Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Egipto y los medios

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La diferencia entre los medios de antaño y los contemporáneos, ya lo sabemos, es que la cosa, ahora, está en nuestras manos. Los impresos, la televisión y en general los grandes conglomerados de medios –los pocos que quedan– son manejados y producidos por un grupo pequeños de personas, por una élite. Pero ahora la información está en las manos de la gente: de cualquiera que tenga una conexión a Internet o un teléfono con plan de datos. Éste, el del siglo XXI, es el mundo donde los individuos tienen una voz que la gente puede oír. Una voz con la que puede manifestarse y, como lo hemos visto en Egipto, juntarse para pelear por sus derechos. Pero deténganse: esto, una vez más, no es color de rosa.

Lo de Egipto se gestó y desarrolló por medio de Twitter, Facebook, Youtube y las demás redes sociales que existen en ese país. Hay antecedentes de lo que pasó, como las protestas durante la elecciones que se robó Ahmadinejad en Irán durante el verano del 2009. La marcha del 4 de febrero del 2008 contra las FARC fue un ejemplo más. Sin embargo, nunca antes una protesta había pasado de ser nada a tumbar a un presidente por medio de mensajes escritos por la gente del común.

Y ahí ya está el primer hecho que se puede concluir con todo lo que ha pasado: que los medios son pésimos. Nadie, ni siquiera Al Jezeera –la gigante cadena de noticias árabe que se convirtió en un opositor radical de Mubarak–, se imaginaba que esto fuera a pasar. En Egipto todo pasó de estar normal a estar en el periodo de transición más importante de su historia. Y que nadie sospechara de semejantes acontecimientos es porque los medios no se informaron con rigurosidad y profundidad sobre qué pasaba en la calles de El Cairo. Los medios tuvieron que haber predicho este episodio, y no haberlo hecho es uno más de sus fracasos.

Pero volvamos a las redes sociales. Hay dos interpretaciones, incluso antes de Túnez, de las redes sociales y de su poder revolucionario, político, social, cultural. Los primeros son los cyber-utópicos, como los han llamado, que ven en estas redes el lugar donde se van a gestar las revoluciones del futuro y quienes, por estos días, ganan la pelea. Jared Cohen, uno de los pensadores de Google y ex asesor del Departamento de Estado gringo, estaba en Egipto cuando explotaron las protestas, y trinó un par de cosas interesantes: “Los egipcios me han dicho que las redes sociales hacen que lo lazos débiles se endurezcan” y “Los egipcios se ríen cuando les cuento que hay académicos que cuestionan el poder sociorevolucionario de Twitter”. Hoy en día es difícil argumentar que Twitter y Facebook no son el motor de las nuevas revoluciones, como sostienen los cyber-escépticos.

Sin embargo, y es paradójico, esa es la interpretación que parece más inteligente: no es que las redes sociales hayan disparado las revoluciones, porque antes de ellas hubo miles de revoluciones, sino que fueron el medio, como tantos que ha habido, donde la gente se congregó y organizó. Malcolm Gladwell de The New Yorker dice que Egipto no necesita de Twitter y David Kravets de Wired dice que aquello que inspira a los egipcios no es Twitter.

El lunes pasado Google hizo un evento con Wired y la Universidad de Nueva York. La conclusión fue que las generalizaciones utópicas sobre las redes sociales son un peligro, que se usa la palabra “movimiento” con demasiada vaguedad y que las discusiones sobre revoluciones no pueden remplazar los debates sobre la realidad.

Y yo creo –aunque no estoy seguro– estar de acuerdo. Porque cada generación desarrolla su propia relación con la tecnología. Porque si la televisión fue en la segunda mitad del siglo XX un motor de manifiestos renovadores y liberalizadores, en la primera del XXI –y tal vez la segunda y las que le sigan– lo mismo serán las redes sociales. Porque tal vez esto se trate, más que de una revolución por medio de Twitter, la confirmación de que ahora vivimos en un mundo donde las relaciones de poder son más igualitarias, donde así los gobiernos monopolicen la información –como en el caso de Venezuela–, cada vez les va a ser más difícil censurar a la gente. Así los gobiernos lo impidan por medio de la fuerza, va a ser difícil que la gente no se exprese.

Y la pregunta que ahí surge, entonces, es si eso no es de por sí una revolución. Si las redes sociales no son una revolución, al menos sí son un beneficio para a la democracia. La crisis en Egipto demuestra que, en una sociedad con Internet, el precio que va a pagar un dictador por mantenerse en el poder va a ser cada vez más caro. No obstante, y he aquí otro punto que sostienen los escépticos, el Internet –y con eso las redes sociales– dependen de los gobiernos, como lo demostró el egipcio cuando lo apagó la semana pasada. Encima, esas mismas redes sociales son usadas, como China lo ha demostrado, para rastrear el núcleo de las organizaciones opositoras y así callarlas. Y también las han usado para difundir propaganda. Además, quién dijo que las redes sociales no tienen intereses: Zuckerberg podría hacer mucho más por la gente que pide la democracia, si es que tan liberador se considera su red social, y Twitter debería restringirle la posibilidad a los gobiernos de rastrear a y atentar contra la gente.

Lo cierto es que la situación en el norte de África fue un golpe para los escépticos, pero así como no predijimos que se venía la más grande transformación política en la historia del Egipto moderno, no vamos a poder predecir qué va a significar todo esto que pasó, ni en términos políticos ni sociales ni mediáticos.

Publicado en Kien & Ke en febrero de 2011.

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Written by pardodaniel

febrero 11, 2011 a 1:28 pm

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