Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for marzo 2011

10 claves para sobrevivir como freelance

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Mientras usted da alaridos del desespero en pleno trancón, a eso de las siete y treinta de la mañana, yo apenas abro los ojos. Dos minutos después, ya estoy en mi oficina -un escritorio al frente de mi cama donde está mi computador, junto a una taza de café y un iPod repleto de música que no tengo que oír con audífonos-, mientras usted sigue maldiciendo. A las diez de la mañana, cuando usted por fin está instalado en su escritorio, después de la saludadera y el ascensor y el tinto, yo ya llevo dos horas de trabajo. No he gastado un peso, sigo en piyama y lo más probable es que almuerce algo más sano que usted, y por la mitad de precio.

Y si le sale un viaje a la playa, yéndose el jueves y volviendo el martes, usted no puede aceptar. Yo sí. Si lo invitan a un proyecto que lo apasiona, usted no puede aceptar de la noche a la mañana. Yo sí. Si lo invitan a una rumba el martes, usted no se puede enfiestar. Yo sí. Y si tiene que ir a Unicentro, le toca ir un sábado. A mí no.

Y no me salga con que lo que pasa es que yo no tengo trabajo. Mal que bien, entre una y otra cosa me entran en promedio los mismos dos millones de pesos al mes que le entran a usted, con los que vivo bien en Chapinero y hago mercado en el Éxito. No me vaya a salir con que el freelance es un eufemismo del desempleado, porque no lo es: mucha gente se pasa la vida entera trabajando así  -sobre todo en el diseño, la fotografía y el periodismo, que es mi oficio- y en varios países ya han reconocido legalmente esta modalidad de trabajo como un empleo.

Pero ¿sí es tan divertido ser freelancero? ¿Cuáles son las ventajas y las desventajas?

Lo primero es que esto no es color de rosa. Por ejemplo, va a tener que aprender a vivir con el fracaso. Cuatro de cada cinco correos no serán contestados y cuatro de cada cinco ideas serán rechazadas. Así que no se emocione: no le aconsejo ser freelancero. Lo más probable es que termine  vendiendo su pellejo para tener un colchón: tomar una que otra foto de matrimonio, escribir uno que otro publirreportaje, dar una que otra clase, diseñar una que otra página web de máquinas para cortar pasto.

Sin embargo, si de verdad decide meterse en esto de freelancear, adelante. Pero no diga que yo se lo recomendé.

Todo freelancero es competencia. Por eso hay que ser riguroso, juicioso y ganarse una buena reputación. En otras palabras, hay que tratar de seguir estos diez pasos que, con humildad, le sugiero:

1. Entienda a la competencia: muchos freelanceros están en las mismas que usted, y si los ayuda, tarde o temprano sus colegas lo van a ayudar.

2. Póngase fechas y cúmplalas: si le dicen que entregue el 15, téngalo para el 12.

3. Véndase con inteligencia: envíe propuestas bien escritas, sin emoticones. No mande por mandar. Envíe lo que considere verdaderamente bueno. Sin carreta. Conozca las empresas donde va a ofrecer su trabajo: esté actualizado en lo que andan haciendo. El peor error, el error fatal, es proponer algo que ya hicieron.

4. Dé la cara: visite a sus contratistas de vez en cuando, y así no tenga nada pendiente por entregar, ir es casi sinónimo de disponibilidad, por lo que es muy posible que le den una tarea nueva.

5. No sea agrandado: diga gracias por todo, insista en que le paguen pero no sea altanero, déjese editar, o corregir, o aconsejar, no arme peleas y esté dispuesto a trabajar gratis de vez en cuando.

6. Estudie más: como se trata de ser el único que puede hacer determinado trabajo, mientras más especialista sea, más posibilidades hay de que lo llamen.

7. Haga ejercicio: no sólo va a tener tiempo de hacerlo sino que, en momentos de alto estrés, es clave. No se vuelva un ermitaño. Aproveche que el horario está en sus manos.

8. Tenga hijos o compre una casa: le sobrará tiempo para cuidarlos y tendrá incentivos concretos para hacer plata.

9. Sea lo más accesible posible: mantenga Facebook y Twitter siempre abiertos, pero no pierda el tiempo viendo fotos de gente borracha en Melgar. Anote los teléfonos, conteste el celular, tenga un buen directorio, responda correos rápido, haga buenos amigos.

10. No se estanque: si no lo han llamado de ningún lado, procure ponerse a trabajar en algo, quién quita que lo llamen en una urgencia. Usted también puede vender ideas ya hechas. Siempre tenga una idea en remojo.

Publicado en Revista Cartel Urbano en marzo de 2011

Written by pardodaniel

marzo 31, 2011 at 7:36 am

Nada es gratis en la vida

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Ni yo ni nadie de mi generación ha pagado por una noticia. Desde que consumimos noticias por cuenta propia, nunca hemos pagado por nada: ni por una película, una canción o un partido de fútbol. Nosotros no entendemos eso de pagar por el entretenimiento y las noticias. No sabemos que eso cuesta, que es un negocio. Pensamos que es un bien común.

Y ahora, ya acostumbrados a no pagar, nos dicen que esto, de hecho, cuesta. ¿Lo pagaremos? Uno de los debates entre el viejo y el nuevo periodismo es si la información debería ser gratis: si, ya entrados en gastos, después de esta revolución mediática que se desprendió del internet, la gente debería volver a pagar por la información. Hasta ahora, todo ha sido pérdidas para los medios. ¿Será que los medios tradicionales se terminan quebrando si no cobran por su contenido en Internet? ¿Cómo se va a mantener rentable el negocio de las noticias? ¿Podrá seguir siendo, mejor dicho, un negocio? Y Colombia, ¿qué?

Es difícil pensar en una respuesta. Tiendo a pensar que el futuro es pagando, porque nada en la vida es gratis. Pero solo el tiempo dictará sentencia.

El ejemplo del New York Times demuestra que la fórmula no es clara. Ni ellos han podido descifrar el paso a seguir. Después del golpe del Internet, en el 2005 el Times empezó a cobrar por ciertos artículos. Después, por quejas y bajas en la lecturabilidad, se retractaron en el 2007. Desde entonces se han convertido tanto en la página de noticias más leída del mundo como en un medio a punto de quebrarse. Se dedicaron a estudiar, y ahora van a lanzar su primer ensayo: desde el lunes, uno solo va a poder leer 20 artículos del Times gratis al mes. Al 21, empiezan a cobrar. ¿Será que se equivocan?

El Financial Times, un periódico económico de calidad, empezó a cobrar desde el 2002. Fue el único en su momento. Y hoy, 10 años después, el FT es el ejemplo que todos, entre ellos el Times, quieren seguir. Ellos cobran después del quinto artículo al mes.

En una estrategia a largo plazo, los periódicos de Rupert Murdoch –como el London Times o el Wall Street Journal– empezaron a cobrar el año pasado por su contenido en Internet. Nada de dos, cinco o 20 artículos gratis al mes: Murdoch no regala nada. El London Times pasó de tener 20 millones de visitas al mes, a apenas 100 mil. Fueron motivo de burlas, pero hoy los resultados, según Murdoch, son buenos. Con periodismo interesante que roza el amarillismo, Murdoch logró que pagaran por su contenido.

Pero por otro lado, no han parado de salir páginas de internet gratis que, como el Hufftington Post o Gawker, no hacen sino crecer. A punta de agregar contenido de otros medios, estas páginas parecen ser el futuro de los medios. Bill Keller, el director del NYTimes, les escribió una crítica la semana pasada, porque no le ve sentido a un periodismo que se hace desde un computador. Se le armó una pelea sobre la calidad del nuevo periodismo. Y, una vez más, todo este puñado de páginas que se jactan de ser el futuro se fue en su contra: por mojigato, porque no acepta las nuevas tendencias.

Pero estas tendencias, precisamente, no existirían sin el contenido generado por los grandes medios de antaño, como el Times, quienes son, todavía, los productores de las noticias, que tienen corresponsales y se gastan millonadas en generar el contenido. Por eso tarde o temprano van a tener que cobrar: porque escribir una noticia cuesta y, mientras no haya una fundación caritativa o un gobierno que les regale la plata, los medios tradicionales van a tener que sostenerse. La pauta en internet es demasiado efímera y barata, y eso no les da para mantenerse.

Y la gente lo va a pagar. Porque lo aprecia. Porque tienen un nicho asentado de audiencia. El NYTimes, con lectores que no pueden empezar el día sin leérselo, se convirtió en el imperio que es porque cobraba, y ahora con el Internet está en todo su derecho a cobrar. Es natural: uno paga por lo que consume. Y tanto nosotros como las tendencias nuevas del internet los necesitan al Times saludables.

A mí me encantaría que la teoría de The Guardian –no cobrar y ser una enciclopedia de noticias– fuera viable en todo el mundo. La información debería ser un bien natural y universal que, entre más asequible sea, mejor para la libertad. Pero eso no es viable en el capitalismo. Y hay que ser realistas. The Guardian se inventará negocios aledaños para sostenerse, pero se ve difícil que logre sobrevivir sin cobrar por las noticias que tanto le cuesta escribir.

¿Y Colombia? Nuestros país está lejos de todo esto, en una burbuja que lo exime de este debate que se descifra a medida que pasa. Y esa es una ventaja, porque podemos aprender de las experiencias de los demás. En Colombia todavía las noticias se leen en papel. El internet está que crece, pero todavía no es de consumo masivo. Publicaciones como Semana y El Espectador –y más aun Arcadia o El Malpensante– tienen un grupo selecto y fiel de lectores. Podrían cobrar por su contenido en internet mañana, y la gente, me atrevo a garantizarlo, lo pagaría. Porque los lectores de Antonio Caballero y Cecilia Orozco están dispuestos a pagar por no perderse sus columnas. Los medios masivos, en cambio, como los de televisión y radio y El Tiempo, no podrían cobrar mañana en internet, porque su contenido sí lo pueden generar otros. Pero necesitan de una estrategia inteligente, porque, cuando el internet sea masivo, se les acabará el monopolio del que disfrutan. Y negocios como La silla vacía, Enter o Kienyke, por su parte, tienen la ventaja de haber sido los primeros de una larga lista de nuevos medios en internet que van a tener que aparecer.

Así que esta columna, que es tan irrelevante, usted la va poder gratis para siempre. Pero no crea que va a leer a Daniel Coronell gratis el resto de su vida.

Publicado en Kien & Ke en marzo de 2011

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marzo 28, 2011 at 2:49 pm

Japón y los medios

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No se había muerto una persona en Japón y Vicky Dávila ya trinaba el desastre. La noticia ni siquiera había ocurrido y los medios ya sabían qué era y cómo sería. En apariencia. Las noticias ya no solo se reportan a medida que suceden, sino antes. Eran las cinco de la mañana en Colombia y #Japón ya era trend de Twitter en nuestro país. A esa hora, 1,200 trinos por minuto salían de Japón. Vamos en casi 4 mil muertos y las portadas todavía muestran lo mismo que ese día: las fotos de un río llevándose el mundo. La tierra se deshace y los medios ya están listos para reportarlo.

¿Cómo ha sido el tratamiento mediático del tsunami en Japón? ¿Lo han sobrevalorado? ¿Por qué llegó a ser portada de Semana? ¿Qué nos dice el tsunami de los medios?

Lo primero que vimos fue un número: 8,9. Por eso quedamos todos estremecidos: porque los colombianos, a pesar de todo, sabemos, gracias a la experiencia, qué es eso de la escala de Richter. Sabíamos lo que se venía, porque un número vale más que mil palabras. Lo segundo que vimos fue una imagen: la de una ola que arrasaba con todo. No se habían muerto cien personas, y ya todos le dábamos connotaciones históricas al evento.

Porque, así como un número, una imagen vale más que mil palabras. Cuando uno ve las impactantes imágenes que se producen desde Japón, piensa lo peor. Y, por consiguiente, reporta lo peor. El terremoto de Haití, por ejemplo, fue tan o más desastroso que el de Japón: murieron algo más de 300 mil personas. Es un país mucho más pobre, pero más cercano a Colombia. No obstante, no se le dio la relevancia que sí a Japón. Y eso se puede explicar por la cantidad y calidad de las imágenes que hemos visto, que son tan escalofriantes.

El tsunami trasladó la mirada del mundo hacia el lejano oriente, cuando llevaba dos meses en medio oriente. A pesar de que los medios han hecho todo el esfuerzo por no olvidar que en Libia –y en Bahrein– se gesta una guerra civil, Japón llevó nuestra atención a otro rincón del mundo. ¿Por qué? No es por la relevancia del acontecimiento, ni por el número de muertos. Tiene que ver, como decía, con las imágenes.

Cuando empezaron las protestas en Libia, cuando pocos corresponsales estaban allá y los demás rogaban para poder entrar, el mundo coexistía con la incertidumbre. Y el día que llegaron las fotos, así estuvieran desenfocadas y tomadas en la clandestinidad, el mundo entendió qué pasa en Libia. Donde no hay imágenes, no hay explicaciones, dijo Bassets en El País. Japón es un desastre en la Era de la información: una tragedia que tumba edificios, que seguimos todos en directo y que ni un rasguño le ha hecho al internet, que está intacto en casi todo el territorio japonés.

Pero así los medios hayan cubierto con amplitud los hechos en Japón, la inmediatez no les ha permitido explicar nada. Cantidad no es lo mismo que calidad. Y ahora que la amenaza nuclear apareció, la incertidumbre es peor. Los periodistas han comparado con las tragedias de Chernobyl y la isla Three Mile, pero eso es especulación, porque la ignorancia sobre energía nuclear los invade. Nadie sabe cuál es el peligro, si lo hay, de la fusión de un reactor nuclear. Y no porque los periodistas sean perezosos, sino porque las mismas plantas de energía no tienen la información. Ni ellos saben qué hacer. La información cambia todos los días y cambia según el proveedor. Lo alertó Cristine Russel en The Atlantic. Acá nadie sabe qué está pasado. Y se supone que los medios tienen que reportar y explicar lo que pasa a medida que ocurre. Ya. Iptso facto.

“Los desastres naturales –dice Susan D. Moeller, experta en medios– son descritos o como actos de dios sobre los que no tenemos control o como emergencias complejas que son culpa del ser humano”. Los medios tienden a politizar estos desastres: a manifestar sus sentimientos sobre el país que los sufre. ¿Qué dirían los medios gringos si esto hubiera ocurrido en China? En cualquier caso, los medios occidentales están en Japón desde el viernes obsesionados con el tema nuclear. Bill O’Reilly, uno de los presentadores de Fox News, cree que los medios inflan la amenaza nuclear. En dos días, esto ya va a ser una pelea más entre los medios liberales y los conservadores.

El lunes, la organización State of the Media publicó su reporte anual sobre el estado de los medios. Por primera vez, la gente lee las noticias en internet más que en cualquier otro medio. Y Japón fue un ejemplo que demostró tres cosas: que una imagen vale más que mil muertos, que estamos listos para cubrir el fin del mundo y que ese cubrimiento no va a ser tan profundo como debería –no porque no queramos, sino porque no podemos–.

Y nosotros, los colombianos, decimos ‘qué pecadito’. Vicky Dávila trina sus afectivos comentarios sobre la tragedia, pero no tiene idea de lo que pasa en esas plantas nucleares. La revista más seria del país hace una portada que no le explica nada a nadie, los periódicos cuentan las historias que les venden las agencias y la gente reduce su conocimiento a los desgarradores videos de Youtube. Pero no hay por qué pensar que en Colombia debería haber mayor y mejor cubrimiento de las tragedias que ocurren al otro lado del mundo. Ni siquiera el New York Times, con periodistas especializados que elaboran gráficas ultra sofisticadas, ha podido explicar el peligro nuclear. Nosotros, desde este platanal, mejor ni nos enteremos. Mejor nos preocupamos cuando nos pase. Ah, no, verdad: nos pasó el año pasado. Bueno, igual: no nos preocupemos.

Publicado en Kien & Ke en marzo de 2011.

Written by pardodaniel

marzo 18, 2011 at 2:10 am

Del periodismo y otras lechuzas

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Mañana cumple 80 años el empresario-periodista que más se ha enriquecido gracias a la frivolidad del mundo, Rupert Murdoch. Muchos quisiéramos que se retirara, pero, hoy más que nunca, Murdoch y su imperio están vigentes y con ganas de más: les aprobaron la compra de casi todo el mercado televisivo en el Reino Unido, Fox News sigue disparada, acaban de lanzar el primer periódico solo para iPad, The Daily, y su estrategia de cobrar por la prensa en Internet parece que sirvió. Murdoch llegó a ser el media tycoon más grande del mundo a punta de explotar esa fascinación humana por las historias vulgares y excéntricas. Desde que compró en 1969 el tabloide The Sun –famoso por titulares como “Métetelo por la Junta” cuando Margaret Thatcher negó el tratado de paz con Argentina–, Murdoch empezó a montar un imperio a partir de historias sobre extraterrestres, violaciones y entretenimiento. Y hoy está entre las 100 personas más ricas –y también las más poderosas– del mundo.

El periodismo que vende es el que le gente quiere leer, sobre las cosas que le interesan y preocupan: el deporte, la farándula, adelgazar, ser feliz, conocer los secretos de los demás. Eso es así acá en Colombia y en cualquier parte del mundo: donde haya más gente sin educación formal que gente sin educación. Y eso es, más o menos, el mundo entero.

La columna de Daniel Samper en El Tiempo del domingo hizo una recopilación de las historias que más se leyeron en la edición digital de ese periódico durante la semana pasada: la lechuza pateada en Barranquilla, un artículo sobre los Simpson, unos consejos para ser bella después de los 40, la ropa de Lady Gaga y un asalto con muerto en Bogotá. Samper también presenta las cifras del The New York Times, The Washington Post y El País, donde lo más leído fue sobre las revoluciones en el medio oriente, Gaddafi, el desempleo en España y la crisis política en Alemania. Y se pregunta: “¿podemos considerarnos un pueblo bien informado?”

La pregunta de Samper Pizano es pertinente y difícil de responder. Como dice, “da para una tésis de grado”. Pero yo creo que hay dos cosas para tener en cuenta: que la desinformación no es un fenómeno colombiano y que El Tiempo no es un periódico comprable al Times o al Post.

La mayoría de comentarios que se vieron en Twitter sobre la columna concluían que los colombianos somos malos lectores, brutos, desinformados. También decían que nuestros periodistas son malos, porque subestiman al lector y no hacen un análisis profundo de los eventos que tienen repercusiones históricas y demás. A pesar de que todo eso es cierto, yo siento que la revelación de Samper –que los lectores de El Tiempo las prefieren banales– no es culpa ni de los lectores ni de los periodistas. Sino del negocio del periodismo. Así es y así va a ser siempre: en Colombia y en cualquier otra parte del mundo. Y el ejemplo de Murdoch lo expone. No toca ser un país inundado en tragedias como Colombia para que los lectores busquen banalidad en su prensa. No toca ser un país relativamente educado como Inglaterra para que el periodismo sensacionalista y trivial no sea el más leído. La lechuza derrotó a Gaddafi no solo en Colombia, sino en muchos países del mundo, si uno mira los periódicos del estilo de El Tiempo: si no fue la lechuza, fueron el actor drogadicto de Hollywood Charlie Sheen o el diseñador antisemita de Dior John Galliano.

Por otro lado, El Tiempo no es comparable con los periódicos que Samper menciona: está dirigido a una audiencia masiva y no necesariamente educada. El Tiempo se puede comparar con el USA Today, donde, si uno mira, las historias más leídas son del género de la lechuza. El Times y el Post son más comparables con El Espectador –donde lo más leído sí es lo internacional, político y económico–, porque son publicaciones para una audiencia más pequeña pero más cosmopolita, lectora y educada. Si lo ponemos en lenguaje del periodismo inglés, El Tiempo es un periódico de mid-market, como el Daily Mail, y El Espectador es un broadsheet, como The Guardian. Por eso fue, me late, que Wikileaks llamó a El Espectador en vez de a El Tiempo.

Es decir: que esas historias banales sean las más leídas de El Tiempo es un reflejo del tipo de información que ofrece ese periódico, el cual es el periodismo que más vende, como lo demuestran el USA Today –el segundo periódico más leído en EU– y los medios de Murdoch –todos masivamente leídos–.

Y no debemos esperar nada más que eso. Los periodistas hacen su trabajo: escriben lo que la gente quiere leer. Y, mientras la gente no esté educada, no se van a interesar en las noticias de relevancia histórico-político-socio-cultural. Es un círculo vicioso. No esperemos que historias como la de Silvestre Dangond y la perra maltratada por los policías pierdan cubrimiento mediático, porque esas son las noticias que atraen lectores y generan capital. Y al periodista que le dé por hacer un medio con temas histórico-político-socio-culturales, que Dios lo ampare, porque su expectativa de vida es muy corta.

El Malpensante, Arcadia y el mismo Espectador sufren con cada edición, porque la calidad de su periodismo no es consecuente con el interés del lector promedio, sino de un lector reducido que no da mucha plata. Y precisamente por eso, porque el periodismo es como es, The New York Times y The Washington Post botan gente cada semestre: porque la información sesuda, rigurosa y educada vende cada vez menos. No es culpa ni de los periodistas ni de los lectores colombianos: es el periodismo que tenemos y con el que vamos a vivir. Vivimos, recuerde, en la paradoja que unos suelen llamar la Era de la información.

Publicado en Kien & Ke en marzo de 2011.

Written by pardodaniel

marzo 11, 2011 at 8:18 am

Censura a la colombiana

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Solo hasta 1972 un medio impreso de comunicación colombiano publicó un desnudo. Fue la revista Bárbara-Bárbara y la modelo era Dora Franco. La revista, que estaba financiada con un bar de jazz llamado Doña Bárbara, se acabó en el cuarto número. ¿Por qué antes de 1972 no habíamos visto un desnudo? Porque los medios se autocensuraban: así fuera un ejemplo de osadía y una tendencia que se practicaba en el mundo entero, los editores de los medios temían quedar en el ridículo y sufrir el rechazo del público.

Formas de censura, como la anterior, existen innumerables: explícitas e implícitas. Y en Colombia las hemos visto casi todas.

Ciertos políticos suelen sentirse orgullosos de que en Colombia, a diferencia de la mayoría de países latinoamericanos, nunca hubo una dictadura, fuera del breve periodo de Rojas Pinilla. Esos mismos pensadores suelen decir que la censura en Colombia nunca se ha practicado. Y, en cierto sentido, eso ha pasado: salvo el día en que Rojas Pinilla cerró El Tiempo, ningún presidente colombiano ha cerrado públicamente un medio de comunicación masivo, mientras que en otros países latinoamericanos lo han hecho una y otra vez. El caso de Venezuela con RCTV en 2006, por ejemplo, nunca se ha visto en Colombia. Y si bien en Colombia todos los medios han sido un satélite de los partidos políticos, los políticos nunca han ejercido el periodismo desde el poder ni viceversa.

Pero todo esto siempre ha sido una fachada. La censura en Colombia siempre ha existido. Y hoy también está por ahí, viva y coleando. Lo que pasa es que, como hay diferentes formas de censura, directas e indirectas, la censura en Colombia se ha dado debajo de cuerda, de manera solapada, sin que nadie diga nada.

Por eso, primero que todo, hay que celebrar la victoria de Claudia López y el nombramiento de Daniel Coronell.

El caso de López no era fácil de entender o explicar. De hecho, ningún caso que tenga que ver con injuria y calumnia es de blancos y negros. Pero, si nos ponemos de generalistas, uno podría resumir el caso Samper versus López como un debate sobre la opinión y la desinformación. Como se comprobó que López daba una opinión sobre una serie de eventos, ganó el poder de la opinión. Se comprobó que López no dijo mentiras, sino que especuló, que es una garantía del derecho a la opinión y la expresión. La moraleja de la historia es que ya es hora de que los políticos dejen de molestarse por las críticas que les hacen los columnistas. Es natural que los critiquen: quién los manda a ser políticos. Y así traten, hoy en día cualquier proceso por calumnia o injuria está destinado a ser absuelto por la libertad expresión. Además, la injuria y la calumnia no son asuntos del Estado y no deberían tratase en el derecho penal. Y una conclusión más: hay que tener cuidado con volver la libertad de expresión un arma política.

El nombramiento de Daniel Coronell como director de noticias de Univisión tiene pros y contras. Contras, porque se nos va Coronell, y así él ya haya demostrado que puede hacer la misma cantidad de denuncias desde el exterior, estar lejos de las fuentes y las noticias no le permite tratarlas de cerca. Recemos, además, para que goce de la misma libertad que tiene en Semana y tenía en Noticias Uno. Por otro lado, el nombramiento es un reconocimiento a su impecable carrera. Hay gente que habla de Coronell como un radical, de izquierda, militante. Pero lo único que él hace es publicar unas fuentes. Punto. Una columna suya a duras penas tiene adjetivos. Coronell es, más que un columnista de opinión, un periodista raso, de archivo, de fuentes. Uno que, además, le ganó la batallas a las formas implícitas y explícitas de censura que se practican en Colombia. Lo amenazaron, se peleó con Uribe y quién sabe cuántas demandas le habrán puesto. Pero siguió ahí firme, como debe ser: convencido de que la verdad, la que está en las pruebas, se debe conocer.

Por eso volvamos a la censura en Colombia, que ha sido siempre hecha entre líneas. Una es el tipo de censura que se practicó con la revista Cambio, que la cerraron porque le incomodaba a sus dueños y la justificaron con que no daba ganancias. Esa es una censura que no se puede probar, que es inevitable en el negocio del periodismo. Otra es la censura que hicieron los mafiosos en los ochenta a punta de amenazar a los periodistas que apoyaran la extradición y condenaran sus prácticas. También hay un tipo de censura que tiene que ver con la pauta: en los años 60, una ‘mano negra’ empresarial dirigida por el grupo Grancolombiano se organizó para silenciar a El Espectador, que denunció las irregularidades en manos del presidente del grupo, Jaime Michelsen. Con el simple hecho de quitar un aviso porque no están a gusto con el contenido editorial, los conglomerados empresariales pueden quebrar un medio. Y están en todo su derecho, porque pautar y mantener a los medios no es su obligación. Para que haya censura no es necesario que un presidente cierre un periódico. La hay de muchas formas: desde los directivos de un medio, desde el sector privado e incluso desde la subjetividad misma de un periodista.

Porque, de hecho, una forma más es la autocensura. Como en el caso del desnudo, un medio puede autocensurarse por miedo a que sus lectores lo condenen. Puede dejar de publicar las pruebas que tiene porque las consecuencias de su publicación le puede quitar lectores o amigos. Y digamos que eso se entiende, porque la subjetividad es inevitable. Pero que se entienda no es que sea aceptable, porque un periodista, por más que no se sienta a gusto con las fuentes, tiene que publicar los resultados de su pesquisa. Así yo encuentre que, por ejemplo, el candidato que apoyo en unas elecciones es mafioso, lo tengo que publicar. Es como un juramento hipocrático del periodista. El trabajo de un periodista no es ser cien por ciento objetivo, porque eso no existe. Su trabajo es, más bien, llegar al nivel más alto de rigurosidad: ser lo más balanceado que su nivel intelectual le dé para ser. Y si tiene las pruebas en su mano, su deber es publicarlas, cualquiera que sean las consecuencias públicas o privadas, porque esa es su responsabilidad con la democracia y la gente que lo lee: que se sepa la verdad.

 

Publicado en Kien & Ke en marzo de 2011.

Written by pardodaniel

marzo 3, 2011 at 8:53 pm

Hasta aquí llegó el helado de leche materna

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El helado de chicle siempre me pareció un atentado a la gastronomía. Lo mismo que el de ron con pasas. Yo no había digerido la noticia de que en Japón tienen helados de pescado, papa e incluso lechuga, y ahora me salen con que hay un helado, acá en Londres, de leche materna. No pude contenerme: tuve que ir a probarlo.

Pero todo salió mal. Primero me dijeron que el helado estaba agotado. Y, acto seguido, salió la noticia de que un juez de la Corte Real acababa de confiscar toda la leche materna que tenía la heladería para hacer sus helados. Al juez le llegaron dos quejas de gente que se había enfermado, ordenó hacerle una serie de pruebas y, el lunes por la noche, dictó que agua de tu madre no beberás. Me quedé con las ganas, afortunadamente.

Todavía no se sabe si le van a imponer alguna multa a The Icecreamest, la heladería que salió en gran parte de la prensa mundial desde la semana pasada gracias a su excéntrico invento. El mismo día del lanzamiento, la gente hizo fila en la sede del barrio Covent Garden para probarlo y pagar $50.000 por una copa. Se lo acabaron en cuatro horas.

La crítica de restaurantes de The Guardian, sin embargo, sí tuvo la oportunidad de saborear tan apetecido bocado: “al principio sabe al clásico helado de vainilla, hasta que un sabor que te cubre la boca empieza a sentirse: es un delgado sabor a queso de cabra”.

La primera mamá que trabajó como proveedora de su leche fue Victoria Hiley, de 35 años. Su leche sirvió para hacer las primeras cincuenta copas de helado. Ya habían sido quince las mujeres que hicieron parte de este invento, y tenían una fila de 35 listas para vender su leche. Lactanban desde sus casas y la mandaban por correo, como la leche normal, salvo que a ellas les pagaron quince libras ‒casi 50 mil pesos‒ por cada 300 milímetros de leche materna.

La receta mezclaba la leche con vainilla traída de Madagascar y ralladura de limón. Al invento le pusieron Baby Gaga, referencia a la cantante que se viste con vestidos de carne cruda, Lady Gaga. La temática de la heladería es el sexo: las meseras están vestidas como policías o stripers y la decoración es como la de un cabaret: luz tenue, cueros rosados y espejos. Una mujer en cueros blancos con pompones en la punta de los senos era la elegida para servirle el helado de leche materna. Lo servían en una copa de martini y con una galleta.

Según la heladería, para mantener los estándares más altos de higiene y salubridad, los controles sanitarios para las mujeres lactantes que se usaron para hacer este helado fueron los mismos que usa el Ministerio de Salud Británico (NHS) para los donadores de sangre. Victoria, la primera donante, dijo en su momento “si los adultos supieran los beneficios que tiene la leche materna, este helado se habría inventado hace años”. Según ella, así sonara inapropiado, no hay algo más saludable que darle un helado de estos a un niño, porque están llenos de calcio y vitaminas. Ella también sostuvo, según le dijo al Daily Mail, que esta es una práctica humana, natural, que rescata los atributos de la maternidad. Así sea servido en un restaurante con cara de burdel, ella cree que es una celebración de la maternidad.

Algo parecido sostuvo Matt O’Connor, el gordo de pelo pintado que es propietario de la heladería, cuando lanzaron el producto: “la lactancia materna tiene miles de beneficios para los bebés, y por eso debe ser consumida por adultos también. Además, hace al menos cien años que nadie innovaba en el campo de los helados”.

Pero todo les salió mal. La gente se quejó y se los confiscaron. Hace poco me enteré de que una discoteca en Berlín –de aquellas donde la gente tiene sexo en vivo y demás prácticas de esta sociedad recatada del siglo XXI– vende colombinas con sabor a excremento. Así es el mundo donde vivimos: uno donde el helado de leche materna se vende en cuatro horas. Pero el mismo mundo les confiscó semejante escoria de producto. Es decir, la humanidad sí tiene remedio. Empecemos por confiscar, también, todas las raciones de helado de chicle habidas y por haber. ¡Que lo confisquen!

Publicado en Kien & Ke en marzo de 2011

Written by pardodaniel

marzo 2, 2011 at 12:08 pm