han dejado. Para él trabaja Ismail, un joven de 19 años que también es el mensajero del resto del edificio. Conoce a todos los inquilinos y hace vueltas para todos, la mayoría de ellas subir y bajar con bandejas de té y paquetes de cigarrillos. Ismail, según me dijo con el mejor inglés que encontré en el edificio, está tratando de entrar a la Policía, donde pretende hacer carrera y convertirse en oficial dentro de dos años. Así pudiera ir a la universidad, ese no es su objetivo, ya que su Sheik, su mentor religioso, lo convenció hace rato de que servirle al país es una carrera más digna. Ismail hace los cinco rezos del día con rigurosidad y va todos los viernes a la mezquita sin falta.

En el techo vive una mujer con tres niños, el menor de los cuales tiene 4 años y el mayor 8. A las 12 del día bajan a sentarse en la congestionada calle Sheriff, ella a vender pañuelos y ellos a pedir limosna.

El portero, o más bien las persona que duerme en una cama alborotadamente tendida en la puerta del edificio, no tiene dientes del todo y, a pesar de que su piel es mestiza, sus pies se ven negros de lo percudidos. No hay forma de comunicarse con él.

En el segundo piso está The Middle East Observer, una agencia de noticias que no se encuentra en Internet. Sus puertas están siempre cerradas y el slogan que promociona el afiche polvoriento que está en la puerta dice ‘La agencia más grande del Islam’.

El Kalah es una foto de El Cairo contemporáneo: una joya de los tiempos de la revolución industrial y ocupación europea que hoy se está enfrascada en una pobreza y depresión económica cuya única salida, al menos para sus habitantes, parece ser Dios, Grande y Todopoderoso.

El Cairo, sucia y estrepitosa, es de esas capitales que no parece tener remedio. En los noventa pusieron unas cercas gigantes en las calles para que la gente no cruzara donde no debe, pero hoy ya están llenas de huecos y pasadizos y no hay manera de que la gente las respete. De hecho, como toda ciudad tercermundista que se respete, pasar las calles en Cairo es una ciencia, dado que no hay cebras y los semáforos no cumplen su fin, ni por los carros ni por los peatones. Es por eso que uno, de extranjero, debe pegarse a un local y seguirlo en su cruce entre carro y carro.

Publicado en Historias – Blog SoHo en enero de 2010

Anuncios

Written by pardodaniel

enero 18, 2010 a 11:23 pm

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: