Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

El mejor periódico del mundo

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Si uno coge el periódico que le regalan a la entrada es posible que se quede el resto del día ahí, sentado en los sofás de cuero del lobby. Coger una edición del Guardian puede entretenerlo a uno por horas. Y por eso, porque llegarle tarde a un inglés es pecado, lo primero que uno hace cuando llega a ese edificio de ventanales verdes ondulados es no leerse el periódico.

Las 1,400 personas que trabajan ahí fueron trasladadas hace tres años, porque las viejas instalaciones en el centro se habían convertido en un desorden regado en siete edificios. The Guardian, catalogado por muchos como el mejor periódico del mundo, le respondió al golpe del internet con más y mejor contenido gratuito. Y sus instalaciones tenían que ser coherentes con eso: hicieron salas de redacción integradas y todas las paredes son de vidrio. “Antes todo”, dice la relacionista pública que me invitó, “somos una institución transparente”. Huele a nuevo, los secadores de las manos parecen turbinas y hay un taller de bicicletas gratis. Una vez al mes la cafetería solo sirve comida vegetariana.

The New York Times, el otro mejor periódico del mundo, también estrenó oficinas hace dos años. Ambos edificios manifiestan, a su forma, la cultura de sus ciudades. El del Times es un rascacielos en el corazón de Manhattan. El del Guardian no pasa de los diez pisos y está lejos del turismo al norte de Londres, pegado a un canal del río por el que pasan botes que cocinan salchichas a medio día. La sala de redacción del Guardian puede estar al borde del colapso con el caos de las noticas, y su editor de crónicas, Simon Hattenstone, no pasa de las tres de la tarde sin trotar una hora por el canal. Después se baña, compra un sánduche y se lo come al frente de su escritorio.

Vestido de jeans, camisa de leñador escocesa y una barba de tres días, cuando lo visité Hattenstone editaba con una tranquilidad asombrosa una crónica escrita por el corresponsal que acaba de lograr su entrada a Libia, cerrada para periodistas internacionales por esos días de guerra civil incipiente.

Eran días caóticos en la sala de redacción, y, sin embargo, el editor del Medio oriente, Ian Black, un viejo flaco que lleva 25 años ahí, me dedicó un minuto en el desorden de su oficina. Me hizo mala cara cuando le pregunté su opinión sobre las revoluciones, porque mi visita no era para eso, pero al final me dijo que, guardadas las proporciones, él ve una ola de cambio parecida a la que se dio en los Balcanes después de la caída del socialismo en los noventa.

A las 10 menos cuatro de la mañana sin falta, y en punto, todos los periodistas que trabajan en ese edificio –unas 200 personas– se reúnen en una sala diminuta para una conferencia de noticias. Puede entrar cualquier extraño y decir lo que quiera. Natalie Hanman, la editora de opinión, me dijo que es como la polis griega y un ritual que pocos medios realizan, pues es más un coctel de periodistas con tinto en mano que un clásico consejo de redacción dirigido por un director.

La sección que ella maneja, Comment is Free, es uno de los rasgos que hicieron de este periódico un militante de la democracia desde que salió en 1821. “Buscamos que las voces sean una noticia”, me dijo. The Guardian tiene pocos columnistas de planta: invitan gente para que escriba según la coyuntura y hay lectores que han llegado a publicar una columna. “Cada columna, cada tema, tiene un especialista en el mundo que va a dar la opinión más sesuda”, dice Natalie. El periódico publica tres editoriales al día, uno de los cuales debe ser un elogio de algo. In praise of…, se llama la sección.

El mercado de periódicos en Inglaterra es el más amplio y diverso del mundo. Hay un periódico para cada estrato social y cultural. Cada familia inglesa creció con un periódico determinado. El internet le pegó más duro a los periódicos norteamericanos que a los ingleses gracias al arraigo que hay por el papel en este país. Están los de clase media de derecha, como el Daily Mail. O los sensacionalistas sin escrúpulos, como The Sun. O los de la clase alta, como el Financial Times. Paul Johnson, el segundo hombre al mando de The Guardian, me dijo que, si bien ellos son reconocidos por ser de centro-izquierda, sus posiciones cambian según lo que pase. El día que hablé con él, por ejemplo, acababan de decidir el apoyo a la intervención occidental en Libia. Analizan cada matiz y hablan hasta con el portero para definir la posición editorial del periódico en cada tema.

Y así fue en el episodio Wikileaks. The Guardian fue el primer medio que Julian Assange llamó desde que empezó a publicar sus documentos. El periódico lo apoyó y publicó los de Afganistán e Irak. Después fue el líder de las negociaciones entre Wikileaks y los medios. En un principio, The Guardian defendió a Assange, por sus dotes libertarios y pioneros. Sin embargo, con los cables del Departamento de Estado norteamericano la relación se dañó. Según un artículo de Vanity Fair, Assange se enfureció porque el periódico publicó los cables antes de lo que habían acordado. Assange quería estar encima de la información y el Guardián no lo dejó. Algo parecido pasó entre el New York Times y Assange. Los periodistas que hicieron los contactos con Assange en ambos medios ya escribieron libros en su contra. La publicación de los documentos de Guantánamo hace dos semanas por parte de estos dos medios, si bien fueron filtrados por un ex empleado de Assange, no mencionaba el nombre de Wikileaks.

Desde que el internet cambió el espectro de los medios la cara de The Guardian se transformó. Cambiaron de diseño, entre otras cosas. Nunca han estado cerca de ser el periódico más leído del Reino Unido –vende 300 mil copas al día en promedio– porque acá los grandes son los tabloides de Rupert Murdoch –que venden hasta 3 millones de copias en un domingo. El nicho del Guardian es otro: gente educada y globalizada interesada en leer periodismo de calidad, profundidad y largo aliento. Esto, sobre cualquier tema en cualquier parte del mundo. A diferencia de los otros diarios nacionales en Inglaterra, The Guardian tiene un prestigio internacional tan importante como el del New York Times. Tiene corresponsales por todo el planeta que escriben crónicas que requieren de tiempo y mucho trabajo. Guardian.co.uk es una de las páginas de noticias más leídas del mundo y las más leída del Reino Unido. Tiene más de 35 millones de visitas únicas al mes, de las cuales tres cuartos son por fuera del Reino Unido. Es gratis y, por principio, nunca la van a cobrar. Se fajan documentales y especiales multimedia de alta calidad sobre una crisis económica en Kenia, por ejemplo. Es difícil encontrar un tema sobre el que The Guardian no haya escrito algo de calidad. Johnson, el editor con el que hablé, dijo que van a insistir en hacer periodismo costoso, porque es su responsabilidad social, política y cultural con Inglaterra y el mundo.


Alan Rusbridger es el director de The Guardian hace 15 años. De 57, a duras penas se le puede oír lo que dice. Flaco, arrugado y nacido en Rodesia del Norte, Rusbridger es pianista y está por terminar un libro sobre la primera balada de Chopin. Ha escrito libros para niños y una historia de los manuales de sexo. En la reunión que estuve, Rusbridger le preguntó a Adam Gabbat, el reportero estrella de 25 años que llegó a la sala de redacción por una de las becas que ofrece el periódico, si un periodista de hoy en día está obligado a tener un teléfono con internet. Gabbat, que bloguea los eventos que ocurren en la ciudad desde su iPhone, asintió.

El punto de Rusbridger era hacer una comparación con la forma como nació The Guardian, gracias a un panfleto que mandó un joven ejecutivo a un periódico en el que se desmentía la versión oficial de una masacre que hubo en Manchester en 1819. El suceso fue un desafío a la información oficial y ahí nació el independiente Manchester Guardian, que en el 59 se vino a Londres y pasó a ser The Guardian. Desde ese entonces el Guardian se convirtió en un severo veedor de la sociedad: en este momento, por ejemplo, ha reportado todo el escándalo que tiene al periódico más leído, News of the World, en jaque porque chuzó los teléfonos de la realeza y unos políticos.

A pesar de ser un veedor, pues, The Guardian nunca ha dado entradas grandes de dinero. Scott Trust es el fondo dueño del diario, de su edición del domingo –The Observer– y de las innumerables compañías que tienen como soporte. Una parte importante de las entradas llega por donaciones. Y aun así, el periódico ni siquiera se toma el tiempo de discutir si cobran por la página de internet, como sí han hecho otro diarios ingleses con éxito. Dieron 70 millones de dólares en pérdidas y cortaron 200 empleos el año pasado. No obstante, emplearon 600 periodistas. Y lo único que les preocupa, me dijo Johnson, es “garantizar la independencia editorial de la empresa”.

En un mundo que no parece tener más espacio para el periodismo de corresponsales y de investigación, The Guardian va a insistir en hacer un periódico que da para una mañana de lectura. Y, en lo que a mí se refiere, acá van a tener un lector fiel.

Publicado en El Espectador en mayo de 2011

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Written by pardodaniel

mayo 10, 2011 a 8:50 pm

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