Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for julio 2011

El reino de los tabloides

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Dan vive en el mismo edificio que yo en Londres, en uno de los tradicionales conjuntos que construyeron sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial. En la vecindad todos conocemos a Dan, porque arregla bicicletas en el patio y pone música a reventar los domingos. Tiene dos perros pitbull, se viste con sudadera y toma cerveza desde las once de la mañana. Saluda con un sonido, “ioai”, que quiere decir “are you alright?” Y es, para meterlo en un estereotipo, un fiel representante de la cultura que los ingleses, sin tapujos, llaman la working class: esos que viven de su equipo de fútbol, que van al mismo pub todos los días, que viven del Estado. Y que leen los periódicos de Rupert Murdoch.

Dan compra The Sun tres veces por semana y hasta la semana pasada compraba News of the World todos los domingos. Los lee, dice, porque le dedican ocho páginas al día al fútbol inglés: rumores de transferencias, resultados, vida privada de los jugadores. Su opinión sobre las escuchas de News of the World que desataron un escándalo político y periodístico sin precedentes en la historia de los medios universales es indiferente: “los periodistas siempre han sido unas ratas que pasan por encima de cualquiera para conseguir historias; a mí qué me importa: solo espero que me informen sobre lo que quiero saber”.

Las escuchas son una anécdota en una historia de tres siglos. Los primeros periódicos que se pueden diferenciar de los panfletos políticos aparecieron hacia 1700. The Courant, London Gazette y News-Letter eran los principales medios de un mercado que, desde el principio, le dio a sus lectores el tipo de información que hizo a Murdoch un gigante del siglo XX: “¿Podríamos reconocer elementos del presente en los periódicos de principio del XVIII?”, se pregunta el Andrew Marr en su historia del periodismo inglés. “Estaban llenos de propaganda política, rumores rebuscados y chismes sucios… entonces sí”.

Con la apertura económica, la revolución industrial, la alfabetización y el establecimiento del Reino Unido como la primera potencia mundial durante el periodo victoriano se abrió un mercado de periódicos competitivo y feroz. Así nacieron el Daily Mail, un tabloide de derecha especializado en historias humanas, el Times, un periódico de clase alta conservadora y The Manchester Guardian, el periódico liberal que hoy, trasladado a Londres y llamado The Guardian, tiene a Murdoch en jaque. Fleet street es la calle del centro de la capital donde se instalaron estos medios. Allí nació esa cultura del periodismo que se enfoca en lo sensacional y quiebra cualquier código ético –o legal– para conseguir una chiva. “¿Cómo escoge usted sus noticias?”, le preguntaron a Mazer Mahmmood, el periodista de News of the World que se hizo famoso por sus reporterías encubiertas en los ochenta. “La clave está en si la gente está hablando de eso en los pubs”.

El plato fuerte de esta cultura son las peleas entre las celebridades y los periódicos, que son parte de la tradición oral inglesa. Una fue entre Noami Campbell y el Daily Mirror, por unas fotos que publicaron de ella en un centro de rehabilitación; y otra fue entre Max Mosley y el News of the World, que publicó unas fotos del magnate de la Fórmula 1 en una orgía temática nazi con prostitutas. Paradójicamente, las regulaciones a los medios en Inglaterra son de las más severas del mundo. Existe, por ejemplo, la figura de la superinjunction, una medida cautelar que impide a los medios publicar infamación sobre eventos específicos de la vida privada de la celebridad que solicite la medida a la Corona. Este año, corrió el rumor de que un famoso jugador de fútbol tenía una superinjunction por una relación extra marital. Todo el país sabía quién era, pero nadie lo había publicado, porque era ilegal. Al final se divulgó por Twitter: era Ryan Giggs, jugador del Manchester United.

Josh Clarke tiene 24 años. Su carrera como futbolista del Norwich City se frustró por una lesión de rodilla. Hoy se dedica al periodismo deportivo y trabaja para coral.co.uk, una leída página de apuestas deportivas. Su papá trabaja en transporte y su madre es peluquera. Ellos leen el Sun. Para Josh, las chuzadas son “una prueba de lo jodidos que están los organismos de regulación, que urgen de reestructuración. Yo nunca he confiado en los tabloides, aunque los disfruto, porque son una lectura basura y chistosa. Están lejos de cualquier ideal de periodismo, pero la plata habla. Por alguna razón los periodistas de tabloides son los mejores pagados del país.” Como periodista, Clarke está indignado con el escándalo, pero lo entiende. Y, al igual que muchos ingleses, incluidos sus padres, le parece normal que todo esto haya explotado. “La gente está moralmente indignada, pero les resbala porque no les afecta sus vidas. La mayoría simplemente está disfrutando del espectáculo mediático,” que incluye ataque a Murcoch en plena audiencia, periódicos hackeados, un ex editor muerto y hasta especulaciones sobre la caída del Primer Ministro David Cameron.

El día que News of the World cerró la dirección de internet thesunonsunday.co.uk fue registrada. Los medios empezaron a especular si era una reacción inmediata de News International, la empresa de Murdoch, para llenar el hueco que va a dejar la muerte del dominical más leído del país. Sin embargo, James Murdoch afirmó el martes en la audiencia ante el parlamento que esa posibilidad no ha sido discutida ni es una prioridad. La ausencia de News of the World, por histórico que fuera el periódico y por lo nostálgica que haya sido su última edición, solo le va a afectar a los periodistas que despidieron y, a duras penas, al propio Murdoch. La oferta de dominicales es tan suculenta y diversa que la demanda por ese tipo de información sensacional se va a satisfacer rápido. Dan, por ejemplo, se pasó al Sunday Mirror, un tabloide de tradición laborista. The Express on Sunday es otro de los grandes, especialista en realeza, y el Mail on Sunday tiene el monopolio de la población mayor. Y ni hablar de los periódicos de alta gama, como el Observer –hermano del Guardian–, el Times –de Murdoch– y el Independent on Sunday –el más liberal de todos–.

El internet le dio menos duro a los impresos británico que a los norteamericanos, porque acá la cultura del periódico está demasiado arraigada. Hay un periódico para cada estrato social y cultural. No es como en Estados Unidos, donde el sistema funciona por suscripciones y los grandes títulos son monopolios de sus ciudades. Por el contrario, hablamos de gente alrededor del país que, camino al trabajo, compra en el quiosco el periódico que en su portada tenga la información que le importa. Con tanta competencia, a la que hay que incluir los periódicos gratuitos que se distribuyen como pan, la posibilidad de figurar es difícil y de ahí el origen de esta cultura donde la chiva justifica los medios. En Inglaterra el lector tiene la razón.

Dave Chapman es el dueño del pub al que yo voy, el Albion. Se toma 16 pintas de cerveza al día y sabe de fútbol inglés como pocos. En su pub, que tiene una clientela fiel y de cierta manera sofisticada, compran el Guardian y el Express. Los clientes se toman su cerveza del día leyéndolos. Esta semana le pregunté a Dave y su esposa, Sue, una matrona a la que las meseras tienen miedo, por qué no compraban el Sun, y me regañaron: “acá no vamos a hablar de eso”, dijo ella. “Es gente mala que no merece nuestro apoyo.”

Publicado en El Espectador en julio de 2011.

Written by pardodaniel

julio 24, 2011 at 9:48 am

Defensa del periodismo estúpido

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Fue una sorpresa ver la derretida cara de Rupert Murdoch en la portada de Semana el domingo, porque en Colombia a nadie le importa el barullo de las chuzadas en el Reino Unido. Y fue interesante ver que el artículo iba en la sección Gente y hasta hablaba de Titanic. Es la única forma de manejar el tema: sin el debate periodístico, desde el ángulo novelero. Si no en Colombia nadie lo lee. Pero son muchas las preguntas que se pueden hacer desde Colombia, y algunos medios, como El Espectador y Kien&Ke, han tratado de formularlas sin procurase por el tráfico: ¿qué podemos aprender los colombianos, también chuzones, de esta tragicomedia? ¿Cuáles son los códigos éticos del periodismo? ¿Se puede hablar de semejante paradoja?

El tema es fascinante, pero solo para los periodistas. Y esa es una primera lección: los medios informan sobre lo que la gente quiere leer; no sobre lo que la gente debe leer. Me late que una de las

interpretaciones generales que se han desprendido de la película es que Murdoch es un delincuente y que el periodismo populista que practica sus medios no tiene por qué existir. Hay un consenso en contra del periodismo estúpido con el que Rupert Murdoch armó un imperio. A pesar de no ser un lector de rutina de sus periódicos ni un fanático de sus pensamientos políticos, quiero matizar el debate y, de una vez, defender al villano.

Las prácticas de News of the World son indefendibles: chuzar a la gente y sobornar a la policía es ilegal y los culpables tienen que pagar. Decir mentiras y exagerar los datos está mal y es condenable. Pero es ambiguo hablar de códigos éticos en el periodismo, porque, primero, se trata de una cuestión subjetiva y no legal. Y, segundo, porque si los periodistas no fueran los escépticos y amorales monstruos que realizan prácticas cuestionables no sabríamos ni la mitad de las verdades que sabemos hoy, incluido, por ejemplo, el proceso 8.000, que se basó en varias conversaciones privadas entre Alberto Giraldo y Gilberto Rodríguez Orejuela. Lo dijo Janet Malcolm: “todo periodista que no es demasiado estúpido o prepotente sabe que su trabajo es moralmente insostenible”. ¿Acaso publicar documentos secretos del Estado, como hace Wikileaks, no es violar la privacidad? ¿Por qué chuzar a los políticos gringos sí es aceptable y a la realeza inglesa no? O celebramos o condenamos las chuzadas, pero no hay unas que valen y otra que sí.

Por otro lado, la clasificación que se hace entre el periodismo objetivo

y serio y el periodismo banal y sin escrúpulos es absurda. ¿Objetivo y serio según quién? Hasta su majestad The New York Times ha caído en escalofriantes casos de parcialidad –búsquese Judith Miller–. Un artículo banal sobre un futbolista que patea una lechuza en El Espacio no tiene nada que envidiarle a un prepotente análisis sobre la Ley de Víctimas en La silla vacía. Son dos publicaciones distintas, para públicos específicos: no es una cuestión de buenos y malos o morales e inmorales. Es increíble que inteligentes analistas caigan en el dogma sobre un periodismo legítimo y otro que no lo es. Una cosa es la ilegalidad: en eso estamos de acuerdo. Pero ¿de verdad vamos a discutir cuestiones de decencia? Dar cátedra sobre lo que está bien o mal –subir los codos en la mesa, burlarse de la privacidad de los demás, enfocarse en historias banales– es arrogante y elitista.

Otro de los argumentos en contra del periodismo estúpido: que crea una demanda falsa. Daniel Samper Pizano citó a John Reith, fundador de la BBC: “el que se jacta de dar a la gente lo que cree que ella quiere está creando una demanda falsa para reducir el nivel de calidad y luego satisfacerla”. Pero la demanda la crearon hace tres siglos, cuando se inventaron la prensa, y ya no hay vuelta atrás. El ser humano, además, es inherentemente chismoso y banal. El periodismo, desde su inicio, es un negocio que depende de una demanda. (La BBC es el único medio que tiene el lujo de no tener que lidiar con eso, porque es público). Y el que se olvida de eso se quiebra; antes, hoy y en el futuro. Por eso la vida sexual de Carla Giraldo es un tema digno de ser reportado. Igual que la de Bill Clinton.

La ecléctica cultura de periódicos que hay en Inglaterra –que da espacio para el Guardian y el Daily Mail al tiempo– existe en parte por Murdoch. Y gracias a él, también, los periódicos –en ambos lados del Atlántico– todavía existen y se mantienen relevantes. Llegó con la idea de burlarse de las élites que siempre habían sido intocables. Y lo hizo sin reparo. The New York Times, por ejemplo, delata su petulancia liberal en cada editorial creyéndose la voz de la verdad y el bien: ellos también son parciales. Y a eso Murdoch hizo contrapeso con humor y audacia. Por detestable que sea, por racista y por xenófoba que sea, Fox News –o Pacho Santos, o José Obdulio Gaviria– es una garantía de la democracia. Si dicen mentiras, que los cuelguen, pero están en su derecho de decir lo que quieran. La independencia no es obligatoria, como suelen pontificar los medios independientes. Hay dos formas de manejar la parcialidad política: de frente o bajo la insostenible bandera de la objetividad. Murdoch prefirió la primera, y no por eso es un villano.

La prensa popular, por exagerada que sea, es una necesidad de la democracia: es la única forma de llegarle al pueblo y hay que saberla manejar. La brevedad y el lenguaje callejero no tienen nada de malo. La prensa popular está en su derecho de informar sobre lo que el pueblo quiere saber, así esto implique hablar del hombre que violó a su hija. Y en Colombia tenemos que aprender de eso: publicaciones como El Espacio y Q’Hubo, o RCN y Caracol televisión, están lejos de dar la información que la gente necesita con agilidad y relevancia. Y por eso, entre otras, durante ocho años un presidente lleno de peros tuvo la aceptación de la mayoría del pueblo.

Es muy fácil criticar a los poderosos, y sobre todo a Murdoch. Cual señor Burns, tiene la etiqueta de megalómano perverso estampada en la frente. Los siervos siempre vamos a odiar a los señores feudales. Y sin duda este es el más odiado de todos. Pero algo de él es rescatable, y es el hecho de que hizo noticias estúpidas sin tapujos: sin miedo a que los académicos y las élites periodísticas y políticas lo condenaran. En Colombia nos hace falta eso: magnates de medios que no se autocensuren con eufemismos por temor a pelear con las élites. Y frente a eso, así haya sido un manjar ver a Murdoch de rodillas pidiendo perdón el martes, un periodista se tiene que quitar el sombrero.

Publicado en Kien & Ke en julio de 2011.

Murdoch contra las cuerdas

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– ¿A qué se dedica? ‒me preguntó el agente de inmigración inglés cuando entré al Reino Unido hace dos días.

– Soy periodista ‒le dije.

– ¡Uy!, interesante semana por la que está pasando: el imperio del mal está siendo destruido ‒dijo.

– ¿Por qué tan malo? ‒le pregunté.

– Porque se enriquecieron a costa de la vida privada de los demás ‒remató.

Sin duda, mucha gente odia a Rupert Murdoch en este país. Pero, al mismo tiempo, mucha gente –la mayoría, para ser más preciso– lo lee. Vino desde Australia a invertir sin mucha plata en el mercado de periódicos más competitivo del mundo, a un país que desde el siglo XIX se ha caracterizado por tener una oferta de periódicos inmensa, diversa y feroz. Y se distinguió, de entrada, por no tener escrúpulos: por una habilidad única para titular y burlarse de la élite sin tapujos.

Los ingleses dicen “perdón” por rozarlo a uno en el metro: son las personas más educadas y políticamente correctas del planeta. Y la irreverencia de Murdoch, que siempre ha dicho odiar a la intachable e intocable élite política inglesa, sonó como una voz revolucionaria en los sesenta, una voz con la que se identificaron todos esos hombres que, camino a la fábrica, compraban un periódico en busca de sexo, violencia y fútbol.

Rupert Murdoch empezó su imperio a punta de entretener por medio de las noticias. Y eso lo hizo grande: invadió Estado Unidos, Hollywood, la televisión por cable, las editoriales, algo de China y varios rincones más del mundo. Con la simple premisa de darle a la gente “las noticias que quieren leer” (o ver u oír), Murdoch se hizo el media tycoon más grande del planeta.

Y lo llevó, entre otras cosas, a crear una cultura periodística que pasa por encima de cualquier código ético o legal con tal de conseguir una chiva sobre una figura pública.

Murdoch siempre se había visto por lo alto, en la estratosfera, intocable. Piense en el Señor Burns, de Los Simpsons: en su silla de cuero, alta y con apoyabrazos decorados con leones, en la cabecera de una mesa gigante llena de ejecutivos de derecha. Pero hoy lo vimos como nunca antes lo habíamos visto al viejo magnate.

Y por eso la audiencia de hoy –y, bueno, todo el escándalo de las “chuzadas” que su periódico News of the World realizó en alianza con la policía– va tener un capítulo especial, y de película, en los futuros libros de la historia del periodismo universal. Con su hijo James –un yuppie que roza los cuarenta con un acento de los barrios más sofisticados de Nueva York–, Murdoch se sentó en la comisión de acusaciones que se encarga de medios, cultura y deporte. No los dejaron hacer la intervención introductoria que habían preparado y, cuando James tomó la palabra, su papá lo interrumpió y dijo, con una voz cortada y humilde, “este es el día más vergonzoso de mi vida” (“this is the most humble day of my life”). Llámele teatro, llámele palabras genuinas: los Murdoch hoy siguieron en la misma tónica en la que han estado los últimos días, desde que el escándalo explotó cuando el periódico The Guardian –el veedor en todo este asunto– descubrió que también habían chuzado a los familiares de Milly Dowle, una niña que desapareció en 2002 y enterneció al país entero hasta que apareció muerta ocho meses después. La tónica: estamos apenados con todo el mundo, pedimos perdón, ayudaremos con la justicia, asumiremos las consecuencias.

Consecuencias que no paran de llegar: ya cayeron los grandes mandos de la compañía, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, y algunos fueron arrestados. También tuvieron que cerrar el periódico –que era el más leído en el Reino Unido, con tres millones de lectores cada domingo– y retiraron una licitación para apoderarse de 100% de la televisión digital en el Reino Unido. Ayer los hackearon y uno de los ex editores apareció muerto, sin explicaciones hasta ahora. Ahora dicen que Murdoch, a sus ochenta años, se va a retirar, que va a vender sus periódicos y que hasta el primer ministro David Cameron –que fue visitado por Murdoch después de ser elegido y nombró a uno de los arrestados como ministro de comunicaciones– va a terminar salpicado, y hasta tumbado. El escándalo no para.

Y por eso hoy vimos al magnate deprimido. Viejo para responder con elocuencia ‒los periodistas ingleses dicen que está menos viejo de lo que pareció hoy‒. Con frecuencia pidió que su hijo –que después de esto se ve más firme en el papel de sucesor– contestara las inquietudes de los parlamentarios, con el argumento de que él no sabía ni sabe nada. Los Murdoch dijeron, precisamente, que nunca estuvieron cerca de las chuzadas; que emplean 57 mil personas y que News of the World era 1% de su compañía; que poco hablaban con los editores de ese periódico; que era imposible que se enteraran de las “chuzadas”; que ellos no le pagaron a la policía; que sí se ha pagado por fuentes; que la cultura sin escrúpulos de los tabloides ingleses no es culpa suya; que el viejo no va a renunciar porque nadie más que él puede aclarar todo este barullo. Y que están enfadados, asqueados y apenados por las “chuzadas” que realizó su periódico.

De repente, hacia el final de la audiencia, como si todo este escándalo no fuera digno de película escrita por Aaron Sorkin, un hombre atacó a Rupert Murdoch. Fue insólito. Twitter colapsó. La esposa del viejo, Wendy, 36 años menor que él, le defendió y le pegó al atacante. La audiencia se suspendió por unos minutos y al final se reanudó y terminó con la sentida intervención de Rupert Murdoch. El agresor parece ser Johnnie Marbles, un anarquista y comediante que, al menos según sus trinos, estaba presente en la audiencia. Ha escrito en su blog diatribas en contra de Murdoch y lo ha llamado un millonario codicioso.

Cuando Murdoch llegó a Londres hace diez días para lidiar con el follón dijo que su prioridad era Rebekah Books: protegerla y defenderla. Ella fue editora de News of the World y directora ejecutiva de la empresa hasta que renunció la semana pasada. Después fue arrestada. Era la consentida de Murdoch y, a pesar de estar arrestada, también tuvo que dar testimonio hoy ante la comisión. Dijo que contrataron detectives privados y que esa es una práctica habitual de los medios en Inglaterra. También pidió perdón y dijo que se arrepiente de muchas cosas.

¿Qué fue lo que vimos hoy? Nada más que a Dios en las incómodas salas del purgatorio. No se dijo nada nuevo, ni las preguntas estuvieron a la altura. Pero el valor simbólico de la audiencia, además del atentado, es histórico. Porque Murdoch siempre ha visto las noticias desde arriba, desde un palco de oro que lo protege y con el poder que le garantiza su imperio para juzgar a la gente. Su relación con el sistema inglés, a pesar de hipócrita, siempre había sido amistosa. Siempre, sin excepciones, había caído parado en las innumerables demandas y obstáculos que le puso su competencia. Rupert Murdoch siempre había sido Dios: el inmortal que escoge si los mortales vamos al cielo o al infierno. Y hoy, como cualquiera de nosotros, se tuvo que sentar a poner la cara. Y casi se la rompen, en términos literales. Puso una cara más arrugada que nunca, deprimida, compungida. La de un viejo zorro que, ahora sí, como nunca nadie se lo imaginó, está en proceso de caerse de su trono. ¿Caerá parado?

Publicado en Kien & Ke en julio de 2011.

¡Salven la televisión!

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¿Se imagina que la televisión en Colombia fuera buena? Parece un chiste, ¿no? Sentarse a ver televisión colombiana es, al menos, un martirio: pasamos de Marlon Becerra y las propiedades curativas de la auyama, a Vicky Dávila y su cosa política moviéeeendose. Nadie de mi generación sabe cómo sería una televisión de calidad. Tal vez por eso muchos nos educamos con la televisión internacional, y de golpe por eso entendemos algo de inglés. Esa, de hecho, podría ser una de las ventajas de tener una televisión de paupérrima calidad. Qué maravilla.

Como todo en Colombia ‘se soluciona’ (entre comillas, sí) con leyes, ahora les dio por acabar con la Comisión Nacional de Televisión. Que, sí, no servía para nada. Que, sí, hay que modificarla. Pero y ¿ahora que vamos a hacer? Durante los próximos seis meses –con campaña de por medio; es decir, dos meses– van a discutir y definir cómo será y para qué va a servir el nuevo sistema de televisión. ¿Qué quiere decir eso? Que le van a cambiar el nombre a la identidad; cosa que no importa. Y que la van a quitar su carácter constitucional; cosa que da la misma. Es decir, se les van a ir los ‘seis’ meses en debatir lo que no es. Desde que llegó la televisión a Colombia su manejo y funcionamiento burocrático han estado en discusión. Y nadie se ha preguntado por qué diablos la televisión en Colombia es tan mala y qué vamos a hacer para mejorarla. Si vamos a hablar de televisión, hablemos de televisión. Y este es el momento. Hay que aprovechar.

La primera prioridad tiene que ser acabar con el duopolio del que gozan Caracol y RCN. Si eso no fuera así, las noticias no serían publirreportajes y el billón de pesos que les entra al año –92% de toda la pauta publicitaria en el país– no sería solo para ellos. Habría más y mejor contenido. Y nos ahorraríamos –entre tantas pequeñeces con las que todos sufrimos a diario– las insufribles propagandas en las transmisiones de fútbol: entre más competencia, más espacio donde pautar y mejor calidad. El poder económico, político y, lo que es peor, cultural que tienen estos canales es inaudito. Tanto, que los periodistas no los critican por miedo a cerrase puertas. Hay que emprender una política de todos contra los Cacaos y sus roscas.

Lo segundo es arreglar el tema de los canales públicos. Para responder al problema que se han convertido Caracol y RCN, Juan Manuel Santos dijo estar de acuerdo con la libertad de canales: que se salve el que pueda. Eso suena bien, pero trae innumerables consecuencias, como devolverle la plata de las concesiones a Caracol y RCN. Esa plata es, además, la que financia a los canales públicos. Así que nos quedaríamos sin ellos. Y parte del problema es que en este país, debido a la triste calidad del producto, nadie se interesa por la televisión pública. Sin embargo, los canales públicos son una necesidad para una democracia, porque no dependen de los anunciantes y eso garantiza independencia y buen contenido. France Télévisions y la BBC, por ejemplo, son cadenas que garantizan el buen contenido de los privados por ser competencia de talla, son ejemplos de innovación periodística, son símbolos culturales con los que la gente creció y garantizan una oferta de televisión balanceada.

Nosotros, en cambio, tenemos a Jorge Barón. Y a unos canales regionales que dedican doce horas del día a tocar villancicos en abril. Si vamos a decretar la libertad de canales, hay que apagar o privatizar o hacer un híbrido con los canales públicos. El Tiempo, Prisa y hasta Univision y Telemundo están interesadas en poner canales en Colombia. Los necesitamos con urgencia. Pero hay que pensar cuál es el impacto de su llegada en la televisión pública, que no puede desaparecer.

Por fortuna nunca he ido, pero tengo entendido que la Comisión Sexta de la Cámara, donde se tratan todos estos temas de comunicaciones, es un hervidero de viejos que a duras penas saben prender un televisor. En sus manos, además de un tinto en agua de panela, está el futuro de la televisión en Colombia, el pasatiempo y profesor de todos los colombianos. Y lo que me preocupa es que los temas de tecnología no están sobre le mesa. Uno ve a los políticos con sus iPads en la mano y ellos no parecen entender que esto, esta revolución sin precedentes en las comunicaciones universales, más temprano que tarde le llegará al resto de la población colombiana. ¿De verdad queremos concentrar nuestros esfuerzos en la televisión? Necesitamos de entidades del Estado que, además de llevar nuevas tecnologías a la población, innove por sí misma. ¿Se imagina que el Show de las Estrellas se pudiera ver por streaming en la fresca, funcional y exentan de publicidad página del Canal Uno? La gente, tal vez ahí, entendería de qué se trata el internet. Y tal vez su siguiente click sería en El Espectador y el siguiente, quién quita, en el New York Times.

Hablé con Ricardo Galán para esta columna. Él fue director de la Comisión, es bloguero y conocedor del tema. Coincidimos en que es el momento para darle un revolcón al sistema de televisión en Colombia. ¿A alguien en ese edén intachable donde viven los políticos se la ha ocurrido discutir cuál es la televisión que queremos y debemos ver los colombianos? Ojalá, en esos ‘seis’ meses que tienen para hacerlo, no se les vaya todo el tiempo pensando cómo le van a poner al Ente Regulador de la Televisión en Colombia.

Publicado en Kien & Ke en julio de 2011.

Written by pardodaniel

julio 18, 2011 at 10:10 am

El baile también está en crisis

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¿Ha visto cómo baila la gente hoy en día? Nadie diferente a las personas que habitan este planeta tiene la vil culpa de la depresión irreversible en la que nos encontramos. Hemos sido víctimas de nuestro propio invento. Todo esto, esta falta de civilidad y humanidad, fue culpa nuestra. Y una de las más garrafales consecuencias es que la gente ya no sabe bailar.

El baile de hoy es a solas, con una música monótona y predecible y sin sentido de la estética o el arte. A falta de características extraordinarias, es difícil describirlo: tiene algo de convulsión, de éxtasis, de movimiento sobre un eje; algo de ritmo. Se parece al baile del mapalé, con respeto al mapalé. Pero ni siquiera hay sexualidad, ni euforia. Piense en un tipo, casi siempre en las drogas, por allá en la esquina de una discoteca en proceso de quemar sus neuronas con música hecha exclusivamente para eso. Usted lo ha visto: el baile de música electrónica no tiene nada de especial. Y de golpe sea por eso que no existe un reality show del que mejor baile música electrónica.

Me dirán que esa, precisamente, es la ventaja: que la música contemporánea –y acá no hablo de danza que vemos en la academia– le da libertad al bailarín para moverse como quiera; que no hay reglas; que no hay estereotipos; que no hay bien o mal. Y es cierto: un arte no tiene por qué tener reglas ni maneras correctas o incorrectas de llevarse a cabo. Tal vez en el baile contemporáneo –ese de las discotecas, no de las escuelas– perviva la esencia, que es hacer una representación corporal de la música y dejarse llevar por ésta. Pero yo no me refiero a esas discusiones artísticas o filosóficas. Lo mío es más mundano, más tangible, y se trata de que, como en todo, en el baile, por cuenta del mundo que nos hemos inventado, se perdió lo que en realidad se pretende: el contacto.

Nos hemos empeñado en librarnos de todas las cosas que nos hacen humanos. Y hemos decidido seguir el camino de la robotización de nuestras relaciones sociales. Ya no hay nada que celebrar, pero bailar era de las pocas cosas que nos quedaban. Hasta ahora, que bailar se volvió, una vez más, un evento que se hace en la soledad a la que estamos destinados. La ciencia, el sabor y la humanidad del baile se han perdido.

Bailar a solas puede ser una ventaja, porque en el baile contemporáneo –el de las fiestas, no de los teatros– cada uno lo hace le entra en gana. Pero el baile es, se supone, una celebración. Y celebrar en la soledad –usted lo experimentado– no solo es aburrido, sino desalmado e incoherente.

En Wall-E, la película sobre el futuro tétrico e inhumano al que nos dirigimos, la gente no sabe qué es bailar. Y por eso le tienen que pedir a un computador que lo defina: “una serie de movimientos que involucra a dos personas, donde la velocidad y el ritmo se equiparan armoniosamente con la música”, dice el robot/diccionario. A ese mundo donde la gente no sabe qué es bailar estamos muy cerca de llegar.

Otra de las almas del baile que se perdieron: la coquetería. Como los pavos que sacan sus plumas para conquistar a las pavas, los seres humanos tenemos el baile, que es –o era– una expresión artística con detalles, con ciencia, con dificultad. Y ahora, porque nos odiamos, queremos volver el baile un proceso mecánico de convulsión inspirado en una música hecha por electricistas.

En términos animales, cuando el hombre se desliga de sus posibilidades de entrepierneo está renunciando, también, a su único objetivo en la vida: reproducirse.

Cito a Héctor Abad: “El baile es un permiso que el alma le da al cuerpo de volver a ser animal, felizmente animal. Ser otra vez un pájaro que surca el aire, un pez que esquiva escollos, una gacela que salta, una abeja o una cebra que improvisan una danza de seducción.” Y mi generación –esa que baila música electrónica– se empeñó en quitarle al baile todo ese estilo y contacto que justifican su práctica.
En el tema del baile, mi generación fracasó con un éxito sin precedentes: no sabemos bailar salsa, mucho menos son cubano, bolero, vals, tango o flamenco. Están los que bailan en un gimnasio, y los que toman una clase. Pero, cuando se trata de celebrar, nuestra generación se dirige a una discoteca a bailar como si fueran pescados recién sacados del agua. Todos estos Rihannas, Lady Gagas y Justin Biebers han inundado las discotecas populares del mundo. Y las colombianas están infestadas de reguetón y tropipop, temas odiosos a los que no me quiero referir. Y las discotecas no populares –llámense underground– están infectadas de sonidos más acordes a un mundo de robots que se comunican por medio de aparatos.

Ya no nos hablamos a la cara, sino por Skype. Ya no le hablamos a una mujer, sino la buscamos por Facebook. Puede que en el baile electrónico haya pasión, pero no hay colectividad ni relación social. Y si no es así, ¿para qué bailar?

Bailar en círculo es como saludarse de mano con una mujer: es renunciar a los aspectos más humanos que tenemos. Y eso fue lo que nuestra generación ha escogido para celebrar. ¡Brindemos por el fracaso!, como diría el filósofo.

Ilustración: http://www.flickr.com/photos/mathiole/

Publicado en SoHo en junio de 2010.

Written by pardodaniel

julio 2, 2011 at 9:35 am