Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for noviembre 2010

El desnudista

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Cuando yo creía que leer era aburrido, Daniel Samper Ospina me recomendó El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, un clásico que, de hecho, me hizo amar los libros. Yo tenía trece años y él 25. Y fue de los pocos profesores que me cayó bien en la vida. Su clase tenía tres reglas: jugábamos fútbol una vez al mes, nadie perdía la materia y la asistencia era opcional. Más que un profesor, era un amigo que nos trataba de iguales. Daniel fue echado del Gimnasio Moderno en 2006: era profesor y miembro del Consejo Superior y lo sacaron porque dirigía una revista de viejas en pelotas, SoHo. Después de octavo grado, la siguiente vez que lo vi me invitó a trabajar en esa revista. Me puso a producir crónicas, a trabajar de la mano de los mejores narradores del país.

Apenas Samper entró a la dirección de El Aguilucho, la revista del colegio, le pidió a Ricardo Silva, su amigo del curso de abajo, que entrevistara a una profesora conocida por acostarse con los alumnos, para sacarle nombres. Yo no llevaba una semana de trabajo en SoHo y me pidió, con esa frente ceñida que hace cuando se le ocurre una idea, que le confesara a un cura que tenía pensamientos obscenos con hombres, a ver si caía.

Así es Daniel Samper Ospina: si bien es el “Hugh Hefner” criollo, también es un educador. De la redacción de SoHo salieron Andrés Felipe Solano, Adolfo Zableh, Margarita Posada, Juan Andrés Valencia y Alejandra Quintero: periodistas que llegaron a la revista como obreros y crecieron y ganaron reconocimiento con su trabajo, premios y novelas. Y Héctor Abad Faciolince, Alberto Salcedo o Fernando Quiroz, autores que ya venían con una trayectoria, en SoHo tuvieron la plataforma que los convirtió en las plumas que son hoy. SoHo es de culos y tetas, sí, pero también es un centro de formación y una máquina de hacer dinero: una edición de diciembre, por ejemplo, puede vender más de mil millones de pesos en publicidad. El peso de la revista, que ha llegado a tener más de 400 páginas, vale su peso en oro: es la segunda revista más leída del país y su marca ha sido tan popular que ha vendido cuadernos, carros y ha dado para crear programa de televisión y agencia de modelaje.

Cuando su amigo de la infancia, Alejandro Santos, le ofreció dirigirla en 2000, SoHo se reducía a artículos sobre carros, bares y mujeres. Daniel, un riguroso aficionado a la poesía, un profesor de literatura que criticaba el esnobismo y la superficialidad, rechazó la oferta. En esa época estaba escribiendo con Carlos Mayolo Los Miniserios, una serie de humor para TV, y una página web, La Humorada. Llevaba la vida de un literato de 26 años que oye Sabina y Serrat. SoHo, por su parte, era una revista ligera.

La segunda vez que el director de Semana lo llamó, en 2001, aceptó. No sentía que tuviera la banalidad suficiente para hacerlo, pero, como le dijo a Silva, “¿por qué no puedo hacer algo bueno con una revista para yuppies?”. ¿Y qué pasó? Que, según muchos, Samper se dedicó a explotar el cuerpo de la mujer, se aprovechó de la cultura de ostentación que hay en Colombia y empelotó a la élite del Reinado y la farándula. Y que, según otros, hizo su trabajo como se lo propuso.

¿Cómo hace un hombre de letras, que escribe poemas a sus novias y sufre con un coctel y una corbata, para vivir en un mundo de gente preocupada por las uñas? ¿No le generaría eso una crisis de identidad? Más allá del “cómo”, Samper lo hizo de frente, sin importarle que lo tacharan de proxeneta. También lo han criticado porque copió la fórmula de Playboy: culos y plumas. Pero, con o sin eso, SoHo ya lleva cinco años entre las dos revistas más reconocidas del país, según el estudio de lecturabilidad EGM. Con o sin eso, Samper convirtió la revista en una empresa de juegos, fiestas, televisión, e incluso, después de ser demandado por parodiar la Última Cena con una modelo en pelota, en una plataforma de activismo a favor de la libertad de prensa. SoHo es una institución, con ediciones en otros cuatro países, y eso se debe a la insistencia del director. Y, claro: al trabajo de muchos que trabajaron ahí, como Gustavo Gómez, Carlos Gaviria, Lina Valenzuela y mucha gente determinante que, no obstante, se tuvo que ir. Daniel sigue ahí.

Porque, como decía, Samper cree en lo que hace y logra todos los objetivos que se propone. Y lo hace de frente. Por ejemplo, Daniel ha sido “El Hijo” de Daniel Samper Pizano de frente, otra encrucijada de vida por la que tuvo que pasar. Tanto, que dice que mejor le hubieran puesto Ernesto. ¿Acaso Daniel no pensó que si se ponía de humorista en Semana todo el mundo lo iba a comparar con su papá, uno de los periodistas y humoristas más prestigioso del país? Ser delfín no garantiza ser pluma ni tener talento. Y Samper, cuando aceptó ser columnista y estar en boca de todos, lo sabía.

Primero, cuenta su amigo del colegio Juan Mesa, tuvo un taller entre amigos donde se reunían a discutir columnas. En 1999 fue columnista de Cromos y en El Tiempo en la sección deportiva. Pasó a la sátira en Jet Set, el trampolín donde forjó su estilo y voz. Su reflexión humorística, dice Ricardo Silva, viene de la poesía, pasa por la literatura y el periodismo, y termina influenciada por el género humorístico de los ochenta y noventa, ese que su papá, amante de Les Luthiers, no conoció: el de Seinfeld o South Park. El humor de Samper Ospina es menos familiar, mucho más ácido y crudo que el del papá. Por eso lo han tildado de exagerado, cínico, inmoral, abusivo, banal, canalla, todo. Pero no hay duda de que Samper ha creado un círculo de seguidores, un mundillo de personajes y un lenguaje propio a través de sus columnas en Jet Set y Semana. Ese mundo quedó empacado en el libro que lanzó en la pasada Feria del Libro de Bogotá, El club de los lagartos, que lleva varias semanas en la lista de los más vendidos del país. Un estudio de lecturabilidad demostró, además, que su columna es la segunda más leída por los colombianos.

Lo de crear un mundo, un modelo, lo hizo con SoHo: se inventó un sistema que le funciona y que innova con delicadeza. Por eso empelota a Carla Giraldo cada rato y se alió con las emisoras La W y Tropicana. Por eso insiste en que Uribe tiene tres huevas: porque, mientras la gente se siga riendo, sus chistes sirven. Samper idea fórmulas mágicas que, en la medida en que funcionen, no tiene por qué cambiarlas. Un ejemplo: a pesar de que ha hecho labores sociales toda la vida, siempre se preocupó por mantenerlas en bajo perfil, porque está convencido de que así es como tienen repercusión.

No es que Samper sea un asocial: al contario. Pero una cosa es reunirse con los amigos a tomar trago en su casa o invitar a sus primos –los hijos de Ernesto– a ver y cubrir en Twitter la posesión de Santos, y otra ir a una frijolada de Olga Duque de Ospina. De tanto burlarse de lo segundo –de los cocteles y las exposiciones de arte, de las lagartadas–, hoy se da el lujo de que no lo inviten a nada. Y de no tener que darle la cara a Valencia Cossio ni a Armando Benedetti. Cuando, al entrar a SoHo, le tocó jugar a ser yuppie; cuando salía en las sociales con las Chicas Águila y se puso jeans desteñidos, Daniel no era la persona que es hoy: una que camina a la oficina con su portátil en un morral del Independiente Santa Fe, que no tiene nada que perder y que sólo le importa que Claudia, Guadalupe y Paloma –su esposa y dos hijas– lo respeten. Es difícil verlo en un lugar diferente al que se encuentra hoy, porque se ve instalado y cómodo. Se dice que siempre ha querido dirigir Semana o El Tiempo. Le ofrecieron la dirección de El Espectador y después de Cambio. Y ambas las rechazó.

Daniel me enseñó –citando a Gay Talese, autor del perfil más importante de la historia, Frank Sinatra tiene un resfriado– que uno puede escribir un perfil sin tener que entrevistar al perfilado. Que todo depende del tema, del perfil, del perfilado. Yo acá no lo entrevisté. Cuando era mi jefe, solía pedir una Coca Cola y un café al mismo tiempo cuando llegaba a la oficina por la mañana. Ahora sólo toma agua y Dasani de mandarina. Se come, de repente, tres paquetes de chicharrones dietéticos. Fumó mucho y fuma cuando bebe. Porque bebe, y canta rancheras a grito herido. Ha sido gordo y flaco varias veces. Calvo será en dos años. Sube de manera permanente los pies sobre las mesas. Invita a sus colegas a su oficina a despotricar de las sociales de las revistas. A veces, cuando está nervioso, mueve los dedos como si tocara tambor. De hecho, en el colegio, cuando le decían Ramoncito, era baterista y su canción insignia era Sonido Bestial, de Bobby Cruz.

Samper me contó que Talese hizo más de setenta entrevistas para hacer el perfil de Sinatra, sin nunca entrevistarlo. A pesar de eso, decía, consiguió la información necesaria para contar todo tipo de anécdotas, como la siguiente. En la Parroquia de San Francisco en Tepeaca, México, está el Santo Niño Doctor, una figura que tiene el supuesto poder de sanar a los enfermos. La diminuta estatua parece un bebé médico de juguete: con bata, gorro de cirujano y marcapasos. Está metida en una caja de vidrio bordeada con luz de neón blanca. El 30 de abril, día del niño, miles de mexicanos visitan la estatua y le llevan astromelias en medio de ferias y juegos mecánicos. Daniel Samper, revela Gustavo Gómez, es uno de ellos. Ateo toda la vida, Samper carga en su billetera la oración del Niño Doctor plastificada y tiene una pequeña estatua y un retrato enmarcado en su casa.

Cuando, a punta de Borges, nos hizo entender que deberíamos ser escépticos con el cuento de Dios y la religión, nadie pensó que Samper fuera un devoto de semejante expresión religiosa tan particular. Tampoco pensamos que el perfil que escribiríamos sobre él en el futuro sería como una tarea que hicimos para su clase: un resultado de su propia enseñanza.

Publicado en Kien & Ke en Noviembre de 2010.

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noviembre 27, 2010 at 11:07 am

Publicado en Kien & Ke

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Kailash Kalau Singh, 36 años sin bañarse

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No existe manera de entrevistar a Kailash Kalau Singh, el hombre que no se baña hace 36 años. Por un lado, porque el tabaco que masca no le permite hablar correctamente; y una entrevista, se me ocurre, no le parece argumento suficiente para botarlo. Por otro, el hombre responde a todas las preguntas con un inútil porque sí. Y, además, no habla inglés; y el señor que tengo a mi lado —al que llamaré Mi Traductor— lo hace a medias. Por si esto no bastara — teniendo en cuenta que en la India se manejan 18 dialectos oficiales—, entre ellos no comparten el mismo idioma, por lo que, para empezar, las posibilidades de compresión entre nosotros tres son mínimas.

Tampoco hay forma de recalar sin tropiezos en Chatav, el pueblo donde vive Kalau Singh, el hombre que se baña —pensándolo bien, sí se baña— desde hace 36 años con fuego. Porque para llegar desde la polvorienta y caótica estación de la mítica ciudad de Benarés hay que coger un destartalado bus a Phulpoor, un pueblo de carretera, y desde allí no hay transporte público hacia Mangarí, el punto que conecta finalmente con Chatav. Por eso, en Phulpoor uno debe tomar una moto que lo lleve a Mangarí para que, después, un niño en bicicleta lo arrime hasta Chatav, donde yo suponía que sería fácil hallar a Kailash. Pero el personaje, aunque parezca increíble, no es una celebridad en esta región de pueblos minúsculos. En cada una de las villas mencionadas —rodeadas de llanuras con tierra verde y fértil, armadas en su mayoría con casas de barro y calles empedradas— los nativos me recibieron con miradas insolentes, como si estuvieran delante de un extraterrestre. Me tocaban, me hablaban en lenguas indescifrables, me miraban como si fuera una película y, sobre todo, se reían de mí sin vergüenza.

Los indios, hay que decirlo, no tienen concepto de la vergüenza: no les importa nada. Por eso, los niños se paraban frente a mí para analizar mis rasgos, absurdos para su mentalidad. Para ellos, yo era un payaso blanco que vino de un lejano universo preguntando —fotografía en mano— por un granjero que casi no ha salido de su finca en sus 63 años de vida.

***

Llegué a Chatav en la parrilla de la bicicleta de un estudiante de secundaria, un chico flaco con ropa de colegio que parecía ser un buen alumno, un joven aplicado al que no le importó cargar su cuaderno en la mano para que este blanco absurdo, mi persona, pudiera viajar sentado.

Después de conversar todo el camino sobre sus aspiraciones de ser médico, terminamos en el centro del pueblo, en la confluencia de cuatro calles sin pavimentar. Me botó allí como si nada, como si nunca me hubiera conocido, y luego se esfumó.

Entonces comencé a preguntar. Buscaba gente, preferiblemente mayor, que eventualmente pudiera pronunciar alguna palabra en inglés. Y así di con la única tienda que había cerca, donde un montón de ancianos tomaba trago y trataba de no dormirse.

Uno de ellos, de los más borrachos, dijo que hablaba algo de inglés porque había combatido en la Guerra de Corea 30 años atrás, junto al ejército indio. Su nombre nunca lo supe, aunque estuve a su lado más de diez horas. Por eso lo llamé Mi Traductor.

Mi Traductor es un alcohólico sin escrúpulos que se embriaga cada día al frente de todo el mundo a las diez de la mañana y pide plata, sin reservas, con el único objetivo de emborrachase hasta caer. Es calvo, de piel caída, con arrugas marcadas, manos secas de dedos largos y dientes que parecen pedazos de carbón. Debido a el tabaco que masca con frecuencia los tiene negros, muy negros, demasiado negros.

Ese día que lo conocí vestía una camisa roja de lino y pantalones blancos del mismo material; también tenía una bufanda de lana. Estaba dormido; y no se despertó porque le hablara, sino por el ejército de niños curiosos que andaba detrás mío.

A pesar de que mi odisea comenzó a las seis de la mañana, no pude encontrar a Kalau hasta las cuatro de la tarde. Y lo preocupante es que tenía que volver a tiempo a la estación de Benarés, ya que tenía un boleto hacia Bombay a las once de la noche.

Mi Traductor había escuchado acerca de Kalau, pero nunca lo había visto. Sabía lo que todos sabían, de acuerdo a una leyenda en la que no necesariamente creían: que era un viejo huraño padre de siete hijas cuya barba llegaba hasta el piso.

***

Tras un par de llamadas que Mi Traductor hizo desde el único teléfono público del pueblo, y después de una travesía en moto de media de hora, entramos en la casa de Kalau. Los muros, de al menos tres metros de altos, están pintados de azul, un color muy común en las casas de la India porque no genera calor.

Los cuartos, que en su mayoría estuvieron ocupados por sus hijas —que hoy viven en ciudades grandes, ya casadas o estudiando—, quedan en segundos y terceros pisos. Para subir se necesita una escalera portátil hecha de madera. Debajo de cada uno hay barro a modo de cimiento. Y en el centro, en lo que vendría a ser el área social, donde hay unas ollas y una tabla con chile tajado en el piso, está el patio, que también sirve de cocina y es el lugar donde Kalau hace su ritual de limpieza con fuego.

Su esposa, vestida con un sari azul de lentejuelas doradas, nos invita té mientras le esperamos; y al rato aparece él como un fantasma que se asoma sin intenciones de asustar, montado sobre una vieja bicicleta todavía en buen estado. La barba, el más llamativo de sus atributos, va recogida en la cintura. Luce la misma ropa que en la foto de él que encontré en Internet y que fue el origen este viaje: una chompa gris de lana gruesa y un pantalón claro de lino.

—¿Es cierto que no te bañas hace 36 años?—le pregunto sin más preámbulo. Claro y directo.

—Sí.

—¿Por qué? — Porque el agua, para mí, no quita los pecados, sino el fuego.

—¿Entonces te bañas con fuego?

— Sí, todas las noches, a las siete, después de fumar opio.

—Dicen en el pueblo que no te bañas con agua porque estás bravo con Dios, ¿es por qué sólo te ha dado hijas y no hijos?

— No, yo me baño con fuego porque no creo en el baño de agua.

—¿Por qué decidiste, de repente, dejar de bañarte con agua?

—Porque sí.

—¿Qué te llevó a tomar semejante decisión?

—Nada en especial.

—¿Y cómo son tus famosos baños de fuego?

—Me quemo con una llama en un ritual privado.

—¿Nunca te ha dolido, ni siquiera la primera vez?

—No.

—¿No crees que la falta de higiene acabe por enfermar a tus hijas o a tu esposa?

Después de esa última pregunta, Kalau deja de contestar mis inquietudes. Se queda congelado, en silencio, mirando al horizonte, como si estuviera esperando que algo pasara. Pero no está esperando nada.

Los indios no esperan: sólo son. Son lo que nacieron siendo y no lo cambian. No lo buscan cambiar. No pretenden trasformar el mundo para bien o para mal. Sólo están. Ahí. Sin necesidad de alardear de sí mismos o publicitarse.

Quizá por eso, iniciamos, realizamos y terminamos la entrevista en diez minutos. Y yo, seguramente porque soy un pésimo entrevistador, decido no insistirle. El periodismo pretende explicar los hechos insólitos del mundo, sí, pero hay cosas, sobre todo en la India, que simplemente no tienen explicación. Y uno no tiene por qué tratar de dar una o inventársela.

La mujer de Kalau, que desde el principio ha estado pendiente de nosotros de la manera más amable, afirma que su marido jamás ha olido feo, que sus prácticas nunca han sido un problema higiénico. Lo mismo dice la única de sus siete hijas que aquí se encuentra, una niña tranquila, callada y risueña. Y es la verdad: Kalau, cuya piel parece la de un neumático, no huele mal; y su casa, como toda casa de indio, es impecable.

Le pido a Kalau —a su señora y a la horda de niños siempre atenta a lo que conversamos— que me lleve al sitio donde se bañó por última vez hace 36 años. Es un lago seco, deprimido, porque los monzones típicos de la época de lluvias han sido escasos los dos últimos años. Es un simple charco entre dos inmensos potreros forrados de pasto alto y abandonado.

El atardecer cae y Kalau observa este punto con apatía, como si lo hubiera desterrado de su vida. Para mí estamos en un espacio clave para entender esta historia. Pero él se muestra indiferente. Sólo quiere atenderme. Nada más. A su manera.

***

Cuando me despedí de él eran ya las seis de la tarde. En mi travesía nunca pensé en cómo devolverme: solo quería encontrarlo y después mirar.

Por eso, para mi sorpresa, cuando Kalau volvió a entrar a su casa, me encontré en medio de una nada sin luz, sin transporte público ni privado, a cuatro horas de Benarés y a seis de la salida de mi tren.

Mi Traductor, después de que lo convidara a una botella de whiskey que se tomó en dos sorbos, me propuso buscar a su primo, otro borracho despiadado pero más joven e inmaduro que supuestamente me llevaría en su moto-taxi a Benarés.

Cuando lo encontramos, el primo y sus ebrios amigos no le vieron problema a tomarme como un chiste insuperable: decían que no me podrían llevar, que por qué tenía el pelo largo, que me tenían que subir el precio, que por qué no tenía saco en ese frío insolente, que cómo se me ocurría estar ahí a esas horas.

Mi Traductor me invitó entonces, resignado, a dormir en su casa, que me mostró en medio de la oscuridad con la mejor de las voluntades. Era de barro, muy parecida a la de Kalau. Pero los dueños de la mototaxi —miembros de una generación algo más industrial que ve al turismo como objeto de explotación— no paraban de molestarme y de tomar trago con la radio de su vehículo a todo volumen; mientras yo tiritaba de frío y les rogaba que me llevaran por la plata que tenía.

Dos horas más tarde, el primo, cuatro de sus amigos, Mi Traductor y yo íbamos finalmente en una movilidad camino a Benarés, con la música a reventar y dos botellas de whiskey que les había tenido que comprar.

Al de un rato, de repente, en una carretera rodeada de un desierto invisible en mitad de la noche, pararon para doblarme el precio una vez más. Yo me rehusé, ya enervado, y empezaron a amenazarme. Por eso no me quedó otra que asegurarles que pagaría las mil rupias que pedían (25 dólares, una fortuna con la que uno puede vivir un mes en este país).

Me sentía en el mundo de la incertidumbre, preso de un ir y venir desesperante. Hasta que, por arte de magia, llegó la Policía. Los agentes llamaron a los muchachos y, de un momento a otro, sin que yo supiera qué estaba pasando, sin que yo siquiera hubiese abierto la boca, empezaron a pegarles con sus bolillos. A pegarles duro, como cuando uno ve en las noticias que unos policías abusaron de unos civiles, un hecho completamente aceptado en la India.

Yo preguntaba qué pasaba, pero no me metí mucho, por miedo a que me golpearan a mí también. Los detuvieron, me dijeron que “me habían salvado de ser absurdamente estafado, si no violado y secuestrado”, y me llevaron a la estación del tren de Banarés, que estaba, como todas las estaciones en la India, sucia, caliente y llena de zancudos y gente dormida en el piso que parecía llevar unos cuantos años sin bañarse.

Publicado en Revista Pie Izquierdo en Noviembre de 2010

Written by pardodaniel

noviembre 27, 2010 at 10:51 am

Y hablando de lluvia

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Más que la nieve, el frío o el calor, la lluvia es el inconveniente más grande cuando uno viaja. Sobre todo si uno viaja a Cartagena, donde la lluvia vuelve las calles canales de cañería, tal y como en Venecia, la ciudad que peor huele en el mundo. Y es que nada más inconveniente que la lluvia. Mojarse, embarrarse, toparse con una sombrilla mojada del señor en el bus, resbalarse, todo lo que tiene que ver con la lluvia está mal. Bueno, sí, el hombre no puede vivir sin lluvia. Pero eso es una paradoja, una ley de Murphy. Porque en términos reales, humanos y prácticos, la lluvia sólo trae perjuicios.

El mundo sigue sacando la mano, hoy más que nunca: en Sri Lanka, donde las lluvia más fuerte en 18 años está cayendo en este momento, con más de 440mm de agua cayendo cada 24 horas, cuatro personas han muerto y 261 casas han sido devastadas. Cierran colegios, se caen casas, se despeinan mujeres: el mundo está inundado. En Nueva Escocia, Canadá, cayeron 250mm de agua la semana pasada y 120 personas tuvieron que ser evacuadas de sus casas. En el noreste chino, la lluvia que empezó el jueves pasado no termina, y el sistema de transporte colapsó: los trenes, los aviones, 43 carros se accidentaron. El problema está por todos lados. En Nueva Delhi, una ciudad caótica y destartalada, un edificio que se quemó mató a 60 personas, ya que por culpa de las lluvias los sistemas de emergencia del edificio estaban dañados. El domingo pasado la Reina Isabel se mojó en la nublada celebración del Remembrance Sunday. Y ese mismo día, una señora murió porque la lluvia tumbó un árbol al frente de su casa en Yorkshire, Inglaterra. Hasta ahora en Pakistán, dos mil personas han muerto y veinte millones han sido afectadas por la lluvia que cae sin parar desde agosto.

Ahora a finales de noviembre los presidentes de diferentes países se van a reunir en la conferencia sobre el Cambio Climático de la ONU en México para hablar del tema, a ver cómo vamos a hacer para dejar de puyar nuestra propia tierra. Y seguro les va a llover. Que les llueva.

El mundo se sigue desvaneciendo. Cartagena se inunda, Bogotá se cae, Colombia se inunda y la gente se queda sin casa. Ya vamos en casi doscientas personas muertas en este invierno en Colombia.

Una generalización válida es que entre más pobre sea el lugar donde el cielo se deposita, más graves van a ser la consecuencias. Entre más y mejor preparado esté el lugar, menores las consecuencias.

Hay ciudades hechas para que llueva, como Londres, donde hay centros comerciales hechos hace miles de años que sirven para escampar la lluvia. Las atracciones turísticas son en su mayoría interiores. Desde hace años, los ingleses llevan no solo construyendo una infraestructura que les permita vivir sin mojarse, sino llevar una vida cultural dentro de esos recintos. En Londres son más los lugares con techo que uno frecuenta que los que no tienen techo. En los parques siempre hay una caseta en el centro. En cada cuadra, siempre hay un pub, un bar, donde uno puede esperar. La interacción social en esta ciudad está determinada por la lluvia, y de ahí que hayan desarrollando, explícita o implícitamente, un mundo en torno a eso.

Ahora bien: ¿por qué tiene Londres semejante mala fama? ¿Por qué siempre que uno habla de Londres la gente pregunta por el clima? Es difícil saberlo, porque en Londres de hecho no lleve tanto. Es más, en Londres llueve el doble que en Bogotá. Entonces ¿cómo hizo Inglaterra para ganarse semejante fama? Es una característica cualitativa, más que cuantitativa: la lluvia inglesa es miserable, descarada: dura una semana entera, sin llover con ganas en ningún momento, y uno igual se moja como si estuviera lloviendo duro. Es de esa lluvia que uno ve y dice ‘puedo salir sin paraguas’, pero igual llega empantanado. Es de esa que viene en goticas finas, como agujas, horizontalmente, por lo que no hay paraguas que funcione. Además, la lluvia siempre viene con viento, entonces los paraguas se dañan. La razón lógica de esto puede ser que Inglaterra es una isla, y por eso se gana la peor de las lluvias, la más impune de todas.

El promedio de agua que cae en Inglaterra es mínimo, pero es tan impertinente que parece máximo. No es como la lluvia colombiana, que cae y tumba casas y mata gente. Lluvia con pelotas. Con rabia tercermundista.

El lugar donde más ha llovido en la historia del mundo, de este mundo inmenso, está nuestra Colombia: en Lloró, Chocó, un pueblo cuyo nombre está dedicado al divino fenómeno natural de la lluvia. Aunque también se dice que sus fundadores, en 1674, le pusieron Gioró en honor de uno de sus caciques. En todo caso, hace 29 años, según el National Climatic Data Center de los Estados Unidos, en Lloró lloró agua hasta los 13,299mm del altura. Allá viven 10.248 colombianos, de los cuales el ochenta por ciento trabaja en el campo. Desde entonces tenemos el record.

Nuestra antecesora fue la ciudad de Mawsynram, en el noreste de India, no tan lejos de Pakistán. Ahí llovió hasta 11,872 mm de altura en los años 40. Y es ahí donde más llueve al año en el mundo. Los monzones en la India y en esa región, desde junio hasta septiembre, hacen de esas regiones las más lluviosas del mundo, las más inhabitables.

En Rusia, porque este mundo es como es, este mes hubo record histórico de temperatura para noviembre: hizo 14 grados centígrados, con cielos azules y pocas lluvias.

Mientras Colombia se deshace del aguacero, mientras la gente grita del desespero desde sus carros en pleno trancón, los rusos se ponen camisetas sin mangas y gozan del rayo del sol en sus pálidas caras. Igual en el lago Chalupa, el lugar con mejor clima del mundo, en México, donde hace un promedio de 25 grados centígrados al año, sin altas ni bajas, y hace cielo azul 350 días del año.

Publicado en Historias – Blog SoHo en noviembre de 2010

Written by pardodaniel

noviembre 27, 2010 at 10:48 am

Facebook, el lugar de la noticia

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En la película está: Mark Zuckerberg, creador de Facebook, no sabía qué estaba haciendo. Cuando apenas el proyecto empezaba a coger forma, justo después de que tuvo más de 22 mil visitas en dos horas de lanzado, Zuckerberg le dijo a su amigo y co-fundador “todavía no sabemos qué es, no sabemos qué puede ser, ni qué va a ser; sólo sabemos que es chévere.” No sabía, en ese momento, en el 2004, que de sus manos había salido un invento que iba a revolucionar el mundo: la forma como los seres humanos se relacionan entre sí y la forma como, además, se informan.

Ya sabemos que Facebook es una realidad, como decía Ricardo Silva en la última portada de Arcadia. Ya sabemos que es un mundo y casi que una necesidad. Pero no sabemos muy bien qué significa en términos periodísticos; en términos de la forma como se comunica e informa la gente. Ciertamente, Facebook también tuvo un impacto importante en los medios, hasta el punto de que se puede ver como un medio de comunicación en sí.

Facebook, primero, conoce su personalidad más que nadie. Sabe de sus gustos, de su vida privada, de su carrera profesional. Gracias a eso, Facebook, también, sabe qué lee usted, qué quiere leer y qué es lo que eventualmente va a leer. Hace un año, el blog de noticias más importante de Estados Unidos, The Hufftington Post, se alió con Facebook para crear Hufftington Social News, una aplicación instalada en el perfil de Facebook de todas las personas también registradas en el Hufftington. La aplicación le recomienda las noticias que, acorde con su perfil, con las cosas que le gustan y en las que comenta, usted, según ellos, quiere leer. La diferencia con Twitter, en este caso, es que el contenido está automatizado con su perfil personal en Facebook. Alianzas como ésta Facebook tiene miles, y eso revela una cosa: Facebook es una herramienta necesaria que los medios deben usar para dirigirse al lector más preciso para su contenido.

Que eso viola la privacidad y que perjudica la libertad individual, puede ser. Que limita y sesga la información, también. Y muchos se lo han criticado a Facebook. Pero no hay duda de que el poder que tiene Facebook sobre la oferta de lecturas que tenemos es inmenso.

Con el Internet apareció el periodismo ciudadano: cualquier persona puede reportar, producir y publicar. No se necesita de un medio. Y la única forma de hacerse leer, en ese sentido, es a través de las redes sociales, Facebook y Twitter. Pero hay una diferencia: en Twitter el periodista compite con los medios que la gente sigue, los cuales pueden tener mejor contenido y más credibilidad. En Facebook, en cambio, uno no compite con nadie, y su público es gente conocida, que está interesada en conocerlo más a uno. Facebook es una ventana para el periodista en formación. Y para el formado también.

Y si es una herramienta para promoverse, también lo es para encontrar gente y hacer reportería. Ya no se necesita de los directorios ni de los teléfonos. Ni siquiera de los correos electrónicos. Con saber el nombre de una persona, encontrarlo por Facebook se ha vuelto cada vez más fácil. Aunque también puede ser una trampa: en Facebook hay mucho perfil falso que puede engañar al periodista. El mismo Hufftington Post cayó: publicó una foto sacada del perfil de Facebook del sospechoso que puso el carro bomba en Times Square en Nueva York hace un año que no era. Y fue una irresponsabilidad. En Facebook, como en todo Internet, uno no sabe quién escribió y por qué, aunque puede averiguarlo: así no esté seguro si se trata de la persona que busca, Facebook al menos da una pista. Y es que Facebook es tan importante, tan parte de la normalidad de todos los días, que ya es raro conocer a alguien que no lo tenga. Es decir que, si la persona que uno busca no tiene Facebook, el periodista ahí ya tiene una pista: su personaje tiene algo que ocultar.

La gente lee lo que cree que es bueno: lo que considera relevante y lo que tiene credibilidad. Y como más vale malo conocido que bueno por conocer, uno tiende más a leer lo que publican y recomiendan sus amigos que lo de gente desconocida. Además, los gustos de las personas que uno conoce son muy parecidos, y eso aumenta la posibilidad de que el clic se haga en Facebook, una red social de ‘amigos’.

Facebook, así como Twitter, tiene inmediatez. Yo, por ejemplo, me enteré de la muerte de Michael Jackson por Facebook. Y en eventos como las elecciones en Irán el año pasado, la guerra de Afganistán, el Mundial o las recientes elecciones en Colombia, estas redes sociales tuvieron un protagonismo sin precedentes. La gran diferencia en este punto es que Facebook tiene 620 millones de usuarios, mientras que Twitter tiene apenas 175 millones.

Hablando de las elecciones, todos recordamos, por allá en el fondo de nuestras memorias, a la ola Verde, que se gestó y creció por medio de Facebook. Le pusieron
‘El voto Facebook’, armaron grupos de seguidores por medio mundo y casi un millón de personas le dio el ‘Like’ el perfil de Mockus. No es que el hecho de que hayan perdido las elecciones demuestre que Facebook es efímero, sino que el punto hasta el que llegaron —sin campaña, con plata, sin agenda— demuestra el alcance que tiene la red social. Así esto hable del peso político de Facebook, lo de la ola Verde reveló el poder mediático que tiene Facebook.

Si con Facebook aparecieron ventajas en el mundo de la información, también aparecieron problemas. Porque dependemos de ese niño de pelo chuto que lleva su vida entera descifrando, articulando y analizando códigos en un computador, Mark Zuckerberg. Como todos los nuevos monopolios en los medios, como pasa con Google y Apple, con Facebook corremos el riesgo de no poder leer lo que Facebook no quiera que leamos. Además, con el tiempo van a  crecer las alianzas que Facebook tiene con medios que no necesariamente son de nuestras preferencia. El filtro de la información, una vez más, se va a sesgar con el tiempo.

El mismo creador de Internet, Sir Tim Berners-Lee, lo alertó esta semana: “La web está amenazada: unos de sus más exitosos habitantes (Facebook, entre otros) han empezado a deteriorar sus principios. Entre más uno entra, más amarrado está. Tu red social se convierte en una plataforma central; un depósito cerrado que no te da control sobre la información. Entre más crezca este tipo de arquitectura, más fragmentada se vuelve la red y menos vamos a poder disfrutarla como un libre espacio de información universal”.

Facebook, evidentemente, no es color de rosa. Viene con sus violaciones a la privacidad, el aprovechamiento comercial de la información que tiene y la monopolización de la información que leemos. Porque, como todo medio, es un negocio que dicta sus movidas dependiendo del mercado. Y si una publicación le paga por poner su contenido de primero —como planea hacer un criticado acuerdo entre Google y Verizon—, lo va a hacer. Es muy probable que usted haya llegado a éste artículo a través de Facebook. Y eso no es en vano. Es, al contrario, porque Facebook lo está mirando.

Publicado en Kien & Ke en noviembre de 2010.

Written by pardodaniel

noviembre 25, 2010 at 11:36 pm

El dios rata

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En India cada animal tiene su culto y sus fieles, incluso las repulsivas ratas. Un cronista de SoHo visitó el templo de Karni Mata, donde más de 20.000 ratas comparten espacio y comida con sus devotos.

Estoy ahí, al frente de ese hombre de barba por cuyas piernas, brazos y abdomen corre una infinidad de ratas. Él, con su cuerpo langaruto, y yo, con mi cuerpo occidental, estamos en el mismo lugar, la casa del Dios Rata. Sentados en un piso ajedrezado, él les reza y yo las aborrezco.

Las ratas usan de nido su turbante y se le meten por la camiseta y se reproducen sobre su espalda. Lo arropan, lo cubren. Es un río de ratas que baña a Dadi Dan, un señor de 54 años vestido con un pañalón de lino blanco y una camisa azul. Dadi lleva en sus manos unas tortillas de harina, de las que comen él y las ratas en armonía. Armonía entre animal y humano: entre deidad y devoto.

Son las ratas de siempre, las de las pesadillas: negras, narizonas, basureras, con las orejas rotas, la cola larga y el pelo gris ceniciento, grasoso. Pero para él, para Dadi Dan, son ‘niños sagrados’. Cientos de ‘niños sagrados’ que le recorren todo el cuerpo, que lo olisquean con esa nariz de rata, sospechosa.

Las mismas ratas que caminan con libertad por las alcantarillas y los rieles del metro en Nueva York, que se rascan como gozques y que comen lo que encuentran, ahora corren por el cuello y la ingle de Dadi Dan como Pedro por su casa. Se le trepan por el pelo, le resbalan por la clavícula.

Y yo ahí, occidental, trato de entender esta impactante y milenaria tradición del hinduismo: adorar a las ratas, considerarlas dioses.

***

Rajastán es la región más turística de la India. El desierto Thar, el noveno más grande del mundo, está en su zona occidental, cerca de la frontera con Pakistán. Las principales ciudades indias del desierto son Jaisalmer, que rodea a un soberbio fuerte, y Bikaner, una villa de mercados alborotados que, entre otras atracciones, tiene a 30 kilómetros un templo donde la gente va a adorar, a venerar, a tocar las ratas. Y a comer con ellas. Ratas enjutas, escalofriantes, pestíferas.

El templo no es diferente a los que se ven en cada rincón de la India: en el centro de una plaza donde venden las ofrendas que los peregrinos llevan a sus dioses —dulces, flores, incienso— está el templo Karni Mata. Las paredes de cemento están pintadas de rosado, y en el centro tiene una entrada tallada en mármol que enmarca las dos inmensas puertas de plata, que exhiben relieves con imágenes de ratas. Adentro hay un hall de piso blanco y negro donde la gente hace fila para entrar al altar donde está Karni Mata, el Dios Rata. A la derecha está el criadero de las ratas, un cuarto donde las alimañas caminan unas sobre otras. Es como un hormiguero. Pero de ratas.

Después de quitarse los zapatos —porque, como las casas, los templos en la India no deben ser infectados con lo que viene de afuera— y despojarse de todo el cuero que uno tenga sobre el cuerpo —porque el cuero de vaca es sagrado y usarlo cerca de Dios es una profanación—, uno hace la fila para entrar al altar, un diminuto y oscuro cuarto donde se mezclan las ratas, la gente y las pegajosas ofrendas.

Hasta allá no podemos entrar los no hinduistas, pero podemos ver desde afuera, siempre y cuando nos quitemos los zapatos y soportemos el asco que nos genera estar compartiendo piso con lo que para nosotros es una hueste de bestias enfermizas que hacen sonidos destempladores.

Humanos y roedores beben de las mismas ollas llenas de leche que hay por todo el santuario. Los fieles los tocan, se sientan con ellos, se tiran al piso y les hacen venias. Los niños juegan con ellos como si estuvieran en una piscina de pelotas. Son casi 20.000 los roedores que andan por ahí, mientras los fieles los adoran.

En ese tapete de ratas —muchas malheridas, con las orejas rotas y la cola hecha jirones—, los occidentales debemos caminar en puntas de pies, sin pisarlas, ojalá sin rozarlas, para evitar la multa que uno debe pagar si mata alguna: un pedazo de oro cuyo peso sea igual al de la víctima, 300 gramos en promedio.

Es inevitable preguntarse por las consecuencias higiénicas de compartir comida y aire con estos animales, pero no hay registros que certifiquen que las ratas de Karni Mata hayan originado alguna peste en los 150 años que tiene el templo. Y cierto es que las ratas nunca en su vida salen del recinto, y las que entran son muy pocas, pues afuera del templo solo hay desierto.

Visto de otra manera, no es del todo absurdo adorar a las ratas. Son animales casi perfectos, cuya inteligencia les garantiza un poder de supervivencia del que carecen casi todos los demás mamíferos. Las ratas se adaptan. No tienen buena visión, pero su poder olfativo es infalible. Y, sobre todo, se reproducen: dos ratas son capaces de multiplicarse de manera exponencial, y lo hacen a una velocidad tan abrumadora que en 18 meses una pareja de ratas puede producir un millón de descendientes.

Pocas especies tienen la memoria olfativa de las ratas y casi ninguna puede hacer gala de la capacidad asociativa que ellas tienen. Si una rata cae en una trampa, ninguna de su colonia caerá después en una semejante. Las ratas aprenden de las experiencias de sus congéneres. No se tropiezan dos veces con la misma piedra. Y son cautelosas. Les temen a las novedades. Estudios han comprobado que una rata hambrienta puede durar hasta 17 horas sin probar mendrugos desconocidos de comida por simple precaución, así renuncien a la onza mínima que necesitan para sobrevivir.

Pocos animales pueden corroer con tanta paciencia, sin sobresaltos, lo que una rata muele y digiere con sus 22 dientes, cada uno con diversos grados de dureza que les proporcionan filo permanente, y cada uno con una capacidad de regeneramiento inédito en otros animales. Ningún material puede dejar de ser horadado por una rata paciente. Ni siquiera —y los científicos han hecho pruebas— el hormigón.

Visto de otro modo, son un ejemplo de constancia. Una rata no se rinde. Tras pruebas nucleares en el atolón de las islas Marshall, unos científicos observaron que las ratas, y ningún otro animal, sobrevivieron a punta de raíces, de desperdicios; a punta de buscar la comida rabiosamente, como nadie: incluso buceaban para disputarse crustáceos con los peces. Porque las ratas bucean. Y, según el tipo, saltan hasta un metro. Y pueden caer 20 metros sin lesionarse.


No es claro por qué los occidentales odiamos tanto a las ratas. Será porque transmiten la peste, el tifus, la salmonelosis, la disentería y varias enfermedades más. Y la rabia. Pero han pasado siglos desde la última vez que una rata infectó a un ser humano. Decía el coronel nazi Hans Landa, protagonista de Bastardos sin gloria, que “si tuviera que comparar a los judíos con una bestia, los compararía con las ratas, porque uno no sabe por qué no le gustan, pero tiene claro que los encuentra repugnantes”.

Tal vez no haya razón para odiarlas, o tal vez nos sintamos amenazados por un animal más audaz que nosotros. En Bucarest, las cuatro ratas que hay por habitante se devoran 450.000 toneladas de arroz al año, comida con la que se podrían alimentar tres millones de personas. Aunque apenas viven dos años y medio en promedio, su especie puede devastar lo que necesita la nuestra: las ratas viajan en barcos, se adueñan de las cañerías de las ciudades, se toman las despensas de casas de campo y de apartamentos en las ciudades. Siempre andan en grupo. Nunca hay una rata sola. Las odiamos, porque se trata de ellas o de nosotros. Y por eso nos intimidan, nos dan asco.

Pero en el Karni Mata los únicos intimidados, asqueados, somos los occidentales. Mi experiencia de caminar sin zapatos por el pegajoso piso del templo, al que atraviesan ratas como hormigas, dista mucho de la experiencia mística de los fieles, que parecen pisar nubes del cielo.

***

El templo fue construido por el maharajá (una suerte de rey local) Ganga Singh a comienzos del siglo XX como homenaje a Karni Mata, la líder de un matriarcado que tuvo lugar en el siglo XIV, quien pasó a ser un símbolo espiritual del poder y la victoria gracias a los éxitos que, como emperadora, tuvo en esta región del noroeste indio. Cuando un ahijado suyo murió, ella trató de volverlo a la vida con la ayuda del Dios de la muerte, Tama, quien aceptó reencarnarlo, pero no en humano sino en rata. Desde ahí, todos los pertenecientes a esa casta reencarnan en ratas. Y Karni Mata, la líder de la casta, pasó a ser el Dios Rata. Desde entonces, las ratas en el hinduismo, y sobre todo en esta región y en la casta Charan, son consideradas personas que están en una etapa divina del proceso de reencarnación. “Deificarse con un animal como excusa es un práctica que usaron muchos gobernadores a través de la historia del hinduismo”, le dijo el profesor George Michell a National Geographic.

Los fieles creen que, en todo el templo, cuatro de las casi 20.000 ratas son los dioses mismos. Se reconocen fácilmente porque son blancas, pero muy poca gente las ha podido ver. Son las encarnaciones de la Diosa Mata y sus familiares. La mejor forma de llamarlas es con unos dulces hechos de sémola, harina y trigo: los prasad. Son amarillos, y se sabe que las ratas reconocen este color.

En 1999, el templo fue restaurado y hoy en día es visitado por más de 400.000 peregrinos y 100.000 turistas al año. Navaratri, el festival de nueve días que celebra su existencia, reúne miles de indios y millones de ratas para rendir tributo a Karni Mata, el Dios Rata.

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Las ratas no son los únicos animales deificados en la India. Este es el país de los sumos animales; el reino donde ser animal puede ser más grato que ser humano.

Lo primero que uno recibe cuando llega a Nueva Delhi es una cachetada. El centro de la inmensa capital de la India es el sector más densamente poblado del mundo, parece una visión anticipada del juicio final. Y entre las motos que transitan despavoridas como cucarachas y los carros y las bicicletas y la gente gritando y la pobreza y el olor, las vacas caminan con parsimonia por las calles como si todo ese barullo no fuera con ellas.

Las vacas, así como las ratas, son adoradas en el hinduismo. Por eso uno las ve por el país entero comiéndose la basura de las calles, abandonadas a manera de indigentes que nadie es capaz —por razones morales— de matar. Como nadie se las come ni las mata, y como a cierta edad no dan más leche, la gente las bota a la calle como si fueran un mueble que ya no sirve. Y ahí se quedan, como parte del mugroso mundo callejero que reverbera en la India. Las vacas representan un problema mayor para la salud que las ratas: no solo esparcen enfermedades en la calle, sino que expelen cerca de 200.000 toneladas de excremento por andenes y avenidas, mierda de Dios que ahúma el aire. Devi es el nombre del Dios Vaca.


Los micos, por su parte, no excretan por medio país, pero el occidental también podría considerarlos una peste: le pegan a la gente, se roban los bienes de los turistas y realizan sus prácticas reproductoras —y se masturban— en público. Como son divinos, también se desenvuelven con toda la libertad por el país y tienen sus propios templos, casi siempre incrustados en la punta de una montaña. Hanuman es el nombre del Dios Mico.

La cobra, esa venenosa y temible serpiente, también es sagrada en India. De ahí el tradicional encantador de serpientes que todos hemos visto, el indio acurrucado que con su flauta la hace bailar en una canasta. Es un homenaje, un culto al Dios Cobra. Su veneno produce múltiples muertes anuales, pero desde 1972 es ilegal matarla, porque en la mitología hindú tiene un lugar especial como deidad. Sankarshan es el nombre del Dios Serpiente.

Dentro de este politeísmo hindú, el Dios omnipotente encarna en tres formas diferentes: Brahma, el creador; Vishnu, el preservador, y Shiva, el reproductor. Cada uno —y todos sus descendientes— se asocia con un animal distinto, hasta el punto de que casi todos los animales son un vehículo operador de algún dios.

***

Tatu Dan también tiene su cuerpo forrado con ratas. Es el ‘sacristán’ del templo Karni Mata: se encarga de cuidarlo y mantenerlo en funcionamiento. Y se ocupa, por supuesto, de las ratas: les da leche y comida, limpia los bloques donde se amontonan y de vez en cuando, en la medida de lo posible, cura a las malheridas. También está encargado de liderar los apasionados rezos que se hacen en el templo, con la parafernalia que implica un rezo hinduista.

Como Dadi Dan, Tatu tiene el cuerpo en los huesos. Parece enfermo. Mantiene su uniforme blanco, así su trabajo sea limpiar lo que está sucio; limpiar, entre otras cosas, el excremento de su Dios Rata. Porta un turbante rojo, se acomoda el bigote con una peinilla y camina con propiedad por el templo, sacando su esquelético pecho y con los pies apuntando hacia fuera.

Tatu duerme y come con las ratas desde hace 12 años, cuando voluntariamente se vinculó al templo porque, según dice, las ratas son sus ancestros. “Toda mi familia está acá”, me dijo. Le conté que en Nueva York, donde hace un año una ráfaga de ratas invadió un KFC, hay varias campañas para acabar con estos animales. También le dije que en Occidente tenemos trampas y venenos para ratas. Que las personas las siguen, las matan. Con calma monacal, Tatu me pidió que no le hablara más. Y que saliera del recinto tan pronto acabara mi visita.

Salí. Mientras me limpiaba los pies en la regadera de la entrada —que usan, como en todos los templos, para lavarse las manos antes de entrar al edificio— y me tomaba un jugo de caña exprimido ahí mismo, salió del recinto una pareja de recién casados. Los matrimonios en la India son un carnaval: duran diez días y la gente dilapida la plata que no tiene. El novio, Samarjit, un joven apuesto de piel morena, tenía un vestido con lentejuelas, un turbante con plumas y un collar de flores. Le pregunté por qué había escogido ese lugar para celebrar su matrimonio, y me contó que llevaba toda su vida planeándolo así; que sus “superiores lo habían educado para que así fuera”.

Mientras me lo decía, enfoqué la mirada en la entrada del templo. Y ahí estaba Dadi Dan, todavía forrado en ratas. Le pasaban por encima, lo rodeaban, dormían sobre su turbante. Fue liberador, en medio de todo, salir corriendo de ese torbellino de chillidos del templo de las ratas para encontrar, de regreso en la ciudad, la calma de los ojos amarillos de las vacas, el pitido de las motos y el acoso de los micos. Y de los indios. Ya las ratas se habían quedado atrás. El mundo era, otra vez, un hormiguero. Pero de gente.

Publicado en la revista SoHo en Noviembre de 2010.

Written by pardodaniel

noviembre 22, 2010 at 4:48 pm

Monopolios, medios y -cómo no- El Tiempo

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En el verano pasado, la compañía de televisión más grande del Reino Unido, Bskyb, uno de los tantos juguetes del señor Rupert Murdoch, manifestó su intención de comprar el sesenta por ciento de las acciones que le hacen falta para tener el control total de la compañía.

En septiembre, la organización Ender Analysis, veedora del mercado de medios, le escribió una carta a Vince Cable, asesor de finanzas y negocios del gobierno inglés. En un ensayo de veinte páginas, la firma argumentó que “permitir el negocio propuesto significaría una reducción en la pluralidad de los medios a un punto inaceptable”. Decía que una redacción conjunta entre todos los medios del conglomerado de Murdoch, News International —entre lo cuales están periódicos de la relevancia de News of The World, The Sun y The Times— llevaría el sesgo en los medios a un extremo que la democracia no podría soportar.

Los editores de los periódicos más importantes y la cadena de televisión más grande, BBC, también manifestaron su preocupación a Cable: “no se trata de que nos vayan quitar el negocio, porque News International ya tiene un papel principal en el mercado. Se trata de que la democracia, la pluralidad y la independencia se vean perjudicados.”

Los ingleses están nerviosos, porque se les puede armar un monopolio en su mercado de medios. Y nosotros, los colombianos, también deberíamos estar.

Uno hubiera podido, y ellos habrían querido, decir que los Santos, antiguos dueños de El Tiempo, eran la versión criolla de la familia Sulzberger, la dueña del New York Times. Pero desde que Planeta compró esa casa editorial, tendría más sentido comparar a sus dueños con la familia Murdoch. Porque, en términos periodísticos, han hecho cosas muy del estilo Murdoch, como trivializar el periódico, acabar con las revistas de denuncia y sacar dos periódicos gratis de circulación masiva. Una movida más en ese sentido, y esto en términos del negocio, sería tener un canal privado de televisión.

Y eso quieren. ¿Qué es de la vida del tercer canal? Cuando todos pensábamos que sería adjudicado a El Tiempo, una demanda del Consejo de Estado argumentó que los mecanismos de subasta adoptados por la Comisión Nacional de Televisión, donde había pluralidad de oferentes, no fueron respetados. Y eso, por fortuna, dejó todo paralizado, a la espera de que el Consejo de Estado decida si la Comisión puede o no otorgar el canal. El tema está en el horno: no sabemos bien por qué Cisneros, Prisa y todos los demás oferentes se retiraron; y tampoco sabemos qué querían decir la Procuraduría y la Contraloría cuando anunciaron aspectos irregulares en el caso. Pero más allá de los detalles, más allá de la teoría sobre una subasta que necesita más de un oferente, el Consejo de Estado y la Comisión Nacional de Televisión tienen que tener en cuenta que las condiciones de la democracia están en juego: que esto no solo se trata de teoría jurídica, sino de repercusión política.

Al tener un canal de El Tiempo, nos estaríamos enfrentado a un escenario parecido al que se vive en Italia, donde hay un monopolio de la información. Allá, el grupo Fininvest maneja Mondadori —la casa editorial de libros, revistas y radio más grande de Italia— y Mediaset —la dueña de los tres canales de televisión con mayor audiencia—. Tal vez en Colombia no llegaremos hasta ese punto, donde el dueño de todo esto es el propio Primer Ministro, Silvio Berlusconi. Pero nos iríamos en esa dirección. Primero porque nuestro Presidente fue accionista y periodista del medio en cuestión. Y segundo porque esta es una condición que, según la Corte Europea de Derechos Humanos, “es inaceptable para una democracia”. En el caso italiano, “esta falta de diversidad en los medios —dice un documento publicado por la entidad— puede sofocar el acceso público a la información y las perspectivas críticas”.

Tendencias monopolistas en el mundo de los medios hay por todas partes del mundo. En Estados Unidos, por ejemplo, hay una cantidad enorme de publicaciones, pero sus dueños se reducen a unos pocos conglomerados. Y ahora que todos los gringos están obsesionados con que el internet va acabar con todas las formas tradicionales de prensa, aparecen nuevos monopolios, como Google, Microsoft y Apple. Dicen que el internet ha sido un paso al frente en la democratización de los medios, pero lo cierto es que el escenario es el mismo antes: los grandes siguen siendo los grandes. La reciente fusión del blog The Daily Beast con la revista Newsweek es un ejemplo.

Parecido pasa en España, donde los medios son o de Prisa o de Planeta. Igual en Australia, donde Murdoch, una vez más, es el dueño de las noticias. En Alemania, la firma Axel Springer AG es dueña de 150 periódicos en más de 30 países. En México el mercado se reduce a TV Azteca o Televisa. Y en Venezuela… bueno, ya sabemos qué pasa en Venezuela.

En todo caso, nada justifica, ni siquiera las libertades que permite el libre mercado, que una casa editorial monopolice la información en una democracia. Y la única entidad que puede pelear con repercusión en tal escenario es el gobierno. En Europa, sobre todo en Francia, existen todo tipo de organizaciones gubernamentales que trabajan por la pluralidad en los medios. También en Europa, y tal vez el mejor ejemplo sea la BBC, los medios grandes son propiedad del Estado. Algo que no perjudica su independencia, sino que, al contrario, la garantiza.

El Estado tiene que velar por la información que ven y leen sus ciudadanos. Es cierto que darle un canal a El Tiempo ampliaría el mercado de televisión en Colombia, en el cual hoy reina un duopolio entre Caracol y RCN, dos grandes críticos de las adjudicación del tercer canal. También es cierto que El Tiempo, en términos del mercado, está en todo su derecho a tener uno, dos y tres canales, si se le da la gana. La pregunta es si el Consejo de Estado y la Comisión, basados en los principios democráticos que están escritos en la Constitución, se lo van a dar.

Publicado en Kien & Ke en noviembre de 2010.

Written by pardodaniel

noviembre 18, 2010 at 11:41 pm

A favor de El Tiempo

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Criticar a El Tiempo es fácil porque es un periódico, en general, malo. Porque es banal, te trata como un niño, no profundiza en los temas necesarios, es lambón con el gobierno y los empresarios, se le va la mano en los publireportajes, echa a sus columnistas berracos, cierra sus revistas barracas y su contenido editorial no es relevante o analítico. El Tiempo es malo porque, con la teoría de ‘llegarle a las masas’, dejó a un lado la ambición periodística aguda y arriesgada. Y se fue por la fácil: hacer periodismo ligero. Y le irá bien. Venderá.

Pero algo de bueno, periodísticamente hablando, tiene que tener. Imposible que en esas páginas de colores no haya nada rescatable. Seguro no será José Obdulio, ya lo sabemos. Pero hay que ponerse en la tarea de verlo con cuidado, a ver si algo bueno le encontramos.

Así les digan peñalosistas y anti samuelistas, la sección que cubre Bogotá en El Tiempo es buena. La revelación de las conversaciones de Germán Olano con Miguel Nule, que comprometieron a Samuel Moreno y a su hermano y senador Iván en el escándalo de las contrataciones en las obras de Bogotá, fueron una información que necesitábamos. Tanto que la fiscalía la está usando. Que Semana (y antes Cambio) hace revelaciones de ese tipo permanentemente, cierto. Y que El Tiempo no las hace cuando se trata de escándalos del Gobierno —chuzadas, falsos positivos, parapolítica—, también cierto. Pero lo hicieron esta vez con lo de Moreno, y vale. Es más, El Tiempo ha sido uno de los grandes críticos del Alcalde, y con razón. Y eso también hay que rescatársele al equipo editorial.

Pero la sección no se queda ahí, sino que todos los días, dice Lariza Pizano, especialista en Bogotá, está contando los eventos cotidianos de la ciudad con seriedad, desde la media maratón hasta los estrellones, desde los escándalos políticos hasta los eventos sociales más importantes. El Tiempo es, de lejos, la publicación que mejor informa a los capitalinos. Otra discusión es por qué El Tiempo es tan malo e irrelevante en otras regiones del país. Y otra, también, el hecho de que lo etiquetemos como un periódico nacional, cuando en otras regiones a nadie le importa. En cualquiera de esos casos, estaríamos criticando a El Tiempo. Y con razón. Pero acá lo queremos defender, o al menos reivindicar. Entonces sigamos con lo bueno.

Las caricaturas de El Tiempo no son para nada malas. Hasta Vladdo, un crítico acérrimo de El Tiempo, dice que hay cosas, a pesar de que pinten “sin autonomía ni independencia”. Pero Matador, sin ser rebelde, tiene sus apuntes y sus chistes. MIL maneja un estilo interesante. Y Papeto también es divertido. Que El Tiempo no sea capaz de tener un caricaturista sin tapujos y tan irreverente como el mismo Vladdo, u Osuna, es cierto. Pero que los que están no son malos, también vale decirlo.

La sección de deportes también funciona. Nicolás Samper, director de Fútbol Total,  dice que “la información es completa y buena”. Podría ser mejor, como todo: faltan crónicas, entrevistas largas, análisis profundos. Pero la información, sobre todo en el cuadernillo del lunes, está ahí. “La sección de deportes de El Espectador le lleva una nariz”, dice Samper, pero eso no dice que la de El Tiempo no se pueda leer. Al contrario: se deja leer, e informa.

La crítica de cine, muy en la línea que cogió el periódico con su rediseño, al volverse casi que una guía, es diversa y completa. No es tan académica como la de Semana, escrita por el columnista de El Tiempo Ricardo Silva, pero es buena y funciona para el público menos cinéfilo al que está dirigida. El mismo Silva cuenta que tienen tres críticos que cumplen funciones distintas: Mauricio Reina, un crítico y conocedor del lenguaje, escribe para el público general, es útil, práctico y sabe explicar qué le gusta o qué no; también está Juan Carlos González, editor de la única revista de cine en Colombia, Kinetoscopio; y Mauricio Laurens, un crítico de cineclub que lleva toda la vida escribiendo sobre películas. Si uno quiere ir a cine y asesorarse bien, puede confiar en El Tiempo.

Cosa que no pasa cuando se trata de temas políticamente calientes. Cuando se trata del primo de Uribe, es mejor no confiarse de El Tiempo. Cuando sea Juan Lozano, mejor complementar la lectura. Si se trata de un editorial sobre el Presidente, lea otros editoriales. Si hablan de Piedad Córdoba, sospeche. Cuando le informen de los falsos positivos, mejor ni mire. Cuando sea un informe de diez paginas sobre el presidente, tómelo como un publireportaje.

Con eso, las secciones de noticias duras, como Nación y Opinión, son incompletas. En la primera se nota demasiado que no quieren hacer enemigos en las elites políticas. Y en la segunda igual: botan a los columnistas irreverentes, reaccionarios, y dejan a los suaves, por los que nadie se queja. En secciones como Internacional y en Cultura también falta profundidad.

En la columna pasada, argumenté que El Tiempo se volvió banal para llegarle a más lectores. Y lo ha hecho, porque sus secciones frías han vuelto mejores y más importantes. Se dice mucho que, a pesar de que lo critican, todo el mundo lee El Tiempo. Y tal vez a eso sea que le apuntan: a ser una lectura de todos. Tal vez no quieran cambiar la historia del periodismo —como todos quisiéramos— con información audaz y arriesgada, pero seguirán llegando a las puertas de todos por las mañanas. Porque serán la publicación que mejor nos informe sobre, por ejemplo, la Feria del Libro.

Publicado en Kien & Ke en Noviembre de 2010.

Written by pardodaniel

noviembre 11, 2010 at 10:38 am