Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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Lina Marulanda: la modelo que se suicidó

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Carlos Oñate, el segundo y último esposo de Lina Marulanda, reservó la mejor mesa en uno de los restaurantes más sofisticados de Nueva York, el South Gate, un espacio alto y ancho con un bar de travertino anaranjado, paredes decoradas con espejos entrecruzados y ventanales de piso a techo con vista al Central Park.

Después de que Lina y Carlos fueron instalados en su mesa esquinera, la gerente del restaurante, Marcela Pulido, una bogotana que vive en Estados Unidos hace cuatro años, le hizo una seña a Carlos sin que Lina se diera cuenta. Carlos se paró y fue a donde Marcela le había indicado.

—Estoy nerviosísimo –le dijo Carlos a Marcela, a quien había contactado gracias a una amiga común de la infancia.

—Fresco —dijo Marcela— que nosotros nos encargamos del resto. Muestre el anillo.

Carlos se sacó de la media un anillo sencillo con un diamante en la mitad, lo entregó a Marcela y volvió a la mesa donde lo esperaba su novia Lina, que por ese entonces ya tenía el pelo teñido de negro. Después de cenar, la pareja salió a fumarse un cigarrillo y, mientras tanto, Marcela tomó la cámara de fotos que Carlos había dejado en la mesa.

Lina y Carlos volvieron a entrar y se sentaron. Acto seguido, un mesero trajo un plato con un Pot de crème en la mitad, una caja de chocolate a un lado que por dentro tenía pepas de chocolate y el anillo, y un aviso en salsa de chocolate que preguntaba ‘Will You Marry Me?’ Lina se puso feliz, abrazó a su futuro esposo, se puso a llorar y llamó a su amigos y familia para informar de la buena nueva.

Marcela, escondida detrás de una mata, registró todo con la cámara de Carlos. La pareja duró alrededor de tres horas en el restaurante y, según la Marcela, se veía complemente radiante.

La semana pasada, cuatro meses después de la visita de Lina a South Gate, Marcela tuvo que hacer una lista de las celebridades que han pasado por el restaurante que maneja, entre ellas Nicole Kidman y Bono. También puso a Lina Marulanda, la modelo colombiana que se suicidó el pasado 22 de Abril, con una frase a un lado que decía ‘May She Rest In Peace’. “Cada vez que paso por la mesa —dice— siento un escalofrío”.

Lina Marulanda y Carlos Oñate se casaron el 23 de noviembre del 2009 en un centro de convenciones en Bogotá y celebraron con la música en vivo del reggeatonero J. Balvin, uno de los favoritos de Lina. En abril de este año, en vísperas de la muerte de Lina, la pareja estaba en proceso de separación.

***

El jueves 22 de abril Lina Marulanda tuvo una cita en su casa a las 9 de la mañana con su contadora Carolina para revisar el estado de cuentas de Turmalina & Durando, una joyería que Lina puso en Bogotá. A eso de las 10 de la mañana, Lina se encerró en su cuarto mientras sus padres, visitándola desde Semana Santa, desayunaban en el comedor. Cuando sonó el ruido de un espejo rompiéndose en el baño, Carolina y los padres fueron a golpear al cuarto, pero Lina no respondió. Segundos después, sonó el citófono con el portero al teléfono. Lina saltó por la ventana de la ducha.

El apartamento está en el Antiguo Country, una zona residencial tranquila de estrato seis plagada de edificios de ladrillo. La portería del edificio, el cual tiene un parque con columpios al frente y se llama Balcony 86, tiene techos altos y un ventanal pegado a la rampa exterior del garaje, en la que cayó Lina a las 11 y 35 de la mañana. Por eso el portero, que se sienta en un amplio escritorio que mira a la rampa, sintió la caída como si hubiera sido encima suyo. Su reacción inmediata fue llamar al apartamento para avisar de lo sucedido. Minutos después, todos los medios, incluido un helicóptero de RCN, estaban allí reportando que Lina Marulanda, la modelo más alzada de Colombia, se había suicidado.

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La ronca voz de Marulanda todavía le desea un feliz día a quien quiera que llame a la sucursal de Turmalina & Durando en Bogotá, el negocio de joyas que ella decidió acabar después de que la fórmula empresarial no había dado resultados.

Cuando resolvió volverse empresaria, en el 2007, Lina invirtió gran parte de sus ahorros en la franquicia bogotana de la joyería caleña de Juliana Fajardo y Rubén Durando. Alquiló un costoso espacio en la 82 con 13, junto a los locales de los diseñadores más prestigiosos del país, y se hizo publicidad en medios y eventos.

Pero las cosas no se dieron. Según Iván Lalinde, el mejor amigo de Lina, ella no estaba contenta con la mercancía que le estaban mandado y la plata que le estaban reclamando. Después de diferentes altercados legales con Fajardo y Durando, Lina tuvo que cerrar el local y quedó debiéndoles cerca de 100 millones de pesos. De acuerdo a Durando, Lina tenía el manejo único, exclusivo y total del negocio, incluido el contable. La disolución, según él, fue un acuerdo mutuo.

Pero más allá de los detalles, lo cierto es que el fracaso empresarial disparó la frustración de Lina. Como buena paisa, comenta Lalinde, era una mujer emprendedora, que veía negocio en todas partes y que no podía dejar de pensar cómo hacer de lo que tenía algo mejor y más fructífero. En Caracol Televisión, donde trabajó 5 años, tuvo un negocio de comida rápida por el que todo el mundo la reconocía. ‘La Flaca’, como todavía la llamaban sus amigos más cercanos, murió decepcionada con su desempeño en los negocios.

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La mayoría de las interpretaciones del suicidio de Lina Marulanda han explicado que fue una mezcla entre el desamor y la desilusión en los negocios. Se ha dicho que, tiempo atrás, había intentado suicidarse con pastillas y alcohol. Terca como era, se dice que no quiso internarse en un tratamiento. También han corrido rumores de que pasó por problemas de anorexia y que estaba obsesionada con el estado de su cuerpo. En cualquiera de los casos, se sabe que Lina sufría fuertes depresiones, que iba religiosamente al gimnasio y que llevaba cuatro años visitando al sicólogo Fernando Vásquez.

Margarita Gómez, amiga de Lina y directora de Informa –la última agencia de modelaje que manejó a Lina–, explica la situación en la que se encontraba la modelo con la teoría del filósofo austriaco Rudolf Steiner, la cual Lina también conocía. El sistema filosófico consiste en ver la vida evolutiva del hombre en diferentes septenios. Lina se encontraba en el cuarto, que va de los 21 a los 28 años y consiste en el momento en que el ser humano decide cómo va a ser el resto de su vida. Lina, dice Margarita, “estaba en ese limbo donde no se sabe para dónde va uno”. El hecho de que Lina empezó un nuevo negocio, Miscelina, después de haber renunciado a otro, de que se separó de su esposo y de que finalmente decidió acabar con su vida, demuestra que ella definitivamente no sabía para dónde iría su vida. A Lina Marulanda, se podría deducir de lo anterior, la mató la incertidumbre.

Y es que no hay duda de que su forma de ser no era una ordinaria. ‘La Flaca’ era una mujer de altibajos, de amores y odios, de pasiones profundas, de rabietas espontáneas, de una voz autoritaria que no callaba sus sentimientos.

Fue por eso, precisamente, que salió de Caracol Radio en el 2008. Un año antes, dejó de presentar farándula en el noticiero de Caracol porque sintió que ya no estaba aprendiendo nada. El equipo de La hora del regreso, la transmisión de la tarde en la W Radio, la contrató para que cubriera eventos. El conductor del programa, Alejandro Marín, dice que le impresionó su propiedad para hablar de moda: “manejaba el léxico, conocía a los diseñadores, criticaba a las agencias”. “Lina —continúa Marín— quería deshacerse del estigma de presentadora de entretenimiento y quería incursionar en temas políticos, cosa que no fue fácil por el menosprecio de diferentes directivos, que no la veían competente para dicha labor.”

Por esa razón Lina no duró mucho en Caracol. Según Marín, Yamid Amat Serna, director del programa, “la despreciaba y estaba dedicado a hacerle la vida imposible”. Iván Lalinde coincide con que Amat Serna no la quería. Versión de Amat.

Lalinde afirma que, cuando quiso dejar el modelaje, también en el 2007, Lina no salió bien de Stock Models, la agencia donde estuvo 14 años en exclusiva y que, más que bien, la introdujo en el escenario del espectáculo. Irma Aristizabal, directora de Stock, dice que Marulanda se distanció de mucha gente por elección propia, que hubo contratos que no terminaron bien y que, no obstante, ella solo tiene buenos recuerdos de Lina en su agencia.

Cuando Lina tenía 13 años, la presentadora y también modelo Viena Ruiz la vio un día en Unicentro y le propuso, a ella y a su padre, que aplicara para ser modelo de la agencia. La única condición que puso la mamá de Lina, Beatriz, fue que cada vez que viajara a Bogotá tenía que quedarse en la casa de Irma.

Marulanda se quedó en Stock hasta el 2007 y volvió al modelaje en el 2008, ésta vez con la agencia Informa. El festival de moda que se llevó a cabo en Santander en mayo de 2009 coincidió con su cumpleaños 29, el día 15. Ese día, después de los 17 desfiles que ella y las demás modelos habían protagonizado, Lina organizó –libreto en mano- los Premios Oscares del Santander, un juego que premiaba a los personajes destacados del evento. El más divertido, recuerda Catalina Uribe, una de las presentes, fue para la modelo Mónica Hernández, que se ganó el “Premio a la más muda”. Cuando Lina le preguntó por qué era tan callada, Hernández le respondió que era porque ella nunca se callaba.

Evidentemente, Lina parecía ser una mujer feliz. Según Lalinde, uno de sus pocos amigos cercanos, ella prefería no exteriorizar sus tristezas y por eso es difícil saber por qué se acababan sus relaciones amorosas. En su cumpleaños 23, el empresario Luis Felipe Chacón le pidió matrimonio al frente de una chimenea. En el 2004 se casaron en las Islas del Rosario y duraron tres años, durante los cuales tuvieron un negocio de camisetas y otro de sánduches. Cuando Lina volvió de presentar El Desafío, un reality show de Caracol en una isla, se divorciaron. Poco después ella confirmó su noviazgo con el actor y fotógrafo Diego Cadavid, del cual quedó el perro adorado de Lina, Pascual, un buldog francés.

Lina Marulanda adoraba muchas otras cosas. Adoraba bailar, cantar, reír, burlarse y criticar. Adoraba el reggaeton, el Milky Way, las comedias románticas y el buen whisky. No gustaba de la fruta pero podía pasar horas viendo presentaciones de fisicoculturistas mostrando sus ostentosos y grasientos músculos. Podía comprar por horas, y era fanática de los blusones de colores, los blue jeans y las botas marca Miss Sixty. Como no usaba mucho maquillaje –solo polvos y pestañina–, no se sabía maquillar, y de ahí que ‘La Gorda’ Sandra, su maquilladora, fuera otra de sus adoraciones.

Lina adoraba a sus padres –Beatriz y Jaime– y a sus tres hermanos –Paulina, Juan David y Mauricio–. Todos le decían ‘La Tata’. En el 2009 le diagnosticaron a Jaime una enfermedad en los huesos que implicaba traer unas costosas medicinas de Cuba. Encima, a Beatriz le encontraron un cáncer de seno. Hacía rato que Lina había asumido los gastos de sus papás, incluidos éstos, y hoy ellos ya están curados.

‘La Tata’ vivió en Bogotá la mayor parte de su vida, pero nunca perdió el hablado paisa y arrastrado de Medellín, donde nació en 1980. Primero estuvo en el colegio católico Santa María del Rosario, donde tuvo como profesor de estadística, una de sus materias favoritas, a Jader Trujillo. “Ella siempre fue de carácter fuerte —dice Trujillo—; era una líder, era alegre y era buena para las matemáticas.” La incipiente carrera de Lina como modelo y su carácter rebelde chocaron con la filosofía del colegio y las monjas que lo administraban. En décimo, a los 16, pasó al colegio Parra París, de donde se graduó. Después vino a Bogotá y combinó el modelaje con su carrera de Mercadeo y Publicidad en La Universidad Jorge Tadeo Lozano. En el 2002 entró al noticiero CM&, en el 2003 pasó a Caracol y en el 2009 trabajó para canales institucionales y para el Alcalde Samuel Moreno. Lina Marulanda fue imagen de cuanto producto y portada de cuanta revista uno se pueda imaginar.

***

En el 2005 Lina y la modelo Alejandra Azcárate, otra de sus grandes amigas, se fueron de viaje por Europa con sus respetivos esposos, Felipe y Miguel. Aburridas el tren de Madrid a Toledo no llegaba, Lina y Alejandra fueron a buscar un trago. Querían una sangría, pero el único restaurante que vieron era chino.

– Señor, ¿nos puede vender una copa de sangría?, preguntó Alejandra al mesero.

– No vendo por copa –dijo el señor-. Solo por botella.

– Qué vaina –dijo Lina-. Nosotras no tomamos por botella; solo por botellón.

La siguiente escena de la historia es Lina Marulanda y Alejandra Azcárate cargando a cuatro manos un botellón de agua lleno de sangría del restaurante chino a la Estación Puerta de Atocha de Madrid. Después aparecen Lina y Alejandra, borrachas, bailando y cantando en un tren camino a Toledo. La última escena de la historia es los cuatro jinchos en Toledo sufriendo porque habían dejado el canguro con la plata en el tren, que ya iba camino a Mérida.

Publicado en Revista Don Juan en mayo de 2010

Written by pardodaniel

junio 2, 2010 at 10:41 pm

Publicado en Revista Don Juan

Otro país (vía Nepal)

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Mi puerta de salida de la India es, precisamente, Darjeeling, porque me voy para Nepal, y es por eso que a esta cultura de la punta nororiental de la India quiero dedicar mi último comentario sobre este diverso, infinito, bizarro e insólito país.

West Bengal es uno de los estados más enigmático y relevantes de la India, uno de los más problemáticos y poblados: es la séptima entidad subnacional más poblada de la tierra. Desde su capital, la ciudad de Calcuta, los ingleses administraron su imperio y la revolución independista forjó su emancipación. Es un Estado histórico, lleno de industria, de riqueza y, como siempre en este país, de pobreza. Y, como todo en la India, está lleno de problemas, uno de ellos, la diversidad.

El peor cuarto en el que me quedé fue en Calcuta. Hechas en neón azul, al mejor estilo de cual imagen ochentera de un motel en la mitad de un pueblo roñoso, las letras de The Capital Hotel estaban por caerse. El dueño, el gordo de manos de mecánico que siempre, siempre, que lo vi estaba contando fajos de billetes, fue muy directo conmigo: si quiere este cuarto, por el maravilloso precio de 10 dólares en la costosa ciudad de Calcuta, tómelo. Si no lárguese. Entonces me quedé. La única ventana del cuarto daba al depósito de canecas del hotel. En la vieja televisión solo entraba un canal indio. La cama, por su parte, era un catre. Por supuesto que no había agua caliente: ni más faltaba. Ni luz después de las diez o un gancho donde colgar la toalla, que obviamente era mía, porque este tipo de hoteles, hay que saberlo, no prestan servicio de toalla. En todo caso, estas eran cosas de rutina, porque lo que de verdad me hizo salir corriendo del sitio fue que, en la segunda noche, el ventilador, que era la única forma de salirse del horno que algunos –los locos– llaman ciudad, se cayó encima de mi maleta. Por motivos que solo dios sabe (¿cuál sería? ¿el hindú, el budista, el católico?), el ventilador no cayó sobre mí.

Resulta que el sur del Estado, donde se encuentra Calcuta, es muy Indio. Es decir, la gente practica el hinduismo, hace mucho calor, se come con muchas especies y picantes, las calles parecen basureros, las vacas son adoradas, la gente mastica tabaco hasta no poder hablar y se fuman biris, los cigarrillos hechos de hoja seca.

Pero al norte del estado, la parte más pobre y menos poderosa políticamente, la gente es completamente distinta en términos culturales, como decía en el artículo anterior. No solo porque la mayoría es budista, sino porque ni siquiera se ven como un indio: su piel es menos negra, sus rasgos son más chinos, su contextura es más gruesa y su uñas están, generalmente, menos sucias. Y esto se debe a que han tenido otra historia, a que comen otros productos, a que piensan distinto.

Por eso se quieren independizar y crear su propio estado, el Estado de Gorkalandia.

La única generalización que se pude hacer sobre la India es que diversidad hay por donde quiera que uno la busque. Y una de las consecuencias más comunes de la diversidad cultural son los choques políticos y sociales. De ahí que yo nunca diría, como dicen muchos, que la India es una nación homogénea.

La verdad es que llegar a Darjeeling fue muy reconfortante, porque me salí de la olla que puede llegar a ser Calcuta, con sus buses, su suciedad, su pobreza, sus avispados y sus hoteles sin reparador de ventiladores. Darjeeling es como un pueblo inglés en las montañas, con cafecitos por todos lados donde la gente toma té, habitado por chinos con un carisma encantador. Allá me quedé, por 4 dólares, en un cuarto con vista a los Himalayas (que, entre otras, es mi próximo destino) y con camas perfectamente tendidas.

Written by pardodaniel

junio 1, 2010 at 3:10 pm