Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Censura a la colombiana

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Solo hasta 1972 un medio impreso de comunicación colombiano publicó un desnudo. Fue la revista Bárbara-Bárbara y la modelo era Dora Franco. La revista, que estaba financiada con un bar de jazz llamado Doña Bárbara, se acabó en el cuarto número. ¿Por qué antes de 1972 no habíamos visto un desnudo? Porque los medios se autocensuraban: así fuera un ejemplo de osadía y una tendencia que se practicaba en el mundo entero, los editores de los medios temían quedar en el ridículo y sufrir el rechazo del público.

Formas de censura, como la anterior, existen innumerables: explícitas e implícitas. Y en Colombia las hemos visto casi todas.

Ciertos políticos suelen sentirse orgullosos de que en Colombia, a diferencia de la mayoría de países latinoamericanos, nunca hubo una dictadura, fuera del breve periodo de Rojas Pinilla. Esos mismos pensadores suelen decir que la censura en Colombia nunca se ha practicado. Y, en cierto sentido, eso ha pasado: salvo el día en que Rojas Pinilla cerró El Tiempo, ningún presidente colombiano ha cerrado públicamente un medio de comunicación masivo, mientras que en otros países latinoamericanos lo han hecho una y otra vez. El caso de Venezuela con RCTV en 2006, por ejemplo, nunca se ha visto en Colombia. Y si bien en Colombia todos los medios han sido un satélite de los partidos políticos, los políticos nunca han ejercido el periodismo desde el poder ni viceversa.

Pero todo esto siempre ha sido una fachada. La censura en Colombia siempre ha existido. Y hoy también está por ahí, viva y coleando. Lo que pasa es que, como hay diferentes formas de censura, directas e indirectas, la censura en Colombia se ha dado debajo de cuerda, de manera solapada, sin que nadie diga nada.

Por eso, primero que todo, hay que celebrar la victoria de Claudia López y el nombramiento de Daniel Coronell.

El caso de López no era fácil de entender o explicar. De hecho, ningún caso que tenga que ver con injuria y calumnia es de blancos y negros. Pero, si nos ponemos de generalistas, uno podría resumir el caso Samper versus López como un debate sobre la opinión y la desinformación. Como se comprobó que López daba una opinión sobre una serie de eventos, ganó el poder de la opinión. Se comprobó que López no dijo mentiras, sino que especuló, que es una garantía del derecho a la opinión y la expresión. La moraleja de la historia es que ya es hora de que los políticos dejen de molestarse por las críticas que les hacen los columnistas. Es natural que los critiquen: quién los manda a ser políticos. Y así traten, hoy en día cualquier proceso por calumnia o injuria está destinado a ser absuelto por la libertad expresión. Además, la injuria y la calumnia no son asuntos del Estado y no deberían tratase en el derecho penal. Y una conclusión más: hay que tener cuidado con volver la libertad de expresión un arma política.

El nombramiento de Daniel Coronell como director de noticias de Univisión tiene pros y contras. Contras, porque se nos va Coronell, y así él ya haya demostrado que puede hacer la misma cantidad de denuncias desde el exterior, estar lejos de las fuentes y las noticias no le permite tratarlas de cerca. Recemos, además, para que goce de la misma libertad que tiene en Semana y tenía en Noticias Uno. Por otro lado, el nombramiento es un reconocimiento a su impecable carrera. Hay gente que habla de Coronell como un radical, de izquierda, militante. Pero lo único que él hace es publicar unas fuentes. Punto. Una columna suya a duras penas tiene adjetivos. Coronell es, más que un columnista de opinión, un periodista raso, de archivo, de fuentes. Uno que, además, le ganó la batallas a las formas implícitas y explícitas de censura que se practican en Colombia. Lo amenazaron, se peleó con Uribe y quién sabe cuántas demandas le habrán puesto. Pero siguió ahí firme, como debe ser: convencido de que la verdad, la que está en las pruebas, se debe conocer.

Por eso volvamos a la censura en Colombia, que ha sido siempre hecha entre líneas. Una es el tipo de censura que se practicó con la revista Cambio, que la cerraron porque le incomodaba a sus dueños y la justificaron con que no daba ganancias. Esa es una censura que no se puede probar, que es inevitable en el negocio del periodismo. Otra es la censura que hicieron los mafiosos en los ochenta a punta de amenazar a los periodistas que apoyaran la extradición y condenaran sus prácticas. También hay un tipo de censura que tiene que ver con la pauta: en los años 60, una ‘mano negra’ empresarial dirigida por el grupo Grancolombiano se organizó para silenciar a El Espectador, que denunció las irregularidades en manos del presidente del grupo, Jaime Michelsen. Con el simple hecho de quitar un aviso porque no están a gusto con el contenido editorial, los conglomerados empresariales pueden quebrar un medio. Y están en todo su derecho, porque pautar y mantener a los medios no es su obligación. Para que haya censura no es necesario que un presidente cierre un periódico. La hay de muchas formas: desde los directivos de un medio, desde el sector privado e incluso desde la subjetividad misma de un periodista.

Porque, de hecho, una forma más es la autocensura. Como en el caso del desnudo, un medio puede autocensurarse por miedo a que sus lectores lo condenen. Puede dejar de publicar las pruebas que tiene porque las consecuencias de su publicación le puede quitar lectores o amigos. Y digamos que eso se entiende, porque la subjetividad es inevitable. Pero que se entienda no es que sea aceptable, porque un periodista, por más que no se sienta a gusto con las fuentes, tiene que publicar los resultados de su pesquisa. Así yo encuentre que, por ejemplo, el candidato que apoyo en unas elecciones es mafioso, lo tengo que publicar. Es como un juramento hipocrático del periodista. El trabajo de un periodista no es ser cien por ciento objetivo, porque eso no existe. Su trabajo es, más bien, llegar al nivel más alto de rigurosidad: ser lo más balanceado que su nivel intelectual le dé para ser. Y si tiene las pruebas en su mano, su deber es publicarlas, cualquiera que sean las consecuencias públicas o privadas, porque esa es su responsabilidad con la democracia y la gente que lo lee: que se sepa la verdad.

 

Publicado en Kien & Ke en marzo de 2011.

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Written by pardodaniel

marzo 3, 2011 a 8:53 pm

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