Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Félix con la boca cerrada

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El periodista más altanero y rabioso del país no mata una mosca cuando deja el micrófono y regresa a su casa con la lonchera intacta.

A las cuatro y cuarenta de la mañana suena la alarma del despertador. Félix De Bedout, con su 1.90 m de estatura, se levanta, se baña, se viste, toma los periódicos y su lonchera con forma de busecito y se monta en la camioneta que lo lleva a Caracol Radio.

Por las instalaciones de la cadena radial más grande de Colombia rondan fantasmas a esas horas. Los pocos que se encuentran son los operadores de las cadenas. Félix los saluda –amable pero seco, así como saluda a todo el mundo– y entra a la cabina, fría, sin un café en las manos, porque él de eso no toma. Lee sus periódicos, estudia las noticias y poco a poco empieza a participar en el programa que dirige Julio Sánchez Cristo, casi una hora antes, desde cualquier lugar del mundo.

Y ahí, en la cabecera de la mesa, está Félix de Bedout, como todas las mañanas, vestido de jeans, saco cuello tortuga amarillo quemado, chaqueta impermeable con capucha y zapatos de gamuza sin cordones y suela de plástico. Está pegado al computador y al Blackberry. Habla con sus fuentes, pide la palabra en cada una de las entrevistas, hace cara de incómodo cuando el entrevistado se va por la tangente, se pone ansioso cuando se le ocurre una pregunta, pendiente de sus compañeros de mesa, con un frasco de Ice Tea recién abierto y su lonchera de busecito sin abrir.

¿Quién es Félix de Bedout, el periodista? Se dice que es el más altanero, severo y arrogante. Y a él no parece importarle: está concentrado en el porqué de los hechos, en dar a la gente el panorama más amplio para que hagan su propio juicio, en desconfiar de los testigos que no presentan pruebas, en ser un contrapeso de los poderes. De Bedout no le hace homenaje a nadie y cuestiona al que se lo merece con “la impertinencia que debe caracterizar a todo periodista”. Tiene su tono y su temperamento, sí, pero eso no lo trasnocha. Porque también tiene convicciones firmes, y de ahí que parezca despectivo: porque es el periodista sin escrúpulos de la emisora más oída en un país que sigue, dice él, “siendo maltratado por el poder de las mafias”.

Porque De Bedout es un periodista de la calle, un reportero raso. Creció en Medellín en un apartamento forrado en libros. Su papá, Félix, fue compañero de oficina de Carlos Gaviria y profesor de la Universidad de Antioquia por décadas. Dictó, en su mayoría, historia de las ideas. Por eso Félix hijo dice, con pudor, porque le molesta sonar engreído, que su papá es de las personas que más sabe de anarquismo en Colombia. La familia De Bedout vivió en Madrid durante los seis primeros años de vida de Félix. De esa manera se cumplió el sueño del papá de estudiar en un ambiente bohemio en Europa. Se fueron con la plata que heredaron del abuelo, descendiente de libreros franceses. Y volvieron, en un barco, sin un sólo peso.

Félix salió del Colegio Alemán porque nunca aprendió el idioma. Pasó al Jorge Robledo, un colegio liberal, de donde se graduó. Según él, era un joven callejero, de novias y trago hasta la madrugada. Lo mismo fue durante los años que estuvo en la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín, donde estudió comunicaciones. En cuarto semestre empezó a trabajar como corresponsal del Noticiero Cinevisión y hacía entrevistas en los camerinos de fútbol para Radio Súper. Dice que era una época surreal, porque pasaba del salón de clases, donde oía radio para agarrar noticias, a una masacre o a un reinado de belleza. A Félix de Bedout, durante sus años como corresponsal de televisión en Medellín, porque también fue corresponsal del Noticiero Nacional, le tocó el momento más violento en la historia de su ciudad. Su segunda nota, por ejemplo, fue la bomba contra Pablo Escobar en el edificio Mónaco, el episodio que disparó la guerra de los carteles. Haber cubierto ese contexto, el de la masacre de Segovia o el paramilitarismo en Urabá, marcó su carrera: lo hizo un periodista preocupado, casi con obsesión, por desmantelar los males que tiene Colombia.

El primer partido de la Selección Colombia en la eliminatoria para la Copa Mundial de 1990 fue el 20 de agosto de 1989, contra Ecuador. Daniel Coronell era jefe de redacción de El Noticiero Nacional y había mandado a todos sus presentadores a Barranquilla. El 18, dos días antes, el equipo tenía en sus manos la primicia de que Luis Carlos Galán, el candidato presidencial que había sufrido un atentado en Soacha, estaba muerto. Félix de Bedout, un presentador joven de deportes que venía de ser corresponsal en Medellín, tuvo que dar la noticia. Y así se inauguró como la cara del noticiero. Para él, ser presentador también requiere de visión periodística.

El Noticiero Nacional pasó a ser NTC y hoy es Noticias Uno, un referente de periodismo comprometido e independiente, al que no le ha quedado nada fácil en un medio caníbal con dos canales privados casi inalcanzables. Édgar Perea, el mítico presentador de NTC, cuenta que en esa sala de redacción se vivía un ambiente muy armónico, en el que Félix le comentaba sus pintas coloridas y se robaba las miradas de las mujeres. Félix conoció en NTC a Adriana Eslava, la presentadora y pupila con la que tuvo una relación de dos años. Ella dice que Félix, a pesar de su carácter combativo, es tímido en exceso, y que por eso puede pasar por arrogante. Lo mismo dice Patricia, su esposa hace ocho años, una comunicadora y ex reina de belleza de piernas largas y pelo negro que también lo conoció en NTC. Él era su amor platónico desde que lo vio en televisión y en Contacto Radio. Fue practicante en NTC y recuerda que Félix le daba palmaditas en la cabeza cuando ella hacía las cosas bien. “Buena esa, niñita”, le decía, según él para coquetearle.  Patricia tenía un programa en Punch Televisión, Personajes, y lo invitó. Después de mucho insistir, Félix le cambió la entrevista por una salida a un bar de montañistas en la 116 con 9ª. Esa cita, al son de Miguel Bosé en el carro de Félix, fue la primera de muchas en que salieron juntos, y que terminaron en una familia.

Julio Sánchez Cristo conoció a Félix cuando estaba en La FM, porque le colaboró en varias oportunidades. Cuando armó el proyecto de La W, hace siete años, lo llamó. Se dice que su papel en esa mesa es ser la mano dura, pero, más que una estrategia de roles, afirma que se trata de las personalidades y el estilo de cada uno de los periodistas. Se dice, también, que el programa tiende a ser superficial y banal, pero Félix dice que es un formato que se inventó Sánchez Cristo para abarcar todos los ángulos. Félix está ahí para enfrentar los temas como quiere, con la gran libertad que le da Julio.

Según Coronell, Félix llegó a La W en un momento en que el periodismo radial se había convertido en el coliseo del gobierno de Uribe, donde nadie se atrevía a preguntar por los escándalos y el unanimismo había opacado la verdad. Félix, un reportero nato, se atrevió a hacer las preguntas que nadie hacía. Y por eso sobresalió. Dio un empujón a la radio para que dejara a un lado esa complicidad con el gobierno. Se rumora que Félix es apolítico, porque no vota en elecciones y se cuida de manifestar opiniones personales. Sin embargo, él dice que, más bien, no tiene militancia partidista. Pero omite decir cuáles son sus convicciones políticas.

A veces, cuando Sánchez Cristo no está o se va temprano, Félix dirige el programa. Con destreza. Suele salir de Caracol Radio alrededor de la una y se dirige a su casa. En ocasiones tiene almuerzos o citas para hacer reportería, pero su apartamento es el destino más frecuente.

Lo primero que se ve en el apartamento de Félix de Bedout es la pecera que hay a la izquierda. El agua es clara y alumbra, como esos mares de postal en el Caribe. Los peces, traídos de diferentes partes del mundo, son chiquitos y de colores chillones. Ese es su hobby, junto al buceo. Encima de la pecera están los libros de arte –muchos de arte erótico– de su inmensa biblioteca. Al frente, hay una sala donde la familia De Bedout nunca ha hecho una fiesta. Tienen varias pinturas: una de Germán Londoño, que muestra unos cuerpos degollados en colores vivos, y otra de Jacanamijoy, con verdes y amarillos, que les regaló Daniel Coronell de matrimonio. Hacia los cuartos hay más libros, muchos, entre ellos la colección empastada del 93 al 2001 de El Gráfico. También hay unos VHS de Chaplin y unos DVD de Buster Keaton. Hace poco les llegó la última temporada de Lost, una de las series que ven los viernes por la noche. Su gran frustración en la vida es no haber hecho películas.

El día que visité a Félix en su casa me recibió en medias, acostado en la cama revisando una conferencia sobre periodismo que daría al día siguiente. Faltaban veinte minutos para que empezara un partido de la UEFA Champions League. Todo estaba listo para verlo con calma, mientras hablábamos, primero de periodismo y de política. Pero fue demasiado difícil no ver el partido. Entonces terminamos hablando de fútbol: que uno sólo ama a un equipo en la vida –Atlético Nacional–; que a Zidane le sobró ese cabezazo para ser uno de los cuatro grandes –Pelé, Maradona, Cruyff y Di Stéfano–; que Di Stéfano, a pesar de nunca haber ganado un mundial, tuvo la osadía de cambiar la historia del juego, porque le introdujo una velocidad más rápida.

Días antes, Félix había solicitado un chequeo de DirectTV, porque tenía problemas con su señal. Y eso sí que le puede enervar en la vida. Durante la entrevista llegaron los técnicos, le instalaron un nuevo codificador y se fueron. Seguimos con el partido y la entrevista. De repente, Félix empezó a hacer esa cara que hace cuando un entrevistado se va por la tangente: cejas apretadas y boca decepcionada. DirectTV seguía molestando. Félix se paró, reseteó el aparato, llamó, caminó de un lado a otro, y yo, preguntándole en vano, decidí acabar la entrevista, despedirme e irme. Porque no hay nada que le moleste más en la vida que le interrumpan un partido de fútbol, cualquiera que sea.

Félix de Bedout no puede ser menos excéntrico. Es casero y familiar. Ya no toma trago, odia los cócteles y, si va a un restaurante, a las diez de la noche ya está en la cama. El resto del día juega con sus dos hijos –Martín, de siete, y Andrea, de cinco–, navega por Internet y les ayuda en las tareas. Patricia, también muy casera y consciente de los peligros que corre Félix por su trabajo, le prepara la lonchera que, dice, siempre llega intacta. Todos, sin falta, juegan Wii al menos una vez al día, pero, según las reglas enumeradas en un tablero en el cuarto de Martín, no pueden abusar de él. La lista empieza con “no gritar” y termina con “no subirse corriendo al bus”.

A las ocho y media de la noche la familia De Bedout ya está metida entre las cobijas, porque la alarma –que los despierta a todos, así Félix no quiera– está a ocho horas de sonar una vez más.

Publicado en revista Kien & ke en diciembre de 2010.

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Written by pardodaniel

diciembre 21, 2010 a 2:36 pm

Una respuesta

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  1. Deseo saber la direccion o correo electronico de Felix de Bedout Gaviria, quien fue mi compañero de estudios en la Universidad de Madrid en la facultad de Ciencias Politicas. Fue muy buen amigo mio, y deseo saber de el. Le agradecere mucho cualquier contacto que me pueda facilitar, para saludarlo despues de 40 años. Muchas gracias.

    Marvin Quant

    abril 22, 2011 at 10:20 pm


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