Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

La gente y sus comentarios

with one comment

Daniel Samper Pizano, uno de los columnistas más leídos y relevantes del país, cerró los comentarios de su columna en ElTiempo.com por dos razones: “para sanear el recurso del debate, dominado por matones, y para cerrarle las puertas a los que se dedican a calumniar e insultar”. Después el periódico le garantizó un sistema para impedir el anonimato cobarde, pero fue imposible, y desde entonces, 2007, Cambalache, de lejos una de las mejores columnas en Colombia, recibe sus comentarios vía correo electrónico.

Groserías, errores de ortografía, signos sucesivos de exclamación, párrafos en mayúsculas, jajaja, críticas banales, redacción e insultos tipo @AlvaroUribeVel: en los foros de internet en Colombia se ve de todo menos argumentos constructivos y opiniones sensatas. Acá todos nos creemos sabios y una de nuestras tradiciones nacionales es hablar mal de los demás sin tener argumentos. Todos escribimos mejor que los columnistas. Todos somos más inteligentes. Que Samper Pizano, uno de los históricos comentaristas del país, tenga cerrados los comentarios de su columna es un indicador más de que los medios en Colombia lo tienen casi todo mal. Y, una vez más: no es culpa de los medios, sino de este pueblo ignorante que somos.

¿Por qué es imposible que los colombianos hagamos debates constructivos en los foros que se generan en los medios digitales? ¿Habrá forma de que algún día esos comentarios sirvan para algo?

Desde que se inventaron esta ciencia dedicada a la información, los escritores han lidiado con sus consumidores de una u otra forma. Son ellos quienes los mantienen, al fin y al cabo, y lo mínimo es que les den voz y los mantengan contentos. La voz del lector es parte esencial, e incluso necesaria, del ejercicio periodístico y democrático. Antes las cartas que llegaban a los editores eran bien estudiadas y su publicación significaba cierto compromiso del medio con lo que decían sus lectores. Iban a la sección de correo, al principio de la edición impresa del medio. Pero ahora que los comentarios se publican sin edición al final de cada artículo y con la posibilidad del anonimato todo cambió. Y, por alguna razón extraña, y sobre todo en Colombia, resultó que el internet justifica que los medios permitan comentarios difamatorios e insensatos en sus páginas. Cuando no deberían. Se supone que el internet facilita esta necesaria faceta del periodismo, pero en Colombia lo único que hace es degenerarla.

Porque hay casos donde los comentarios son tan enriquecedores como la columna en sí. En el Washington Post, por ejemplo, participan profesores y periodistas de otros medios. En el Reino Unido, los comentarios son parte de la publicación en sí y están, como la prensa, sometidos a los sistemas de requisitos en cuanto a difamación, injuria y demás. La legendaria sección de opinión del Guardian, Comment is free, está basada en recoger los comentarios más sesudos de la gente y volverlos columnas como tal. Los comentaristas se vuelven columnistas, y de ahí han salido los opinadores más importantes de ese periódico. Los comentarios del Economist vienen de mandatarios del mundo entero. En el Hufftington Post, una publicación en internet que se faja cadenas de más de dos mil comentarios por artículo, los columnistas están en la obligación de responder a los comentarios que les hacen.

Pero ¿usted se imagina si nuestros mandatarios, esos que gritan insultos por las redes sociales, comentaran en nuestros medios? O ¿se imagina que Daniel Coronell participara en los foros que se generan en sus columnas de Samana? Sería espléndido. Pero ¿cómo va a responder a comentarios que se reducen a adjetivos como ‘comunista’, ‘apátrida’, ‘narcotraficante’? No hay forma. Y por eso la mayoría de los columnistas en Colombia no leen los comentarios: porque es un desgaste innecesario que no va a ningún lado. Fidel Cano se quejaba ayer de que los comentaristas no entendieron el título del artículo sobre el periodista y canciller de las FARC, Joaquín Pérez, en El Espectador: “Nuevo periodismo”. ¿Cómo le vamos a pedir a los lectores, entonces, que comenten con sensatez, si ni siquiera entienden la ironía?

Hay diferentes formas de manejar los comentarios: se pueden filtrar y solo publicar los que son buenos y no vienen de anónimos; o se puede dejar el espacio abierto para que cualquier idea sea publicada sin edición. Es la eterna paradoja en la que vivimos en este país: cerrar esos espacio es anti democrático y roza la censura, pero abrirlo da con la impertinencia de la gente. Como el internet permite que todo el mundo lea los comentarios, y como la cultura del solapado reina en este pueblo, la gente se registra con otro nombre o publica con un anónimo. Y como en Colombia se cree que el éxito del artículo y la publicación depende del número de comentarios, los filtros no filtran nada. Esa es una de las pocas cosas que los medios pueden hacer para responder a la insolencia de sus comentaristas: rigurosidad en los filtros y crear una base de comentaristas fijos y registrados en los se puede confiar.

Pero, de resto, no veo qué más pueden hacer los medios para solucionar este problema. Acá estamos lidiando con la mala educación de la gente, cuya única forma de evitar es cerrándoles las puertas de la fiesta. Los medios tienen por qué reservarse el derecho de admisión. Yo, como Samper Pizano, cerraría los comentarios. Caer en la clásica conclusión de que la solución es educar a la gente ya me parece soso. O acaso ¿qué más vamos a hacer? ¿Pedirle a la gente que responda con argumentos a la interpretación de Antonio Caballero sobre la ley de tierras? Nos va mejor si apagamos y nos vamos.

Publicado en Kien & Ke en abril de 2011.

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Written by pardodaniel

abril 28, 2011 a 3:04 pm

Una respuesta

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  1. […] insulto’. Posdata: El periodista Daniel Pardo ya había escrito sobre el tema. Recomiendo leer su  opinión. Comparte este texto:EmailPrintLike this:LikeBe the first to like […]


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