Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

48 horas en la India

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Mi recorrido por la India. Mapa por Miranda Hamilton

“Su atención, por favor. El tren hacia Agra está demorado siete horas. Lamentamos los inconvenientes”, anunció un parlante reventado en la agobiante estación de Nueva Dehli. Me acerqué a la única ventanilla disponible, y el funcionario me dijo que el tren venía puntual. Siete horas después, a las tres de la mañana, un tablero de madera anunció que el tren estaba retrasado doce horas. Cuando volví al otro día, el tablero decía que el tren había sido cancelado. La plata del tiquete (120 Rupias, 2.5 dólares) podría ser reclamada en 60 días hábiles.

Y nadie se quejaba. El percudido piso de la estación estaba cubierto de gente roncando a pierna suela. Unos jugaban cartas y otros estudiaban matemáticas. A nadie parecía importarle que la niebla tenía el sistema de trenes indio, el más grande del mundo, patas arriba. Y no había forma de moverse del hacinamiento de la estación, porque en cualquier momento podría llegar el tren. Para mí, era el mundo de la incertidumbre, el aburrimiento y la incomodidad. Para ellos, los indios, todo era color de rosa.

Tres días antes esperé nueve horas en el aeropuerto de Abu Dhabi y después 8 en el de Bombay. Llevaba siete días en la India y había pasado cuatro esperando vehículos de transporte. Los turistas me decían que no estuvo tan mal, que incluso tuve suerte. Los indios me mostraban su mano meneándose –lo que para uno es un “más o menos” allá significa “no”– para hacerme saber que “no hay problema, mi amigo”.

¿Que no hay problema?

No. Nada, para los indios, es un problema en esta vida. Ni la basura, ni el caos, ni la muchedumbre, ni la polución, ni la pobreza. Nada es un obstáculo para ser feliz. No es que los turistas cambien en la India, como uno piensa cuando llegan naturalistas, vegetarianos y felices. Lo que pasa es que se vuelven tolerantes. Se dan cuenta de que nada, en esta vida, justifica preocuparse.

Amartya Sen, el aclamado Nóbel de economía nacido en Calcuta, es una referencia clave cuando se habla de las raíces históricas de los valores culturales indios. Según él, cualquier extremo en la India tiene su contraparte en algún rincón de ese país. Por ejemplo, la India es una potencia en la industria tecnológica y ha dado al mundo una gran cantidad de intelectuales, pero tiene unos de los peores índices de literalidad y educación en el mundo.

En Kerala, donde la mayor atracción son los canales entre pequeñas islas residenciales, el nivel de literalidad es del 95%, una tasa de primer mundo. Sin embargo, en el resto del país es 61%, un índice de país africano.

Y si es un país de contrastes, también es uno de diversidades. En la India hay 28 estados independientes, cada uno con su propia lengua, historia, valores y sus 50 millones de habitantes. A pesar de que el hindi se habla y el hinduismo se practica nacionalmente, cada cultura tiene su propia interpretación. Por eso no vale la pena aprender cómo se dice “dónde está el baño” o “cuál es el hotel más barato”, porque en cada región se dice diferentemente, porque no hay baños y porque nunca le van a decir el hotel más barato, sino el que les conviene para obtener una comisión.

Semejante diversidad, y el fuerte poder que tienen los argumentos y el diálogo, han hecho de la tolerancia uno de los valores principales en la India, según Sen. Y esto desde hace millones de años, porque hablamos de una cultura más vieja que la egipcia y la griega. Por eso nada es un problema, mi amigo. Porque qué le vamos a hacer. Qué vamos a hacer si el inodoro no es un asiento sino un hueco en el piso. Qué vamos a hacer si las calles son un basurero. Y qué si la gente escupe, eructa y caga en la calle. Qué si cortaron la electricidad por 52 horas. Qué si las duchas son un balde con agua fría. Qué le vamos hacer si la viejita que le quitó el asiento del bus se vomitó sobre su maleta. Qué vamos a hacer si el tren no llega. Nada. Esperar. Con paciencia. Con un té en leche con azúcar: un Chai (5Rps). Porque qué le vamos a hacer.

Por eso la India es abrumadora. Porque uno no logra entender que semejante suciedad, pobreza, irresponsabilidad y caos no sean un problema para nadie, sino solo para uno. Pero hay que acostumbrarse y entender que esto es más divertido de lo que parece. (Si uno tiene plata, puede no pasar por ninguna incomodidad). Solo hay que aprender a tratarlos.

Al menos una vez al día llega un indio en chanclas, flaco, con sus dientes negros por el tabaco que masca, a hablarle a uno. Y el orden y contenido de las preguntas siempre es el mismo: de dónde eres, cómo es tu buen nombre, estás casado y cuál es tu religión. Piensan que Colombia es en Sri Lanka, porque la capital de ese país vecino es Colombo. Que Colombia es un país desarrollado, porque los turistas vienen de países desarrollados. Que no estar casado a los 24 años es un absurdo. Que no tener religión es irreal. Que comer con cubiertos es cochino. Por eso, para ahorrarse la entrevista cada hora, uno contesta lo que ellos esperan: soy de España, soy católico y estoy casado. Así no vuelven a preguntar.
Evidentemente, generalizo. Porque no falta el que sabe quién es Juan Manuel Santos. Hablo de Bhharat Kumawat, un joven de 20 años que me empezó a hablar cuando yo estaba admirando el lago y el palacio de Udaipur, su ciudad natal en el Estado de Rajastán, uno de los más coloridos, históricos y, consecuentemente, turísticos del subcontinente. Me hizo las preguntas de rutina y, con humildad, me fue contando su vida. Estudia español en la Universidad de Bombay y es nadador profesional. Su sueño es ser instructor de buceo en Galápagos. Nunca ha salido de la India, pero lee El Tiempo a diario y le parece que “Fernando Londoño es radical”. Juega cricket una vez por semana en el Shivaji Park de Bombay, la ciudad más cosmopolita. Estaba en Udaipur para el matrimonio de su hermana, que duró 10 días. Como el 85% de los matrimonios, el de su hermana fue arreglado por los padres del novio, quienes, sin embargo, no pagaron a la familia de la novia, una práctica que, a pesar de ser ilegal, el 40% todavía hace. Bhharat me llevó a las diferentes ceremonias, me invitó a comer con su familia (sentados en el piso, comimos pescado en salsa de coco, papas en curry y chapati) y, dos meses después, me hospedó en su apartamento en Bombay. Bhharat me insistió en que fuéramos a cine (100Rps), así yo no entendiera, porque la experiencia de Bollywood era interesante, ya que la gente bota monedas a la pantalla cuando sale el protagonista y hace fila días antes para coger buen puesto, porque eso de los asientos numerados no existe en la India. Y sí. Vimos My Name is Khan, a cuyo protagonista, Rizwan Khan, le tienen un templo de adoración en Calcuta.

Los indios no son malas personas, a pesar de que eso irradian en ciudades turísticas como Dehli, Agra, Varanasi, Jaipur o Khajuraho, donde la gente, entrenada desde niños en el mundo del turismo, lo trata a uno como si fuera un cajero automático. En la India no roban, pero, en sitios como estos, lo estafan a uno sin piedad. Desde envenenar la comida del restaurante del hotel para que uno tenga que usar la clínica privada del pueblo –cuyo dueño es el mismo del hotel–, hasta llevarlo a uno al hotel del ‘hermano’ después de decirle que el hotel que había reservado estaba cerrado por falta de higiene. La originalidad de los indios para estafar a los turistas tiene raíces históricas y por eso es tan efectiva. Algunos turistas se dejan, con el argumento de que no es mucha la plata que se pierde y porque no dejarse es una tarea difícil y agotadora. Pero esa relación antagónica entre turista y local ha llevado a que, en este tipo de lugares, los niños no entiendan que uno también es un ser humano y no una cosa blanca que solo existe para consumir y dar plata. O esferos y chocolates, que son las otras dos cosas que piden.

En tres meses que viajé por la India me gasté 36,000 Rupias (800 dólares), todo incluido. Claro: me metí en hoteles donde el ventilador estaba a punto de descolarse, conocí indios que me hospedaron en sus casas, viajé en trenes nocturnos donde los niños que se arrastraban por el piso lo despiertan para pedirle plata, vi algunos templos desde afuera, tomé pocos mototaxis, bebí poco alcohol y, lo más importante, nunca comí en restaurantes para turistas. Y pocas veces lo hice en restaurantes de clase media para locales. Comí en la calle, donde se prepara comida tan diversa y buena como la que se encuentra en los restaurantes. Van desde un sánduche de vegetales (15Rps) hasta un plato de lentejas con arroz y acompañamientos (30Rps). Desde un empanada de papa con garbanzos (Samosa, 6Rps) hasta un pescado adobado en curry (50Rps). Desde un crepe con especies y vegetales adentro (Dosa, 20 Rps) hasta un pollo con espinacas (50Rps). La gastronomía india, y sobre todo en la calle, es un mundo infinito, diverso y encantador. Y la posibilidad de conocer locales en la calle es mucho más amplia. En Mysore, por ejemplo, una ciudad con un palacio fastuoso y un mercado extraordinario en Karnataka, comí, junto a un grupo estudiantes de ingeniería, sangre de cordero hecha puré y mezclada con huevo (20Rps). Exquisito.

Comer en la calle no es sinónimo de enfermarse en la India. El 87% de los visitantes se enferman. Yo me enfermé cuatro veces, una de las cuales me llevó a vomitar 6 veces en un tren y fue culpable de dos estafas.

Pero, al ser un país de contrastes, las posibilidades de una vida acomodada también son infinitas. Restaurantes, discotecas, hoteles, centro comerciales: la oferta es tan amplia como en cualquier país de Europa. Y más barata. El cuarto más caro del Taj Majal de Bombay cuesta 230,000 Rps (5,000 dólares) y el más barato 10,000 (200 dólares). Ahí fueron los atentados de 2008, y después de la remodelación quedó sencillamente hermoso.

Yo, como hice en los hoteles más lujosos de cada ciudad, entré dándomelas del huésped –un perfil que los porteros se creen fácilmente por la pinta de turista– un día por la mañana. Cogí The Hindustan Times. Me senté en un sofá blanco con cojines que parecían nubes. Entré al baño, me gocé el papel higiénico mientras leía Newsweek, y me lavé la cara, el cuello y los brazos con un jabón elegante. No le dí propina al encargado de pasar las toallas. Fui al buffet de desayunos, cogí un pan de chocolate recién horneado y pedí un expreso hecho con café italiano. Me interrumpieron, con mucho respeto, mi lectura en el patio del comedor; y me preguntaron cuál mi habitación. Era la 1083. Salí como nuevo a coger un bus destartalado hacia mi hostal, The Salvation Army, una institución famosa en Bombay entre los viajeros que vale 230 Rps (5 dólares) con desayuno incluido. El detalle más famoso del hostal es que en el dormitorio de las niñas hay pulgas y en el de los hombres cucarachas. Andy, el irlandés con el que compartí camarote, se despertó con una en la mano, como si fuera su peluche. ¿Y qué iba a hacer? “Nada –le dije– no hay problema, mi amigo”.

Publicado en Revista Don Juan en Junio de 2010

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Written by pardodaniel

julio 16, 2010 a 10:43 pm

Publicado en Revista Don Juan

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