Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for julio 2010

El rockstar nerd

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En marzo pasado, The Whitest Boy Alive estaba dando un concierto en el Velvet Nightclub de Ciudad de México. Durante una de las últimas canciones, el cantante, Erlend Øye, se subió a uno de los palcos del recinto. La gente lo acariciaba, le tomaba fotos, lo ovacionaba. Tan cerca estaba de los espectadores, que uno de ellos le quitó las gafas y las empezó a rotar por el público. A Erlend Øye, uno de los músicos más respetados de la actualidad, le estaban haciendo boleo en Ciudad de México. La gente gritaba “¡lentes, lentes!”, como si fuera un juego. Y Øye, ofuscado, paró el concierto; pidió que le devolvieran las gafas y, al ver que nadie se las quiso devolver, terminó el espectáculo sin haber acabado la canción.

No es que Erlend Øye tenga pinta de nerd. Es que es uno. Sus gafas, su camisa setentera metida en el pantalón de pliegues, sus tirantas: todo lleva a que la forma más precisa de describirlo sea por medio de Poindexter, el sobrino de El Profesor en la famosa serie Felix el Gato. Pero la nerdeidad de Øye no se queda ahí, porque desde que salió de su natal Bergen, la segunda ciudad más grande Noruega, lleva trabajando sin parar en actualizar el legado Simon & Garfunkel. Con juicio y con éxito.

De 20 años, en el 95, Øye formó su primera banda en esa capital cultural del país escandinavo, una ciudad incrustada en el mar rodeada por montañas verdes amarillentas. Se llamó Skog, sacaron un disco, hicieron un cover de Joy Division y en ella Øye tocó el bajo. De Skog también hizo parte Eirik Glambek Bøe, el psicólogo con el que Øye creó Kings of Convenince en el 98, justo después haberse mudado juntos a Londres. Se conocieron en un concurso de geografía cuando ambos tenían 10 años, y desde ese entonces se dedicaron a juntar sus llevaderas voces, sus despejadas letras y sus simples guitarras.

Quiet is the New Loud fue el primer disco de Kings of Convenience, una muestra armoniosa de que la música contemporánea puede ser sencilla y calmada. En medio de la ola indie y del auge monopolista de la música electrónica, salió este disco que recordaba los mejores años de Belle and Sebastian, un grupo que, en los noventa, a punta de guitarra y voz, sonó por medio continente como si fuera el himno de la Unión Europea. Basta con reflexionar sobre el nombre del disco –Silencioso es el nuevo ruido– para entender que, en pleno 2001, lo simple, lo delicado, lo orgánico era más revolucionario que cualquier otra cosa. Y de ahí el éxito. El dueto después sacó Versus, una serie de remixes del disco anterior con la que incursionaron por primera vez en el ámbito electrónico. Entre los artistas invitados al proyecto estuvo Rökysopp, otro dueto noruego –éste de la ciudad de Tromsø– que llegó a los primeros puestos de las lista con la canción “Poor Leno”, un clásico cuya voz –esa que suena inofensiva, melancólica y alegre a la vez– fue precisamente la del señor Øye.

A pesar de que Versus fue el fin de la primera vida de Kings of Convenience, Øye siguió en esa misma línea de hacer música electrónica para nerds. Y por eso hizo un disco como solista que, si bien está producido por gente y estudios distintos en cada canción, logró una consistencia interesante en el tono y la calidad. Se llamó Unrest, cada una de sus canciones fue grabada en una ciudad diferente y demostró que eso de mezclarlo todo con todo pueden funcionar. Si es bien producido. Un año después Øye sacó DJ Kicks, un accesible proyecto de remixes que rozaba el dance dentro del cual incluyó canciones como “Drop”, de Cornelius, “There Is a Light That Never Goes Out”, de The Smiths y la siempre bienvenida “If I Ever Feel Better”, de Phoenix.

Como decía, Øye es un workaholic. Ese mismo año, 2004, trajo a Kings of Convenience de vuelta a la vida con Riot on an Empty Street, un album que llevó al dueto a sus raíces folk y los estableció como una de las bandas más nombradas de la primera década del siglo XXI. Acá trabajaron con la encantadora Feist y alcanzaron números impresionantes en las listas británicas, sobre todo con “I’d Rather Dance with You”, una canción que sonó hasta el cansancio.

¿Qué hace la gente adicta al trabajo en sus ratos libres? Trabaja. No bastando con el éxito de Riot on an Empty Street, ese mismo año Øye se inventó –junto con pianista, un bajista y un baterista– The Whitest Boy Alive, otro pedazo de proyecto que ya lleva dos discos no solo buenos, sino relevantes. El primero, Dreams, del 2006, fue un escalón más estilizado de lo que Øye había hecho antes, con más arreglos, más instrumentos, más producción. Fue un retrato del mundo ultra-desarrollado del que viene: de chispas de invierno escandinavo, de limpieza natural y de riqueza económica. El segundo, Rules, del 2009, recibió muchas críticas, porque no tenía ni la fuerza del disco anterior ni el ímpetu de Kings of Convenience, que es folk moderno con carácter. Pero que Rules manifieste un sentimiento más melancólico que Dreams fue precisamente el objetivo de Øye, que esta vez invocó el aislamiento, la incomunicación y la imposibilidad del compromiso. Se fue de melancólico, y muchos lo celebramos.

Lo contrario irradió Øye con el último disco de Kings of Convenience, Declaration of Dependece, de 2009, otro proyecto que solo con su título se delata: es una bonita y descarada aserción de que todos estamos mejor juntos que separados. El disco es mañanero y le dio a la gente algo más que Jack Johnson para desayunar panqueques de banano.

Detrás del marco absurdo de las gafas de Erlend Øye existe una persona tímida, depresiva y humilde, mucho más rigurosa de lo que parece, que no está preocupada por revolucionar la historia de la música. Pero lo ha hecho. La historia de vida de Erlend Øye es una historia de la música contemporánea, porque más que vivir la vida, el noruego se ha dedicado a tocar, cantar y escribir música. Por eso puede ser etiquetado como un adicto al trabajo con pinta de nerd. Porque cuando se meten con sus gafas –cuando le ponen temas distintos al suyo, cuando le desacomodan su orden– se ofusca, apaga y se va.

Publicado en Revista Exclama en Julio de 2010

Written by pardodaniel

julio 18, 2010 at 10:46 pm

Publicado en Revista Exclama

Hay peores carreteras que las colombianas

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Realmente yo no creía que esto pudiera ser cierto. Definitivamente no. Me encontraba en una van llena de mujeres nepalíes, todas gordas y comiendo algún tipo de cereal que se regaba por todos lados. La carretera tenía la misma estética que La Línea: estrepitosa, peligrosa, miedosa. Y el trancón iba de cabo a rabo en la carretera. No se movía nada, la gente se salía de los carros, se acurrucaban al pie de la carretera a esperar, los niños se montaban en los techos, y nadie, nadie protestaba o se preguntaba qué podía estar pasando. La incertidumbre, en la forma de pensar nepalí, no es un problema. Y lo que era peor: la gente no paraba de vomitar.

Pasa que parte de la cultura de carretera nepalí es vomitar. No hay bus en ese país montañoso y deteriorado que salga, por más desvalijado que esté, sin una cantidad significativa de bolsas de plástico negras y pequeñas para que la gente vomite. En promedio, usando como fuente mi experiencia de un mes en ese pobre país, se vomitan la mitad de los pasajeros en un bus que va de un pueblo a otro, de una ciudad a otra. No estoy exagerando. No le extrañe que, en medio del recorrido, lo despierten y le pidan que pase una bolsita para atrás, que la viejita se está vomitando. No le extrañe que se vomiten a lado suyo. Que lo hagan sobre su maleta. Que cuando usted esté al lado del bus haciendo un break cuando el bus paró, de repente se salga una cabeza por la ventana y vomite en cima suyo. Acostúmbrese al vomito, porque acá éste tiene raíces históricas.

Y lo que es increíble es que la gente, acostumbrada toda la vida a viajar por carreteras montañosas, nada que entiende que uno, cuando va en un carro, suele marearse. Porque no tienen el más mínimo interés en que deje de pasar. No cargan remedios, no duermen, no miran por la ventana ni la abren para que entre aire: vomitar es parte del viaje. Y de ahí que la típica estela de vomito en forma de triángulo, seca y ya pegada, en el costado lateral del bus sea una imagen típica de las cosas que uno ve en Nepal. Es decir, a la lista de los templos hinduistas-budistas, la comida china, los Himalaya y los monasterios tibetanos, hay añadirle el vómito.

De los 10 buses que cogí en Nepal en carreteras, en 6 de ellos me tuve que hacer en el techo, porque no venían más y porque, bueno, así es que funciona la cosa allá. Todo, faltaba más, en trayectos de no más de dos horas, durante el día y en carretera, porque en la cuidad está prohibido.

Las carreteras, como decía, son como las colombianas. En términos estéticos, del contexto y la curvatura. Y lo más sorprendente: son más peligrosas, más llenas de huecos y los conductores son más irresponsables: pasan en curva, manejan borrachos, comen manejando, fuman, hablan, textean, lo que se le ocurra: los tipos manejan como salvajes. Y eso en carreteras de casi un carril, sin líneas en el piso y con curvas de 90 grados al pie de abismos de 2.000 metros, es preocupante.

En un mes que estuve viajando por Nepal, donde el transporte es impresionantemente barato, estuve en dos accidentes y vi tres más. En el más grave de todos los que vi hubo tres muertos, entre ellos un niño. Un bus pasaba en plena curva y no vio el carrito que venía desenfrenado al frente con una familia adentro. En el peor de los accidentes de los que hice parte,  yo iba en el puesto de atrás, con unos turistas con los que estábamos haciendo bunjee jumping. Al estrellarse, mi cara se pegó contra el asiento de al frente y me reventó, inflamó y cicatrizó el labio. El bus no pudo seguir y nos tocó esperar, ahí en la mitad de la carretera, lloviendo, a que viniera el otro bus, que nos dejó en la mitad de una Katmandú caótica y atronadora a las 11 de la noche. Estuve 15 días con el labio hinchado y, ya entrados en gastos, ya estando en Nepal, me rehusé a ir a un doctor. Ahí está la cicatriz, divina: un hueco en el labio de adentro. A Jesse, un gringo alemán estudiante de medicina, sí lo vio un doctor, pues se había descalabrado contra el tubo oxidado que había al frente de su asiento, el de adelante. Los puntos se infectaron y tuvo que devolverse a Dusseldorf antes de tiempo.

Publicado en Historias – SoHo en Julio de 2010

Written by pardodaniel

julio 17, 2010 at 3:13 pm

48 horas en la India

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Mi recorrido por la India. Mapa por Miranda Hamilton

“Su atención, por favor. El tren hacia Agra está demorado siete horas. Lamentamos los inconvenientes”, anunció un parlante reventado en la agobiante estación de Nueva Dehli. Me acerqué a la única ventanilla disponible, y el funcionario me dijo que el tren venía puntual. Siete horas después, a las tres de la mañana, un tablero de madera anunció que el tren estaba retrasado doce horas. Cuando volví al otro día, el tablero decía que el tren había sido cancelado. La plata del tiquete (120 Rupias, 2.5 dólares) podría ser reclamada en 60 días hábiles.

Y nadie se quejaba. El percudido piso de la estación estaba cubierto de gente roncando a pierna suela. Unos jugaban cartas y otros estudiaban matemáticas. A nadie parecía importarle que la niebla tenía el sistema de trenes indio, el más grande del mundo, patas arriba. Y no había forma de moverse del hacinamiento de la estación, porque en cualquier momento podría llegar el tren. Para mí, era el mundo de la incertidumbre, el aburrimiento y la incomodidad. Para ellos, los indios, todo era color de rosa.

Tres días antes esperé nueve horas en el aeropuerto de Abu Dhabi y después 8 en el de Bombay. Llevaba siete días en la India y había pasado cuatro esperando vehículos de transporte. Los turistas me decían que no estuvo tan mal, que incluso tuve suerte. Los indios me mostraban su mano meneándose –lo que para uno es un “más o menos” allá significa “no”– para hacerme saber que “no hay problema, mi amigo”.

¿Que no hay problema?

No. Nada, para los indios, es un problema en esta vida. Ni la basura, ni el caos, ni la muchedumbre, ni la polución, ni la pobreza. Nada es un obstáculo para ser feliz. No es que los turistas cambien en la India, como uno piensa cuando llegan naturalistas, vegetarianos y felices. Lo que pasa es que se vuelven tolerantes. Se dan cuenta de que nada, en esta vida, justifica preocuparse.

Amartya Sen, el aclamado Nóbel de economía nacido en Calcuta, es una referencia clave cuando se habla de las raíces históricas de los valores culturales indios. Según él, cualquier extremo en la India tiene su contraparte en algún rincón de ese país. Por ejemplo, la India es una potencia en la industria tecnológica y ha dado al mundo una gran cantidad de intelectuales, pero tiene unos de los peores índices de literalidad y educación en el mundo.

En Kerala, donde la mayor atracción son los canales entre pequeñas islas residenciales, el nivel de literalidad es del 95%, una tasa de primer mundo. Sin embargo, en el resto del país es 61%, un índice de país africano.

Y si es un país de contrastes, también es uno de diversidades. En la India hay 28 estados independientes, cada uno con su propia lengua, historia, valores y sus 50 millones de habitantes. A pesar de que el hindi se habla y el hinduismo se practica nacionalmente, cada cultura tiene su propia interpretación. Por eso no vale la pena aprender cómo se dice “dónde está el baño” o “cuál es el hotel más barato”, porque en cada región se dice diferentemente, porque no hay baños y porque nunca le van a decir el hotel más barato, sino el que les conviene para obtener una comisión.

Semejante diversidad, y el fuerte poder que tienen los argumentos y el diálogo, han hecho de la tolerancia uno de los valores principales en la India, según Sen. Y esto desde hace millones de años, porque hablamos de una cultura más vieja que la egipcia y la griega. Por eso nada es un problema, mi amigo. Porque qué le vamos a hacer. Qué vamos a hacer si el inodoro no es un asiento sino un hueco en el piso. Qué vamos a hacer si las calles son un basurero. Y qué si la gente escupe, eructa y caga en la calle. Qué si cortaron la electricidad por 52 horas. Qué si las duchas son un balde con agua fría. Qué le vamos hacer si la viejita que le quitó el asiento del bus se vomitó sobre su maleta. Qué vamos a hacer si el tren no llega. Nada. Esperar. Con paciencia. Con un té en leche con azúcar: un Chai (5Rps). Porque qué le vamos a hacer.

Por eso la India es abrumadora. Porque uno no logra entender que semejante suciedad, pobreza, irresponsabilidad y caos no sean un problema para nadie, sino solo para uno. Pero hay que acostumbrarse y entender que esto es más divertido de lo que parece. (Si uno tiene plata, puede no pasar por ninguna incomodidad). Solo hay que aprender a tratarlos.

Al menos una vez al día llega un indio en chanclas, flaco, con sus dientes negros por el tabaco que masca, a hablarle a uno. Y el orden y contenido de las preguntas siempre es el mismo: de dónde eres, cómo es tu buen nombre, estás casado y cuál es tu religión. Piensan que Colombia es en Sri Lanka, porque la capital de ese país vecino es Colombo. Que Colombia es un país desarrollado, porque los turistas vienen de países desarrollados. Que no estar casado a los 24 años es un absurdo. Que no tener religión es irreal. Que comer con cubiertos es cochino. Por eso, para ahorrarse la entrevista cada hora, uno contesta lo que ellos esperan: soy de España, soy católico y estoy casado. Así no vuelven a preguntar.
Evidentemente, generalizo. Porque no falta el que sabe quién es Juan Manuel Santos. Hablo de Bhharat Kumawat, un joven de 20 años que me empezó a hablar cuando yo estaba admirando el lago y el palacio de Udaipur, su ciudad natal en el Estado de Rajastán, uno de los más coloridos, históricos y, consecuentemente, turísticos del subcontinente. Me hizo las preguntas de rutina y, con humildad, me fue contando su vida. Estudia español en la Universidad de Bombay y es nadador profesional. Su sueño es ser instructor de buceo en Galápagos. Nunca ha salido de la India, pero lee El Tiempo a diario y le parece que “Fernando Londoño es radical”. Juega cricket una vez por semana en el Shivaji Park de Bombay, la ciudad más cosmopolita. Estaba en Udaipur para el matrimonio de su hermana, que duró 10 días. Como el 85% de los matrimonios, el de su hermana fue arreglado por los padres del novio, quienes, sin embargo, no pagaron a la familia de la novia, una práctica que, a pesar de ser ilegal, el 40% todavía hace. Bhharat me llevó a las diferentes ceremonias, me invitó a comer con su familia (sentados en el piso, comimos pescado en salsa de coco, papas en curry y chapati) y, dos meses después, me hospedó en su apartamento en Bombay. Bhharat me insistió en que fuéramos a cine (100Rps), así yo no entendiera, porque la experiencia de Bollywood era interesante, ya que la gente bota monedas a la pantalla cuando sale el protagonista y hace fila días antes para coger buen puesto, porque eso de los asientos numerados no existe en la India. Y sí. Vimos My Name is Khan, a cuyo protagonista, Rizwan Khan, le tienen un templo de adoración en Calcuta.

Los indios no son malas personas, a pesar de que eso irradian en ciudades turísticas como Dehli, Agra, Varanasi, Jaipur o Khajuraho, donde la gente, entrenada desde niños en el mundo del turismo, lo trata a uno como si fuera un cajero automático. En la India no roban, pero, en sitios como estos, lo estafan a uno sin piedad. Desde envenenar la comida del restaurante del hotel para que uno tenga que usar la clínica privada del pueblo –cuyo dueño es el mismo del hotel–, hasta llevarlo a uno al hotel del ‘hermano’ después de decirle que el hotel que había reservado estaba cerrado por falta de higiene. La originalidad de los indios para estafar a los turistas tiene raíces históricas y por eso es tan efectiva. Algunos turistas se dejan, con el argumento de que no es mucha la plata que se pierde y porque no dejarse es una tarea difícil y agotadora. Pero esa relación antagónica entre turista y local ha llevado a que, en este tipo de lugares, los niños no entiendan que uno también es un ser humano y no una cosa blanca que solo existe para consumir y dar plata. O esferos y chocolates, que son las otras dos cosas que piden.

En tres meses que viajé por la India me gasté 36,000 Rupias (800 dólares), todo incluido. Claro: me metí en hoteles donde el ventilador estaba a punto de descolarse, conocí indios que me hospedaron en sus casas, viajé en trenes nocturnos donde los niños que se arrastraban por el piso lo despiertan para pedirle plata, vi algunos templos desde afuera, tomé pocos mototaxis, bebí poco alcohol y, lo más importante, nunca comí en restaurantes para turistas. Y pocas veces lo hice en restaurantes de clase media para locales. Comí en la calle, donde se prepara comida tan diversa y buena como la que se encuentra en los restaurantes. Van desde un sánduche de vegetales (15Rps) hasta un plato de lentejas con arroz y acompañamientos (30Rps). Desde un empanada de papa con garbanzos (Samosa, 6Rps) hasta un pescado adobado en curry (50Rps). Desde un crepe con especies y vegetales adentro (Dosa, 20 Rps) hasta un pollo con espinacas (50Rps). La gastronomía india, y sobre todo en la calle, es un mundo infinito, diverso y encantador. Y la posibilidad de conocer locales en la calle es mucho más amplia. En Mysore, por ejemplo, una ciudad con un palacio fastuoso y un mercado extraordinario en Karnataka, comí, junto a un grupo estudiantes de ingeniería, sangre de cordero hecha puré y mezclada con huevo (20Rps). Exquisito.

Comer en la calle no es sinónimo de enfermarse en la India. El 87% de los visitantes se enferman. Yo me enfermé cuatro veces, una de las cuales me llevó a vomitar 6 veces en un tren y fue culpable de dos estafas.

Pero, al ser un país de contrastes, las posibilidades de una vida acomodada también son infinitas. Restaurantes, discotecas, hoteles, centro comerciales: la oferta es tan amplia como en cualquier país de Europa. Y más barata. El cuarto más caro del Taj Majal de Bombay cuesta 230,000 Rps (5,000 dólares) y el más barato 10,000 (200 dólares). Ahí fueron los atentados de 2008, y después de la remodelación quedó sencillamente hermoso.

Yo, como hice en los hoteles más lujosos de cada ciudad, entré dándomelas del huésped –un perfil que los porteros se creen fácilmente por la pinta de turista– un día por la mañana. Cogí The Hindustan Times. Me senté en un sofá blanco con cojines que parecían nubes. Entré al baño, me gocé el papel higiénico mientras leía Newsweek, y me lavé la cara, el cuello y los brazos con un jabón elegante. No le dí propina al encargado de pasar las toallas. Fui al buffet de desayunos, cogí un pan de chocolate recién horneado y pedí un expreso hecho con café italiano. Me interrumpieron, con mucho respeto, mi lectura en el patio del comedor; y me preguntaron cuál mi habitación. Era la 1083. Salí como nuevo a coger un bus destartalado hacia mi hostal, The Salvation Army, una institución famosa en Bombay entre los viajeros que vale 230 Rps (5 dólares) con desayuno incluido. El detalle más famoso del hostal es que en el dormitorio de las niñas hay pulgas y en el de los hombres cucarachas. Andy, el irlandés con el que compartí camarote, se despertó con una en la mano, como si fuera su peluche. ¿Y qué iba a hacer? “Nada –le dije– no hay problema, mi amigo”.

Publicado en Revista Don Juan en Junio de 2010

Written by pardodaniel

julio 16, 2010 at 10:43 pm

Publicado en Revista Don Juan

Al que no quiere caldo…

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La idea, al escoger Nepal como destino, era escaparme del infierno indio. De su polución, de sus enormes y destartalados sistemas de transporte, de sus azorantes mototaxistas, de sus calles con vacas y camellos, de su polvo, de su arena, de sus especies. ¡De su calor! Por eso Nepal sonaba ideal: porque estaba en la frontera con Darjeeling, porque es tan barato como la India, porque es cercano y diferente a la India, porque sus atracciones son rurales y montañeras, porque no es el turismo insolente de Tailandia ni la inmensidad abrumadora de la China. ¡Y porque está en las montañas, y es frío! Nunca en mi vida había anhelado tanto el frío: el placer de no sudar después de bañarse, la delicia de taparse al dormir, el deleite de ponerse un saco de algodón recién lavado, la alegría de sentir que el aire puede ser limpio, más puro, más natural, menos industrial. A eso me fui a Nepal: a sentirme, en cierto sentido, algo más cerca de los Andes. Y, sin embargo, todo salió mal.

Salí de Darjeeling y tomé un jeep a la ciudad más cercana de la frontera con Nepal, en su extremo oriental: Siliguri. Allí cogí un bus que estaba a reventar. Como era el último del día, me tuve que montar en el techo. Hasta ahí, todo perfectamente en orden. Pero llegué a la frontera india, una olla de nepalíes desesperados comprando los innumerables bienes que solo se consiguen en la India. La humedad se había disparado, porque ya estaba, otra vez, al nivel del mar. Entonces tuve que guardar el saco de algodón. Eran calles y calles de mercados escandalosos, de gente que no inspiraba confianza, de bicitaxistas langarutos con dientes manchados que ofrecían el servicio del cruce de la frontera. Yo caminé, como siempre, para no tener que hablar con nadie. Porque depender de otro ser humano en este contexto puede ser el ocaso.

Eran las 6 de la tarde. Había previsto coger el último bus desde la frontera a Katmandú, la capital nepalí, que dura 17 horas. Lo que no había previsto, sin embargo, es que todo en esa frontera eran contratiempos: el puente caído, la cerca cerrada, los transeúntes nerviosos, los vendedores acosadores. Maicao, pensaba, es un dulce al lado de esto. La atmosfera, además, tenía esa densidad en el aire que se ve al atardecer en lugares húmedos, que ensucia el ambiente, que no permite distinguir a distancia, donde los bichos se ven a leguas y la única forma de no ser picado es corriendo. Con el morral al hombro, yo sudaba y sufría y me preguntaba de dónde acá me dio por estar ahí, en esa caldera bulliciosa, hasta que crucé el río, pasé la frontera y entré a Nepal.

Los indios no necesitan autorización para ir a Nepal y viceversa. Yo era, como ya me había acostumbrado, el extraterrestre, el diferente, el único raro que en esa frontera, a esas horas, tenía que sellar su pasaporte. Es más: era, estoy seguro, la única persona con un pasaporte en el bolsillo. La Oficina de Inmigración era una casa estropeada: sin puertas, sin ventas. Timbré y nadie me abrió. Grité y nadie contestó. Prendí la luz y no prendió. Pregunté, y el oficial –gordo y con camisa desabrochada– estaba en la esquina tomando whisky. El señor –con uno de sus pocos dientes bronceado en plata– me saludó delante de los amigos, que se rieron de mis piernas picadas, y me llevó a la oficina. Allí prendió una vela, miró mi pasaporte y me puso el sello pertinente. Era, de lejos, la oficina de inmigración más arcaica que hubiese visto.

Era hora, entonces, de montarme en un bus, zamparme tres pastillas que me noquearan, y dormir hasta llegar a la dulcemente fresca ciudad de Katmandú. Pero todo, como decía, salió mal.

El último bus que iba para Katmandú ya había salido, así que la única era quedarme en esa muerta frontera nepalí. Quedaba un bus en toda la terminal, que iba para la ciudad de Janakpur, recomendada por la guía gracias las pinturas que sus habitantes hacen en sus casas de barro. ¡Excelente!, dije, para allá voy.

Pero el bus resultó ser casi de piedra, su música ensordecedora, y el recorrido un martirio de tropezones y mediocridades. Creo, si no estoy mal, que nunca andamos por una carretera pavimentada. A medianoche, el busetero paró a tomarse una siesta, en la mitad de un potrero con moscos y vacas cuya posición uno no podía encontrar.

Llegamos a Janakpur a las 4 de la mañana. Un pasajero me preguntó que qué venía a hacer acá, a este moridero, y yo no le supe responder. Me bajé y tiraron desde el techo la maleta al piso, con lo que me di cuenta que el pueblo estaba cubierto de arena, tal como quedó mi maleta.

El bus se fue, los que se bajaron se fueron y ahí me quedé yo, solo, en la mitad de dos avenidas desamparadas, en un pueblo del que nada sabía, lejos de toda civilización, al sur de Nepal; en el pueblo más desértico de Nepal, un país de montañas; en el pueblo menos nepalí de Nepal; en el pueblo –y ésta viene siendo la peor de todas la noticias aquí contadas– más indio de Nepal. Estaba en Nepal, sí, porque eso decía mi pasaporte, pero esto de nepalí no tenía nada, sino indios que mostrar.

Caminé por una hora por las polvorientas calles de Jaktapur, hasta que encontré un cuarto cuya cama, si bien aceptable y doble, estaba cobijada por el mosquitero más grande, aparatoso y sucio del planeta. Salí al otro día y reservé el primer boleto para Katmandú, que era 12 horas más tarde. Visité el pueblo, vi las jodidas casas con sus pinturas, me empujé un plato indio, hablé algo en hindi, y me encerré en el cuarto, resignado, a ver televisión y gozar del ventilador. Estaban dando Mrs. Doubtfire en hindi, y me la vi completa.

Written by pardodaniel

julio 2, 2010 at 3:12 pm