Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

El dios rata

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En India cada animal tiene su culto y sus fieles, incluso las repulsivas ratas. Un cronista de SoHo visitó el templo de Karni Mata, donde más de 20.000 ratas comparten espacio y comida con sus devotos.

Estoy ahí, al frente de ese hombre de barba por cuyas piernas, brazos y abdomen corre una infinidad de ratas. Él, con su cuerpo langaruto, y yo, con mi cuerpo occidental, estamos en el mismo lugar, la casa del Dios Rata. Sentados en un piso ajedrezado, él les reza y yo las aborrezco.

Las ratas usan de nido su turbante y se le meten por la camiseta y se reproducen sobre su espalda. Lo arropan, lo cubren. Es un río de ratas que baña a Dadi Dan, un señor de 54 años vestido con un pañalón de lino blanco y una camisa azul. Dadi lleva en sus manos unas tortillas de harina, de las que comen él y las ratas en armonía. Armonía entre animal y humano: entre deidad y devoto.

Son las ratas de siempre, las de las pesadillas: negras, narizonas, basureras, con las orejas rotas, la cola larga y el pelo gris ceniciento, grasoso. Pero para él, para Dadi Dan, son ‘niños sagrados’. Cientos de ‘niños sagrados’ que le recorren todo el cuerpo, que lo olisquean con esa nariz de rata, sospechosa.

Las mismas ratas que caminan con libertad por las alcantarillas y los rieles del metro en Nueva York, que se rascan como gozques y que comen lo que encuentran, ahora corren por el cuello y la ingle de Dadi Dan como Pedro por su casa. Se le trepan por el pelo, le resbalan por la clavícula.

Y yo ahí, occidental, trato de entender esta impactante y milenaria tradición del hinduismo: adorar a las ratas, considerarlas dioses.

***

Rajastán es la región más turística de la India. El desierto Thar, el noveno más grande del mundo, está en su zona occidental, cerca de la frontera con Pakistán. Las principales ciudades indias del desierto son Jaisalmer, que rodea a un soberbio fuerte, y Bikaner, una villa de mercados alborotados que, entre otras atracciones, tiene a 30 kilómetros un templo donde la gente va a adorar, a venerar, a tocar las ratas. Y a comer con ellas. Ratas enjutas, escalofriantes, pestíferas.

El templo no es diferente a los que se ven en cada rincón de la India: en el centro de una plaza donde venden las ofrendas que los peregrinos llevan a sus dioses —dulces, flores, incienso— está el templo Karni Mata. Las paredes de cemento están pintadas de rosado, y en el centro tiene una entrada tallada en mármol que enmarca las dos inmensas puertas de plata, que exhiben relieves con imágenes de ratas. Adentro hay un hall de piso blanco y negro donde la gente hace fila para entrar al altar donde está Karni Mata, el Dios Rata. A la derecha está el criadero de las ratas, un cuarto donde las alimañas caminan unas sobre otras. Es como un hormiguero. Pero de ratas.

Después de quitarse los zapatos —porque, como las casas, los templos en la India no deben ser infectados con lo que viene de afuera— y despojarse de todo el cuero que uno tenga sobre el cuerpo —porque el cuero de vaca es sagrado y usarlo cerca de Dios es una profanación—, uno hace la fila para entrar al altar, un diminuto y oscuro cuarto donde se mezclan las ratas, la gente y las pegajosas ofrendas.

Hasta allá no podemos entrar los no hinduistas, pero podemos ver desde afuera, siempre y cuando nos quitemos los zapatos y soportemos el asco que nos genera estar compartiendo piso con lo que para nosotros es una hueste de bestias enfermizas que hacen sonidos destempladores.

Humanos y roedores beben de las mismas ollas llenas de leche que hay por todo el santuario. Los fieles los tocan, se sientan con ellos, se tiran al piso y les hacen venias. Los niños juegan con ellos como si estuvieran en una piscina de pelotas. Son casi 20.000 los roedores que andan por ahí, mientras los fieles los adoran.

En ese tapete de ratas —muchas malheridas, con las orejas rotas y la cola hecha jirones—, los occidentales debemos caminar en puntas de pies, sin pisarlas, ojalá sin rozarlas, para evitar la multa que uno debe pagar si mata alguna: un pedazo de oro cuyo peso sea igual al de la víctima, 300 gramos en promedio.

Es inevitable preguntarse por las consecuencias higiénicas de compartir comida y aire con estos animales, pero no hay registros que certifiquen que las ratas de Karni Mata hayan originado alguna peste en los 150 años que tiene el templo. Y cierto es que las ratas nunca en su vida salen del recinto, y las que entran son muy pocas, pues afuera del templo solo hay desierto.

Visto de otra manera, no es del todo absurdo adorar a las ratas. Son animales casi perfectos, cuya inteligencia les garantiza un poder de supervivencia del que carecen casi todos los demás mamíferos. Las ratas se adaptan. No tienen buena visión, pero su poder olfativo es infalible. Y, sobre todo, se reproducen: dos ratas son capaces de multiplicarse de manera exponencial, y lo hacen a una velocidad tan abrumadora que en 18 meses una pareja de ratas puede producir un millón de descendientes.

Pocas especies tienen la memoria olfativa de las ratas y casi ninguna puede hacer gala de la capacidad asociativa que ellas tienen. Si una rata cae en una trampa, ninguna de su colonia caerá después en una semejante. Las ratas aprenden de las experiencias de sus congéneres. No se tropiezan dos veces con la misma piedra. Y son cautelosas. Les temen a las novedades. Estudios han comprobado que una rata hambrienta puede durar hasta 17 horas sin probar mendrugos desconocidos de comida por simple precaución, así renuncien a la onza mínima que necesitan para sobrevivir.

Pocos animales pueden corroer con tanta paciencia, sin sobresaltos, lo que una rata muele y digiere con sus 22 dientes, cada uno con diversos grados de dureza que les proporcionan filo permanente, y cada uno con una capacidad de regeneramiento inédito en otros animales. Ningún material puede dejar de ser horadado por una rata paciente. Ni siquiera —y los científicos han hecho pruebas— el hormigón.

Visto de otro modo, son un ejemplo de constancia. Una rata no se rinde. Tras pruebas nucleares en el atolón de las islas Marshall, unos científicos observaron que las ratas, y ningún otro animal, sobrevivieron a punta de raíces, de desperdicios; a punta de buscar la comida rabiosamente, como nadie: incluso buceaban para disputarse crustáceos con los peces. Porque las ratas bucean. Y, según el tipo, saltan hasta un metro. Y pueden caer 20 metros sin lesionarse.


No es claro por qué los occidentales odiamos tanto a las ratas. Será porque transmiten la peste, el tifus, la salmonelosis, la disentería y varias enfermedades más. Y la rabia. Pero han pasado siglos desde la última vez que una rata infectó a un ser humano. Decía el coronel nazi Hans Landa, protagonista de Bastardos sin gloria, que “si tuviera que comparar a los judíos con una bestia, los compararía con las ratas, porque uno no sabe por qué no le gustan, pero tiene claro que los encuentra repugnantes”.

Tal vez no haya razón para odiarlas, o tal vez nos sintamos amenazados por un animal más audaz que nosotros. En Bucarest, las cuatro ratas que hay por habitante se devoran 450.000 toneladas de arroz al año, comida con la que se podrían alimentar tres millones de personas. Aunque apenas viven dos años y medio en promedio, su especie puede devastar lo que necesita la nuestra: las ratas viajan en barcos, se adueñan de las cañerías de las ciudades, se toman las despensas de casas de campo y de apartamentos en las ciudades. Siempre andan en grupo. Nunca hay una rata sola. Las odiamos, porque se trata de ellas o de nosotros. Y por eso nos intimidan, nos dan asco.

Pero en el Karni Mata los únicos intimidados, asqueados, somos los occidentales. Mi experiencia de caminar sin zapatos por el pegajoso piso del templo, al que atraviesan ratas como hormigas, dista mucho de la experiencia mística de los fieles, que parecen pisar nubes del cielo.

***

El templo fue construido por el maharajá (una suerte de rey local) Ganga Singh a comienzos del siglo XX como homenaje a Karni Mata, la líder de un matriarcado que tuvo lugar en el siglo XIV, quien pasó a ser un símbolo espiritual del poder y la victoria gracias a los éxitos que, como emperadora, tuvo en esta región del noroeste indio. Cuando un ahijado suyo murió, ella trató de volverlo a la vida con la ayuda del Dios de la muerte, Tama, quien aceptó reencarnarlo, pero no en humano sino en rata. Desde ahí, todos los pertenecientes a esa casta reencarnan en ratas. Y Karni Mata, la líder de la casta, pasó a ser el Dios Rata. Desde entonces, las ratas en el hinduismo, y sobre todo en esta región y en la casta Charan, son consideradas personas que están en una etapa divina del proceso de reencarnación. “Deificarse con un animal como excusa es un práctica que usaron muchos gobernadores a través de la historia del hinduismo”, le dijo el profesor George Michell a National Geographic.

Los fieles creen que, en todo el templo, cuatro de las casi 20.000 ratas son los dioses mismos. Se reconocen fácilmente porque son blancas, pero muy poca gente las ha podido ver. Son las encarnaciones de la Diosa Mata y sus familiares. La mejor forma de llamarlas es con unos dulces hechos de sémola, harina y trigo: los prasad. Son amarillos, y se sabe que las ratas reconocen este color.

En 1999, el templo fue restaurado y hoy en día es visitado por más de 400.000 peregrinos y 100.000 turistas al año. Navaratri, el festival de nueve días que celebra su existencia, reúne miles de indios y millones de ratas para rendir tributo a Karni Mata, el Dios Rata.

***

Las ratas no son los únicos animales deificados en la India. Este es el país de los sumos animales; el reino donde ser animal puede ser más grato que ser humano.

Lo primero que uno recibe cuando llega a Nueva Delhi es una cachetada. El centro de la inmensa capital de la India es el sector más densamente poblado del mundo, parece una visión anticipada del juicio final. Y entre las motos que transitan despavoridas como cucarachas y los carros y las bicicletas y la gente gritando y la pobreza y el olor, las vacas caminan con parsimonia por las calles como si todo ese barullo no fuera con ellas.

Las vacas, así como las ratas, son adoradas en el hinduismo. Por eso uno las ve por el país entero comiéndose la basura de las calles, abandonadas a manera de indigentes que nadie es capaz —por razones morales— de matar. Como nadie se las come ni las mata, y como a cierta edad no dan más leche, la gente las bota a la calle como si fueran un mueble que ya no sirve. Y ahí se quedan, como parte del mugroso mundo callejero que reverbera en la India. Las vacas representan un problema mayor para la salud que las ratas: no solo esparcen enfermedades en la calle, sino que expelen cerca de 200.000 toneladas de excremento por andenes y avenidas, mierda de Dios que ahúma el aire. Devi es el nombre del Dios Vaca.


Los micos, por su parte, no excretan por medio país, pero el occidental también podría considerarlos una peste: le pegan a la gente, se roban los bienes de los turistas y realizan sus prácticas reproductoras —y se masturban— en público. Como son divinos, también se desenvuelven con toda la libertad por el país y tienen sus propios templos, casi siempre incrustados en la punta de una montaña. Hanuman es el nombre del Dios Mico.

La cobra, esa venenosa y temible serpiente, también es sagrada en India. De ahí el tradicional encantador de serpientes que todos hemos visto, el indio acurrucado que con su flauta la hace bailar en una canasta. Es un homenaje, un culto al Dios Cobra. Su veneno produce múltiples muertes anuales, pero desde 1972 es ilegal matarla, porque en la mitología hindú tiene un lugar especial como deidad. Sankarshan es el nombre del Dios Serpiente.

Dentro de este politeísmo hindú, el Dios omnipotente encarna en tres formas diferentes: Brahma, el creador; Vishnu, el preservador, y Shiva, el reproductor. Cada uno —y todos sus descendientes— se asocia con un animal distinto, hasta el punto de que casi todos los animales son un vehículo operador de algún dios.

***

Tatu Dan también tiene su cuerpo forrado con ratas. Es el ‘sacristán’ del templo Karni Mata: se encarga de cuidarlo y mantenerlo en funcionamiento. Y se ocupa, por supuesto, de las ratas: les da leche y comida, limpia los bloques donde se amontonan y de vez en cuando, en la medida de lo posible, cura a las malheridas. También está encargado de liderar los apasionados rezos que se hacen en el templo, con la parafernalia que implica un rezo hinduista.

Como Dadi Dan, Tatu tiene el cuerpo en los huesos. Parece enfermo. Mantiene su uniforme blanco, así su trabajo sea limpiar lo que está sucio; limpiar, entre otras cosas, el excremento de su Dios Rata. Porta un turbante rojo, se acomoda el bigote con una peinilla y camina con propiedad por el templo, sacando su esquelético pecho y con los pies apuntando hacia fuera.

Tatu duerme y come con las ratas desde hace 12 años, cuando voluntariamente se vinculó al templo porque, según dice, las ratas son sus ancestros. “Toda mi familia está acá”, me dijo. Le conté que en Nueva York, donde hace un año una ráfaga de ratas invadió un KFC, hay varias campañas para acabar con estos animales. También le dije que en Occidente tenemos trampas y venenos para ratas. Que las personas las siguen, las matan. Con calma monacal, Tatu me pidió que no le hablara más. Y que saliera del recinto tan pronto acabara mi visita.

Salí. Mientras me limpiaba los pies en la regadera de la entrada —que usan, como en todos los templos, para lavarse las manos antes de entrar al edificio— y me tomaba un jugo de caña exprimido ahí mismo, salió del recinto una pareja de recién casados. Los matrimonios en la India son un carnaval: duran diez días y la gente dilapida la plata que no tiene. El novio, Samarjit, un joven apuesto de piel morena, tenía un vestido con lentejuelas, un turbante con plumas y un collar de flores. Le pregunté por qué había escogido ese lugar para celebrar su matrimonio, y me contó que llevaba toda su vida planeándolo así; que sus “superiores lo habían educado para que así fuera”.

Mientras me lo decía, enfoqué la mirada en la entrada del templo. Y ahí estaba Dadi Dan, todavía forrado en ratas. Le pasaban por encima, lo rodeaban, dormían sobre su turbante. Fue liberador, en medio de todo, salir corriendo de ese torbellino de chillidos del templo de las ratas para encontrar, de regreso en la ciudad, la calma de los ojos amarillos de las vacas, el pitido de las motos y el acoso de los micos. Y de los indios. Ya las ratas se habían quedado atrás. El mundo era, otra vez, un hormiguero. Pero de gente.

Publicado en la revista SoHo en Noviembre de 2010.

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Written by pardodaniel

noviembre 22, 2010 a 4:48 pm

Una respuesta

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  1. Cualquier tipo de “adoración” es ¡ABSURDA!

    Matt

    abril 14, 2013 at 1:43 am


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