Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Disturbios, Robos y Rap

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Policías antidisturbios en Inglaterra

Mientras la Policía le disparaba a Mark Duggan, Asota atendía a los clientes de su óptica. El asesinato de Duggan fue el jueves 4 de agosto en Tottenham, un barrio al norte de Londres. Y la óptica de Asota, que es una franquicia del imperio de farmacias Boots, queda en Hackney, al este de la ciudad.

El sábado siguiente, 300 residentes de Tottenham se organizaron para protestar por la muerte de Duggan. Y Asota, mientras organizaba las gafas en las vitrinas, seguía las noticias que planteaban dos versiones: que, como pensaban los residentes de Tottenham, la Policía “ejecutó” a Duggan por ser negro; y que, como defiende la Policía, Duggan había disparado en primera instancia. Ninguna versión ha sido comprobada.

El domingo, ya eran 26 los policías heridos durante las protestas en Tottenham. A medida que avanzó el fin de semana, los protestantes pasaron a ser vándalos encapuchados que, por toda la ciudad y después el país, saquearon tiendas e incendiaron carros y edificios. El lunes, Londres colapsó y el barrio donde hubo más saqueos y enfrentamientos fue en Hackney, donde queda la óptica de Asota, el pequeño hombre de raíces jamaiquinas que me atendió desde la vitrina que los asaltantes destrozaron.

“A las 4 de la tarde del lunes”, me dijo Asota, que me atendió de afán porque los señores del seguro estaban por llegar, “todos los negocios de la calle habíamos cerrado. Como en el aviso de mi óptica está el logo de Boots, los asaltantes rompieron la reja y saquearon mi tienda. Yo me devolví para defenderme. Les dije que esta tienda no es de Boots, sino mía. Pero los jóvenes encapuchados parecían locos, ciegos”. Los asaltantes no tocaron las tiendas de barrio, sino las de grandes marcas, como Boots.

Mare Street es una de las calles comerciales de Hackney, un barrio donde confluye gente de todas partes del mundo, sobre todo de Pakistán, India, Bangladesh y, bueno, Inglaterra. Ahí fue que asaltaron el Iceland, un exitoso mercado de comida congelada cuyo saqueo dio vueltas al mundo por YouTube.

Si bien las tiendas ya no tienen sus frutas afuera y los bares están forrados en madera, la normalidad volvió a Hackney al final de esta semana, después de que el gobierno blindó la ciudad con 16.000 policías. Se ven vidrios rotos y los carros de la Policía aturden al peatón cada vez que pasan. Pero al barrio más diverso del este de Londres, donde los turistas van a comer indio, ha vuelto la calma.

Los disturbios se regaron por el Reino Unido y dejaron seis muertos y 1.500 detenidos, entre ellos un niño de 11 años y un profesor de primaria. Los costos fueron estimados en 200 millones de libras. El desorden ha cesado, pero las consecuencias son de largo plazo.

Protestar con violencia es una tradición inglesa. En el siglo XIV los campesinos pelearon en contra del feudalismo y en el XVIII, por la crisis del grano. En los años 80, también en Londres, la gente manifestó su descontento con el gobierno de Margaret Thatcher. Y en 2001, en el norte, radicales de la izquierda se enfrentaron a radicales de la derecha. Cada protesta ha tenido su propio contexto. Y da la casualidad de que siempre ocurren en bonitos días de verano.

El título de The Economist fue contundente: “Anarquía en el Reino Unido”. Los disturbios no son una protesta organizada ni tienen fundamento político. Sin embargo, como argumentó The Guardian, el problema sí tiene un contexto social, cultural y político: en medio de una crisis económica mundial, la juventud pierde la esperanza y responde con violencia a los cortes de un gobierno que acostumbraba darle generosos beneficios económicos a la gente. Encima, los disturbios son consecuencia de una mezcla de culturas que no son necesariamente compatibles, como lo demostraron los enfrentamientos de Birmingham, que dejaron tres muertos. También son la reacción a las tendencias de ultraderecha que rechazan la migración. Por otro lado, hay quienes piensan que los disturbios son una consecuencia de la incapacidad de la Policía de frenar actos vandálicos, entre otras por el miedo de caer en racismo o xenofobia.

La juventud que protagonizó los disturbios, en términos generales, viene de familias de inmigrantes y de la clase trabajadora, que viven de los beneficios del gobierno y caminan por la calle en grupos grandes, hablan un inglés inconfundible y oyen rap. Son los mercaderes de la droga. También incluyen a los hooligans. Se trata de la clase marginal de uno de los países más desiguales de Europa.

Y una de sus facetas más tradicionales es la capucha, ese gorro pegado al saco de algodón que en inglés le llaman hoodie. Se convirtió en un símbolo de la rebeldía en las protestas de esta semana: era el uniforme de los encapuchados. E incluso ha dado con un estigma, que condena a todo joven que lleva un hoodie. Fue adoptado como una prenda de diario cuando los raperos se convirtieron en un modelo a seguir —atléticos, rebeldes, antisistema— para los jóvenes en los ochenta. Después esa cultura se infestó de la estética del narcotráfico y la ilegalidad. “El énfasis del hip hop en la fuerza, el estatus y el ostento aseguró que el hoodie de Rocky Balboa se convirtiera en la icónica e indispensable prenda de una generación”, escribió Kevin Braddock en The Guardian. Es una forma de esconderse, una demostración de su reprimida identidad.

No por casualidad uno de los productos que más se robaron fueron tenis Adidas, también un clásico del atuendo rapero. De hecho, una de las celebridades que dejaron estas protestas cubiertas por las redes sociales, Pauline Pearce, dijo en un desgarrador video: “Estoy avergonzada de ser una persona de Hackney porque no estamos juntos peleando por una causa sino robando Foot Lockers (una tienda de zapatos) y robando”. El video de Pauline, la abuelita de los disturbios de Londres 2011, representa a una cantidad de padres que rechazan los saqueos como forma de protesta política.

Se ha culpado a las redes sociales de ser la fuente de los motines. Llamaron los eventos “The Blackberry riots”, porque por medio del chat de esos celulares, cuyos consumidores son en su mayoría jóvenes, los asaltantes se comunicaron para realizar los asaltos. El primer ministro David Cameron quiere que las redes sociales sean vigiladas y hasta censuradas.

A diferencia de los disturbios de los años 80 en Londres  —inspirados en el racismo y el capitalismo salvaje—, esta vez la tecnología jugó el papel importante que ha tenido en las revoluciones de la Primavera Árabe y las protestas en España. La venta de bates de béisbol por internet subió 5.000%. A un delincuente lo encontraron vendiendo iPhones por la web y la Policía usó Flickr para identificar asaltantes. Sean Boscott, un activista de ultraderecha, hizo un grupo de Facebook en contra de los disturbios que ya lleva un millón de seguidores y ha sido mencionado por el primer ministro. La internet ha sido, una vez más, la gran protagonista.

Otra de las celebridades que resultó de los eventos es Ashraf Haziq, un estudiante de origen malayo que, como vimos en un video, fue asaltado por delincuentes después de que éstos le habían hecho creer que lo ayudarían. Le robaron la bicicleta, un PlayStation —que Sony ofreció pagarle— y lo dejaron sangrando por la boca en la calle. Ashraf salió el jueves del hospital, rodeado de cámaras y periodistas.

El clímax de la historia ya pasó, pero estamos lejos del desenlace. Primero están las consecuencias políticas. Cameron llegó a mitad de semana de sus vacaciones en Italia; aunque las interrumpió, llegó tarde. Su futuro político depende de la forma como maneje los disturbios. Si se “derechiza” más, si decide blindar el país y no dar vuelta atrás con sus cortes, la insatisfacción puede crecer. Si decide ponerle más atención al tema social, arriesga su preciado plan económico. Los disturbios en Inglaterra suelen fortalecer a la derecha, le pasó a Thatcher en los 80. Cameron puede salir fortalecido, si logra “derechizarse” sin sufrir más rebeliones.

Habrá consecuencias judiciales porque casi 2.000 detenidos no es trabajo fácil. El viernes le dieron seis años de cárcel a un estudiante que se robó una botella de agua en la misma noche de los disturbios. ¿Exceso de la justicia?

En el plano intencional también hay consecuencias. La columnista del Wall Street Journal Peggy Noonan alertó el viernes que estas manifestaciones violentas se pueden regar por el mundo desarrollado, incluso en Estados Unidos.

Y están las consecuencias económicas, por el costo de los arreglos. Además, el refuerzo de la Policía, cuyo presupuesto ya había sido cortado por el gobierno, también va a costar mucho dinero. Esto, mientras el mundo está a centímetros de caer en una nueva crisis financiera global.

Las repercusiones se van a ver desde cualquier ángulo. Al frente de la óptica de Asota, en Mare Street, Hackney, hay una farmacia que tuvo la suerte de no ser saqueada. Su dueño, Ashwin Patel, un indio que llegó a Inglaterra con sus padres hace más de 30 años, me dijo que sus ventas se han reducido 75%.

Dave Chapman es el dueño de un bar en Hackney, The Albion, que ha sufrido los disturbios: sus ventas bajaron 40%. Ya quitó la madera de las ventanas. La Policía, que lo llama todos los días, le avisó que el nivel de alerta había pasado al número uno en una escala de cinco. “Pero uno no es cero”, me dijo. “Y en cualquier momento esto se vuelve a prender”.

Una mano de hierro para Inglaterra

El primer ministro británico, David Cameron, contrató esta semana al expolicía estadounidense William Bratton como nuevo asesor de seguridad, en medio de la zozobra que a lo largo de esta semana dejaron las múltiples manifestaciones en Inglaterra.

Bratton es un hombre experto en ejercer control en las ciudades. En los años 90 llegó a la jefatura de policía de Nueva York con el objetivo de retomar la seguridad “manzana a manzana” de una ciudad en crisis, un plan que retomó ocho años después, cuando ocupó el mismo cargo, pero en la ciudad de Los Ángeles.

Sus éxitos fueron indiscutibles en ambos casos, con fuertes redadas e incremento de la fuerza en las calles. La reducción de índices de criminalidad, con un aumento en las detenciones, contrastaba con un incremento cercano al 50% en las quejas de abuso policial.

Publicado en El Espectador en agosto de 2011

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Written by pardodaniel

agosto 14, 2011 a 12:46 pm

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