Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

El conquistador

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De Suiza viene un barco cargado de una cámara, medias de rombos, un libro de colección y un triunfante blog llamado FaceHunter. Y fue Exclama la compañía importadora. Yvan Rodic tiene el trabajo más divertido del mundo, y acá estuvo en Bogotá haciéndolo. Esto, una entrevista con el empleado del mes de la Revista Exclama.

Yvan Rodic es catador de mojitos. A donde va, pide uno. No le gustan tan dulces ni con tanta hierbabuena. Siempre pregunta con qué ron lo hacen. Y el que más le gustó fue el de Havana, el épico bar en el barrio Getsemaní, en Cartagena, que de hecho fue su rumbeadero favorito en Colombia. Y eso que rumbeó. Y bastante. Otro de los grandes mojitos que se tomó en Colombia, un país que de hecho lo insita a tomar mojito, dice, fue el de Harry’s bar, en Bogotá, lugar donde nos conocimos.

Rodic hace una mueca distinta en cada pregunta. Tuerce los ojos, arquea los labios, se ríe de sí mismo. Porque se cuida mucho de sonar arrogante; porque no se considera sabio. Tiene 33 años. Sabe que tuvo suerte y a veces incluso no entiende de dónde acá resultó tan importante: de dónde acá lo invitan a medio mundo para que cuente un cuento, para él, obvio. Se sabe su carreta, que cuenta con sus alargadas manos quietas sobre las piernas, y cuando uno le pide que se salga del hilo, con preguntas sobre política o cine, las mueve. Siempre cruza la pierna y mueve el pie como siguiendo el ritmo de una canción.

Su pinta la tiene clara, al mejor estilo de Bart Simpson, que tiene una muda igual para todos los día. La de Rodic, algo más sofisticada, consta de un pantalón de dril entubado que no solo le queda corto sino que arremanga al menos un doblez. Eso, con el objetivo de que se le vean las medias, porque todo está en las medias: largas, de colores llamativos y material que demuestra buena marca. Los zapatos son de cuero marrón, duro, de esos delgados que pueden tener encajes o huequitos. Y son de amarrar, con cordón delgadito redondo. La camisa, que se abotona siempre desde el primer botón, ese que nadie se abotona, es de cuello corto y de mangas tres cuartos, de material de algodón, delgada, y color azul claro o morada. Encima siempre va un blazer, talla small, negro o azul oscuro de manga corta, otra vez, en material de pana o gamuza. Tiene un peinado clásico: largo arriba y corto a los lados. Se afeita los pelos de abajo en la parte de atrás en la cabeza. Su piel es de escandinavo, blanca y lisa, y no es tan flaco como parece.

Le segunda vez que vi a Yvan fue en la Tadeo, donde daba una concurrida conferencia. Después caminamos por el centro, comimos tamal y tomamos chocolate. Era frustrante caminar con él por la Candelaria, porque siempre se quedaba mirándolo todo y tomando fotos. Fue como ir a un zoológico con un niño. La tercera fue en la exposición que hizo en la Galería El Cuadrado, el mismo día que fuimos a Armando Records, donde se perdió con unos bogotanos mejor vestidos que yo. Después lo volví a ver en el hotel que se quedó, el Grand House Hotel, donde tenía un cuarto en un altillo con una terraza enorme. Ahí, muertos del frío en la terraza, hicimos la entrevista que sigue.

Empecemos con una pequeña autobiografía de Yvan Rodic.

Nací en una pequeña ciudad en la Suiza francesa llamada Vevey. Allá hice el colegio y en Ginebra, una ciudad más grande pero casi igual de provinciana, estudié publicidad en una universidad especializada en comunicaciones. Era una vida tranquila, muy distinta a la que llevo ahora. Hacía mucho ejercicio: una vez corrí cien kilómetros en cinco días sin un centavo, viviendo de la caridad que la gente en el camino me propiciaba. Cuando me gradué, buscando algo más de movimiento, me fui para Paris, donde conseguí un trabajo como copy writer en Leo Burnett y después en Saatchi. Ese fue el giro, porque empezó un contacto más cercano con el mundo de la moda y de los medios. En esas me dio por hacer retratos de la gente y colgarlos en Internet. Después me pareció más original enfocarme en su ropa y su estilo, y en poco tiempo, en un abrir y cerrar de ojos, el mundo FaceHunter ya estaba andando.

Usted es uno de los pioneros del Streestyle bloggig, pero, al mismo tiempo, en el 2006, salieron muchas otras manifestaciones de lo mismo, como The Sartorialist o Jack & Jil. ¿Qué lo hizo –y qué lo hace– a usted diferente a todos ellos?

Yo no creo haberme inventado nada nuevo. Tuve mucha suerte y una idea original en un momento adecuado. Es verdad que al tiempo que yo salieron muchas cosas parecidas a lo mío. No obstante, yo siento que ellos, y sobre todo Sartorialist, se enfocan más en la gente evidentemente estilosa. Gente que, a pesar de ser retratada en la calle, viene de las pasarelas y de las casas de diseño. Lo mío es un poco menos elitista.

¿Usted produce las fotos?

Pues ese puede ser un ejemplo que me diferencia con otros streetstyle bloggers. No es que yo produzca las fotos, porque las tomo sin luces o maquillaje y consigo a la gente en la calle, caminando como cualquier citadino. Además, tomo las fotos con una camarita Canon que ni cambia de lente y tengo hace años. Fuera de eso, muy ocasionalmente retoco una foto. Lo que yo hago de diferente a los otros bloggers, lo que me puede hacer ver como un fotógrafo más ‘productor’, es que entablo una relación con el personaje: lo llevo a un sitio donde su estilo esté en contexto, le explico con detalles qué es lo que yo hago. FaceHunter, me parece, es más personal, menos instantáneo, tal vez menos espontáneo. Aunque igual de callejero.

¿Y sólo con esto le dio para llegar a donde está? Es decir, ¿cuál fue la fórmula?

Yo hice algo que todo blogger, si quiere vivir de eso, tiene que hacer, y es convertir una idea en una marca y de ahí en una institución. Ya sabiendo que la fórmula había resultado exitosa, hice un programa de televisión por internet, armé otro blog, publiqué un libro y expuse en galerías. La fórmula es creer en lo que uno hace, ser juicioso en promoverlo por redes sociales y de ahí pasarlo a la mayor cantidad de medios posibles.

¿Fue un accidente?

Puede verse de esa manera, porque yo antes de esto no era la persona más fanática a la moda. Era un publicista, con su estilo, que no estaba fervientemente preocupado por la pinta. Pero se me ocurrió una idea innovadora y digamos que, desde ahí, sí fue un accidente que yo terminara el noventa por ciento de mi tiempo viajando, entre semanas de la moda, exhibiciones e invitaciones. Pero, como decía, mi énfasis no está en la pasarela ni en el diseñador: está en la gente y en la manera como logran articular una serie de colores y prendas.

¿Cree que su experiencia es un ejemplo del mundo en el que vivimos?

En eso está el núcleo de mi pensamiento. Vivimos en un mundo que, más que estandarizado, es infinitamente diverso. Las identidades son mucho menos homogéneas y estáticas. La moda antes era de unos pocos, de una elite. Ahora la gente del común está cogiendo pedazos de diferentes tendencias del mundo y aplicándolos a su propia forma, a su propio estilo. Por eso yo pude hacer de las calles del mundo una pasarela: porque hacemos parte de la Nueva Cultura Creole, de una generación donde la gente, cualquiera que sea, recoge sus influencias de diferentes partes y tendencias a su gusto y según su propia interpretación.

¿Cuáles son sus influencias en arte o en moda?

Me identifico mucho con la fotografía holandesa contemporánea. Es simple, sencilla y bonita. Ni la luz, ni el retoque, ni el maquillaje tienen protagonismo. Es la persona y sus facciones las que resaltan a la vista del espectador. Por eso siempre he sido amigo del arte contemporáneo, en el sentido en que es más crudo y más humano. Ahora, del arte contemporáneo me gustan muchas cosas, pero, habiendo estado inmerso en ese mundo, me he dado cuenta que hay un elitismo que no permite al artista salir a la calle y crear. En general, me gusta el minimalismo, algo así como Michel Gondry en cine. Pero en realidad cada vez estoy más escéptico con las tendencias con nombre propio. Como decía, yo creo en identidades más complejas y eclécticas a las que ordinariamente nos referimos.

Si el arte está en una burbuja, la moda también. ¿No?

Definitivamente. Y es que, a pesar de que yo me la paso en semanas de la moda alrededor del mundo, son muy pocos los lanzamientos a los que voy y las fiestas a las que me invitan. Yo voy a esas ciudades a respirar el aire de moda que se siente en la calle, donde la gente del común ha sacado la mejor pinta del año solo porque en esos días se está llevado a cabo la Semana de la Moda.

¿Cómo le fue en Colombia?

En total, estuve dos semanas en Colombia, tanto en Bogotá como en Cartagena. Le verdad, sentí que en cada una de las ciudades hay un mundo distinto, una cultura completamente diferente. Bogotá es una ciudad cosmopolita, donde la gente es amable pero no intrusa. En Cartagena te tratan o muy bien o muy mal y la cultura ciudadana es menos globalizada, en el sentido europeo de la palabra. Bogotá me acordó a Argentina y Cartagena a Brasil. De comida y fiesta, todo me pareció muy parecido a lo que hay en Europa y demás, aunque comí tamal y tomé chocolate; casi no entiendo la costumbre de meter el queso para que se derrita dentro de la bebida caliente.

¿Tomó fotos en Colombia? ¿FaceHuntió?

Sí, y mucho. Me sorprendió que la gente en Colombia me conociera tanto. Nunca en ningún país había tenido tanta disposición y una agenda tan ajetreada. La moda en Colombia no es extraordinaria ni llama mucho la atención. Fue de hecho muy exigente tomar fotos acá, porque, si bien se encuentra una que otra niña con un estilo atractivo, tampoco es que veas gente que va a cambiar la historia de la moda. Pero me gustó: la gente es querida y colaboradora.

Publicado en Revista Exclama en noviembre de 2010.

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Written by pardodaniel

noviembre 2, 2010 a 8:07 pm

Publicado en Revista Exclama

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