Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

McDonald’s, Chennai

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El piso de cualquier McDonald’s en Nueva York está percudido, el papel higiénico del baño está mojado, la barra de salsas está toda chorredada, la mujer del servicio lo regaña a uno, las mesas tienen pedazos de lechuga tipo Big Mac y la mayoría de los asientos están ocupadas por un indigente, la tasa de café que lo justifica y la totalidad de sus pertenencias, sean éstas un carrito de mercado lleno de sábanas o dos maletas polvorientas de algún equipo de béisbol que ya ni siquiera existe, como los Brooklyn Dodgers. Cuando uno va a McDonald’s en Nueva York, la mayoría de las veces enguayabado y sin bañarse, se siente como un indigente.

El otro día fui a la playa en Mamallapura, en el estado suroriental de Tamil Nandu, en la India, y después no me pude bañar porque ya había entregado mi cuarto. Cogí un bus para Chennai, una ciudad caliente y maloliente que de atractiva no tiene nada, y lo único que se me ocurrió cuando llegué, en vestido de baño y chanclas, fue ir a un McDonald’s, porque, efectivamente, me quería sentir como un indigente. Quería chorrearme la salsa en la pantaloneta, comerme una torre de tres hamburguesas de diferentes carnes, pedir que me rellenaran la Coca Cola dos veces, comer helado al final y lavarme la cara en el baño después del manjar.

Pero todo salió mal. Primero, porque en la India McDonald’s es un restaurante familiar que vale lo mismo que un restaurante elegante. De hecho, McDonald’s en la India es un restaurante elegante. Porque la comida se siente limpia, porque las mesas están limpias, porque la gente se porta bien y porque el baño tiene aguacaliente, toallas y jabón líquido para las manos. Estaba, yo, en el lugar equivocado. Y es que es frustrante ser atendido por un mesero en McDonald’s, un lugar donde uno va a estar solo, a comer solo, a deleitarse sin tabúes con la hamburguesa más fea del mundo. Pero en la India la gente que va a McDonald’s está en otro plan: el de comer en familia, con la vestimenta de ocasión y la sonrisa de la felicidad.

Lo interesante es que los indios no pueden -ni deben- comer hamburguesa. Uno, porque para comer los indios solo usan la mano derecha, ya que la izquierda está reservada para funciones sanitarias -a saber limpiarse el culo-. Y comer hamburguesa con una mano es simplemente incoherente. Además, los indios no comen carne, porque la vaca es un animal sagrado, entonces las hamburguesas que venden en McDonald’s son de pescado o de pollo.

Con 100 rupias en la India uno puede hacer maravillas: dormir en un cuarto hediondo, alquilar una moto por dos horas, coger un tren de 3 horas o comerse un almuerzo completo en un restaurante sofisticado. Es decir, el precio de un combo Big Mac es inaccesible para un indigente e incluso una persona de clase media baja. McDonald’s en el la India es, entonces, un restaurante de clase alta, donde la gente habla la mitad de sus palabras en inglés y revisa su mail con el BlackBerry mientras come.

Lo que es más sorprendente es que hablamos del pedazo de Big Mac más barato del mundo, un dólar con 22 centavos. En 1966 The Economist se inventó el Big Mac Index, un índice monetario que, a través del precio de la legendaria hamburguesa, uno puede calcular la paridad de poder adquisitivo de las personas. Aún así sea la Big Mac más barata del mundo, para los indios sigue siendo cara, lo que demuestra que la India no es un país pobre, sino un país pobrísimo. Y baratísimo.

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Written by pardodaniel

abril 9, 2010 a 3:04 pm

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