Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Murdoch contra las cuerdas

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– ¿A qué se dedica? ‒me preguntó el agente de inmigración inglés cuando entré al Reino Unido hace dos días.

– Soy periodista ‒le dije.

– ¡Uy!, interesante semana por la que está pasando: el imperio del mal está siendo destruido ‒dijo.

– ¿Por qué tan malo? ‒le pregunté.

– Porque se enriquecieron a costa de la vida privada de los demás ‒remató.

Sin duda, mucha gente odia a Rupert Murdoch en este país. Pero, al mismo tiempo, mucha gente –la mayoría, para ser más preciso– lo lee. Vino desde Australia a invertir sin mucha plata en el mercado de periódicos más competitivo del mundo, a un país que desde el siglo XIX se ha caracterizado por tener una oferta de periódicos inmensa, diversa y feroz. Y se distinguió, de entrada, por no tener escrúpulos: por una habilidad única para titular y burlarse de la élite sin tapujos.

Los ingleses dicen “perdón” por rozarlo a uno en el metro: son las personas más educadas y políticamente correctas del planeta. Y la irreverencia de Murdoch, que siempre ha dicho odiar a la intachable e intocable élite política inglesa, sonó como una voz revolucionaria en los sesenta, una voz con la que se identificaron todos esos hombres que, camino a la fábrica, compraban un periódico en busca de sexo, violencia y fútbol.

Rupert Murdoch empezó su imperio a punta de entretener por medio de las noticias. Y eso lo hizo grande: invadió Estado Unidos, Hollywood, la televisión por cable, las editoriales, algo de China y varios rincones más del mundo. Con la simple premisa de darle a la gente “las noticias que quieren leer” (o ver u oír), Murdoch se hizo el media tycoon más grande del planeta.

Y lo llevó, entre otras cosas, a crear una cultura periodística que pasa por encima de cualquier código ético o legal con tal de conseguir una chiva sobre una figura pública.

Murdoch siempre se había visto por lo alto, en la estratosfera, intocable. Piense en el Señor Burns, de Los Simpsons: en su silla de cuero, alta y con apoyabrazos decorados con leones, en la cabecera de una mesa gigante llena de ejecutivos de derecha. Pero hoy lo vimos como nunca antes lo habíamos visto al viejo magnate.

Y por eso la audiencia de hoy –y, bueno, todo el escándalo de las “chuzadas” que su periódico News of the World realizó en alianza con la policía– va tener un capítulo especial, y de película, en los futuros libros de la historia del periodismo universal. Con su hijo James –un yuppie que roza los cuarenta con un acento de los barrios más sofisticados de Nueva York–, Murdoch se sentó en la comisión de acusaciones que se encarga de medios, cultura y deporte. No los dejaron hacer la intervención introductoria que habían preparado y, cuando James tomó la palabra, su papá lo interrumpió y dijo, con una voz cortada y humilde, “este es el día más vergonzoso de mi vida” (“this is the most humble day of my life”). Llámele teatro, llámele palabras genuinas: los Murdoch hoy siguieron en la misma tónica en la que han estado los últimos días, desde que el escándalo explotó cuando el periódico The Guardian –el veedor en todo este asunto– descubrió que también habían chuzado a los familiares de Milly Dowle, una niña que desapareció en 2002 y enterneció al país entero hasta que apareció muerta ocho meses después. La tónica: estamos apenados con todo el mundo, pedimos perdón, ayudaremos con la justicia, asumiremos las consecuencias.

Consecuencias que no paran de llegar: ya cayeron los grandes mandos de la compañía, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, y algunos fueron arrestados. También tuvieron que cerrar el periódico –que era el más leído en el Reino Unido, con tres millones de lectores cada domingo– y retiraron una licitación para apoderarse de 100% de la televisión digital en el Reino Unido. Ayer los hackearon y uno de los ex editores apareció muerto, sin explicaciones hasta ahora. Ahora dicen que Murdoch, a sus ochenta años, se va a retirar, que va a vender sus periódicos y que hasta el primer ministro David Cameron –que fue visitado por Murdoch después de ser elegido y nombró a uno de los arrestados como ministro de comunicaciones– va a terminar salpicado, y hasta tumbado. El escándalo no para.

Y por eso hoy vimos al magnate deprimido. Viejo para responder con elocuencia ‒los periodistas ingleses dicen que está menos viejo de lo que pareció hoy‒. Con frecuencia pidió que su hijo –que después de esto se ve más firme en el papel de sucesor– contestara las inquietudes de los parlamentarios, con el argumento de que él no sabía ni sabe nada. Los Murdoch dijeron, precisamente, que nunca estuvieron cerca de las chuzadas; que emplean 57 mil personas y que News of the World era 1% de su compañía; que poco hablaban con los editores de ese periódico; que era imposible que se enteraran de las “chuzadas”; que ellos no le pagaron a la policía; que sí se ha pagado por fuentes; que la cultura sin escrúpulos de los tabloides ingleses no es culpa suya; que el viejo no va a renunciar porque nadie más que él puede aclarar todo este barullo. Y que están enfadados, asqueados y apenados por las “chuzadas” que realizó su periódico.

De repente, hacia el final de la audiencia, como si todo este escándalo no fuera digno de película escrita por Aaron Sorkin, un hombre atacó a Rupert Murdoch. Fue insólito. Twitter colapsó. La esposa del viejo, Wendy, 36 años menor que él, le defendió y le pegó al atacante. La audiencia se suspendió por unos minutos y al final se reanudó y terminó con la sentida intervención de Rupert Murdoch. El agresor parece ser Johnnie Marbles, un anarquista y comediante que, al menos según sus trinos, estaba presente en la audiencia. Ha escrito en su blog diatribas en contra de Murdoch y lo ha llamado un millonario codicioso.

Cuando Murdoch llegó a Londres hace diez días para lidiar con el follón dijo que su prioridad era Rebekah Books: protegerla y defenderla. Ella fue editora de News of the World y directora ejecutiva de la empresa hasta que renunció la semana pasada. Después fue arrestada. Era la consentida de Murdoch y, a pesar de estar arrestada, también tuvo que dar testimonio hoy ante la comisión. Dijo que contrataron detectives privados y que esa es una práctica habitual de los medios en Inglaterra. También pidió perdón y dijo que se arrepiente de muchas cosas.

¿Qué fue lo que vimos hoy? Nada más que a Dios en las incómodas salas del purgatorio. No se dijo nada nuevo, ni las preguntas estuvieron a la altura. Pero el valor simbólico de la audiencia, además del atentado, es histórico. Porque Murdoch siempre ha visto las noticias desde arriba, desde un palco de oro que lo protege y con el poder que le garantiza su imperio para juzgar a la gente. Su relación con el sistema inglés, a pesar de hipócrita, siempre había sido amistosa. Siempre, sin excepciones, había caído parado en las innumerables demandas y obstáculos que le puso su competencia. Rupert Murdoch siempre había sido Dios: el inmortal que escoge si los mortales vamos al cielo o al infierno. Y hoy, como cualquiera de nosotros, se tuvo que sentar a poner la cara. Y casi se la rompen, en términos literales. Puso una cara más arrugada que nunca, deprimida, compungida. La de un viejo zorro que, ahora sí, como nunca nadie se lo imaginó, está en proceso de caerse de su trono. ¿Caerá parado?

Publicado en Kien & Ke en julio de 2011.

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