Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Defensa de ese niño adicto al celular

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Philippa Grogan, de 16 años, dice que preferiría renunciar a un riñón antes que renunciar a su Blackberry. Cameron Kirk, su amigo de 14, dice que se gasta una hora y media al día hablando con sus –450– amigos de Facebook. En fines de semana, se gasta el doble del tiempo. Emily Hooley, de 16, cuenta que renunció a irse de vacaciones con sus papás a sitios donde no haya internet.

Los adolescentes, sí señor. Ese ser vivo que siempre, todo el bendito tiempo, está con los ojos sobre su celular tecleando como una secretaria esclavizada.

Vea, por ejemplo, las cifras del Pew Internet & American Life Project, que cuantifícó la relación de los adolescentes con los celulares inteligentes en Estados Unidos: 75 por ciento de los adolescentes tiene un celular; el 90 de los que tienen celular mandan mensajes de texto al menos una vez al día; la mitad de ellos, manda 50 o más mensajes al día; uno de cada tres manda 100; el 80 por ciento de los que tienen celular, también lo usan para tomar fotos y el 64 para compartirlas por internet; 60 por ciento usan el celular para oír música; 46, para jugar; 32, para compartir videos; y el 23, para meterse en las redes sociales. El 73 por ciento de los adolescentes gringos tienen una cuenta en Facebook.

No es que la comunicación digital sea importante en la vida de los adolescentes; la vida digital es la vida de los adolescentes.

¿Y qué vamos a hacer? ¿Censurar los celulares? ¿Regañarlos porque textean en la mesa, como si estuvieran hablando con la boca llena? ¿Prohibir los celulares en los colegios? ¿O volvemos los celulares un producto exclusivo para los mayores de edad?

No se puede negar que es exasperante tener una conversación con un niño maleducado que al mismo tiempo está tecleando en el celular. Es indudable que los jóvenes nos vemos como idiotas siendo tan dependientes de un aparato y una red social que, en su mayoría, no sirve para nada. Y nadie puede negar que el mundo se ve menos atractivo con la gente hablando por celulares que en cafés mirándose a la cara. Pero creo que ya no hay vuelta atrás.

Los adolescentes no conciben su vida sin internet. Se sienten desnudos sin señal. Son niños desamparados cuando no tienen pila. Duermen con el celular. Lo cuidan. Lo guardan. Le compran seguro. Se gastan la mesada en una carcaza nueva. La vida de un adolescente es una vida vacía si no tiene celular y acceso a internet.

Siempre he dicho que uno vive pegado al celular porque la vida es, de lejos, mucho menos interesante que el internet. Lo he dicho, eso sí, basado en mi vida, que es un conjunto de eventos tediosos, normales, sin altas ni bajas. El internet, en cambio, está lleno de vida. Y de la vida de los demás, que es bastante más divertida que la mía. En general, hoy en día es más viable hablar con una máquina.

Es verdad que el mundo no se puede conocer a través de una pantalla. El contacto es fundamental para el conocimiento. Pero ¿y si la realidad está en los computadores? Un adolescente no deja Facebook quieto un segundo porque su vida es Facebook. Y no les podemos decir que, porque nosotros no estábamos acostumbrados a eso, ellos no lo deben hacer.

Supongo que, también, cada generación, según su contexto, saca lo peor de sí misma durante la adolescencia. Cada vez que uno mira a los adolescentes, piensa que el mundo va de mal en peor. Pero –a pesar de que, claro, el mundo va de mal en peor– no se trata de que cada generación sea peor a la anterior: cada una tiene sus propios problemas, sus propias insolencias.

Lo vida que ocurre en los celulares de los adolescentes es la misma que ocurría antes. Los chismes, las burlas, la solfa, las felicitaciones de cumpleaños, las sapeadas: lo que antes pasaba en una hojita arrugada en el salón, ahora pasa en las redes sociales y los celulares. Y con una ventaja: que no tienen que poner la cara. Facebook le cayó como anillo al dedo a la inseguridad de todo adolescente.

Hace poco oí a un padre decir que está feliz con la aplicación que le permite saber dónde está su hija. “Así me ahorro las mentiras”, dijo. Ese mismo padre decía que el uso obsesivo de las redes sociales atenta contra la privacidad de su hija, y que por eso no le permite usarlas entre semana. Uno no sabe qué es peor: si un niño enfermo por su celular o un padre contradictorio, que no entiende de qué se trata todo esto y está obsesionado porque su hijo no se despega el aparato.

Evidentemente, el mundo va de mal en peor. Y ni se pregunten cómo haremos para arreglar el camino. La única solución es acostumbrarse.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

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Written by pardodaniel

septiembre 7, 2011 a 10:11 am

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