Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Léame

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Me siento idiota pidiéndole que me lea, amable lector. Como ese yuppie que monopoliza las reuniones con palabras sobre su exitosa carrera, hermosa novia y tonificados bíceps: así me siento. Es una de las vergüenzas por las que tenemos que pasar los periodistas hoy en día: promoverse a uno mismo. ¿Acaso mi trabajo (y, de paso, mi vida) es digno de ser promovido? Uno escribe para que lo lean, sin duda. Pero ¿en qué momento el periodista se volvió un relacionista público? Yo no estaba preparado para esto: nadie me dijo que el periodismo venía con estrategias de promoción. De haberlo sabido, habría dudado. Porque no me convence lo que hago, porque no estoy orgulloso de lo que escribo, porque mi especialidad no es vender. Y mucho menos venderme a mí mismo. Tengo inseguridades, y dudas, y promover mi trabajo no es una práctica que me sienta cómodo haciendo. Me parece de mal gusto, de mala educación. Así que lamento tener que ponerle mis artículos hasta en la sopa, querido lector. Pero es que, entiéndame: si no usted no me lee. Y mi trabajo queda en el olvido.

Una de las características del nuevo periodismo, después del sacudón del internet, es que los periodistas deben usar las redes sociales –fotos de vacaciones incluidas– para promover su trabajo y darse a conocer. ¿Cómo es esto de que el periodista es, también, un promotor?

Solo los columnistas con nombre y cuyos medios son plataforma suficiente para que la gente los lea no están en Facebook, Twitter, Google + y demás redes sociales. Ni Daniel Samper Pizano, ni María Isabel Rueda, ni Antonio Caballero tienen que promocionar sus columnas. Igual, es raro encontrar periodistas que no estén en las redes sociales. Los que no están es porque no lo necesitan: Christopher Hitchens o Robert Fisk son ejemplos. Pero, en general, los periodistas deben estar en las redes sociales, haciendo de sus nombres una marca. El Daily Beast y el Hufftington Post le exigen a sus reporteros tener una cuenta activa en Twitter.

Porque en las redes sociales está la información. Facebook ya tiene 700 millones de usuarios; Twitter, 200. La mayoría del tráfico de los medios digitales viene de ahí: es más la gente que entra a esta revista porque les llama la atención un tema que alguien recomendó en Facebook que la gente que entra todos los días a ver qué de nuevo ha publicado Kien&Ke.

Cada periodista tiene algún tipo de estrategia –una personalidad– en las redes sociales. Daniel Samper Ospina, por ejemplo, hace chistes e interactúa con sus más de 130 mil seguidores en Twitter. Y, como si fuera su versión de la misa, todos los domingos desde las siete de la mañana se sienta juicioso a promover su columna. Cuando escribió sobre Chávez, mencionó a varias personalidades chavistas. Algunos le respondieron furiosos, porque “nadie se burla del comandante Chávez”. Eso dispara el tráfico de una columna. Además de esto, así como muchos otros periodistas, Samper retuitea los comentarios favorables que la gente hace de su trabajo. Y también bloquea, como Vladdo, a los que lo atacan.

Algo diferente hace Daniel Coronell, que durante la semana le pregunta a la gente su opinión sobre temas ético o políticos. Dialoga, y después retuitea algunas opiniones. El domingo, pudoroso, Coronell manda un link de su columna, con un tierno “por si quieren leerla”.

Son diferentes estrategias, y cada vez salen más manuales que argumentan cuál es la mejor. Con el internet se disparó la necesidad de que el periodista tenga un perfil y una especialidad: la de Samper es el humor y la de Coronell el periodismo duro de investigación. Y hay gente que, por fuera de una publicación, ha creado un medio con su propio nombre. Adolfo Zableh, por ejemplo, tiene diferentes blogs, pero la gente no lo lee por el tema ni el medio donde lo escriba, sino porque es él, que tiene un perfil particular.

En el exterior están los mejores ejemplos. Andy Carvin, un productor de radio gringo, es conocido como el periodista del futuro: corresponsal de la NPR en la primavera árabe, el hombre se ha convertido en una personalidad en Twitter, porque dialoga con los protagonistas, denuncia y reporta las últimas noticias. Otra de las celebridades es Anthony de Rosa, un hombre que poca gente conoce como editor de Reuters pero muchos identifican por el juicioso y versátil seguimiento que hace de las noticias en Twitter. Cada uno de ellos –con su respectiva foto y biografía y personalidad digital– se han convertido en un estilo de medio de comunicación que la gente consulta. En una marca.

Otra de las facetas de ese periodista del futuro es que su oficio es multimediático. Periodista que no sabe grabar video, editarlo y presentarlo, periodista que cojea. A los reporteros del New York Times les toca hacer un documental de los reportajes que escriben. En otras palabras: a la cuenta en Facebook y Twitter hay que adicionar una en Youtube. Y en Tumblr, y WordPress, y LinkedIn y no sé cuántas más.

Escogí una carrera que me garantizaba estar detrás de las cámaras. Y ahora resulta que debo, también, estar al frente, dando la cara y presentando mi trabajo. Y no hay vuelta atrás: así es el mundo de ahora, donde la persona privada –esa llena de inseguridades y dudas– es la misma persona pública. Ese es mi trabajo: estar activo en las redes sociales y, por medio de ellas, infestar el contenido de mis seguidores y amigos con mi trabajo. Y tal vez no tenga nada de malo, y sea problema mío –que estoy lleno de cosas malas– que me siento incómodo haciendo de mi vida una marca. En todo caso, no tengo más remedio que hacerlo: www.pardodaniel.wordpress.com
Publicado en Kien & Ke en agosto de 2011.

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Written by pardodaniel

agosto 4, 2011 a 2:57 pm

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