Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for septiembre 2011

Uribízate y vencerás

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Nosotros también tenemos nuestro Aló Presidente. Es el mismo formato: el monólogo de un político con un nivel de ego suficiente como para pontificar ideas dogmáticas. Y da la casualidad de que ambos megalómanos son calvos. Nuestro Aló Presidente, si nos basamos solo en su nombre, es incluso más egocéntrico que el programa del Comandante Chávez: se llama José Obdulio, a secas. Y es trasmitido, también, los domingos, a las ocho de la noche, la hora de mayor audiencia en la televisión de estos pueblos bolivarianos analfabetas.

Cual Pensador de Rodin, la imagen de José Obdulio es sobria y sofisticada: detrás del pontífice, hay tres televisores con su imagen y delante, un letrero gigante con el nombre del programa. Lo primero que dice Gaviria en cada capítulo es que su programa es el más visto en Colombia: se ve más, entonces, que Yo me llamo y el Show del Suso. Sabrá Álvaro de dónde saca José sus estadísticas, pero, en cualquier caso, son expresadas con tanta prepotencia que parecen verdad. Cuatro minutos después de empezado el programa, habla al invitado. La cámara, no obstante, sigue enfocada en la cara de Obdulio. Monólogo es poquito para calificar este show.

Cable Noticias, el canal de televisión por cable que transmite José Obdulio, es de propiedad veneca, pues su dueño es el exdirector de Globovisión y reconocido antichavista Alberto Federico Ravell. Supongo que el hombre sintió que tocaba hacerle contra peso al panfleto del Comandante.

Confieso que no tenía idea de la existencia del programa de Obdulio. Mi empedernida sintonía del Show de Suso me impidió enterarme. Las personas con las que lo comenté me dijeron que sabían, pero que nunca lo habían visto. Lo que me pregunté es qué hace Obdulio ahí, quién se ve ese programa y de dónde acá los pregoneros del uribismo terminaron siendo periodistas de gran audiencia. Pensé que eso seguro ha pasado siempre en la historia del periodismo y la política en Colombia. Pero después llegué a una conclusión más original: el uribismo sí tiene legado, porque nos dejó un manjar de lectura que este país no se daba el lujo de tener desde que García Márquez dejó las salas de redacción de El Espectador. El uribismo vende, y entre más uribista sea uno, más espacios de expresión le van a dar. Puede ser aburrido, puede ser editado por asesinos, puede ser mentiroso: si usted defiende el legado y las políticas uribistas, los medios le van a dar un espacio.

Colombia no ha superado a Álvaro Uribe. Y tal vez nunca lo supere. Los editores se sienten culpables, me imagino: todos sus columnistas critican a Uribe. Y, como el pueblo todavía quiere al ex, hay que darle cabida a las ideas de ese gobierno. Por eso fue que, durante el gobierno Uribe, en Semana pusieron a Alfredo Rangel y a Rafael Nieto de columnistas, así fueran malos. Desde la posesión de Santos, tanto el urbismo como sus periodistas se han ido desprestigiando. Sin embargo, ahí siguen algunos: los que no están en la cárcel.

Uno es Pacho Santos, el vice que llegó por la puerta grande a RCN radio y con el tiempo ha perdido la audiencia que, se suponía, aseguraba su cercanía al popular gobierno saliente. Como lo dijo el Economist, en el nuevo periodismo va a contar más la transparencia que la objetividad. Por ejemplo, la cadena Fox News y su éxito rotundo han demostrado que las noticias politizadas son una fuente rotunda de audiencia. A eso le apuntó RCN con Pachito.

Parecida es la historia de Ernesto Yamhure, cuya respuesta a su relación con Carlos Castaño todavía estamos esperando: en ese sancocho antiuribista que eran las páginas de opinión de El Espectador era necesaria una voz que defendiera al expresidente. Para eso estaba Yamhure. Pero fue imposible sostenerlo.

En Kien&Ke hay un crítico que se lee muchísimo más que esta columna: Guillermo Rodríguez. El tipo tiene la sana –y sobre todo sofisticada– costumbre de trinarle su columna a cuanta personalidad existe en Twitter, a ver si lo promueven. Por el hecho de que es un uribista de primera línea, la gente lo lee, así lo odien. Uribízate y te leerán.

Igual que a Fernando Londoño y a Obdulio: leerlos es un placer culposo. La controversia, la defensa de lo indefendible, vende, y por eso estos columnistas tienen estos espacios que los grandes medios sienten que es necesario darles.

Es un hecho que el uribismo fue una fuente sin precedentes de inspiración periodística. Si no fuera por Uribe, Samper Ospina no sería tan chistoso. Si no fuera por Uribe, no habría tema. Por eso, hoy en día, los columnistas seguimos hablando de Uribe, porque no hay nada más que decir. Y es que Uribe sigue dando papaya: esta semana se fue por el país entero a promover campañas políticas. Presiento que las páginas de opinión del domingo serán, una vez más, una serie de criticas al expresidente.

Vivimos en tiempos de oscurantismo: ya nadie critica al gobierno. Tal ha sido la sorpresa de Juan Manuel Santos, que los columnistas se quedaron sin palabras. Y todos seguimos hablando del gobierno anterior: por los escándalos, por la ira de @AlvaroUribeVel, por la campaña de Peñalosa. Igual, vivimos un momento de consenso preocupante: los que hablan de Santos es para hacerle gala. El santismo de Semana, por ejemplo, demuestra que el nivel de independencia de esa revista cambia según el gobierno. Y las constantes entrevistas de Santos en El Tiempo, bueno

Creo que me voy a volver un uribista radical. Si me uribizo, tal vez Alvarito me retuitée, y al fin la gente me empiece a seguir en Twitter. Tengo ganas de ser exitoso, de ganar plata. Tal vez haga un panfleto del estilo de Un Pasquín, pero que sí gane plata. Le voy a poner El Colombiano. El uribismo vende: todas esas poderosas empresas antioqueñas me apoyarán con pauta, estoy seguro. Es increíble que a ningún periódico se la haya ocurrido defender a Uribe para aprovecharse del éxito comercial que eso significa. Lo voy a hacer.

Publicado en Kien & Ke en septiembre de 2011.

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septiembre 30, 2011 at 8:06 am

Ese tipo que se las sabe todas

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Hoy estaba en un parque leyendo y se me sentaron al lado dos personas, un hombre –pelo corto de lado, candado, gafas de sol, botas, cerveza cuya marca desconozco, camisa azul pegada al cuerpo y metida en los jeans– y una mujer –que estaba de espaldas y solo pude ver su camiseta amarilla–. Y la verdad es que nunca hubo oportunidad para pensar en la niña, porque el hombre lo copaba todo: no se callaba, se reía duro, preguntaba “¿sí me entiendes?” todo el tiempo, hacía sonidos después de cada sorbo de cerveza.

Fue imposible seguir leyendo: me tuve que ir. Un blasfema que pontifica de esa manera no deja concentrar ni a un sordo. La pobre mujer no podía hablar: a duras penas se reía con nervios. Y el hombre le seguía preguntando “¿sí me entiendes?”. Y ella le seguía responiendo: “claro”, “sí”, “obvio”, “no, me imagino”.

Sentado con las manos atrás, y con las piernas estiradas, y cruzadas, hacia el frente, el hombre empezó hablando de la fiesta del fin de semana. Le decía a la niña que no debió haberse acostado con equis hombre. Y que él le advirtió, como si tuviera la capacidad de predecir el futuro, que era un error. Nunca se preguntó, y la mujer no tuvo tiempo de preguntarle, por la mujer con la que él se acostó. Pero él sí no hizo más que hablar mal del tipo con el que se acostó la niña: que era feo, primero que todo. Y que era de mal gusto, que era un perro, que solo la quería por una noche, que estaba borracho, que ni siquiera es chistoso, que una vez se acostó con una fea.

Después, el señor pasó a hablar de las cosas que todo el mundo siempre habla: de otra gente, de películas, de fiesta, de las redes sociales, de las noticias. En la mayoría de los temas que tocaba, el tipo citaba al menos un estudio que comprobaba su posición. Empezaba con un “si mal no estoy…” y seguía contando lo que le parecía, y estaba seguro, que era la verdad absoluta.

La gente así no puede seguir sentándose en los parques. Van a acabar con el mundo, les juro.

Como ese tipo en la fila que hacen Annie Hall y Alvy Singer para entrar a cine en la aclamada película de Woody Allen. ¿Se acuerdan?

 

Ese: el que no se calla, que cita autores, que habla de su vida como si fuera un modelo para todos, que, cuando llega de un paseo, saluda con un “no sabes” y lo que sigue es una retahíla sobre lo divertido y único que fue su paseo. Y sobre lo que uno se perdió. “No te imaginas”, “de lo que te perdiste”, “increíble.”

Es más, ahora que lo pienso, esa no fue la única vez que Woody Allen habló de este personaje que está en la vida de cada uno de nosotros. En la última, en Medianoche en París, estaba: el tipo ese de barba, novio de la amiga de la novia del protagonista, que contradice a la guía del museo, que baila divino, que su trabajo es dar conferencias, que usa palabras como ‘humeante’ o ‘tánico’ para decribir un vino, que se viste divino, que le habla a extraños sin pena, que critica al protagonista por estar enfrascado en el pasado. En fin. Ese tipo:

 

A este personaje se le puede culpar de muchas cosas. Desde Bush hasta Ahmadinejad, ese protohombre que cree que puede conquistar el mundo es lo que nos llevó, entre otras, a esta crisis financiera que cada vez tiene más cara de Gran Depresión. Necesitamos más ignorantes, sí. Sin embargo, no se necesitan argumentos para detestar a estos señores: los eruditos son, simple y llano, exasperantes. Y lo que más me preocupa es que la gente –las universidades y las entrevistas de trabajo y las mamás– cada vez prefieren un hombre así a un hombre sumiso e inseguro. Que la mayoría de mujeres prefieran un tipo así –“seguro de sí mismo”, dicen– me hace pensar peor del futuro de este mundo. Así que lo único que voy a hacer al respecto es nada: me voy a leer a mi casa.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

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septiembre 30, 2011 at 8:03 am

Por qué no ganarse el Baloto

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bird-money.jpg

Qué encarte ganarse setenta y cuatro mil millones de pesos, de verdad. No lo digo con ironía, mucho menos con humor. Es en serio: qué mamera ganarse el Baloto. Con razón que casi no reclaman ese nefasto premio. Yo tampoco lo reclamaría. Imagínese: le cambiaría su vida. Rico cambiar de marca de cereal, sí, o de novia, o de vehículo de transporte. ¿Pero de vida? ¿Volverse rico de repente, sin trabajar por ello? No sé: suena demasiado bueno para ser cierto. Algo de malo tiene que traer: tal vez viene con una maldición, o su muere mi mamá, o alguna de esas tragedias.

Empecemos por esto: la plata sí trae felicidad. El dinero sí lo es todo. La felicidad sí se compra. El dinero trae felicitad. O, bueno, tampoco la trae. Uno nunca va a ser feliz: eso se sabe de entrada. La vida es una búsqueda de la felicidad, sabiendo que no se va a encontrar. En todo caso, entre más rico es uno, más feliz, y estudios lo han probado.

Sin embargo, ser rico de repente es como ser churro de la nada: su forma de ser tiene que cambiar: lo que uno dice, la manera como uno actúa, su relación con el mundo. Cambiar es bueno, sí. Pero cambiar de personalidad es demasiado difícil.

Entonces: mi argumento no tiene que ver con eso de la felicidad y el dinero. Tiene que ver con elementos más prácticos.

Por ejemplo, ¿usted se imagina todo el papeleo que hay que hacer después de que uno se gane el Baloto? Pasado judicial, seguro. RUT. Vaya al CADE, haga fila acá, pelee con esta señora allá. Firme, tómese la foto, regístrese, llene este formulario. Tal vez lo que más inspira estrés en Colombia es lidiar con la burocracia de este platanal ineficiente. Teniendo en cuenta todo ese trajín burocrático que debe implicar ganarse el Baloto, yo prefiero pasar.

Otro problema: a quién le regalo plata y a quién no. Como en Navidad, como en los cumpleaños, la vida es un proceso de escoger a quién uno le regala y a quién no. Es decir, a quién se gana de enemigo y a quién no. Quién le importa y quién no. Siendo rico de repente, el sentimiento de culpa lo va a llevar a regalar. Y tendrá que escoger. Y ganarse enemigos. Más de los que tiene.

Eso, además, sin tener en cuenta el sentimiento de envidia que va a generar con sus conocidos. Acuérdese: este en un país de envidiosos. Así que, cuando se gane el Baloto, espere apreciaciones tipo “es que usted tiene una vida mejor”, “es que mi vida sí es dura”, “aproveche”, “es que usted sí es feliz.” Ese tipo de apreciaciones elogiosas llenas de envidia entre líneas se volverían un lugar común en su vida. Y usted no quiere eso. Tanto, que, como todos sabemos que la plata sí es el antídoto para la felicidad, usted tendría que ser feliz para siempre. O, al menos, tendría que hacerle entender a la gente que usted es feliz. Cuando no. Si se gana el Baloto, le tocaría ser feliz para siempre. Y qué desgracia.

Por ese sentimiento de culpa, además, le tocaría hacer caridad. Y eso no es así de fácil. Tesis doctorales en Harvard se han escrito probando que la caridad sin contexto, sin preparación, sin justificación, es peor que no regalar nada. Así que, si se gana el Baloto, le tocaría volverse experto en caridad: entender cuál es la mejor manera, el mejor sitio, etcétera. Le tocaría leer libros sobre caridad, escritos por Lady Di. Sin Baloto, en cambio, uno puede seguir esta vida banal lejos de la generosidad. Mire a Bono, o a Sting: toda esa gente se volvió estúpida por cuenta de la caridad.

Si se gana el Baloto, usted se lo gana en Colombia. Es decir: si se gana el Baloto, lo secuestran. Para que eso no pase, le tocaría tener escoltas. Y perder su privacidad.

Se volvería famoso, también: un famoso con escoltas. Y lo invitarían a lanzamientos y le tocaría salir en las Sociales de las revistas. También le tocaría ser el centro de atención de todas la fiestas lagartas que le harían. Además, ¿de verdad le gustaría ser famoso porque tiene más plata que los demás? Lo dudo.

Además, volverse rico en este país es volverse traqueto. Es perder el gusto. Todos acá somos pobres, y, cuando nos volvemos ricos, no solo porque es mal visto sino porque todos tenemos pésimo gusto y muy poca etiqueta, pasamos a ser traquetos.

Si se gana el Baloto, lo más probable es que usted termine en una situación como la de la película ésta, ¿Qué pasó ayer?, en la que una fiesta termina quitándole un diente. Usted no quiere eso, créame. Y mucho menos si usted es, como yo, un adicto a la fiesta: le pasarían accidentes de ese estilo a diario.

Otra especialidad en la que tendría que incursionar si se gana el Baloto: las finanzas. Así usted contrate un contador y un corredor de bolsa y todo eso, usted va a tener que saber qué está pasando con su plata. Entonces tendrá que pararle bolas a los números de la bolsa, Wall Street y demás eventos estresantes de este mundo. Si se gana el Baloto, le tocaría empezar a leer Portafolio. Y eso es estar lejos, muy lejos, de la felicidad.

Si yo me gano el Baloto, no lo reclamo. O se lo doy, todo, a Julio Mario Santo Domingo, que sí sabe qué hacer con la plata. A la gente como yo, que nos gastamos cien mil pesos en aguardiente en una noche, no nos deberían ni vender el Baloto. Porque qué peligro donde nos lo ganemos.

Foto: http://www.onmoneymaking.com/why-many-smart-people-hate-money-plus-crucial-distinctions.html

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

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septiembre 26, 2011 at 7:42 pm

Si yo fuera director de El Tiempo

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Posibilidades de que eso pase: nulas. Posibilidades de que yo quiera que eso pase: pocas. Posibilidades de que El Tiempo exista cuando yo tenga edad para ser director: mínimas.

Pero, si yo fuera el director de El Tiempo

Haría una nueva sección de entrevistas. El entrevistado siempre sería el mismo, Juan Manuel Santos. Y la entrevistadora, también: María Isabel Rueda. Hablarían una vez por semana. Y haríamos un lanzamiento para cada entrevista. El presidente casi no ha mojado prensa. La portada de Bocas no fue suficiente. Es más, Santos siempre sería mi portada de Bocas. Una reveladora entrevista con Hernán Peláez no es bomba suficiente para darle una portada en Bocas. Que haya sido TT de Twitter el martes no significa nada.

Y hablando de María Isabel: dos entrevistas con Rudolph Giuliani no es suficiente. Que haga otra.

Le daría una columna a Alberto Casas en el periódico. Semejante lumbrera debe tener más espacio que las mañanas enteras en la cadena radial más oída del país. Que escriba en Bocas, sí, y en el periódico también, dándonos una visión fresca y renovadora de la realpolitik colombiana: nadie está comentando las sociales de las revistas, que es clave.

Igual con Álvaro Castaño Castillo. Fue un éxito ponerlo de columnista en Bocas, sin duda. Creo que lo recomendaron dos veces en Twitter: un éxito. Necesitamos voces nuevas, de gente crítica del poder, que investigue, que denuncie. Gente como Poncho Rentería, riguroso reportero. Gente como José Obdulio, balanceado opinador. Gente impoluta, como Salud Hernández Mora. Gente nueva, como Juan Gossaín. A ellos, les subiría el sueldo; y a los jóvenes reporteros, que consigan trabajo de meseros porque nadie dijo que esto del periodismo da plata.

Es más, hablando de jóvenes: no pondría a Ricardo Silva y a Juan Estaban Constaín como columnistas semanales, nunca. Y no le daría una columna a Adolfo Zableh. Voces de gente nueva es lo que necesitamos, como la de Álvaro Valencia Tovar, que tiene apenas 92 años: gente que representa con fidelidad la voz de estas nuevas generaciones indignadas.

Otra sección que valdría la pena: “Gran hermano”, una columna semanal de Enrique Santos sobre Juan Manuel. Necesitamos ser imparciales, serios: esto no se puede convertir en un panfleto gobiernista. Que haga una columna semanal sobre el presidente: que Enrique sea un veedor del poder.

Con Bocas, haría una revista ligera. No tengo suficiente con Aló y Elenco. Con Bocas, más lectura rápida y ágil. Eso de que la solución de los impresos es hacer ediciones de colección, como hacen Vogue y The Economist, es mentira. Las cifras no dicen nada. La única respuesta que los impresos pueden darle al internet es más banalidad.

Por eso lanzaría una nueva publicación de deportes, porque con “Lunes deportivo” y Futbolred no aguanta. Le podemos poner Cambio.

Además, nosotros necesitamos seguir creciendo. No nos puede bastar con ser el periódico más leído del país y tener un imperio de comunicaciones. Escribamos lo que la gente quiere leer y omitamos la que la gente debería leer. Nosotros –sobre todo nosotros– no tenemos responsabilidad ética con la sociedad colombiana. Eso de la ética es para filósofos, como los columnistas de El Espectador. Nosotros somos una publicación para el pueblo, y por eso no haremos ladrillos.

Por esa razón, acabaría con la sección internacional: como en Colombia a nadie le importa la Primavera árabe, como los colombianos solo se miran al ombligo, El Tiempo no tiene la responsabilidad de cambiar eso y educar a la gente: así que más Baloto y menos revoluciones en medio oriente. Lo importante es que nos lean. Y ya.

También por eso, porque la idea es llegarle a las masas, me empañaría en que nos dieran el tercer canal. Pero sería un canal de pornografía. Como probaron recientes estudios, el porno es donde más tiempo pasan los usuarios de internet. Y como nosotros queremos darle al lector lo que de verdad busca, lo que quiere leer, lo mejor es producir porno en televisión e internet. Para el impreso, ya tenemos a Don Juan, cuya curaduría será fundamental para el nuevo canal, pues ha demostrado que sus habilidades para copiar formatos internacionales son únicas.

Armaría una sección nueva que se llame “Debes comprar”, para darle cabida a los intereses del lector, que son, como sabemos, consumir y consumir. El engrase bien hecho, bien diseñado, es el futuro del periodismo. Podríamos meterle opinión, y hacer una sección de engrases play, editada por Guillermo Santos. Haríamos secciones multimedia como esta sobre centros comerciales, almacenes de cadena, Maicao y Unicentro. Revolucionaremos el periodismo de consumo.

Cuando sea director de El Tiempo, mi editor será el periodista que le preguntó a los seguidores en Twitter cómo estaban celebrando la muerte del Mono Jojoy. Él sería, además, el encargado de @eltiempocom. Si dirijo El Tiempo, lo quebraría a punta de fiestas estrambóticas para celebrar los cumpleaños del periódico.

Si yo fuera el director de El Tiempo, renunciaría, y me lanzaría a la presidencia. La historia nos ha probado que ese periódico es la mejor y más efectiva plataforma para llegar a la casa de Nariño. En dado caso, Juan Manuel dejaría de ser siempre la portada de Bocas, y pasaría a ser yo.

Publicado en Kien & Ke en septiembre de 2011.

Caricatura: Osuna

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septiembre 15, 2011 at 5:32 pm

Contra las bolsas de plástico

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bolsa+de+plástico.jpgYo no sé quién fue el colombiano al que le dio por usar las bolsas de plástico del mercado como si fueran una maleta para cargar cosas, a manera de talego. O, bueno, de talega. No sé, digo, pero me la imagino: chiquita, gordita, conservadora, católica, manos cogidas sobre la panza, chaqueta puesta sobre la espalda sin usar las mangas. Esa mujer está por todas partes en Colombia: es la que no deja abrir la ventana del bus, porque prefiere no sentir frío (ellas siempre tienen frío) a asfixiarse. Es la representación en más fiel de nuestra nación: que critica sin saber, que para a ver el accidente y lo comenta, que se cuela, que se coge todo el compartimiento de las maletas en los aviones con cajas llenas de bocadillos, que se mete en la vida de sus nietos, que vota por el candidato más churro, que lee a Poncho Rentería, que le habla a todo el que se le pasa por el frente, que se queja con gemidos. Y que lleva, siempre, una bolsa de plástico como si fuera una talega normal.

Supongo que esto tiene que ver con nuestra histórica pobreza, lichiguez y falta de gusto. Cualquiera la razón, no le veo justificación a esa bolsa que siempre llevan las viejitas en adición a su cartera, por las siguientes razones.

La primera es, obviamente, estética. Yo, como la mayoría, pienso que primero está la función a la forma. Sin embargo, una bolsa de Carulla no se puede volver un objeto aceptado por la sociedad como si fuera una cartera adicional. No podemos llegar hasta ese punto. Tan feas son, que, así estén limpias, uno piensa que todo lo que sale de ahí está sucio. Y de ahí que ver a alguien comer directamente de una bolsa de esas sea desagradable. Imagínese a una modelo, a Gisele Bundchen: imagínesela cargando, además de una maleta Luis Vuitton, una bolsa de plástico donde lleva un tupper con papa chorreada. ¿Verdad que pierde todo su encanto? Esas bolsas se deben usar exclusivamente para llevar y traer el mercado. Punto. Ni siquiera para ponerse en los zapatos cuando llueve, mucho menos en el pelo. Yo entiendo que es práctico, y que con dificultad podremos encontrar un remplazo. Igual, creo que no podemos renunciar a vernos civilizados.

Y es que esas bolsas, que acá tienen un arraigo cultural tan fuerte como la arepa, demuestran que no hay forma de que salgamos de este atraso irremediable. En países desarrollados, los mercados ya no usan esas bolsas. Si uno las quiere, le toca comprarlas. Aun así, la mayoría de gente no las usa, sino que hace mercado con maletas o bolsas de tela, o de papel. Y, no: no llevan el almuerzo en esas bolsas.

Porque, claro: el gran argumento de los países desarrollados para pelear en contra de la bolsa de plástico ha sido el medio ambiente. Pero en Colombia a nadie le importa eso, y el medio ambiente nos da la misma. Entonces ese argumento prefiero no tocarlo.

Más que el medio ambiente, una razón contundente para acabar con las bolsas de mercado es el sonido que generan. Uno de los clásicos obstáculos para no poder dormir en una flota es una bolsa de esas. Que el man que está comiendo atrás, que la bolsa al pie de la ventana que hace un concierto con el viento. Siempre hay una bolsa de esas por ahí haciendo bulla. En las flotas, sí, y en los taxis, tiendas, casas, estaciones de policía. Están por todas partes. Han invadido nuestro país.

Y no me diga, por favor, que este uso intensivo de las bolsas de plástico es una demostración del colombiano recursivo que puede sacar al país adelante. Por favor no me diga eso. Salgámos adelante con educación, con trabajo, con creatividad. Pero no usando bolsas de mercado para todo. A mí, esas bolsas solo me hacen pensar en recoger el depósito del perro en el parque. Y, en ese sentido, esa es la única connotación que les veo, y el único uso justo que les veo, además de cargar el mercado.

Otro rasgo de nuestro conservatismo inútil: guardar las bolsas de plástico. Las doblamos en triangulitos en un cajón especial que no hace más sino crecer, que después de un tiempo ya ni cierra. Nadie, nunca, en una casa normal, se va a quedar sin bolsas de plástico si las guarda todas. Los colombianos creemos que sí. Por eso las guardamos hasta que no quepan, ‘por si acaso’.

Y es que deberíamos ser, al menos, más coherentes: si vamos a usar estas bolsas para caneca, usémoslas para eso, que es donde se merecen estar. Pero no pensemos que los mismos objetos que usamos para guardar los sobrados del pollo pueden utilizarse para llevar un regalo, el almuerzo y, peor aun, los cosméticos. Por favor, no renunciemos a la civilidad.

Hace poco mi mamá me dijo que estaba deprimida, porque se dio cuenta que estaba entrando a la tercera edad al ver que estaba usando bolsas de plástico para solucionar todo. Las bolsas de plástico tienen a esta sociedad deprimida. Yo siento –tal vez en la ignorancia y el desespero, pero lo siento de verdad– que un mundo mejor no puede ser uno donde las bolsas de plástico de los mercados sean nuestro objeto por excelencia. Si seguimos así, las bolsas de plástico van a terminar siendo nuestro símbolo nacional. Hay que pelear contra ellas.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 13, 2011 at 7:39 pm

Top cinco de las mejores horas del día

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Los días tienen altas y bajas. Como el clima de Bogotá, uno pasa del cielo al infierno más de cinco veces al día. Acá están los cinco momentos que, para mí, son los mejores del día.

Empecemos por mencionar la peor hora del día: las 7:00am, cuando suena el despertador. Un día normal es como un domingo pero el revés: va de mal en bien. Un domingo, en cambio, empieza con felicidad y termina en la peor de las miserias. Un día normal es así, pero al revés: empieza mal, porque se viene un día de trabajo y relaciones sociales, y termina bien, porque todo eso ya terminó. Por eso la peor hora del día es, de lejos, la primera, cuando suena el despertador. Y, bueno, está ese sonido: no existe en el mundo un despertador que tenga un sonido agradable, y puede que tenga lógica: si uno se despierta con el sonido del mar o la lluvia, no hay chance de que se pare. El sonido de un despertador, para que cumpla su papel, tiene que ser ensordecedor. Y por eso, cuando suena, es el peor momento del día.

Ahora sí, las mejores cinco horas del día:

12:00am. Dormir es la mejor parte de estar vivo, que es cuando uno está medio muerto. Dormirse, arruncharse, tocar las partes frías de la cama, envolverse en las cobijas, frotar un pie con el otro: ese momento, cuando ya todo se terminó y la única tarea que queda por hacer es dormir, es el mejor momento del día. Es la prueba más cercana que, en vida, tenemos de la muerte. No por casualidad Dalí le daba tanta importancia al segundo antes de dormirse: es el mejor momento de más lucidez –y amenidad– del día.

6:30pm. Digamos que la hora promedio para salir del trabajo en Colombia es las 6pm. Se supone que es a las 5, y de ahí el nine-to-five de los gringos. Pero nosotros, los colombianos, tenemos que trabajar más, entonces tenemos el “siete-a-seis”. Pero uno termina saliendo a las 6:30, y muchos salen o hemos salido a las 7, 8, 11:30, 2 y, los últimos, a veces, a las 3, que se encuentran con los primeros. Y toman tinto en agua panela. Cuando uno sale del trabajo, a cualquier hora que sea, uno siente que la vida empieza otra vez.

10:30pm. Perder el tiempo es una necesidad básica. Las diez y treinta de la noche es mi hora de acabar el día, y meterme en la cama a joder con el computador hasta que me duerma: ver porno, tetris, ¡Seinfled!, la gente borracha en sus vacaciones. Es mi hora de perder el tiempo, y todos las tienen (o han pasado por): jugar FIFA, no poner atención en clase pintando, fumar bareta, mirar al techo. Hablo del tiempo de perder el tiempo, que todo día lo tiene, así sea el más agitado de los días.

1:00pm. El almuerzo, qué bella costumbre humana. Uno se empieza a hacer la ilusión a las 12:30, y desde entonces no trabaja pero está en la oficina o en proceso de salir. Es una media hora de felicidad, aunque perjudicada por el con-quién-voy-a-almorzar y el cómo-me-voy-a-escapar. Pero es una media hora llena de ilusión. Y a la una en punto uno ya está sentado al frente del plato. Solo, o acompañado: a esa hora uno solo quiere comer y no estar ni pensar en la oficina. Y la una es, sí, cuando uno más lejos está de volver a la oficina. Es majestuoso.

7:45am. El primer sorbo de café cuando uno está recién levantado es mi quinto mejor momento del día a pesar del segundo 34 de esta canción. También puede ser estropeado por el sonido del reloj de cuerda, o por el sonido de los seres al lado comiendo cereal, o por una mala noticia, o por Darío Arizmendi. Pero, en un día ordinario, como casi todos, el primer sorbo de café, cuando uno está dormido pero parado, es espléndido. Y con frecuencia viene acompañado de nuevas noticias, que (siempre) es rico tener, así (siempre) sean malas.

Hay una que no vale meter: la hora de tener sexo. Si usted folla todos los santos días, como parte de su rutina, me le quito el sombrero si puede meter ese momento en sus cinco mejores del día, aunque lo dudo, porque eso del sexo no es extraordinario para siempre, todos los días.

Estas otras sí, sobre todo porque tocan.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 13, 2011 at 7:37 pm

Defensa de ese niño adicto al celular

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Philippa Grogan, de 16 años, dice que preferiría renunciar a un riñón antes que renunciar a su Blackberry. Cameron Kirk, su amigo de 14, dice que se gasta una hora y media al día hablando con sus –450– amigos de Facebook. En fines de semana, se gasta el doble del tiempo. Emily Hooley, de 16, cuenta que renunció a irse de vacaciones con sus papás a sitios donde no haya internet.

Los adolescentes, sí señor. Ese ser vivo que siempre, todo el bendito tiempo, está con los ojos sobre su celular tecleando como una secretaria esclavizada.

Vea, por ejemplo, las cifras del Pew Internet & American Life Project, que cuantifícó la relación de los adolescentes con los celulares inteligentes en Estados Unidos: 75 por ciento de los adolescentes tiene un celular; el 90 de los que tienen celular mandan mensajes de texto al menos una vez al día; la mitad de ellos, manda 50 o más mensajes al día; uno de cada tres manda 100; el 80 por ciento de los que tienen celular, también lo usan para tomar fotos y el 64 para compartirlas por internet; 60 por ciento usan el celular para oír música; 46, para jugar; 32, para compartir videos; y el 23, para meterse en las redes sociales. El 73 por ciento de los adolescentes gringos tienen una cuenta en Facebook.

No es que la comunicación digital sea importante en la vida de los adolescentes; la vida digital es la vida de los adolescentes.

¿Y qué vamos a hacer? ¿Censurar los celulares? ¿Regañarlos porque textean en la mesa, como si estuvieran hablando con la boca llena? ¿Prohibir los celulares en los colegios? ¿O volvemos los celulares un producto exclusivo para los mayores de edad?

No se puede negar que es exasperante tener una conversación con un niño maleducado que al mismo tiempo está tecleando en el celular. Es indudable que los jóvenes nos vemos como idiotas siendo tan dependientes de un aparato y una red social que, en su mayoría, no sirve para nada. Y nadie puede negar que el mundo se ve menos atractivo con la gente hablando por celulares que en cafés mirándose a la cara. Pero creo que ya no hay vuelta atrás.

Los adolescentes no conciben su vida sin internet. Se sienten desnudos sin señal. Son niños desamparados cuando no tienen pila. Duermen con el celular. Lo cuidan. Lo guardan. Le compran seguro. Se gastan la mesada en una carcaza nueva. La vida de un adolescente es una vida vacía si no tiene celular y acceso a internet.

Siempre he dicho que uno vive pegado al celular porque la vida es, de lejos, mucho menos interesante que el internet. Lo he dicho, eso sí, basado en mi vida, que es un conjunto de eventos tediosos, normales, sin altas ni bajas. El internet, en cambio, está lleno de vida. Y de la vida de los demás, que es bastante más divertida que la mía. En general, hoy en día es más viable hablar con una máquina.

Es verdad que el mundo no se puede conocer a través de una pantalla. El contacto es fundamental para el conocimiento. Pero ¿y si la realidad está en los computadores? Un adolescente no deja Facebook quieto un segundo porque su vida es Facebook. Y no les podemos decir que, porque nosotros no estábamos acostumbrados a eso, ellos no lo deben hacer.

Supongo que, también, cada generación, según su contexto, saca lo peor de sí misma durante la adolescencia. Cada vez que uno mira a los adolescentes, piensa que el mundo va de mal en peor. Pero –a pesar de que, claro, el mundo va de mal en peor– no se trata de que cada generación sea peor a la anterior: cada una tiene sus propios problemas, sus propias insolencias.

Lo vida que ocurre en los celulares de los adolescentes es la misma que ocurría antes. Los chismes, las burlas, la solfa, las felicitaciones de cumpleaños, las sapeadas: lo que antes pasaba en una hojita arrugada en el salón, ahora pasa en las redes sociales y los celulares. Y con una ventaja: que no tienen que poner la cara. Facebook le cayó como anillo al dedo a la inseguridad de todo adolescente.

Hace poco oí a un padre decir que está feliz con la aplicación que le permite saber dónde está su hija. “Así me ahorro las mentiras”, dijo. Ese mismo padre decía que el uso obsesivo de las redes sociales atenta contra la privacidad de su hija, y que por eso no le permite usarlas entre semana. Uno no sabe qué es peor: si un niño enfermo por su celular o un padre contradictorio, que no entiende de qué se trata todo esto y está obsesionado porque su hijo no se despega el aparato.

Evidentemente, el mundo va de mal en peor. Y ni se pregunten cómo haremos para arreglar el camino. La única solución es acostumbrarse.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 7, 2011 at 10:11 am