Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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¿Por qué no te largas?

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En Colombia, y sobre todo en Colombia, tierra de celosos y egoístas, lo miran a uno con ojo rayado cuando dice que se va de viaje. Todo viajero tiene que mamarse los despectivos comentarios con doble sentido —hechos por, digamos, su tía Rosario—: ‘qué vidita la suya, ¿no?’ o ‘me da envidia, pero de la buena’ o ‘¿te vas? ¡qué delicia! Y uno acá, en los tracones’. Llenan sus sentimientos de eufemismos para no sonar despectivos pero igual piensan que uno no se lo merece: ‘¿Oootra vez se va de viaje? No haga más’, en tono de burla. Y por si fuera poco —una costumbre tan descarada como maleducada— se ríen de su propio chiste, como si para todos fuera chistoso.

Sobre todo en Colombia —porque en este país está culturalmente aceptado juzgar a los demás, entrometerse en la vida de los otros y es por eso que acá vivimos del qué dirán— te juzgan por viajar. Hasta el punto de que uno llega a negar que se va de viaje. Como si no tuviera derecho; como si las prioridades de todos fueran las mismas. Lo juzgan porque, supuestamente, uno es millonario. Porque es injusto. Y porque, ante todo, todos deberíamos poder hacer las mismas cosas.

Y es que la gente cree que viajar es un placer para todos, primero, y que los que no viajan es porque no pueden, segundo: porque sus vidas son más duras y porque —ellos sí— tienen que trabajar. Pero yo creo que todos podemos viajar, con plata o sin plata. Yo creo que, más que plata, lo que se necesita en la vida para viajar son güevos. Y, sí, algo de ganas, para ahorrar lo mínimo, que es el pasaje y la visa. Porque de resto, viajar es fácil.

Lo primero es que viajar está sobrevalorado: que viajar, a fin de cuentas, no es tan delicioso como todo el mundo cree ni un placer del que todos gozamos. Es un placer que, como todos los gustos, unas personas disfrutan más que otras.

Hay innumerables razones para argumentar que viajar es una lucha. Y SoHo ha hecho bien la tarea de desmitificarlo: que por la viajada en carretera, que por el aeropuerto, que por el hotel, que porque no hay nada como la casa de uno, que por los moscos, que por la dormida. Y también por la comida, el baño, la gente, el idioma, la esperada, la fila turística. En fin: hay razones innumerables.

Y hay, también, tres tipos de personas: las que definitivamente no viajan porque, de frente, no quieren alterar sus mañas y rutina; las que viajan porque no les importa correr sacrificios, sean económicos o físicos o culturales; y las que no viajan y se venden como los que quieren pero —‘pobrecitos’— no pueden. Ese tercer grupos de personas —mi queridísima tía Rosario, entre ellas— es el que no tiene por qué existir: si quieres viajar, puedes.

Lo segundo es que viajar no es tan necesariamente caro como parece. O que, mejor, puede ser más barato de lo que se cree.

Si uno evade ciudades turísticas y primermundistas, como Paris, Tokio o Nueva York, y se va para lugares incluso más baratos que Colombia —porque, recuerde: por alguna razón que nadie ha explicado, Colombia es un país increíblemente caro— uno puede viajar con poca plata. Por ejemplo, yo viajé por tres meses en la India —sí, quedándome en el hostal de la ducha de balde y las sábanas rotas— con un millón quinientos mil pesos. Tres meses, recorriendo el país entero, incluyendo transporte, comida y hospedaje. Y si bien la India es uno de los países más baratos del mundo, lugares como el sudeste asiático, África o la China van en la misma línea. Claro que hay que limitarse a viajar como pobre, o a ser pobre: nada de comida, hoteles o bares occidentales. Nada de resort o piscina. Pero eso no significa que uno no pueda encontrar una playa desértica en la mitad de la nada o un restaurante de locales tan especial como cualquiera que esté en la guía Michelín.

Viajando, es decir, no hay paraíso. Al menos no lo hay si uno no lo busca. Pero el que busca encuentra. Sólo se trata de hacer la tarea completa. Por ejemplo, los pasajes: si uno busca con cuidado y en diferentes aerolíneas, puede encontrar pasajes baratos, con miles de escalas y desventajas, pero los puede encontrar. Y, si planea con anterioridad, y hace combos convenientes, más baratos le van a salir. Aires, por ejemplo, con todos sus retardos e incomodidades, con todo el odio que le tenemos, tiene pasajes muy baratos (800 mil pesos) a Nueva York. Y desde allá uno puede salir a cualquier parte del mundo por muy poco: yo pagué 1.500.000 pesos ida y vuelta para llegar a Delhi, parando en Filadelfia, Londres, Cairo y Abu Dabi.

En tercer lugar, uno puede viajar gratis. O, pues: trabajando mientras viaja. Si dejamos un lado las utopías mochileras de los malabaristas, cuando un grupo de amigos se iba por Suramérica vendiendo pulseras y tocando música colombiana, hoy existen innumerables posibilidades de trabajar viajando. Hay todo tipo de organizaciones —oriundas de países ultradesarrollados— que le organizan todo a uno: que le consiguen un trabajo que requiera mano de obra y lo mandan para algún rincón del mundo que, si usted es un viajante empedernido, seguro le va a interesar. El país donde mejor funciona la cosa es en Australia, donde millones de europeos llegan sin un peso a colaborar en granjas durante tres o cuatro días a la semana con tal de ver el mundo que allí se encuentra. Uno cree, es más, que los europeos pueden recorrer el mundo porque lo hacen en Euros. Y que uno, que lo hace en Pesos, está en desventaja. Pero eso es mentira, pues la mayoría de europeos que viajan se van sin un solo centavo, como lo puede hacer uno, y en la medida en que viajan o se ganan la plata o se guerrean la vida sin ella. Pero que se van, se van.

Y lo mismo pasa con vivir en otros lugares del mundo, fuera de le burbuja bogotana; fuera de la casa de mamá. En ciudades como Londres o Barcelona, uno se puede conseguir trabajos fáciles y bien pagados con los que puede sostenerse. A punta de meserear 20 horas a la semana en Londres, por ejemplo, uno se puede hacer unas mil libras al mes, contando las propinas que usted, con carisma y humildad, se tiene que ganar. Y contando los inodoros que tenga que limpiar. Con eso —mil libras— uno puede pagar un cuarto en una casa viviendo con tres o cuatro personas más, y vivir bien, cocinado, tomando poco trago, yendo únicamente a eventos gratis. Vivir por fuera, en otras palabras, se puede.

Pero vuelvo y pregunto: ¿quién dijo que ésta es la prioridad de todo el mundo? ¿A qué se va uno a trabajar en un restaurante donde lo van a tratar mal solo por el hecho de que está viviendo en el extranjero y hablando otro idioma? ¿Para qué se va a arriesgar a firmar un contrato de apartamento con el que, no cabe duda, lo están estafando, si probablemente quiera irse de vuelta a Colombia en menos de un año? ¿Qué necesidad tiene de hacer filas y filas para que le den visa, permisos y demás?

Vivir en el primer mundo, reitero, no es color de rosa, como se suele pensar. Pero se puede. Y hay gente que lo hace, que se la guerrea. Otro ejemplo: para estudiar tiene que conseguirse una beca, cosa que, si uno le mete juicio, puede conseguir, sea en Colombia o en un país que tenga plata para apoyar a los extranjeros, como Estados Unidos o Europa. Trabajar en el campo que uno está especializado es más difícil, porque usted no tiene ni recorrido ni idioma ni contactos. Pero, con tiempo, trabajando gratis un par de meses, algo puede conseguir. Solo se la tiene que rebuscar, con labia, gracia y juicio. Pero de que se puede, se puede. Yo, de hecho, la próxima semana tengo, gracias a que insistí como lagarto, un rodaje con la BBC por el que me van a pagar 50 libras el día. Me ganaré 200 libras en cuatro días.

Claro: todo en esta vida se puede. Pero esto no es tan difícil como parece. Es un proyecto de vida, sí, y es difícil, sí. Pero eso no quiere decir que todo el mundo no lo pueda hacer. No quiere decir que para hacerlo toque ser millonario y mucho menos quiere decir que los que se van están en restaurantes comiendo almejas y en fiestas tomando champaña.

Pero ¿quién se quiere ir de Colombia a sufrir, a pelear con un sistema que uno no conoce ni va a dominar? ¿De dónde acá resultó que viajar es sinónimo de cerveza fría en la playa y mujeres escandinavas? Viajando, repito, no hay paraíso. Y precisamente por eso, todo el mundo se puede ir. Si es que se le da la gana. Y le mete güevas. Yo, y muchos de los colombianos que conozco por fuera, he sido capaz de sacrificar muchas cosas —buena cama, comida, fiesta, vida, familia, trabajo— con tal de largarme de Colombia. De vivir otras cosas y conocer otros mundos. Así que, querida tía Rosario, si te parece que es que tu vida es demasiado dura y la mía demasiado feliz, ¿por qué no te largas?

Publicado en Historia – Blog SoHo en octubre de 2010.

Written by pardodaniel

octubre 30, 2010 at 2:00 pm

Publicado en Historias - Blog SoHo

Reivindicación del Chapiyorker

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Ya lo van a comentar: ‘mucho hipster’, ‘qué artículo tan hipster’, ‘hipster’. Porque de eso se trata; de eso siempre se ha tratado: de un estigma. De un estigma que le pusieron a un tipo cargando un libro vintage de arte contemporáneo, peinado de lado y perfectamente rapado a los lados. Un tipo con jeans entubados, cachucha de rimulero, camisa de cuello en v desjetado, flaco, de piel juvenil, con un iPhone lleno de aplicaciones novedosas y una biografía del Ché Guevara en la maleta. Un tipo que usa los términos ‘procrastinar’ y ‘postmoderno’, que admira a Pollock y a Derrida, que parece no lavarse el pelo, que está enguayabado, que usa unas gafas con un marco innecesario de color fuerte, que estudia arte y nunca lo ha practicado, que vive de sus papás en una ciudad cosmopolita, como Londres, Nueva York o Berlín. Un tipo, o una tipa, apolítico, naturalista, pacifista. (Que, además, se pone gafas como las que usted puede ver a su derecha: la Ray Ban esas que todo, todo, el mundo se pone.)

Lo han dado palo sin misericordia. Han barrido el piso con este pobre tipo. Todo lo que sea hipster es una tontería. Nada bueno puede venir de un hipster. ‘Mucho hipster, qué boleta’, dirán cuando lean este artículo. Hay una página de Internet llamada Look at this Fucking Hipster que sube fotos de gente estúpidamente vestida y la gradúa de hipster. Y como ese, innumerables blogs han invadido la red con sus creativas burlas de los hipster, como Unhappy hipster, Hitler Hipster o Stuff Hipsters Hate. Hace un mes publicaron un video en esa misma línea, Being a Dickhead is Cool, que ya tiene más de cuatro millones de visitas en You Tube. Robert Lahman, creador del necesario blog neoyorquino Free Williamsburg, se hizo famoso con un libro titulado La guía del hipster, a punta de hacer descripciones cómicas de las idiosincrasias de un hipster: que se pone la ropa de la mamá, que no tiene un gota de grasa, que no tiene amigos de derecha. Parecido fue lo de Sebastián Zuleta en Exclama, con un artículo titulado “Anatomía del Chapiyorker”, en el que trajo la discusión al contexto bogotano: que un Chapiyorker es la versión criolla del hipster neoyorquino y que hace las mismas pendejadas con las que los encasillan en Estados Unidos: preocuparse por la ropa, trabajar freelance, fumar cigarrillos no convencionales. La verdad es que es chistoso, porque nos estamos burlando de un personaje que vemos todos los días montando en su bicicleta de segunda, con una boina escocesa y medias de rombos. El Espectador también puso su granito de arena este fin de semana, con un artículo que, a pesar de hacerlo con citas y en tono balanceado, se quedó en la misma teoría: el hipster es un desinteresado; un hijo de papi que no va a cambiar el mundo.

Pero nos hemos quedado ahí: en la banalización de un personaje que, si bien tiene sus frivolidades, es parte de una generación que le ha traído al mundo cosas importantes. Hay que reivindicar al hipster. Hay que, al menos, decir que no sólo se trata de un niño rico irreverente y deprimido. Porque se trata, también, de un fenómeno cultural como cualquier otro, con sus pros y sus contras.

Entonces: ¿qué es un hipster en realidad? ¿qué tiene de bueno un hipster?

Lo primero es que no hablamos ni de un movimiento ni una corriente de pensamiento. Un hipster, primero que todo, no se considera hipster. Tampoco se considera nada. Se considera, más bien, una persona que no está encasillada en ismos. Y sí, eso suena chlichesudo e iluso, pero, si lo miramos bien, también es una respuesta con argumentos a todo lo que nos dejó la Guerra Fría y la era Bush. Es una forma de ser y de pensar. Porque salimos, por fortuna, de un siglo XX marrullero, como diría Serrat, lleno de absolutismos e ideas totalitaristas, donde uno era una cosa u otra: liberal o conservador, católico o musulmán. Era el mundo del ‘nosotros’ contra los ‘otros’. Pero llegó el Internet, llegó Obama, con sus ventajas y desventajas. Llegó la necesidad de ser un poco más libres. Del derecho a equivocarse y a no ser parte de ningún bando. De escuchar antes que hablar. Y eso, más que un problema, es un atributo del pensamiento con el que perfilan al hipster.

Por eso hipster no es hippie. Los hippies tenían un discurso y se consideraban una colectividad. ‘Hipster’, en cambio, es un término peyorativo que le pusieron a un miembro de la generación que está en sus veinte en este momento. El hipster no tiene discurso, porque prefiere no encasillarse, y tampoco hace reuniones con más hipsters para sentar las bases ideológicas del movimiento. El hipster, por el contrario, recoge, individualmente, las cosas que le importan de cada tendencia global, porque está educado por el Internet y la televisión, y esa es su identidad: ecléctica, diversa, abigarrada. Cosa rescatable.

El estereotipo del hipster lo gradúa como un fenómeno pasajero, sin raíces históricas ni futuro prometedor. Pero hay otra forma de verlo: lo cosa se viene gestando desde la apertura liberalizadora de los sesenta, la globalización de una cultura popular en los ochenta y la irreverencia y creatividad de los noventa. Y tuvo su punto crítico en el cambio de siglo, con la llegada del Internet y una sociedad más global y camaleónica. Hablamos de la generación educada en la primera década del siglo XXI.

Una de las tantas razones por las que despotrican de los hipster son sus gustos, como si estos, a pesar de ser lugares comunes, como todos los gustos, no fueran absolutamente legítimos. En arte los limitan a Mondrian y Warhol, como si semejantes figuras no hubiesen revolucionado la historia del arte. En cine con Spike Jonze, Sofia Coppolla, Wes Anderson y Gondry, como si esa tendencia de cine independiente gringo no hubiese sido un refresco que Hollywood necesitaba. En música los encasillan con Velvet Underground y David Bowie, como si Lou Reed y Bowie no fueran ejemplos de genialidad.

Además, se dice mucho que los hipsters son pura universidad pagada por papi y nada de frutos. Que “las aspiraciones de un hipster son más creativas que revolucionarias, y sus métodos más sospechosamente light que académicos”, dice Zuleta. Cierto es, sin embargo, que los hipsters son de esas personas que estudian dos carreras, como arte y filosofía, y terminan trabajando freelance, precisamente para, una vez más, no circunscribirse a nada.

La revista New York dedicó una portada al fenómeno musical que explotó este siglo en Brooklyn, Nueva York, y que recuerda a los mejores años dylanescos de la ciudad, cuando la mejor música del mundo venía de ahí. Hercules and Love Affair, MGMT, The Strokes, todos son grupos que se acomodaron al internet y lo sacaron adelante con buenos conciertos. De paso, también se acomodaron a la música electrónica y reinventaron el rock, como Arctic Monkeys, Arcade Fire o Franz Ferdinand. La música hipster –como el Indie o el trip hop– es tan relevante como la música hippie.

En literatura los reducen a Palahniuk o Cormac McCarthy, como si estos novelistas no hubiesen rediseñado la ficción norteamericana. Y en filosofía, siempre es Foucault y sus secuaces, quienes, mal que bien, hicieron cuestionamientos que bajaron de la nube a muchos filósofos absolutistas, kantianos.

¿Y qué del internet? El hipster siempre está conectado, con su Mac en algún café de comida orgánica o desde su iPhone. The New Yorker publicó esta semana un perfil sobre Nick Denton, el presidente de la publicación en internet más grande de Estados Unidos, Gawker Media. Es un conglomerado de blogs sobre entretenimiento, política y chismes con un tono muy particular: sarcástico, mordaz, burlón. Es la típica publicación con la que estereotipan a un hipster. Y, sin embargo, es un ejemplo de periodismo novedoso e inteligente. Y exitoso. “Denton es el hipster –dice el perfil– que se vuelve, sin escrúpulos, un promotor”. Los hipsters, con sus sombreros raros y zapatos del siglo antepasado, manejan todo lo que uno lee en Internet hoy en día. Gracias a ellos, es decir, hoy tenemos más opciones de lectura diferentes a El Tiempo. ¿Mark Zuckerberg, el presidente de Facebook, el de la recontra afamada película The Social Network? Hipster. ¿Los niños de Google? Hipsters. ¿El de Napster? ¿Los de Twitter? ¿Perez Hilton? Todos hipsters. ¿Steve Jobs, por qué no? Hipster.

El hipster, si bien habitante de alguna ciudad grande del mundo, lleva una vida de aldea. Sale en una bicicleta con canasta, compra sus víveres en el mercado orgánico de la esquina, es amigo del barman en el taberna de la cuadra y va a fiestas underground en bodegas del barrio. Barrios como Bricklane en Londres, Williamsburg en Nueva York, Friedrichshain en Berlín o, bueno, Chapinero en Bogotá, son lugar de interacción entre los hipsters, con sus librerías vintage y sus talleres de bicicletas con café e internet inalámbrico. Es una vida mundana, sin pretensiones industriales, que busca ser más amigable con el medio ambiente. Y ese es otro punto a favor de los hipsters.

Esta generación de individuos también ha tenido sus frutos en Colombia, con su tono crítico y escéptico, con su creatividad mediática y un humor inspirado en Seinfeld y Family Guy. Cosas como La bobada literaria, El pequeño tirano, la Hoja Blanca, Exclama, Cartel urbano, entre muchos, son manifestaciones de creatividad e innovación. Ellos son hipsters. Y también todos los músicos que hacen parte de la ola de música fusión, como Sidestepper, La 33 y Bomba Stereo. Todos hipsters. Así como Simon Brand, Javier Mejía o Carlos Moreno, directores de una nueva generación de, sí señor, hipsters. ¿Estoy metiendo mucha gente desigual en el mismo bulto? Pues claro: de eso se tratan las generalizaciones. Lo mismo es el bulto de los hipsters: un estereotipo al que decidieron meter a toda la gente joven de hoy en día; a toda una generación.

Evidencias como las anteriores, en escenarios distintos, demuestran que el fenómeno de los hipsters no es tan grave como parece. O que, al menos, no es sólo trivialidad, como se piensa. “El hipster –dice Rob Horing de la revista N+1– es el hombre que nos alarma de quedarnos quietos en una identidad particular, que nos avisa de las nuevas tendencias, que nos insita a estar consumiendo más creativamente y descubriendo nuevas cosas que no se han vuelto aburridas o, de hecho, que no se han vuelto hipster”.

Basta ya con la alharaca contra los hipsters. O, bueno: que no cese, pero que se sepa que no es solo chabacanería. También hay creatividad y argumentos. Y tampoco es que yo esté hablando por los hipsters y defendiéndolos. Porque no hay nadie a quien defender. Porque, como decía, no hay nadie que se sienta hipster en sí. Ninguna persona que esté en sus veintes en este momento en una ciudad cosmopolita le va a decir que es hipster. Porque su generación, uno de sus rasgos determinantes, no está identificada con nada, con ningún discurso o pensamiento. No es nihilismo o anarquismo. Es simple escepticismo. Un hipster, en realidad, no es un hipster. Porque el término se lo pusieron otros, burlándose de sus características. Las cuales, si bien particulares, no son estúpidas. Al contrario.

Publicado en blog Historias – SoHo

Written by pardodaniel

octubre 19, 2010 at 7:58 am

Viajar es, también, dormir mal

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Dormir en el avión, en el bus, en el tren, en la calle, en el único cuarto pulgoso que puede pagar. Desde que me dio por viajar, desde que me las doy de guerrero, mis horas de sueño se redujeron significativamente. Desde que salí de Bogotá con la absurda idea de ver el mundo sin importar cuánta plata tuviera, he dormido mal.

Debo Confesar, otra vez, como con los moscos, que me cuesta dormir: el sonido del segundero del reloj no digital, el mosquito, el calor, el frío, el peso de las sábanas en lugares fríos, la ropa que uso. Para mi desventura, no soy de aquellos que duermen profundamente en un bus que oye vallenato a reventar, o que se duermen frescos en la mitad de una fiesta o que logran dormir en el aeropuerto mientras esperan el avión. Yo, tengo que reconocer, sólo puedo dormir en mi cama, la bogotana, con mis sábanas, mi almohada y mi plumón, en boxers y camiseta extra grande. No puedo dormir de día, ni enfermo. Nunca me he dormido en cine ni nunca he gozado del cabeceo en un bus.

La única forma de dormir, lo digo de frente, es borracho. Así sí le duermo donde quiera. Como la semana pasada, en el ovalado sofá de cuero de una casa de colombianos en Londres. Porque lo primero que se debe tener en cuenta respecto del tema de dormir fuera de casa es que en ciudades como ésta, donde la economía local maltrata y tortura sin piedad al bolsillo, la solidaridad de los colombianos es increíble, sorprendente e incluso rara en un colombiano. Un conocido, un extraño, cualquiera de esas personas que en Bogotá uno saludaba de paso y con los que nunca tuvo una conversación, es su mejor amigo en el primer mundo, su hermano.

Le darán posada, sí, pero usted no va a dormir. Dos ejemplos: en Nueva York mi amigo bogotano vivía con un alemán sin sentido del orden o la limpieza que empezaba sus días a medio día y los terminaba a las tres de la mañana. ¿Qué hacía por la noches? Veía películas en la televisión de la sala, mi cuarto, sobre el sofá de la sala, mi cama. ¿Qué podía hacer yo? ¿Decirle que se fuera de la sala de su casa, esa que con tanto esfuerzo paga? No. Acá uno está en la casa de otros, sometido a sus horarios y costumbres, como, por ejemplo, apagar los cigarrillos en vasos de plástico con CocaCola y dejarlos ahí. Entonces me tocaba empezar el proceso de acostarme a las 3 de la mañana y levantarme a las 7, porque a esa hora empieza el mundo y cuando uno está en ciudad nueva quiere ir con el mundo. Ahora en Londres, tres colombianos y un danés viven en una casa muy rescatable, cuya cocina está en el mismo lugar de la sala y el comedor. En la única área social de la casa, donde todos invitan a sus novias a comer y se fuman sus porros, está el estrafalario sofá de cuero que uno de ellos cogió en la calle hace días, mi cama. La única noche que me acosté sobrio en esa cama no pude dormir de pensar en los indigentes que por ahí algún día tuvieron que pasar.

Es, claramente, una bondadosa filosofía del ‘yo te ayudo porque también pasé por esas y sé lo que es’. Con hospedar a alguien, uno agradece a los que lo hospedaron a uno en el pasado.

Pero en la India, si bien lo reciben donde sea, lo hacen más por la diversión que les genera tener un blanco durmiendo en la sala de sus casas. Existe en ese país, y en otros también, una red social llamada CouchSurfing, donde la gente se contacta para intercambiar posada: ‘yo te recibo y tú me recibes’. Pero a los indios no les interesa ir a Colombia, sino recibirlo a uno y ya. Un Pushkar, en el estado de Rajastán, India, me quedé en la pequeña casa de barro de un sastre donde tenían como mascota una vaca, enorme, cochina, vaca, que dormía en la sala, solo a una puerta de distancia del cuatro que me dieron, el del hijo mayor. En una inmensa casa en Verkala, un pueblo playero en el estado sureño de Kerala, me recibieron tres jóvenes mercaderes de joyas, que dormían siempre en la sala en unos colchones tan delgados como el papel mantequilla. En los innumerable cuartos no había camas, porque eso de dormir separados en la India es raro. Entonces ahí dormí, pegado a tres machos indios, después de haber comido, con las manos, pescado al curry sobre esos mismos colchones, al son del ronquido de sus jetas.

Porque una de las cosas más impresionantes de la India, con sus templos y sus palacios y su comida, es el ronquido de la gente. Todo el mundo ronca: los niños, las mujeres, los perros. Y no es un ronquido normal, una respirada con volumen: es el sonido de un terremoto o una cierra eléctrica en su cabeza. No sé a qué se deba, pero allá todos roncan. Allá todos –sobre todos los perros, que parecen muertos– duermen profundamente, sea donde sea. Y despertarlos y asustarlos es un excelente plan, porque no es mal visto, ya que en ese país los conceptos de vergüenza, privacidad u ofensa no existen.

El ronquido lo nota uno fácilmente cuando ‘duerme’ en un tren en la India. Gran parte de lo que es viajar en el subcontinente se hace en trenes nocturnos, porque es barato y práctico: amanece en el lugar de destino y no paga hotel. Pero duerma. Las peripecias son cosas como el calor, que sólo solucionan con unos ventiladores forrados en telaraña, el frío, la mamá de la familia que grita, el señor que le quitó su asiento, los niños jugando, el abusivo vendedor de té, el indigente sin piernas que lo despierta sin escrúpulos para pedirle plata, y así. En Madurai, una ciudad estrepitosa y sofocante, me monté en la mitad de la noche a un tren repleto de gente, y mi asiento había sido tomado por una viejita a punto de morirse, flaca, arrugada, débil. ¿Qué hacía? ¿Tenía yo derecho a reclamar mi asiento, el cual ella no pagó? Lo hice, lo confieso. Porque la conchudez de los indios es descarada: por un lado la empresa de trenes vende tiquetes en un tren que ya está lleno, y por el otro la gente se monta sin importar cuán lleno esté. Entonce duerma: con los moscos, el concierto de ronquidos y el sonido de un destartalado tren armado en los años 50.

Duerma, por ejemplo, en un bus nocturno en Nepal. Lo más sorprendente de una jornada de tren en ese montañoso país es que el chofer del bus para en le mitad de la noche en un pueblo desertado por sus habitantes, caliente hasta más no poder, desesperante hasta la locura, a echarse una siesta. Y ahí se queda uno, en un bus caliente, con el asiento de en frente encima, con el indio al lado roncando de la felicidad, sin luz para leer, sin pila en el iPod, sin hambre, sin fuerzas. Lo único que uno tiene, en ese momento de escollo, es expandir la imaginación a puntos inéditos, o hacer un recuento de sus novias, o pensar en los chistes de sus amigos: es decir, pensar en español. Ahora, el bus más descarado que he cogido en mi vida fue de Mompox a Bogotá: en un bus escolar, verde y blanco, sobrevendieron los cupos, montaron gallinas, micos y perros, pusieron vallenato toda la noche y al tiempo pasaron una película de –quién más, usted lo ha visto– Jean-Claude Van Damme.

La segunda casa de un viajero, cuando la primera es un cuarto polvoriento con una televisión con dos canales, es un aeropuerto, un lugar donde la dormida depende, exclusivamente, del apoyabrazos de los asientos: si es inmóvil, su suerte se reduce a la posibilidad de mover una fila de asientos y pegarla a otra, como hice en el aeropuerto de Qatar, mi escala de en el trayecto de Katmandú a Nueva York. también puede dormir en el piso. Pero en aeropuertos como el de Panamá, uno duerme fresco, porque no hay apoyabrazos. Ya con eso, usted puede dormir. Pero yo no: por la musiquita que nunca, increíblemente, quitan, como en las dentisterías, y el ruidajo del grupo amiguero de funcionarios comiendo McDonald’s, todos felices, todos recocheros.

Algo parecido pasa en los dormitorios de los hostales de las ciudades grandes y caras, como en la Media Luna de Cartagena o el Salvation Army (foto) de Bombay, India: los viajeros, todos marihuaneros, siempre están metidos en el dormitorio haciendo vida social. El primero es digno de ser visitado, sobre todo por el bar del techo, pero el segundo no, porque las camas, se sabe, tienen pulgas, y solo hay dos puercas duchas en el hostal. Lo tratarán mal, le darán de desayuno un huevo duro y un té y le dirán que se largue si no le gusta, porque, se sabe, en la costosa Bombay es el lugar más barato que va a encontrar. En la India está el Salvation, hablando de dormitorios famosos entre los viajeros, y está el del Templo de Oro, uno de los santuarios más importantes y hermosos de la India, sede oficial y espiritual de la religión sij. Ahí, donde también hay un comedor gratis 24 horas y CocaCola a mitad de precio (0.11 dólares), hay dormitorios gratis para turistas y locales. No son ni limpios ni cómodos ni agradables, pero gratis.

Y gratis hasta un puño. Por eso no importa dormir mal si no está pagando y de paso viajando. Por eso dormir es un placer del que uno se tiene que olvidar cuando viaja sin plata. Porque viajar, también, es dormir mal. Ahora bien: uno puede mejorar la situación, con tapones para los oídos, pastillas, tapaojos y un buen sleeping. Pero no crea que va a poder juntar los cuatro placeres –dormir, viajar, comer y follar– en un mismo tiempo y espacio. Porque acá, usted, vino es a dormir mal.

Publicado en Historias – Blog SoHo

Written by pardodaniel

octubre 8, 2010 at 12:45 pm

Publicado en Historias - Blog SoHo