Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for enero 2011

Diatriba contra las Dr Marten

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Foto: Juan Daniel Taboada

Malditas botas: las odio. Tal vez el día que dejen de volverlo todo una religión, una doctrina fundamentalista y dogmática, tal vez ese día deje de ser infeliz. Pero, por ahora, no me queda más que expresar mi también fundamentalista y dogmática opinión sobre las Dr Martens, unas botas que, después de haber sido un símbolo con el que los obreros se identificaron como una clase social y política en los años setenta y posteriormente se volvieron una de las prendas características de la cultura punk, pasaron a ser un cliché de la clase alta que habla la mitad de sus palabras en inglés; un símbolo de status; un artefacto más con el que los jóvenes de hoy en día creen verse más, no sé, sofisticados, underground, alternativos, lo que sea: cualquiera de esos adjetivos que usan ellos: los neos, los emos, los hipsters, los góticos, los cualquieras.

La contradicción no puede ser más absurda. No solo se trata de que las tales botas estén sobrevaloradas, sino que además están deificadas como si fueran únicas. No puedo más con el culto a las benditas botas. No me resisto más que paguen atroces cantidades de dinero por algo que se puede conseguir muchísimo más barato, sin ese hilo amarillo que distingue a las Dr Marten. No puedo vivir en un mundo que se cree el cuento de que las botas son sofisticadas. No estoy dispuesto a seguir así. No lo quiero. Quiero que la gente reaccione: que se den cuenta de que la diferencia entre las botas y McDonald’s es el producto, porque ambas son marcas multinacionales que se venden por un mito. Y no es que esté en una crisis existencialista en contra del capitalismo. Estoy, más bien, en contra de ese trono que le pusieron a una botas que no se lo merecen.

Y es por eso, por nada más, que le voy a dar diez razones para que no compre –bueno, en caso de que tuviese el dinero para hacerlo– unas botas Dr Marten.

1. Porque son una incoherencia de clase. Las botas se volvieron populares porque eran los zapatos del proletariado inglés, un símbolo en la lucha de clases. Sin embargo, la gente que hoy en día usa las botas es joven, educada y acomodada. La estética de las subculturas está inherentemente en contra de las marcas corporativas y multinacionales. Los copys de la marca dicen que es ‘la sucesión cultural de los renegados’ y un símbolo de la ‘independencia y la individualidad’, cuando en realidad es un fenómeno masivo que vende la misma bota a cientos de millones de personas, que, sí, se creen ‘renegados e independientes’ pero pagan con la tarjeta de crédito de su papá banquero.

2. Por los derechos de los animales. La mayoría de compañías para zapatos ofrecen una alterativa al cuero para las personas que sienten pudor al usar cuero, pero Dr Martens no. Todas las compañías de zapatos hacen cada vez más campañas para defender y no maltratar a los animales, mientras que Dr Martens es reconocida por ser una explotadora de los animales en cuyos ojos solo se puede ver un signo de pesos.

3. Porque son un anacronismo cultural. Se dice que Dr Matens es un símbolo de la cultura inglesa: la gente, cuando les dicen Inglaterra, piensa en las botas. Pero esto es mentira: cada vez es más raro ver un inglés usándolas y el almacén que hay en Londres es exclusivamente dirigido a extranjeros y queda en un sector para turistas. Esto es como los coffee shop en Ámsterdam: una atracción turística cuyo esencia original ha sido destrozada por la globalización.

4. Por derechos humanos. Las botas son hechas en China y Tailandia, donde las condiciones de los trabajadores no cumplen los estándares universales de derechos humanos. Hay explotación de niños y mujeres, que sudan la gota gorda para hacerle sus preciadas botas. Tradicionalmente las Dr Martens son asociadas con los reivindicación de las culturas marginales, pero en realidad ponerse las botas es financiar violaciones a los derechos de los trabajadores.


5. Porque son carísimas. Gracias a que se han convertido en un mito, las botas son cada vez más caras, cuando uno en realidad puede conseguir más baratas unas de la misma buena calidad y del mismo cuero, que por no tener el bendito hilo amarillo que identifica a la Dr Marten valen menos. ¿En serio está dispuesto a pagar el doble por un hilo amarillo?

6. Porque solo tienen un modelo. Si usted tiene un pie demasiado ancho o demasiado delgado, se jodió: las botas están hechas bajo un molde homogéneo. Es decir, la curvatura de todas las suelas es igual. Como el cuero es tan duro, adecuar las botas al pie de uno puede tomar meses y muchas ampollas.

7. Porque no tienen tallas medias. Las botas solo son hechas en tallas cerradas. Nada de ocho y medio: sólo se consigue ocho o nueve. Por ese precio, uno se esperaría un poco más.

8. Porque no son resistentes al agua. Tratar el cuero no es fácil. Se supone que lo bueno de estas botas es que sirven para la guerra: para el invierno, para Rock al Parque, para ir al estadio. Pero, para que el cuero no se le dañe usándolas de esta manera, toca mandarlas a arreglar seguido y tenerlas bajo permanente cuidado. Estas botas, contrario a lo que dice su guerrerista campaña publicitaria, son finas.

9. Porque son pesadas, imprácticas e incómodas. ¿De verdad me va a decir que le parece más cómodo ponerse unos zapatos de cuero duro –que llegan hasta la rodilla y se demora poniéndose diez minutos– que ponerse unos tenis comunes y corrientes? La gente se pone estas botas, sobre todo, por razones estéticas, no de comodidad.

10. Porque son demasiado duraderas. Recuerde: todos los extremos son malos. ¿En serio le parece sano tener los mismos zapatos durante quince años? Primero, no sea cochino. Segundo, no sea monótono. Estas botas duran para siempre, y eso no es necesariamente bueno, así parezca. Por el contrario: es asqueroso. Además, ¿quiere que lo identifiquen como un niño rebelde, ‘renegado’ e ‘independiente’, cuando vaya a una entrevista de trabajo en cinco años?

Eso es, solo eso, lo que tengo que decir sobre las benditas botas que todo el mundo encarga –y por ende te encartan– cuando alguien viaja a Inglaterra, como si fuera lo único que hay en ese país. No estoy dispuesto a debatirlo: mi opinión sobre estos zapatos es dogmática, uribista: no acepto contrargumentos y no tengo oído para tenerlos en cuenta. Con esto, declaro que no vuelvo a hablar del tema nunca más. Acá, en este artículo, quedó sellado el tema para mí. Hasta nunca, botas del demonio.

Publicado en Historia – Blog SoHo – en enero de 2010

Written by pardodaniel

enero 27, 2011 at 7:03 pm

Claudia López, Yamuhre y la libertad de expresión

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Así le hayan dado innumerables golpes a la libertad de prensa en Colombia en los últimos diez años, no podemos llegar al punto en que –léase bien– todo cuestionamiento a una crítica que alguien le hace al establecimiento se entienda como un atentado contra la libertad de expresión. Que estemos en una democracia donde la pluralidad y la diferencia se deben tolerar no significa que uno pueda decir lo que se le antoje.

La libertad de expresión es un tema lleno de matices que no es ni blanco ni negro. Pero sabemos una cosa: mentir, en cualquier país del mundo, es ilegal. Y una cosa más: opinar, en cualquier democracia del mundo, es legal.

Y es que en las últimas semanas me llamó la atención la actitud que tomaron algunos comentaristas en Twitter, entre ellos @HELIODOPTERO, un twittero reconocido por su antiuribismo radical. En sus trinos él y demás seguidores de su causa estaban dándole palo a Fidel Cano por tener a Ernesto Yamhure, uno de los defensores de cantera del uribismo, como columnista en El Espectador, y a la vez estaban dándole gritos de solidaridad a Claudia López –una columnista que enfrenta una demanda por injuria y calumnia puesta por el ex presidente Ernesto Samper– en nombre de la libertad de expresión.

¿No es esto una incoherencia? Y más allá de ella, ¿se ha vuelto la libertad de expresión en Colombia una excusa para criticar al poder? ¿Se politizó el debate sobre la libertad de expresión?

En el caso de Claudia López, los comentarios que se leen en #sampervslopez y #apoyoaclaudialópez demuestran que la libertad de expresión se está usando como recurso de la militancia política. Y a eso no podemos llegar.

El caso no es fácil de explicar ni entender. Samper demandó, como bien lo explica Juanita León en La silla vacía, porque, según él, López lo acusa de un hecho deshonroso y por un delito que, según la justicia, no ha sido comprobado: que Samper tuvo que ver con el asesinato de la Monita retrechera. Pero en la columna de López la acusación no es explícita, sino que es más una insinuación, y de ahí que el juicio del lunes pasado se haya reducido a si se trató de una opinión o de una acusación. Un columnista tiene derecho a opinar lo que quiera y a imaginarse lo que le venga en gana, pero no puede acusar sin tener pruebas: no puede decir mentiras. Y ahí es que está el dilema.

Pero los comentarios me hicieron pensar que este dilema se está usando para politizar el debate. Siento que ahora cualquier crítica hacia un antiuribista o hacia alguien que esté en contra del establecimiento se está etiquetando como una violación a la libertad de expresión. Y eso ya es demasiado. La libertad de expresión hay que defenderla a toda costa, sí, pero no se puede usar como arma política, como una excusa para darle palo al poder.

¿Por qué el debate sobre López y la libertad de expresión se politizó?

Ella y su antiribismo se convirtieron hace rato en un símbolo de la libertad de expresión, cuando la echaron de El Tiempo por sus valientes revelaciones en el caso de la parapolítica. El Periódico y su director dijeron que la despidieron porque se metió con los redactores, pero no hay duda de que las denuncias, que ponían en jaque al gobierno de Uribe, tuvieron mucho que ver. Con eso, López quedó etiquetada, con razón, como un referente de la libertad de expresión, porque la callaron. Pero ese fue un caso distinto al de Samper. En este último, el hecho de que estén violando la libertad de expresión de López no es tan claro como en el anterior. Y asumir, de entrada, que si la justicia falla en su contra es porque le están cobrando sus revelaciones de parapolítica sería especular: sería conspirar en contra del establecimiento. De ser el caso, si la condenaran sabiendo que es inocente, tocaría comprobarlo, porque sería muy grave.

Por otro lado, el debate se ha politizado porque todo lo que tiene que ver con el gobierno de Uribe tiende a polarizar. No es sino que se mencione el nombre del ex presidente para que los colombianos se vayan a sus esquinas y se preparen para una palea furiosa y dogmática contra sus opositores. Uribe, inherentemente, inspira militancia política. Pero cuando se trata de libertad de expresión hay que ser objetivos y rigurosos. Decir que la libertad de expresión está en juego y que esto es un complot de los poderosos para callar las voces de la opinión y la oposición, una idea que está por todo lado en los comentarios de Twitter y del cubrimiento del juicio de La silla vacía, sería caer en un lugar común demasiado politizado.

Y así sea de mal gusto que un ex presidente se meta con periodistas de la oposición –y sobre todo con los que, con argumentos, más duro le han dado al establecimiento–, Samper está en su derecho de pedir que López rectifique, si es que dijo mentiras. Pero si no las dijo, sino que simplemente opinó, ahí sí que Samper no tiene con qué pelear: la opinión es un derecho fundamental en una democracia, y si logran comprobar que la columna de López contra Samper fue mera opinión, ella está en su derecho. Por eso digo que el caso no es fácil, y que hay que tener cuidado con no volverlo una riña política.

No es que yo esté de la parte de alguno, o en contra de López: que los columnistas digan lo que quieran, porque están en su derecho. Ellos verán si se creen mentiras o no, si dicen barbaridades o no.

Y eso es lo que pasa con Ernesto Yamhure. El señor puede parecer un chiste, porque es increíble que a estas alturas alguien siga defendiendo el gobierno de Álvaro Uribe con tanto dogmatismo; porque es absurdo que alguien pueda tener opiniones tan sesgadas. Pero si al señor se le da la gana tenerlas, que las tenga. Y El Espectador también tiene todo su derecho a mantenerlo en sus páginas de opinión. Primero porque los columnistas de un periódico no tienen nada que ver con su línea editorial y política. Y segundo porque los periódicos –y sobre todo El Espectador, que es un referente de opinión y libertad– deben ser el espacio donde la gente manifieste sus ideas, por absurdas que estas sean. Y por increíble que esto parezca, además, en este país hay gente que se identifica con las opiniones de Yamhure. Que lo callaran sería, precisamente, un atentado contra la libertad de expresión.

El debate sobre la libertad de expresión se ha politizado, digo, porque los opositores al uribismo lo han empezado a usar para todo. Y con algo de razón, porque es verdad que el gobierno anterior no fue el mejor amigo de ésta. Gracias a su influencia cerraron Cambio, una revista que hizo su trabajo periodístico de manera rigurosa. También por su influencia echaron a la misma López de El Tiempo y condenaron la labor de periodistas juiciosos como Hollman Morris y Daniel Coronell. Sin embargo, de ahí a decir que Samper y el poder quieren censurar a López y que Yamhure debería ser censurado porque defiende a Uribe y critica a Santos hay un paso en falso que, de hecho, violaría la libertad de expresión. Así que juicio con esos matices, por favor.

Publicado en Kien y Ke en enero de 2010.

Written by pardodaniel

enero 27, 2011 at 6:56 pm

De por qué dos asesinatos son más noticia que 600

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Mateo y Margarita, con pintura en su rostro, después de la fiesta de disfraces de año nuevo.

En las escuelas de periodismo los profesores dicen algo que, a fin de cuentas, no es verdad: la relevancia de la noticia se determina por el número de muertos: entre más sean, más despliegue periodístico hay que darles. Pero lo cierto es que, en ninguna parte del mundo, las historias con más muertos son las mejor investigadas e informadas. Los medios, y esto no es una opinión, dictan qué es relevante; ellos, más que la realidad, usted o los políticos, dicen qué es necesario saber. Ellos redactan la opinión pública. Ellos crean una realidad. Y es por eso, precisamente, que unos lo tutean a uno como si fuera un niño y le dicen lo que “debes leer”, “debes saber” y “debes hacer”. Porque le hablan al oído a la gente. Y la gente lo oye, como si fueran la voz de la verdad.

Usted ha visto hasta en la sopa esta semana y la pasada un claro ejemplo de esto: el caso de Margarita Gómez y Mateo Matala, dos estudiantes de biología de la Universidad de los Andes que fueron asesinados por unos narcoparamilitares en la Bahía de Cispatá, en Córdoba. Más allá de la atrocidad de este asesinato, más allá de la tragedia que viven sus familias, los medios le dieron un despliegue sin precedentes a esta historia, como si fuera la primera vez que un neoparamilitar –de esos que siguen habiendo por doquier en Colombia– mata a un civil. Como si, siguiendo la columna de María Jimena Duzán, en esa misma región del país no hubiesen matado 600 civiles a lo largo de 2010. Es decir, y ahora cito a Alfredo Molano, “al repugnante asesinato de los universitarios hay que agregar otros homicidios no menos brutales y que no han conocido el mismo despliegue en los medios”.

Todos los periódicos le dieron a la historia la portada al menos una vez desde el incidente. El Tiempo y El Espectador le dedicaron editorial el domingo. En la W fue tema del día. Hasta Poncho Rentería dijo que en la peluquería era lo único de lo que se hablaba. Colombia se paralizó ante la muerte de dos civiles, cuando a lo largo del año habían sido 600 lo que mataron en ese mismo lugar. Y todo esto gracias a los medios.

¿Por qué?¿Por qué los nuevos paracos de Córdoba solo se convirtieron en noticia nacional hasta ahora, que en ese lugar mataron a unos estudiantes de la universidad más prestigiosa y costosa del país? ¿Qué tuvo de diferente esta historia? Si estamos tan acostumbrados a las masacres, ¿por qué esta sí dio para que todos los columnistas se pronunciaran? “Si los estudiantes asesinados en Córdoba hubiesen sido de la U del Atlántico, y no de los Andes, ¿les habrían dado portada en Semana?”, se preguntó Alberto Salcedo en Twitter.

Varias cosas explican la fascinación de los medios y la gente con la historia de los biólogos.

Lo primero es un tema político. O, mejor, de politización: de un país que le creyó a Uribe y a sus cifras la teoría de que su gobierno había acabado con los paramilitares. Y los medios también se creyeron el cuento. Como también lo dice el editorial de El Espectador del domingo, los paras, que en su nueva versión han sido llamados Bacrim, están vivos y coleando. Sin embargo, el gobierno Uribe estaba empeñado en hacerle creer a la gente que no. Y los medios, muchos de ellos defensores asiduos del gobierno o con la necesidad de explicar su inmensa popularidad, se montaron en la teoría de que el tema de la seguridad estaba resuelto, cuando, por el contrario, estamos lejos de eso: la seguridad democrática sirvió para combatir a las FARC, mas no a los paras. En breve, el exceso de optimismo de los medios con la seguridad democrática los llevó a minimizar la gravedad de las Bacrim. Y por eso, ahora que nadie está preocupado por no ofender al gobierno, esta historia paralizó al país.

Que estos asesinatos hayan tenido tanta repercusión en los medios también tiene que ver con que esta sea una historia de la clase alta y pudiente del país. Dice Salud Hernández que “por esclarecer la muerte de dos estudiantes de familias pudientes, el Gobierno de todos ofrece 500 millones; por conocer a los autores del crimen del nieto de un alcalde de pueblo, la Policía promete cinco.” Las élites siempre son del interés común, y cualquier cosa que pase con ellas es noticia, más si se trata de estudiantes pasando vacaciones. 600 civiles asesinados por allá lejos en Córdoba no fueron noticia porque eso pasa todos los días. Pero que se trate de dos civiles que vienen de Bogotá, de la Universidad de los ricos, sí es noticia. Vale decir, además, que en Bogotá es donde se escriben las noticias y que, si a los bogotanos les impacta un evento, esto se refleja en lo que sale publicado.

Esta es, asimismo, una historia de amor, una historia humana que tiene detalles de novela, como le dejó ver una nota de Harold Abueta en esta revista. Los lectores siempre prefieren oír historias que involucren eventos que los conciernan, que les podrían pasar a ellos. Como todos fuimos a algún lado en vacaciones, como todos hubiéramos podido estar tomando fotos en San Bernardo, la gente se siente identificada con esta historia.

Y es que seguimos en enero, el mes sin noticias. ¿Qué más iba a poner Semana en su portada? ¿A Yamuhre? ¿A Santos otra vez? ¿A Dangond, otra historia que fue inmensamente inflada? Según los periodistas, en enero no hay noticias, y que esta historia haya invadido los medios esta y la semana pasada tiene que ver con eso.

Aunque sea cierto que en Colombia unas muertes tienen más visibilidad que otras, como bien lo dijo Salcedo, esto no es un fenómeno colombiano: el despliegue que le dieron a los mineros chilenos en Estados Unidos o Europa, por ejemplo, fue mucho más grande que el que le han dado a cualquier otra tragedia minera en la historia. Incluso en casos con mayor número de mineros y en los que el final no es feliz como en Chile, nunca los medios habían mandado tantos reporteros. La BBC, por ejemplo, un ejemplo de periodismo riguroso y serio, se gastó la plata que no tenía para mandar gente y equipos a Chile, y ahora van a tener que sacrificar el cubrimiento de otros eventos del año porque se quedaron sin presupuesto.

Inherentemente, los medios le dan más importancia a unos eventos que a otros, basándose en su criterio de lo que la gente quiere leer, ver y oír. No en el número de muertos ni la cantidad de gente afectada. Y no tienen otra salida: no se puede negar que la sensibilidad humana no está dictada por el número de muertos, sino por el carácter de las muertes, por las historias que hay detrás de cada asesinato. Así que, más que culpar a los medios, esto sirve para darse cuenta de dos cosas: una, que, claro, como todos lo dijeron, el paramilitarismo todavía existe. Y dos, que la relevancia de las noticias no está determinada por el número de muertos en una tragedia, sino por la manera como se desarrolló dicha tragedia.

Publicado en Kien & Ke en enero de 2011.

¿Por qué se fue Alfredo Rangel de Semana?

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En la universidad me pusieron a leer a Alfredo Rangel. Las columnas de El Tiempo que recopiló en Guerreros y Políticos: Diálogo y conflicto en Colombia, 1998-2002, fueron la fuente que usamos para entender, a grandes rasgos, cuáles son las causas, los efectos y las posibles soluciones del eterno e indescifrable conflicto que vive Colombia hace, pongámosle un número, sesenta años. Rangel nos explicó, de manera clara, los conceptos de negociación, extorsión, desmovilización, reconciliación y poder civil. Sabíamos que era un analista de derecha, y por eso teníamos que ser escépticos. Pero era una derecha académica, inteligente, balanceada. Una derecha que vale la pena, incluso para un estudiante.

Años después, Rangel llegó como columnista a la revista Semana y, con eso, pasó de ser fuente de análisis a fuente de chistes y motivo de burla. ¿Qué le pasó a Alfredo Rangel? ¿Por qué se volvió tan bobito, tan insubstancial, tan ciego? ¿Qué tuvo que pasar en su cabeza para lograr desprestigiarse, solito, en los dos años que fue columnista de Semana? ¿Por qué lo botaron de Semana?

Rangel llegó a la Rrevista por tres razones. Uno, porque necesitaban un analista que le hiciera contrapeso a los columnistas antiuribistas. Con la salida de María Isabel Rueda, una uribista, y la llegada de María Jimena Duzán, una antiuribista, quedaba ese hueco por llenarse, y Rangel representaba un análisis sesudo de las cosas desde la derecha. En segundo lugar, él entendía el conflicto, conocía a las FARC y tenía clara la seguridad democrática. Era, como había demostrado en El Tiempo, una derecha buena, por académica, que incluso llegó a criticar la Seguridad democrática: dijo que ésta había desplazado los actos de la guerrilla a carreteras secundarias y que las FARC no estaban derrotadas, sino en un repliegue táctico. Por último, Rangel llegó a remplazar a Rafael Nieto, un columnista de derecha que, así como él, lo había hecho bien en El Tiempo pero no pudo en Semana. Cosa que da para una o varias preguntas: ¿será más difícil escribir en Semana? ¿Les va mal a los conservadores en Semana? ¿Puede un columnista volverse malo y cambiar de perspectiva sólo porque cambia de medio? ¿Puede un columnista ser independiente, riguroso, sin ser militante y arbitrario?

Pero volvamos a Rangel. Como si predijera su despido de Semana, Juanita León escribió en septiembre pasado un artículo titulado “El reencauche de Rangel”, en el que, con la coyuntura de un nombramiento como Consejero para la Seguridad Ciudadana que Rangel al final no aceptó, se preguntaba por las cagadas como columnista de alguien que en su momento fue uno de los expertos en conflicto más prestigiosos y de mayor credibilidad del país.

Después de que perdió en las elecciones al Congreso en 2005, a las cuales se lanzó con Cambio Radical y con las que se declaró partidario de la reelección de Uribe, a Rangel se le corrió una teja. Se volvió militante y partidista, pecados para un periodista y analista político. Dice León que desde entonces “su rol (en Semana) se convirtió en defender al Gobierno del escándalo de la semana anterior, fuera éste los negocios de los hijos de Uribe, las chuzadas del DAS o, incluso, los falsos positivos.” Por haber perdido la credibilidad, la Fundación Seguridad y Democracia, un centro de pensamiento que había sido financiado por los gringos y estaba encabezado por Rangel, casi se quiebra.

Hay un antes y un después de la entrada a Semana de Alfredo Rangel. Antes lo leíamos en la universidad y ahora los humoristas se burlan de él. Samper Ospina lo volvió uno de sus personajes, porque dijo que, junto a Fernando Londoño, es uno de los periodistas más originales del país. Y el mismo Vladdo, en un artículo publicado en su blog, dijo que “los escritos de Rangel parecen dictados por Palacio, o dejan entrever alguna aspiración burocrática…Ni a José Obdulio, ni a J. J. Rendón les hubiera quedado mejor.” Rangel pagó haberse vendido de esa forma al uribismo fundamentalista, que defiende lo indefendible y su salida de Semana fue uno de los platos rotos.

Según el Panel de Opinión que hizo Cifras y Conceptos el año pasado, Rangel no estaba entre los primeros veinte columnistas más leídos del país, mientras que los otros cuatro de Semana estaban entre los primeros siete. Entonces, si Rangel resultó tan malo ¿por qué no lo sacaron antes? Porque Semana es Semana, una publicación que sólo se gana peleas necesarias, y haberlo sacado antes de que terminara el gobierno de Uribe habría significado una riña más con el ex presidente. Por eso esperaron a que empezara la administración de Santos: a que todos nos volviéramos santistas, a que Duzán, Coronell y Caballero se volvieran gobiernistas, y a que la idea del contrapeso al uribismo dejara de ser necesaria.

Y ¿a quién trajeron? Como ya todos los columnistas están a gusto con el gobierno, Semana se dio el lujo de traer un columnista arriesgado, riguroso, analítico y sin pelos en la lengua: León Valencia, un ex guerrillero del ELN, investigador del conflicto desde la Corporación Nuevo Arco Iris y ganador del premio Simón Bolívar en 2008 a mejor columna de opinión.

Uno pensaría que Semana se quedó sin equilibrio: que se quedó sin columnistas que defiendan a la derecha. Sin embargo, resulta que ahora sí es coherente, o al menos argumentable, defender a la derecha, y que incluso los columnistas de Semana, que en su mayoría son más de centro que de izquierda, la defienden. El que defendiera a Uribe quedaba en ridículo, porque era demasiado obtuso defenderlo. Y por eso Rangel era inviable. Y por eso nadie lo leía. Y por eso se fue.

Publicado en Kien & Ke en enero de 2011.

Written by pardodaniel

enero 17, 2011 at 11:32 am

En enero sí hay noticias

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Las noticias que se publican no dependen de las noticias en sí. Dependen de los periodistas y, más que todo, de los lectores. Si hay lectores hay periodistas, porque los lectores son los que pagan y permiten anunciantes. Y si hay periodistas, hay noticias. Como no hay lectores por estos días, porque el colombiano promedio se “desconecta” y lee poco en vacaciones, no son muchas las noticias que vamos a ver en los medios en estas primeras semanas de enero. Veremos, más bien, artículos pre escritos sobre temas sin coyuntura. Veremos más temas fríos, más resúmenes, más listas de la gente destacada del año, más perfiles de Juan Manuel Santos, más propósitos del año. Veremos, es decir, ediciones de los mismos medios de siempre pero con un contenido diferente, malo y en menor cantidad. Ediciones tan flacas que podemos botar a la caneca en dos minutos.

Pero en enero sí hay noticias. Pero creemos que no.

En primer lugar, las vacaciones también son noticia. Sobre las vacaciones de Obama en Hawai, por ejemplo, los medios estadounidenses han llevado a cabo una cruzada que en Colombia sólo se ve en el Reinado. Hicieron un cubrimiento completo, detallado e interesante sobre qué hizo el presidente en vacaciones: qué comió, cuánto hizo en golf, cómo se vistió. Y ejemplos así, donde las vacaciones son noticia, pueden haber miles: reportajes del transporte, análisis de los problemas viales, las consecuencias del invierno, las fiestas de los famosos, el año nuevo de los desplazados, en fin. Historias innumerables pueden ser reportadas con ángulos distintos y de manera interesante en enero. No se trata de que las historias no estén o de que las que ya han sido escritas no puedan ser tomadas desde un ángulo nuevo, sino de que los periodistas piensan que no tienen por qué escribirlas porque, de todas formas, nadie las va a leer.

Lo segundo es que en vacaciones también se puede hacer periodismo. Que no haya matanzas y debates en el Congreso y juzgados y ex presidentes trinando barbaridades no quiere decir que no se puedan hacer buenas ediciones de lectura. En países como el Reino Unido o España la prensa es diferente durante el verano, sí, pero de ninguna manera es menos buena. Al contrario, es mejor: hay más literatura, más análisis, más reportajes largos que dan para una tarde entera, crucigramas, cómics, especiales de fotografía. La sección de verano de El País de España, por ejemplo, sólo se podría comparar con la edición más grande del año de Arcadia. Lo mismo pasa con el Observer, en el Reino Unido. Que las noticias que siempre leemos no estén ahí no puede ser causa de que no haya nada qué leer.

Ahora bien: los periódicos siguen saliendo, pero ¿qué publican en sus páginas? Como Colombia es un país de lagartos, los medios tienen en sus hornos innumerables engrases y favores que a lo largo del año fue imposible publicar. Así que las ediciones de enero, que se supone a nadie le importan, son un folleto de publirreportajes y artículos sobre los amigos de los directores. Y si no son eso, son un resumen más del año, con artículos que habían sido colgados hace meses y columnistas malos, porque los buenos están de vacaciones y entonces usan a, digamos, Fernando Londoño para rellenar.

Siempre es la misma historia cada año, siempre los mismos clichés. “La cuesta de enero”, esas historias sobre la escasez económica después de las fiestas es un tema típico de este mes. Listas de soluciones para enfrentarla, historias de gente pobre que se la gastó toda en diciembre, entrevista del ministro de hacienda dándole consejos a la gente y demás, hacen todos parte del género periodístico de “la cuesta de enero”, que, como bien lo dice su nombre, sólo tiene coyuntura en el mes de enero, año tras año hace 200 años.

Otro de los lugares comunes clásicos de enero son las listas de nuevos líderes, quizá porque son fáciles de escribir con antelación y dejar listos, diagramados e incluso impresos, desde diciembre, cuando los periodistas sí trabajan. Un cliché más de enero son los horóscopos y las predicciones hechas por astrólogos de cómo será el año. De hecho, en la primera página de El Tiempo el domingo pasado salió una historia titulada “El 2011 según los astros”. Y dentro de un año volverá a salir la misma, con un cambio en los números.

¿O no? Podría no salir, es mi propuesta. Podrían, de verdad, ya dejarse de hacer lo mismo todos los eneros del año y publicar artículos e historias ‒porque todo esto también aplica a los demás medios, sobre todo a la televisión‒ que de verdad den gusto leer y dejen algo de repercusión. Textos de largo aliento, a los que uno les tenga que dedicar tres horas del día. Porque, en efecto, los medios escritos tienen una oportunidad en enero: la misma edición corre de mano en mano entre todos los presentes en la finca o el club o el balneario. Pero si siguen publicando historias de medio pelo, cada vez será menos álgida la pelea entre los que están descansando por pedirse el periódico.

Publicado en revista Kien & Ke en enero de 2011

Written by pardodaniel

enero 8, 2011 at 2:39 pm

Predicciones periodísticas para el 2011

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Los medios están sufriendo una terrible transformación. Tanto el carácter del trabajo del periodista como el contenido de las noticias están cambiando. Los formatos, géneros, temas: todo. Tal vez desde Gutenberg la prensa no había vivido una revolución de semejantes características. Algunos predicen el ocaso de los impresos, otros defienden su supervivencia.

A grandes rasgos, las predicciones que se hicieron hace un año sobre el 2010 se pifiaron: la crisis es incluso más severa de lo que parece. Se cerraron más periódicos, se echaron más periodistas y, sobre todo, se pagó menos por los contenidos. Pero se abrieron nuevas puertas, y todo parece indicar que todo marcha en esa línea: se diversificaron los medios de reproducción y se crearon nuevos dispositivos de publicación.

Mañana se termina el año, y ¿cómo se ven los medios en el 2011?
La convergencia digital va a seguir creciendo. Las ediciones en iPad, Blackberry, iPhone y demás son los nuevos lugares para publicar. Y los medios en Colombia, sobre todo los que tienen los recursos para experimentar y generar contenidos diversos, le van a dar cuerda al tema: El Tiempo lanzó tímidamente su versión de iPad este año y se viene la versión de Semana, así como también van a tener que aparecer las de El Espectador, SoHo, DonJuan, Dinero, Cromos y demás. Y más allá de las tabletas, la información personalizada seguirá disparándose por medio de aplicaciones. Los medios van a tener que entender que la gente los va a leer cada vez menos en sus páginas web y sus ediciones impresas. Ahora las noticias se leen camino al trabajo.

Los medios que son exclusivamente publicados en Internet, si se ponen las pilas con sus versiones para móviles y sus tabletas, van a seguir creciendo. Publicaciones como La silla vacía, Kien&ke y Verdad abierta tienen la posibilidad, si la aprovechan con chivas y buen periodismo, de ser una competencia fuerte para los medios tradicionales: porque son independientes, porque no tienen costos de impresión, porque son inmediatos, porque representan una versión fresca de los hechos.

En ese sentido, publicaciones de este estilo, independientes y concentradas en el Internet, van a seguir apareciendo. Llegarán más empresarios con plata para invertir en nuevos medios, y nuevos proyectos creativos como La bobada literaria y El bestiario del balón. Esto gracias a la plataforma en que se convirtió Twitter en el 2010, año de campañas, mundial de fútbol y cambio de gobierno.

Tarde o temprano, por otro lado, tienen que aparecer más investigaciones sobre el futuro de los medios y del periodismo en Colombia: sobre las maneras de responder a las nuevas formas de comunicación e información. Y esa responsabilidad la tienen las facultades de periodismo de la Javeriana, los Andes, la Sabana y otros, por no decir que de las grandes instituciones de medios, como la Casa editorial El Tiempo y Publicaciones Semana.

Pase lo que pase, lo que ocurra con los periódicos va a ser interesante. ¿Cómo van a responder a la reducción de sus ingresos por anunciantes? ¿Cómo van a hacer para seguir siendo periodísticamente relevantes? ¿Qué van a hacer para que sus versiones digitales empiecen a generar ingresos considerables? ¿Cómo van a hacer para mantener a sus niveles de circulación? La pregunta de si los diarios van a ser obsoletos en el futuro es cada vez más válida. En Colombia, donde Internet a gran escala apenas arranca, el fin de los periódicos llegará más tarde que en otros países, como Estados Unidos, donde no paran de cerrar periódicos. Sin embargo, tarde o temprano la crisis les va a pegar duro.  En ese sentido, los impresos colombianos tienen una ventaja sobre los gringos: pueden aprender de las experiencias de ellos, y así responder con inteligencia a lo que sea que se venga. El próximo año, entonces, vamos a ver cómo hacen El Tiempo, El Espectador, El País y demás periódicos para prepararse para el fin de sus historias como las conocemos. Además, al controversial rediseño de El Tiempo le va a seguir uno en Portafolio, un diario económico que busca ponerse al nivel de diseño y periodismo al que llegó La República este año.

La televisión y la radio están mucho menos amenazadas que los medios escritos por el Internet. Si bien vamos a ver más y mejor producción de audio y video en las páginas de Internet, la competencia con los grandes canales radiales y televisivos es demasiado difícil. Sin embargo, Internet ha demostrado que tiene ventajas sobre la radio y la televisión, pues puede articular y cubrir historias de maneras inéditas en el periodismo. Y ahí está el reto de los periodistas en Internet: hacer contrapeso de la televisión y la radio con sabiduría.

¿Y el tercer canal? Gracias a dios, porque nos tenemos que cuidar de la monopolización en los medios, el Consejo de Estado lo tiene en veremos, por una demanda a la Comisión Nacional de Televisión que argumentó que los procedimientos de la subasta fueron violados después de que todos los candidatos se retiraron por falta de garantías. El único candidato que queda es Planeta, propietario de El Tiempo. Veremos en el 2011 si se meten más candidatos y si el Consejo de Estado falla en contra o a favor de la demanda contra la subasta.

En el escenario internacional el tema se parece, pero a mayor escala. Hay experimentos interesantes, como la revista exclusiva para iPad producida por la News International de Rupert Murdoch, Daily, o la fusión del blog The Daily Beast con la histórica revista Newsweek, de los que hay que estar pendientes. Los sindicatos de periodistas, cada vez más difíciles de mantener por el crecimiento de trabajos free-lance e informales, estarán en la mira de todo el mundo. Wikileaks, por su parte, va a seguir creciendo: no solo falta que publiquen el resto de los cables del Departamento de Estado gringo, sino que ya avisaron que tienen documentos secretos del Bank of America, banco que tuvo un papel principal durante la crisis económica que explotó en el 2008, y de la British Petroleum, la petrolera que dejó derramar más de 200 galones de crudo en el Golfo de México este año.

El escenario, como siempre, se ve interesante. Y acá estará esta columna, dedicada a los medios, para contárselo.

Publicado en revista Kien & Ke en diciembre de 2010.