Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

El reino de los tabloides

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Dan vive en el mismo edificio que yo en Londres, en uno de los tradicionales conjuntos que construyeron sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial. En la vecindad todos conocemos a Dan, porque arregla bicicletas en el patio y pone música a reventar los domingos. Tiene dos perros pitbull, se viste con sudadera y toma cerveza desde las once de la mañana. Saluda con un sonido, “ioai”, que quiere decir “are you alright?” Y es, para meterlo en un estereotipo, un fiel representante de la cultura que los ingleses, sin tapujos, llaman la working class: esos que viven de su equipo de fútbol, que van al mismo pub todos los días, que viven del Estado. Y que leen los periódicos de Rupert Murdoch.

Dan compra The Sun tres veces por semana y hasta la semana pasada compraba News of the World todos los domingos. Los lee, dice, porque le dedican ocho páginas al día al fútbol inglés: rumores de transferencias, resultados, vida privada de los jugadores. Su opinión sobre las escuchas de News of the World que desataron un escándalo político y periodístico sin precedentes en la historia de los medios universales es indiferente: “los periodistas siempre han sido unas ratas que pasan por encima de cualquiera para conseguir historias; a mí qué me importa: solo espero que me informen sobre lo que quiero saber”.

Las escuchas son una anécdota en una historia de tres siglos. Los primeros periódicos que se pueden diferenciar de los panfletos políticos aparecieron hacia 1700. The Courant, London Gazette y News-Letter eran los principales medios de un mercado que, desde el principio, le dio a sus lectores el tipo de información que hizo a Murdoch un gigante del siglo XX: “¿Podríamos reconocer elementos del presente en los periódicos de principio del XVIII?”, se pregunta el Andrew Marr en su historia del periodismo inglés. “Estaban llenos de propaganda política, rumores rebuscados y chismes sucios… entonces sí”.

Con la apertura económica, la revolución industrial, la alfabetización y el establecimiento del Reino Unido como la primera potencia mundial durante el periodo victoriano se abrió un mercado de periódicos competitivo y feroz. Así nacieron el Daily Mail, un tabloide de derecha especializado en historias humanas, el Times, un periódico de clase alta conservadora y The Manchester Guardian, el periódico liberal que hoy, trasladado a Londres y llamado The Guardian, tiene a Murdoch en jaque. Fleet street es la calle del centro de la capital donde se instalaron estos medios. Allí nació esa cultura del periodismo que se enfoca en lo sensacional y quiebra cualquier código ético –o legal– para conseguir una chiva. “¿Cómo escoge usted sus noticias?”, le preguntaron a Mazer Mahmmood, el periodista de News of the World que se hizo famoso por sus reporterías encubiertas en los ochenta. “La clave está en si la gente está hablando de eso en los pubs”.

El plato fuerte de esta cultura son las peleas entre las celebridades y los periódicos, que son parte de la tradición oral inglesa. Una fue entre Noami Campbell y el Daily Mirror, por unas fotos que publicaron de ella en un centro de rehabilitación; y otra fue entre Max Mosley y el News of the World, que publicó unas fotos del magnate de la Fórmula 1 en una orgía temática nazi con prostitutas. Paradójicamente, las regulaciones a los medios en Inglaterra son de las más severas del mundo. Existe, por ejemplo, la figura de la superinjunction, una medida cautelar que impide a los medios publicar infamación sobre eventos específicos de la vida privada de la celebridad que solicite la medida a la Corona. Este año, corrió el rumor de que un famoso jugador de fútbol tenía una superinjunction por una relación extra marital. Todo el país sabía quién era, pero nadie lo había publicado, porque era ilegal. Al final se divulgó por Twitter: era Ryan Giggs, jugador del Manchester United.

Josh Clarke tiene 24 años. Su carrera como futbolista del Norwich City se frustró por una lesión de rodilla. Hoy se dedica al periodismo deportivo y trabaja para coral.co.uk, una leída página de apuestas deportivas. Su papá trabaja en transporte y su madre es peluquera. Ellos leen el Sun. Para Josh, las chuzadas son “una prueba de lo jodidos que están los organismos de regulación, que urgen de reestructuración. Yo nunca he confiado en los tabloides, aunque los disfruto, porque son una lectura basura y chistosa. Están lejos de cualquier ideal de periodismo, pero la plata habla. Por alguna razón los periodistas de tabloides son los mejores pagados del país.” Como periodista, Clarke está indignado con el escándalo, pero lo entiende. Y, al igual que muchos ingleses, incluidos sus padres, le parece normal que todo esto haya explotado. “La gente está moralmente indignada, pero les resbala porque no les afecta sus vidas. La mayoría simplemente está disfrutando del espectáculo mediático,” que incluye ataque a Murcoch en plena audiencia, periódicos hackeados, un ex editor muerto y hasta especulaciones sobre la caída del Primer Ministro David Cameron.

El día que News of the World cerró la dirección de internet thesunonsunday.co.uk fue registrada. Los medios empezaron a especular si era una reacción inmediata de News International, la empresa de Murdoch, para llenar el hueco que va a dejar la muerte del dominical más leído del país. Sin embargo, James Murdoch afirmó el martes en la audiencia ante el parlamento que esa posibilidad no ha sido discutida ni es una prioridad. La ausencia de News of the World, por histórico que fuera el periódico y por lo nostálgica que haya sido su última edición, solo le va a afectar a los periodistas que despidieron y, a duras penas, al propio Murdoch. La oferta de dominicales es tan suculenta y diversa que la demanda por ese tipo de información sensacional se va a satisfacer rápido. Dan, por ejemplo, se pasó al Sunday Mirror, un tabloide de tradición laborista. The Express on Sunday es otro de los grandes, especialista en realeza, y el Mail on Sunday tiene el monopolio de la población mayor. Y ni hablar de los periódicos de alta gama, como el Observer –hermano del Guardian–, el Times –de Murdoch– y el Independent on Sunday –el más liberal de todos–.

El internet le dio menos duro a los impresos británico que a los norteamericanos, porque acá la cultura del periódico está demasiado arraigada. Hay un periódico para cada estrato social y cultural. No es como en Estados Unidos, donde el sistema funciona por suscripciones y los grandes títulos son monopolios de sus ciudades. Por el contrario, hablamos de gente alrededor del país que, camino al trabajo, compra en el quiosco el periódico que en su portada tenga la información que le importa. Con tanta competencia, a la que hay que incluir los periódicos gratuitos que se distribuyen como pan, la posibilidad de figurar es difícil y de ahí el origen de esta cultura donde la chiva justifica los medios. En Inglaterra el lector tiene la razón.

Dave Chapman es el dueño del pub al que yo voy, el Albion. Se toma 16 pintas de cerveza al día y sabe de fútbol inglés como pocos. En su pub, que tiene una clientela fiel y de cierta manera sofisticada, compran el Guardian y el Express. Los clientes se toman su cerveza del día leyéndolos. Esta semana le pregunté a Dave y su esposa, Sue, una matrona a la que las meseras tienen miedo, por qué no compraban el Sun, y me regañaron: “acá no vamos a hablar de eso”, dijo ella. “Es gente mala que no merece nuestro apoyo.”

Publicado en El Espectador en julio de 2011.

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