Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Mejor bueno por conocer que cualquiera conocido

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A todas las personas que les mostré el lineup del Great Escape Festival les pareció una desventaja no conocer a ninguna de las bandas. En términos literales, ni el más juicioso de los melómanos en Colombia conocería al menos el uno por cierto de las trescientas bandas que se presentaron en este festival. Y eso, después de una primera mirada, de una mirada colombiana que prefiere a un malo conocido que a un bueno por conocer, era una desventaja: al fin y al cabo, ¿quién quiere ver una banda que no conoce? Pero resultó que no conocer a ninguno de los grupos fue, precisamente, la ventaja.

Permítame, señor lector, empezar de nuevo: el mundo es un lugar monótono, injusto, miserable. Eso nadie lo puede negar. Uno empieza la semana, metido en este lunes grisáceo por el que la gente divaga con la cara hacia el piso, y mira el iPod, mira iTunes, mira Last.fm. Y se encuentra con lo mismo de todos los días: un grupo ya conocido, un sonido fuera de contexto que recomienda la emisora, un trancón depresor. Y sigue la vida, afligido, porque no tiene otra salida.


El Great Escape Festival, en Brighton, fue para mí una salida: una prueba de que no todo en este mundo me aburre. Sí, es una experiencia personal: a mí todo me aburre y tal vez a usted no. Pero, en cualquier caso, este festival no aburre ni a Adolfo Zableh. Porque cada detalle está bien puesto: porque está perfectamente curado y todos los grupos argumentan su presencia. Hace mucho tiempo que no me gustaba tanto un evento: no le veo nada de malo, ni una espinita, a este festival que desde hace seis años da a conocer nuevos grupos. Ahora bien: la idea no es novedosa: desde 1987 se realiza en Texas el South By Southwest, un festival de cine, música e ideas exclusivamente nuevas.

Dicen, pues, que el Great Escape es la respuesta británica al SXSW. Y qué respuesta. Brighton, casa del festival hace dos años, es una de las pocas ciudades alegres de este lánguido país: está el mar, está el parque de diversiones en el muelle, está la playa de piedritas que no ensucia, están las calles angostas, están los jardines en cada esquina. No hay manera de que Brighton en primavera no le mejore el genio al alicaído.

Y más si lo recibe con buena música. Con dificultad le podría hacer entender al lector la satisfacción que genera ver tanto talento en dos días. Permítame no tratar, por favor. Porque, primero, esto no es lo mismo que ir a Glastonbury y ver a los Cold Plays y a los Radioheads. Esto es, más bien, como encontrar un diminuto restaurante escondido en una calle desapercibida donde sirven la que para uno es la mejor comida del mundo. Es como encontrar, por fin, a su escritor favorito y no quererle decir a nadie. Se siente puro, genuino y los músicos son de carne y hueso. Es como cuando uno, precisamente, encuentra una canción nueva que no puede ni quiere dejar de oír.

Así estoy yo en este momento, después de haberme bajado toda la música que vi en el Great Escape: no puedo para de oírlos un minuto, y ni siquiera me importa quemarlos o dárselos a conocer al lector. Así que aquí vamos: está, por ejemplo, Yaaks, un grupo de hipsters traídos del sureste de Inglaterra que tocan clásico indie derivado de Francis Ferdinand con la clásica energía de este siglo.

Está, también, We were evergreen, tres parisinos de no más de 25 años que –con una guitarra, un cuatro, y la marimba de Fabianne, una de esas francesas flacas, idílicas, sencillas, pelinegras– le alegran el día a cualquier amargado.

Después de que me negaran la entrada al evento principal de ese día –con Friendly Fires en el escenario, entre otros– entré por accidente a uno más de los veintiún recintos musicales. Vestida con un gabán negro de metalero, saco de capucha gris y sudadera de niño, la poetiza Kate Tempest –de veinticuatro años pero con cara de quinceañera– tenía a unas doscientas personas con la boca abierta a punta de los versos que rapeaba a capella. No tengo nada más que decir sobre ella y su grupo, que lanzarán un disco el próximo mes: véalos, y entenderá por qué es mejor dejarlo sin adjetivos calificativos.

Acto seguido, entré a una iglesia de pequeña escala, donde el señor James Vincent McMorrow y su guitarra y su voz traída de no sé dónde mantuvieron por al menos una hora a ciento cincuenta personas en perfecto silencio. A él y a sus sencillísimas composiciones también los vi también al pie del mar. Se reivindica en el mundo el género patentado por Bob Dylan: un tipo humilde y tímido que deleita al mundo con su voz y su guitarra.

Después fue el grupo Villagers, otros jóvenes que hacen música para adultos en la línea de la banda sonora de Into de Wild. El disco de Villagers, Becoming a Jackal, grabado en el norte de Irlanda, es el que no puedo parar de oír, porque, por un lado, me identifico con el tono y las letras, y porque, por el otro, me hace pensar que la música irracional y estrafalaria –llámele Drum and Bass, llámale Lady Gaga– no es lo único que nos ofrece la industria de la música hoy en día.

Permítame, amable lector, volver a empezar: el mundo de hoy es como un calentado mal hecho: abigarrado, maloliente, sin sal. El Internet batió a la tierra como si fuera un jugo de naranja reposado: lo revolvió, lo abigarró. Y también lo hizo con la música, cosa que en este festival se notó a leguas: no hay grupo de los invitados que no tenga una estrategia de internet concreta y pensada según su público, sea para regalar o para vender su música. Encima de los 300 conciertos, el Great Escape le pone a uno más de cincuenta conferencias con expertos en tecnología y en el negocio de la música. Hoy la música, así suene desafortunado, viene con una avalancha de eventos que están en la red, y cualquier que quiera ser músico lo tiene que saber y entender. Y de ahí la pertinencia de las conferencias.

Tanto cambió el internet a esta industria, que los rockstars de hoy son adolescentes que a duras penas saben cantar, como la señora Gaga y el niño Bieber. Si fuera en el mundo de hace treinta años, ninguno de ellos habría alzando semejante fama que tienen. Así que, por favor, permítanme dejarles una conclusión a los que están en el plan de ser rockstars: o son Justin Bieber, o son Conor J. O Brien, el tímido, enano, humilde y tranquilo líder de Villagers, el grupo que, como decía, no puedo para de oír. Ustedes verán.

Fotografía por: Juan Daniel Taboada

Publicado en Revista Exclama.

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