Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for agosto 2010

La versión nepalí de Avril Lavigne y Ricky Martin

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En Nepal todo el mundo se pone Converse. Los niños, los viejos, los papás, todos. Converse originales, chiviados, Croydon, de otras marcas: todos se ponen esos tenis de tela colorida con suela y punta blancas de plástico. Y el joven que siempre tiene los últimos, los más caros y difíciles de conseguir, es el sparring del bus, el que grita el destino y cobra el pasaje de los colectivos. En Nepal, ser sparring –y le digo así porque así se usa en Cartagena y no conozco otra forma de llamarlo- es el objetivo de todo adolescente: es lo más distinguido y divertido que le puede pasar. Porque maneja gente y plata. Porque manda. Porque tiene carro. La pinta del man, además de los más codiciados Converse, es como la de cualquier man que uno se encuentra en, no sé, Multicentro: saco de cremallera hecho en algodón con capucha, una camiseta de color vivo con un condón o una hoja de marihuana, jeans Levi’s, boxers a la vista con motivos y cachucha de, digamos, los Yankees de Nueva York.

Nepal no es, como muchos piensan, un país occidentalizado en términos de los valores y el pensamiento. La gente sigue vomitando por las ventanas de los buses como si no hubiera gente y carros ahí afuera; las mujeres siguen dando ofrendas a sus dioses hinduistas; los monasterios budistas están por todos lados; la gente sigue cagando al aire libre y la comida sigue siendo una mezcla entre la china y la india. Además, si bien el gobierno adoptó hace unos 5 años el sistema comunista para regir a la gente, se trata de una versión muy distinta a la que los occidentales conocemos. Ni en lo político ni en lo espiritual se puede decir que Nepal ha sido occidentalizado.

Sin embargo, hay en los nepalíes cierto gustillo por la cultura popular de occidente. Por ejemplo, un afiche de Avril Lavigne en la pared de cualquier restaurante es una imagen típica. Así como camisetas de Britney Spears y tarjetas de Cristiano Ronaldo. Se trata de una fascinación estética, de un gusto por esas figuras y símbolos banales que vienen de Estados Unidos y Europa.

¿Por qué? ¿Por qué, por ejemplo, este tipo de fascinación por las tonterías occidentales no se ve en la India o China? El turismo, siempre el turismo: esa masa de gordos occidentales que viajan por el mundo imponiendo sus costumbres con sus dólares. Claro que hay turismo en la China y en la India. Y mucho. Pero nunca ha sido tan impactante y monopolista como en Nepal.

Y es que, ¿qué es Nepal? Es donde quedan los Himalaya. El segundo distrito turístico más grande del mundo –barrios y barrios de agencias de viajes, restaurantes y tiendas para turistas– está en Katmandú, la capital nepalí. El primero es Bangkok, la de Tailandia. El barrio en Katmandú se llama Thamel: cuadras y cuadras de tiendas para montañistas, donde venden sleeping bags, botas, gorros de algodón, palos de alpinista, guías y barras energéticas. También es muy típico ver un coffee shop que vende pasteles occidentales, como un apple pie o un cheese cake. También le van a ofrecer marihuana en cada esquina. Y también va a oír un grupo mediocre de hipsters napelíes tocando Creep, de Radiohead, en uno de los prototípicos bares, dondo ponen Bob Marley hasta el cansancio y venden fish & chips y Jack Daniel’s con CocaCola.

El turismo que llegó a Nepal vino con todo. Vino a caminar por los Himalayas y de paso hizo su barrio en Katmandú y sus agencias que prestan servicios de bungee jumping y rafting. Yo hice el primero, que es por cierto el tercero más alto del mundo (160m), por la irresponsable suma de 80 euros. Y también fui a caminar por las montañas, a hacer el famoso circuito de Annapurna. La verdad, caminar por los Himalayas, mientras uno no suba de los 5000 metros de altura, es muy fácil. Uno ve viejitos gordos con venas azules a la vista en sus blancas piernas. Ve gente en plena luna de miel. Ve grupos de turistas noruegos celebrando sus 70 años de amistad. Ve niños. Y ve colombianos de 24 años que no tienen plata para contratar un guía o un portero, el señor que le carga a uno el morral. Como lo fui yo. Y, pensándolo bien, fue mejor andar solo: sin guía, sin portero, sin plata, sin amigos, sin nadie, porque hay tanta gente en ese circuito que la única forma de sentirse en paz y en contacto con la naturaleza es yendo solo y no comiendo con los turistas. Claro, hubo días en los que me perdí, en los que me tocó sentarme hasta que apareciera el grupo que venía detrás, en los que solo comí los arándanos y los gojis que recogía en el camino. El método es muy fácil: uno escoge un circuito y camina hasta llegar a su objetivo, casi siempre el campamento base de un pico famoso y, ciertamente, hermoso. En el recorrido, camina, escala, suda y para a tomar agua purificada con pastillas durante unas 7 horas, y duerme en unos diminutos pueblitos que de pueblo no tienen nada, sino tres hoteles iguales que sirven lentejas y arroz y le proporcionan una cama sencilla y práctica. Desde el cuarto también va ver una fila interminable de montañas arrolladoras con todo tipo de colores y picos de nieve que parecen de cristal. También va a pagar más plata por cada lenteja que se coma entre más arriba esté, porque todo lo que usted consuma ha sido llevado a lomo de mula. Por eso yo llevé 4 kilos de frutas secas y maníes en mi maleta, que por su parte pesaba 20 en total.

Pero, como decía, Nepal hizo una interpretación chistosa de occidente. Y de ahí que usted haya visto a Ace Ventura jodiéndole la vida a los monjes en los Himalaya. O que Ricky Martin, después de haberse encontrado consigo mismo en la montañas y se haya comprado una pulseras de tradición monástica, se haya convertido en una figura ejemplar para la comunidad gay en ese país. Nepal ha hecho una interpretación original, definitivamente cómica y muy a su forma, de las estéticas occidentales. Y es por eso que su mejor amigo siempre va a tener que ser el sparring del bus.

Publicado en Historias – SoHo en Agosto de 2010

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Written by pardodaniel

agosto 23, 2010 at 6:15 pm

Los otros

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Tenía las cejas gruesas, nariz chata y piel seca. Era un indígena de pura cepa. A sus cinco años de edad, en 1885, unos soldados que perseguían a los rebeldes del Cauca atacaron su casa y violaron a su hermana. Fue soldado del ejército nacional durante la Guerra de los Mil Días, hasta 1903, que volvió a ser el campesino que siempre fue. Insatisfecho por las injusticias de los mayordomos y terratenientes, Manuel Quintín Lame, un civilizado montés autodidacta que ha sido calificado de caudillista, se dedicó a estudiar y conseguir argumentos para reivindicar el legado de su cultura en un país de criollos. Y en eso se le fue la vida.

La civilización montés: La visión india y el trasegar de Manuel Quintín Lame en Colombia, una investigación de la antropóloga Mónica Espinosa publicada por la Universidad de los Andes, habla sobre esto: sobre la insatisfacción sociopolítica -e incluso cultural- que marcó la vida de este juglar de la ‘causa indígena’.

Y qué mejor momento para hablar del tema, ahora que estamos preguntándonos por el significado de lo que pasó hace 200 años. Porque, así no lo diga explícitamente, lo de Espinosa tiene mucho que ver con lo que, por ejemplo, se preguntaba el historiador Mauricio Nieto en Semana hace unos días: ¿independencia de quién? ¿libertad de quién? ¿según quiénes?

La vida y obra de Lame, y todas las manifestaciones que se forjaron a partir de él, son claras muestras de que, ni siquiera después de la constituyente del 91, podemos pensar en un país incluyente en el que todos sus habitantes, por diferentes que son, se sienten cómodos sociopoliticamente. Y no solo se trata de participación política o propiedad sobre la tierra, sino -como lo desmura Espinosa con entrevistas y documentos de archivo, unos escritos por Lame- de una herida en la identidad indígena que no se ha podido sanar.

Es, definitivamente, un proyecto pretencioso. Porque salir de una Universidad en el centro de Bogotá a los lugares más recónditos del país a encontrar e interpretar los legados que dejó Lame no es fácil. Porque hablamos de gente que lleva siglos viéndose –y siendo vista- como El Otro, como un ser humano distinto que no comparte rasgos culturales con los ‘civilizados’; que piensa y vive distinto. Pero Espinosa hizo la tarea: usó el método antropológico, escribió con destreza, y logró articular el presente y el pasado con una premisa concreta: todavía hay gente que se siente en la Colonia.

Arango Espinosa, Mónica. La civilización montés: La visión india y el trasegar de Manuel Quintín Lame en Colombia. Centro de Estudios Socioculturales e Internacionales – CESO. Universidad de los Andes. Bogotá, 2009.

Publicado en Revista Arcadia en Agosto de 2010

Written by pardodaniel

agosto 19, 2010 at 2:59 pm

Publicado en Revista Arcadia