Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for octubre 2011

La revista del futuro

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A manera de editorial, porque somos pregoneros del papel, quisimos hacer un perfil de una revista y un hombre de revistas con los que nos identificamos plenamente. Le presentamos a Monocle.


El título de este artículo no es una contradicción, ni una paradoja: es, así suene ingenuo, real. Y esta es la razón: hay un hombre –43, pelo blanco, barba de tres días, jeans, pañuelo en el blazer– convencido de que en este mundo digitalizado hay un futuro para las revistas.

El Internet le dio una bofetada aplastante a los impresos. La revista de música más importante del Reino Unido, NME, reportó una reducción en ventas del 20 por ciento en agosto. La segunda más importante, Q, reportó una caída del 26 por ciento. La legendaria Newsweek ha pasado por tres dueños en cuatro años y ahora, que fue comprada por el portal de internet The Daily Beast, ha tenido que refugiarse en la controversia para vender más. Las revistas de celebridades, como People, reportaron una baja del 10 por ciento en ventas en agosto. Y lo mismo con las revistas de moda, como Marie Claire, Elle y Bazaar, que bajaron 18 por ciento en ese mes.

Pero toda regla tiene una excepción: hay, en el mundo de dios Google, revistas que no paran de crecer. Y eso tiene una razón: según Jeff Jarvis, una autoridad en los medios, la única salida que tienen las revistas es convertirse en un producto de lujo y sin igual. The Economist, el ladrillo de análisis más elocuente y balanceado del mundo, ha subido sus ventas en un 94 por ciento en los últimos 10 años y 20 por ciento en los últimos seis meses. Es el único semanario del mundo que tiene un futuro viable. ¿Por qué? Porque nadie más puede hacer lo mismo y en la web, a menos de que uno tenga inscripción, su contenido no se encuentra. Lo mismo pasa con The New Yorker, la única revista de CondéNast que no ha echado a un solo periodista en cinco años. Y parecido con Vogue, que sigue viva gracias a su mamotreto de septiembre.

Sin embargo, estas últimas revistas únicas en su especie llegaron a la era digital con un nombre, un público y una reputación. Si uno le pregunta a cualquiera de sus editores sobre la posibilidad de montar una revista hoy en día, todos le dirán que no sea ingenuo: no se meta en ese barullo.

Pero hay un hombre –periodista de guerra, viajero, catador de aguas con gas– que lo hizo. Y esta es la historia.

Tyler Brûlé nació hace 43 años en Canadá. Apenas se graduó de la universidad en Toronto, empezó a trabajar para la BBC en Londres. Pasó por varias publicaciones y, aunque no se consideraba un escritor, terminó de corresponsal en Afganistán para Focus, una revista alemana. Era 1994: Afganistán era tan caótico como es hoy. En un viaje, el carro de Brûlé fue atacado y, de las 39 balas que le dispararon, una entró a su hombro, otra a mano izquierda y una más a su pecho.

En el hospital, de vuelta en Londres, Brûlé no hizo más que leer revistas de cocina y arquitectura. Se le ocurrió una idea: montar una revista de diseño industrial para gente inteligente. Le dieron un crédito y montó Wallpaper* –sí, con asterisco– en el 96, una impecable revista que un año después fue comprada por un inmenso conglomerado de medios, Time Warner, por un millón de dólares. Brûlé se quedó de editor y salió en el 2002 por diferencias con la compañía.

Le dieron una columna en el Financial Times –que todavía escribe– y encontró un nicho que le pedía una visión sofisticada de las noticias. En esas compró la agencia de diseño que se había inventado años atrás, Wink Media. Y hoy la agencia –que ha diseñado la marca de TAG, Swiss Airlines y Blackberry, entre miles– queda en el tercer piso de Mindori House, el edificio donde se hospedan las dos compañías de Tyler Brûlé: Winkreative, la agencia, y Monocle, la revista del futuro.

En Inglaterra hay tres tipos de medios: los tabloids –para las clases populares–, los midmarket –intereses generales para todos– y los broadsheets –información especializada y de alta gama–. Brûlé es, sin duda, un periodista broadsheet: dice inspirarse en el inteligente semanario alemán Der Spiegel y sus revistas favoritas solo se encuentran en pequeñas librerías: German AD, Casa Brutus, Fantastic Man y Apartamento.

Monocle, la bebé de Brûlé, es una revista de alta gama en todos los sentidos. Empezando por la información: si bien cubre política y economía –lo que en inglés llaman current affairs–, el contenido no es coyuntural: la realidad se ve a futuro, de manera lateral. Es decir: si van a cubrir Bogotá, no se enfocan en el escándalo de los Nule, pero sí en la historia de la ciclovía. Es información interesante que, sin un conocimiento profundo del lugar, el lector foráneo no va a leer en otros medios. Piense en temas como el auge del jazz en Etiopía, o el boom económico de Montpellier, o la resurrección de Alpa, unas costosas cámaras análogas de colección.

«The Economist demuestra que el periodismo de calidad siempre va a tener tener piso; y nosotros lo hacemos en un sentido más visual», se le ha oído a Brûlé. La portada parece la de una revista académica, pero con una foto y un papel de lujo. Concebida al estilo de un coffee-table book, Monocle viene impresa en cuatro papeles distintos. Sacan 150 mil ejemplares diez veces al año. Llevan 47 números. Vale 10 dólares, o 5 libras. El 65 por ciento de las entradas viene de anuncios de Cartier, Hugo Boss, Louis Vuitton o Audi. 50 por ciento de los lectores está en Europa, 30 en Estados Unidos y 20 en Asia. Todo el contenido es original: no usan agencias de noticias y la información, incluso la que se necesita para reseñar un libro, viene de una reportería periodística. Una Monocle tiene, en promedio, 50 mil palabras, que es lo mismo que una novela promedio. No obstante, el texto más largo tiene 1200 palabras, que es, por ejemplo, lo que tiene este artículo.

En una edición trabajan 80 personas en diferentes rincones del planeta, lo cual es un testimonio de lo que quieren hacer: una revista global, para gente cosmopolita, sin afiliaciones nacionales. Hablamos de un producto de este mundo digitalizado. Pero en impreso.

Monocle no está en Facebook ni Twitter. En la página web no se encuentra el contenido de la revista, sino otro, más coyuntural. Están por inaugurar una estación de radio 24 horas, que será su forma de incursionar en el internet.

A Brûlé no le interesa tener una versión de iPad en un futuro cercano, así se diga que las tabletas sean la salvación de las revistas. «Los medios occidentales no han hecho más que quejarse de los problemas que tienen», ha dicho Brûlé. «Pero si mira a los mercados asiáticos, que van cinco años más por delante que nosotros en el tema digital, la respuesta de ellos fue ‘invirtamos más en impresos’». Piense en los vinilos: su uso se ha vuelto obsoleto, pero no para todo el mundo, porque todavía hay gente que los usa, incluso para crear música. Así ve Brûlé su revista: como un objeto de colección. Y por eso creen en el papel, porque es un papel único en su especie. Por eso tienen dos periódicos: uno de verano, Mediterráneo, y otro de invierno, Alpino.

Ahora bien: una revista, pensada para el mundo de hoy, debe ser más que una revista. Monocle es, también, una institución que vende exclusividad: tienen una boutique de ropa y objetos de diseño en distintas capitales del mundo, tienen un programa de televisión, hacen fiestas de lanzamiento para cada edición. Y el próximo proyecto: montar quioscos de revistas curados y diseñados por Monocle.

Uno podría hacer una antología de frases arrogantes de Brûlé, como «no hay página de la revista que se vaya sin mi aprobación» o «con Wallpaper* yo cambié algo en el mercado de las publicaciones».

Hace poco, una periodista de Wired me dijo que los de Monocle ven el mundo con indiferencia, como si estuvieran por encima de las noticias. «Ellos se creen mejores que el resto», me dijo. Y es cierto. Pero ¿acaso eso tiene algo de malo?

Monocle ve el mundo desde un palco presidencial; Mimosa en mano. Y lo hace de frente. Uno la lee, y siente que el mundo no está tan mal como lo pintan. La gente que la lee, gente exclusiva y erudita, sale de su apartamento en Mónaco en un Volvo; ya tiene la maleta chequeda en el aeropuerto y pasa de inmediato a una sala VIP, para esperar su vuelo directo y en primera clase a Hong Kong, donde se quedará en los hoteles más sofisticados e irá a los mejores restaurantes, cuyos dueños conoce. Gente así existe, sin duda, y para ellos está Monocle.

Imágenes cortesía de Monocle

Publicado en Revista Exclama en octubre de 2011.

Written by pardodaniel

octubre 28, 2011 at 2:32 pm

La campaña y los medios

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Kien&Ke cumple un año hoy. Lo que quiere decir que yo llevo 12 meses escribiendo esta irrelevante columna. Sin ser un experto, me dio por hablar, siempre, de los medios. Y lo más seguro es que haya sido un error.

Y ahora que veo la campaña desde ese ojo, se me ocurren varias cosas, y sobre todo una: que es verdad que los medios tienen poder. En la última columna –también, irrelevante hasta la médula– comentaba lo del aborto: que los medios sí influencian a los congresistas. Y ahora lo veo en las elecciones.

Un ejemplo es la alianza de Parody y Mockus. Era un matrimonio sin precedentes e inesperado. Pero solo la idea nos daba ganas de ver la foto de Gina y Antanas abrazados. Los candidatos se convirtieron en la noticia, porque le dieron en la vena del gusto a los periodistas: hubo rumor, incertidumbre y novedad. Eso Parody lo sabía. Algo parecido habría pasado si Luna y Galán se hubieran aliado. Y vea dónde están en las encuestas.

Los partidos ya no importan. En Colombia un político pasa de derecha a izquierda según la elección. La competencia radica en el que mejor entienda esa dinámica. ¿Usted sabe cómo se llama el partido de Petro? ¿El Polo? No, ¿no? Petro entendió que la gente –y los medios– no están detrás de un partido, sino de una figura que encaje en una coyuntura. Y por eso ahora está de primero. Peñalosa, en cambio, no: creyó que la maquinaria del uribismo le funcionaría como a Santos. Pero como esa es una historia que ya leímos, la idea no pegó. Y mírelo ahora defendiendo a María del Pilar Hurtado.

Solo con ver la actitud de Petro y Peñalosa en Twitter se entiende por qué el segundo se estancó.

Otra desafortunada jugada mediática de Peñalosa: pensar que JJ Rendón, un arrogante, le ayudaría a quitarse la etiqueta de arrogante. Aunque en Medellín ha logrado desprestigiar a Aníbal Gaviria, Rendón no pudo con el electorado bogotano. Tendrá que sorprender en los tres días que quedan de campaña.

Como puede ver, soy un bogotano que, además, solo lee y comenta medios bogotanos. ¿Dónde está el cubrimiento de las elecciones regionales? O, también, ¿qué pasa con los ediles o las elecciones al consejo? La prensa regional en Colombia no tiene despliegue nacional. Y por eso uno solo se entera de las historias de corrupción. No por casualidad los periodistas adoran justificarse con que la alcaldía de Bogotá es “el segundo cargo más importante del país”. Pero hay excepciones: si algo demuestran unas elecciones es que La Silla Vacía es una excelente publicación. Que, sin embargo, solo dan ganas de leer durante elecciones.

Uno de los temas que cubrieron con éxito: las encuestas. Denunciaron el escándalo de Datexco en El Tiempo y La W. Y trataron de explicarnos las encuentras. Pero los lectores no entendemos nada. ¿Para qué sirven, en realidad? ¿Moldean el voto? Son preguntas de académico, pero lo cierto es que hay encuestas buenas y malas. No todas miden lo mismo. Y, lo más importante: las encuestas no sirven para predecir el ganador. Mire que Samuel Moreno no se perfilaba como el ganador rotundo que fue hace cuatro años. Y mire que Mockus le ganaba a Santos una semana antes de las presidenciales. Las encuestas son para ver tendencias, para analizar las campañas. No obstante, la gente acá se basa en las encuestas para escoger su voto. Al ser quienes las publican, los medios cuentan con el poder de moldear muchos votos.

Como decía, yo soy la misma vaina que usted: un lector. La única diferencia es que, a mí, Kien&Ke me da una plataforma. Cosa que, igual, hoy en día no es una necesidad. Pero eso es todo. Yo soy un cualquiera. Como usted.

Y creo que a los periodistas en Colombia les falta un poco de eso: tener en cuenta que no son más, sino menos, que sus lectores. Cada vez que me encuentro con un columnista diciéndome por quién votar me dan ganas de arrancar la página. Y me late que esa maña es colombiana. Entiendo que ese es su trabajo: dar una opinión. Pero tampoco me parece necesario. Creo que lo hacen para satisfacer su ego, su arrogancia. Es cuestión de gustos, supongo. Pero yo prefiero el nihilismo de Antonio Caballero al apoyo entre líneas de María Isabel Rueda a Gina Parody.

Durante elecciones, algunos periodistas se convierten en políticos. Y eso demuestra que la prensa está demasiado cerca del poder en este país.

Los debates son otro escenario donde se demuestra el poder de los medios. A quién llevan, qué preguntas hacen, cómo las hacen: todo eso importa. Como las encuestas, creo que tampoco entendemos los debates: pensamos que es antidemocrático que solo inviten a los que van bien en las encuestas. Pero un debate con diez candidatos es inviable. Y lo que debe determinar a los invitados es el interés de la audiencia. La democracia no le da gusto a todo el mundo, sino a la mayoría.

Otro problema de los debates: dependen de las alianzas entre medios y su cubrimiento y crítica solo se hace según esas alianzas. Como las noticias de la farándula, los debates en Colombia tienen mucho de autopropaganda y parcialidad periodística.

Sobre los medios, la peor conclusión que nos deja cada elección es que nadie habla de los medios que las cubren. Esta columna es de lo poco que hay, y vea lo mala que es. Como las columnas de María Isabel Rueda, estoy seguro que de nada le va a servir haberla leído.

Ilustración: http://untaljuank.files.wordpress.com/2011/05/medios-poder-3.jpg

Publicado en Kien&Ke en octubre de 2011.

Written by pardodaniel

octubre 28, 2011 at 2:28 pm

Desplazados versión Londres

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En la jerga okupa, squatting significa asentarse en un espacio inhabitado. Los squatts sirven de centro social, estación de radio pirata, café o compraventa de ropa, vinilos y libros, entre miles de cosas más. Antes de convertirse en territorio okupa, Grow Heathrow, al oeste de Londres, era un cultivo de flores que sus dueños abandonaron hace cinco años. Sus actuales inquilinos son jóvenes cosmopolitas de la generación de internet, que creen en un mundo menos consumista y que buscan un estilo de vida alternativo y autosostenible.

Es, por fin, verano. Podemos, por fin, ponernos pantaloneta. Son las ocho de la mañana, y la luz al oeste de Londres es clara y el murmullo de esta ciudad implacable no se siente. Los habitantes de Grow Heathrow, un squatt rural de una hectárea situado al lado oeste de Londres, se levantan con parsimonia: uno sale gateando de su carpa, otro salta desde su camarote.
Por un lado, hay dos casitas de dos por dos metros hechas de madera, en cada una de las cuales sólo cabe una cama, instalada a manera de altillo para aprovechar el espacio que hay debajo; por otro lado, hay carpas alrededor de un área social que consta de una sala, una cocina, un jardín y dos talleres. Grow Heathrow era antes un cultivo de flores que abandonaron cinco años atrás unos dueños que hace rato no aparecen.

Los okupas de Grow Heathrow se ven las caras por primera vez en el día en la cocina, donde toman té sin leche y con azúcar. El aire está fresco porque llovió en la noche. Hablan de un clima que, por fin, calentó, después de un invierno que padecieron al aire libre.

–¿Sirvió el arreglo de la gotera en tu cuarto, Paul? –pregunta Kat, una inglesa flaca, con la barriga al aire y el pelo enredado.

–Sí, parece que sí –responde Paul, el líder del squatt.

El día de Paul Reynolds –un activista de 26 años que estudió ciencias políticas– empieza con una serie de labores: ordenar el taller de bicicletas, rociar los tomates y amarrar los palos que formarán el techo de la casa de uno de sus compañeros de squatt.

No tienen tubería para el agua, pero sí un lago cristalino a cien metros. Hay chimeneas para el invierno. El inodoro del baño está montado en una caseta donde las evacuaciones se tapan con aserrín. La luz la generan unos paneles solares. Lo único que pagan estos okupas es la conexión a internet.

Y de ahí que la siguiente tarea de Paul sea contestar correos desde un computador portátil modelo 97, del que se queja aunque no piensa remplazarlo. Por la tarde tendrá un encuentro con otros squatters londinenses. Varios editoriales en los medios han relacionado a los okupas con los saqueadores que invadieron el Reino Unido hace un mes. Quieren ponerles nombres a los delincuentes, encasillarlos. Y Paul y sus colegas squatters quieren responder a eso con una campaña de desestigmatización. Van a hablar con el parlamentario que los apoya y van a mandar cartas a todos los diarios.

Pasar una mañana de verano con los habitantes de Grow Heathrow tiene mucho que ver con estar en la costa atlántica colombiana: hay hamacas, se toma cerveza desde las once de la mañana, se oyen silencios entre las frases, los pájaros participan, el sol justifica no hacer nada.

Cuando le pregunto a Paul si encuentra alguna semejanza entre su squatt y la comunidad que inspiró el libro y la película La playa, me dice que sí, que es parecido: gente que escapa de los afanes consumistas y competitivos del capitalismo para armar una comunidad paralela basada en la armonía y el trabajo en equipo.

–Aunque lo nuestro es menos idealista –me dice.

A Kat, que no come ningún producto que venga de un animal, y que prefiere no viajar en avión para evitar el impacto que generarían sus trayectos sobre el medio ambiente, le pregunto si encuentra algún parecido entre su estilo de vida y el del protagonista de Caminos salvajes, la película inspirada en la historia de un hombre que se hartó de la sociedad de consumo y terminó muerto en Alaska después de una odisea para sobrevivir. Me contesta que es algo similar, pero sin el odio hacia la sociedad ni el fundamentalismo que llevó a Christopher McCandless a la muerte. Paul dice que su situación se puede equiparar a la que se vive en los kibutz israelíes, esas comunas agrícolas influidas por el socialismo sionista.

Paul y Kat son desplazados. No son desplazados por la violencia, como los colombianos, pero sí son desplazados del sistema. Londres no es una ciudad para todo el mundo. Para cada trabajo hay millones de solicitudes, el arriendo y los servicios son costosos, el metro es agotador y la crisis financiera ha disparado la llegada de inmigrantes europeos en busca de un futuro mejor. Europa no atraviesa por un buen momento y la gente no está a gusto con el sistema. Paul y Kat han decidido, desde hace unos años, mantenerse al margen del régimen de consumo masivo: prefieren vivir sin pretensiones a tener que aguantarse los efectos de la competitividad en una de las ciudades más ricas y hostiles del mundo.

Además de las verduras y las frutas que siembran, los miembros de Grow Heathrow se alimentan con los productos que los supermercados botan porque su fecha de vencimiento ya pasó. Ellos quieren llegar a ser autosuficientes, pero es difícil.

El único vecino que no les simpatiza es el aeropuerto más grande de Londres, el Heathrow Airport. Y no es sólo por el ruido de los aviones. Desde que Margaret Thatcher lo privatizó, el aeropuerto no ha parado de crecer. El año pasado estuvieron a punto de construirle una cuarta pista, para lo cual habrían tenido que comprar y tumbar las casas que están alrededor de Grow Heathrow. Para sorpresa y alegría de Paul, el gobierno conservador detuvo el proyecto.

En vísperas de la boda real, en abril pasado, la prensa publicó rumores de que un grupo de anarquistas iba a causar desórdenes en el evento. La policía se dirigió al RatStar, un squatt del sur de Londres, y arrestó a varios okupas; al poco tiempo, los soltaron por falta de pruebas.

En Wikipedia, el artículo sobre este tipo de ocupación (squatting) tiene un logo de anarquía al lado. Algunos okupas en Europa se basan en principios anarquistas o comunistas, razón por la cual muchos no consiguen quitarse la etiqueta de anárquicos, drogadictos o parias.

Los medios que publicaron esos artículos forman parte, según Paul, de la prensa de derecha, como el Daily Telegraph y el Evening Standard, que han propuesto criminalizar la ocupación de inmuebles vacíos con el argumento de que los okupas se conectan de manera fraudulenta a las redes de servicios públicos y los daños físicos que causan –como pintar una pared– son muy costosos de arreglar. Paul, por su parte, tiene tres argumentos en contra de la criminalización: los squatts no son una amenaza para nadie, se judicializaría a personas vulnerables y se dispararía el precio del alquiler.

De acuerdo con su etimología, el término squatting significa “sentarse en cuclillas”. Sin embargo, hoy en día squatting alude, en inglés, al acto de ocupar un espacio inhabitado y asentarse en él.

Se suele decir que al menos mil millones de personas en el mundo son okupas, aunque es difícil cuantificar una práctica tan espontánea y exenta de análisis académicos. Además, en muchos estudios se incluye a las favelas, a los gitanos que ocupan casas habitadas y a los desplazados colombianos en el mismo bulto. Y no es lo mismo: los okupas en Europa –o squatters en inglés– son una tendencia de la segunda mitad del siglo XX. Se toman los inmuebles vacíos en ciudades desarrolladas y los adaptan a sus gustos y necesidades. Van desde indigentes hasta estudiantes sin muchos recursos. Hay unos que lo hacen exclusivamente por necesidad, pero hay otros que, como los de Grow Heathrow, buscan un estilo de vida alternativo y autosostenible.

El ser humano lleva ocupando tierras desde que se asentó en sociedad, pero lo que hoy se conoce como okupa tiene características relativas a la modernidad, el capitalismo y la globalización. En general, no se trata de delincuentes ni parásitos del Estado, sino de jóvenes cosmopolitas, de la generación de internet, cuyas aspiraciones políticas van más allá de la ideología y que creen en un mundo menos radicalista y consumista. Piense en los Indignados españoles e incluso en los manifestantes de la Primavera Árabe.

En Londres –así como en Sídney–, ocupar no es necesariamente un acto ilegal. Acá, donde se dice que hay 80.000 edificios vacíos, el problema es entre el okupa y el dueño del espacio, quien, si nunca se da cuenta, o si no denuncia alguna irregularidad, puede perder su espacio después de diez años de haber sido ocupado.

Jack Blackburn, por ejemplo, es un famoso okupa que, luego de trece años, logró apropiarse de un apartamento victoriano que vale 170 mil libras (unos 500 millones de pesos). Raquítico, de tez pálida y facciones marcadas, Blackburn llegó a Londres cuando contaba 17 años. No tenía plata, ni empleo, ni estaba matriculado en una universidad. Ocupó un apartamento en Brixton, un barrio que por esos años era la cuna de conflictos raciales y que hoy alberga discotecas y estudios de arte. Lo cimentó, lo pintó, lo conectó a las redes de electricidad y agua. Le invirtió, al menos, tres mil libras que consiguió del rebusque durante diez años, hasta que, cuando Brixton se volvió un barrio atractivo, el Distrito trató de quitárselo, y no pudo. Hoy el apartamento es suyo y, dentro de cinco años, podrá venderlo al precio del mercado.

Los squatts sirven de centro social, estación de radio pirata, discoteca, café o compra venta de ropa, vinilos, arte y libros, entre miles de cosas más.

Cerca del nuevo estadio del Arsenal, al norte de Londres, queda un squatt que lleva el mismo nombre del reconocido equipo de fútbol. Hay un estudio de música y un bar, y al menos una vez al mes se reúnen amantes del street art a pintar grafitis en cualquier objeto o pared que encuentren. Pintan muñecos, letras, frases que únicamente ellos entienden. En este squatt se procura siempre tener a un electricista, un plomero y un constructor entre los huéspedes.

Padmini es una flaca de 29 años que nació y creció en Argentina. Está en Londres desde hace una década, migrando de squatt en squatt. Le parece más fácil vivir así, sobre todo para su perro y su gato. Trabaja en un café vegetariano.

La policía la interrogó cuando se disparó el pánico antes de la boda real. Padmini llegó hace tres meses al Ratstar, un squatt en el que desde hace dos años se organizan fiestas de circenses y tatuadores. Es un edificio que pasa inadvertido: por fuera parece en construcción y la entrada parece sellada. Una vez adentro, sin embargo, las paredes son de colores y cada rincón es un espacio para la interacción: hay mesas, cojines, sillas improvisadas. Padmini estaba a punto de tatuarse cuando hablé con ella. Sobre un tatuaje viejo, se iba a hacer una espiral de puntos.

Paul, que después de reunirse con los líderes de algunos squatts se irá para la fiesta del Ratstar, donde vive su novia, reconoce que consume drogas desde joven. Las ha probado todas, especialmente la ketamina, que consumió durante cinco años. Hoy, de vez en cuando, mete ácidos, “porque es la droga más introspectiva y a la vez más social”.

Con la misma ropa con la que se levantó esta mañana, y con una bolsa llena de cervezas en la mano, de las cuales no se tomará ninguna, Paul llega a la fiesta del Ratstar. Parece una celebridad: todos lo saludan, frotándole la cabeza rasurada. Más tarde, al despedirme, suena una canción de The Clash: How i can understand the flies. Paul se la sabe toda.


Fotos Anu Meister y Camilo Arango

Video: Juan Daniel Taboada

Publicado en Cartel Urbano en octubre de 2011.

Written by pardodaniel

octubre 21, 2011 at 9:41 am

El aborto y los medios

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“Aleluya”, gritaba la gente en Twitter. “Un golpe de opinión, un triunfo de la masa crítica”, dijo Víctor Solano. “No pudieron meter al país y sus mujeres en la caverna de sus paranoias retardatarias”, dijo Antonio Morales. “Perdieron los godos, el señor Ordóñez y aseguramos el Estado laico”, dijo Natalia Guerrero.

A eso, encímele las columnas de Cecilia Orozco, María Elvira Samper y Rodrigo Uprimny, entre muchos; los editoriales de El Tiempo y de El Espectador; la vehemencia de Camila Zuluaga y Yamid Palacio en La W; y los comentarios en Twitter de Daniel Samper, Héctor Abad y miles y miles de personajes indignados con el proyecto del Partido Conservador que buscaba prohibir, de todo, el aborto en Colombia.

El debate del aborto dice mucho de lo que son los medios en Colombia: una elite de liberales que no representa a la gente que elige a este tipo de congresistas retrógrados.

Lo que Armando Benedetti llamó un “pataleo de ahogado”, lo que parecía un proyecto anacrónico que ni en el país más mojigato del mundo podría pasar, se convirtió en una pelea de gallos: el mundo versus los congresistas conservadores. Así faltaran ocho debates, así el proyecto tuviera que pasar por la Corte Constitucional y así todo pareciera una discusión del siglo XVIII, la paranoia creció después de que La Silla Vacía dijo que, gracias al lobby del Procurador en el Congreso, el proyecto iba a pasar. Y ahí salieron las fieras con sus dientes templados: indignada, la opinión en Colombia se manifestó.

¿Nos sobreactuamos? Supongo que tocaba sobreactuarse: en este país, la posibilidad de que un absurdo proyecto como este pase es grande: así fue con la dosis mínima y así es con todo: Colombia suele retroceder. Pero más allá de la algarabía, el debate del aborto demostró que el liberalismo reina en las páginas de opinión de los medios masivos en Colombia. ¿Dónde estaban los periodistas y comentarista conservadores?

Si hay un grupo de congresistas que cree que considera a un feto un ser humano, si alguien pone el tema del aborto como un crimen sobre la mesa, es porque en el país hay gente que los apoya. Se supone que ellos representan a la gente que los eligió, por mayoría. Pero esa gente no se vio por ningún lado. El consenso, una vez más, reinó en las páginas de opinión de los medios más importantes del país. ¿Habrá una parcialidad liberal en los medios?

Puede ser. No por casualidad el ex presidente Uribe se quejaba de “la prensa cachaca”. Los periodistas más leídos del país –en su mayoría cachacos o en medios bogotanos– son gente cosmopolita, educada en el exterior o si no en la Universidad de los Andes. Pero hay otro país, ese que elige a los congresistas: un país que vive en una realidad donde la Iglesia tiene mucho más poder de lo que tiene en el norte de Bogotá; un país conservador que, tal vez, cree que el aborto va en contra de la ley divina que debe regir a este país.

Ahora dicen que los conservadores quieren llevar el tema a un referendo, como se ha hecho en varios países donde finalmente el aborto se ha legalizado, al menos en parte. Y eso, sin duda, va a estar interesante: si el pueblo colombiano es capaz de elegir a un congresista como Juan Manuel Corzo, ¿será capaz de prohibir otra vez el aborto?

Los periodistas bogotanos vemos el mundo desde una arbitrariedad: les decimos a las adolescentes en Cartagena que la maternidad temprana es un problema. Pero ¿temprana para quién? Ellas no le ven inconveniente a ser madres a los 15 años: es parte de su cultura y así crecieron. ¿Y se supone que la prensa les va a cambiar esa forma de ver las cosas? Es como decirle a Diomedes Díaz –o a cualquier costeño de aquellos– que tener más de 20 hijos con varias mujeres no es muy buena idea. Los periodistas rolos subestiman la forma de pensar de sus lectores: creen que todos son –o deberían ser– liberales y cosmopolitas como ellos. Pero no.

Y por eso, porque una cosa es la prensa y otra la gente, me late que un tema como el aborto –que toca el corazón católico del electorado– puede demostrar que, sí, los congresistas oyen a los periodistas. Pero ¿será que la gente también los oye?

Yo no sé si es que yo solo sigo periodistas liberales en Twitter. O si es que Twitter censura a los conservadores. En cualquier caso, parece que los liberales tienen las riendas del poder de la opinión en Colombia.

Y no solo eso: por otro lado, el debate demostró que el periodismo conservador en Colombia –así como el Partido– está en crisis. Ignoro si siempre lo ha estado, aunque no creo. En todo caso, hoy en Colombia no hay un Fox News o un News of the World. El Nuevo Siglo, que se lee muy poco, nunca dijo nada sobre el aborto y su editorial de hoy es sobre una eventual visita del Papa a Colombia en el 2013. El Colombiano, que se reduce a Medellín, dijo tímidamente que “defiende la vida”. Desconozco si los demás medios regionales apoyaron o no el proyecto. Pero ¿dónde diablos está la prensa de opinión que representa a la gente que vota por estos congresistas? Yamhure desaparecido, Londoño y Obdulio son como payasos, Pachito se perdió, Rafael Nieto no volvió a aparecer. Y las María Isabel Ruedas y los Mauricio Vargas son, en realidad, liberales de derecha, más que conservadores de pura cepa. ¿Entonces dónde están nuestros Glenn Becks?

No los hay. Y tal vez por eso el impacto de la prensa en este debate fue tan contundente. Siempre me he preguntado dónde está toda esa gente –ese 70 por ciento del país– que tanto apoya un gobierno de antisecular y derechista como el de Uribe, porque en el prensa que yo leo no se ve o se reduce a tres payasos que llaman la atención porque, precisamente, defienden lo indefendible.

La gente en Colombia está en sintonía con el moralismo de Enrique Gómez Hurtado. Por eso lo eligen. Y eso en la prensa no se nota.

El periodismo con opinión no tiene nada de malo: es preferible un periodista subjetivo que uno que se las da de objetivo. En el debate sobre el aborto, los periodistas de los medios bogotanos –es decir, los periodistas más leídos del país– demostraron que son, en su mayoría, liberales con una subjetividad clara. Y eso los diferencia del país que elige a los congresistas anacrónicos: ese país que, tal vez, ve en el aborto –así como en la eutanasia, la dosis mínima o el matrimonio gay– una amenaza en contra de sus valores católicos.

Publicado en Kien & Ke en octubre de 2011.

Diatriba contra Steve Jobs

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Con el respeto que se merecen él y su familia, confieso que estoy hastiado del mesianismo que se ha desprendido de la muerte del capitalista más exitoso de este siglo, Steve Jobs. Twitter, Facebook, los periódicos, la sopa: no hay lugar en este mundo que no esté infestado de adjetivos rimbombantes sobre el millonario. Comentarios del estilo de “lágrimas inundan mis ojos… mi mentor… Steve, más que un hombre: una idea, un ideal, un verdadero servicio… lo único que se puede anhelar es que su energía persista en nuestros corazones” inundad al planeta. Los medios y los lectores se han sobreactuado como nunca antes lo habían hecho: ni con la ‘primavera árabe’, ni con el tsunami en Japón, ni con la crisis financiera más crítica en la historia del capitalismo los había visto así de eufóricos.

Y creo que se equivocan: Steve Jobs no fue un mesías que salvó a la humanidad de sus más terribles tragedias. Al contrario: se aprovechó de ellas. Que está bien, porque de este mercado competitivo vive el hombre. Pero esa no es razón para enterrarlo como si fuera la Madre Teresa. Steve Jobs no fue el ningún filántropo que trabajó para hacer de este un mundo mejor: como Henry Ford o John D. Rockefeller, Jobs fue un trabajador, un innovador y un empresario. Pero en ninguna medida fue un mesías que dedicó su vida a mejorar el mundo.

Y acá están las razones.

Puede que Jobs haya sido uno de los innovadores más importantes de la historia reciente del mundo. Eso lo sabemos y no hay necesidad de repetirlo enésimas veces. Las comunicaciones, las relaciones sociales, la política y la economía se vieron afectados por los inventos de Jobs. Pero esos inventos no los hizo él solo. Y esas innovaciones no son necesariamente, si lo vemos de una manera más trascendental, un paso hacia adelante para la humanidad: violan derechos humanos, perdimos el contacto interpersonal, vemos las películas en una pantalla de dos por dos, en fin: Steve Jobs pudo ser un genio, pero no era perfecto.

La etiqueta de ser un jefe autoritario, grosero, despectivo, hostil y rencoroso siempre lo acompañó. Así lo reportó la revista Fortune en mayo de este año y así lo dijo Alan Deutschman, uno de sus biógrafos: “Jobs guía a sus subalternos de maneras muy creativas, pero también recurre a la intimidación, el menosprecio e incluso la humillación. No le preocupa perjudicar los egos y las emociones de sus empleados … de repente e inesperadamente, mira a algo que ellos están haciendo y dice “es una mierda”.”

Jobs nunca tuvo problemas con armar, a punta de la mano de obra de gente inocente y reprimida, un imperio que hoy es más grande en términos económicos que 128 países del mundo: por ejemplo, Colombia. Apple se hizo, de manera literal, sobre la espalda de niños y mujeres en China cuyo sueldo no alcanza para unos audífonos.

Las políticas de relaciones públicas de Apple son también cuestionables. Por ejemplo: medio que los critique, medio cuya pauta de Apple se va. Y reseñista de tecnología que los critique, reseñista que se queda sin muestra gratis para reseñar en el siguiente lanzamiento. Con dificultad dan entrevistas y las preguntas de las entrevistas que dan son predeterminadas. Solo una vez un periodista se ha podido colar en una fábrica de Apple. Y escribió: “las fábricas operan 24 horas, siete días a la semanas. El himno del partido comunista chino se oye todas las mañanas. Los empleados llegan a trabajar 15 horas al día. Por estrechos corredores del estilo de una cárcel, los empleados duermen en cuartos pequeños, en literas de bambú de tres pisos para ahorrar espacio.”

Dicen que parte de la revolución tecnológica que explotó con el internet es gracias Jobs. Pero que no se nos olvide que Jobs fue un censurador como los de las dictaduras. Con el iPad, Apple se da el lujo de ser la plataforma de una gran porción de los medios de comunicación que hoy están a punto de quebrarse. El iPad puede salvar a los periódicos, por ejemplo. Y puede volver el contenido que la gente consume una experiencia divertida y apta para todos. Pero Jobs se aprovechó de eso: todas las publicaciones que se publican en un iPad son detalladamente examinadas por Apple, y las que no les gustan, las dejan a un lado. El iPad es tan independiente como un periódico en Cuba: los pasquines, los panfletos, los manifiestos están todos prohibidos. Apple está barriendo el piso con la libertad que nos dio el internet: en el iPad se han prohibido el arte homosexual, las guías de viajes homosexuales, las caricaturas políticas. Y el porno: en palabras del archimillonario, “el iPad nos va a liberar del porno”. La empresa más próspera del país que se inventó la libertad de expresión no les permite a sus usuarios expresarse con libertad.

Jobs hizo lo que cualquier empresario en el mundo capitalista hace: se ingenia un producto, lo vende y se hace rico. Punto. Jobs nunca tuvo el papel político que Warren Buffet, por ejemplo, el hombre más rico de Wall Street, ha tenido en los últimos meses, al haber propuesto que los ricos pagaran más impuestos. Tampoco tuvo el papel que ha tenido Bill Gates desde los noventa, como uno de los filántropos más importantes del mundo. Según el New York Times, Jobs nunca ha dado caridad y cerró, él mismo, el centro de proyectos filantrópicos de Apple.

A esa publicación del Times, uno de sus colegas respondió que tal vez era porque “no tenía tiempo”. Y ese es el problema: Jobs era un adicto al trabajo, un obstinado, una de esas personas que no puede vivir sin el éxito y puede pasar por encima de cualquier amigo con tal de alzar la gloria. Tal vez eso sea legal, pero también es cuestionable, sobre todo si lo vamos a enterrar como si fuera el hijo de Dios.

“Las manifestaciones de pena pública deben ser reservadas para las personas que viven la vida heroicamente y se destacan como ejemplos magníficos de humildad y amor para el resto de la humanidad”, dijo Hamilton Nolan sobre Jobs. Estoy de acuerdo.

Desde que dijo que el iPad nos iba a salvar del porno, Steve Jobs me cae mal. Y desde que se murió, la gente me tiene seco venerando cada una de sus obras, como si no fueran productos que buscaban monopolizar un negocio competitivo. Como los carros de Ford, por ejemplo, a quien nadie le dedicó tantas benevolencia. Confieso que me inspiro en un sentimiento subjetivo: siempre he estado en contra de la adoración ciega de una figura pública y creo que, a partir de ese tipo de sentimientos fundamentalistas, es que tenemos el mundo así de jodido. Que el mundo esté tratando a un tecnócrata como un ídolo de culto me hace pensar que nuestros valores están cada vez más corrompidos. Es necesario que pongamos a Jobs en el sitio que se merece: el de un innovador, sí, el de un empresario exitoso, sí, que sin embargo no es perfecto ni debe ser visto como un artista que hizo mejor el mundo.

Ilustración: http://bit.ly/57iKx7

Publicado en Kien & Ke en octubre de 2011.

Written by pardodaniel

octubre 8, 2011 at 6:59 pm

Manual de conducta del pasajero de avión

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25083981.jpgSi no es en primera clase –o sea, si no es un mundo al revés–, viajar en una aerolínea comercial es la peor tortura que le pueden hacer a una persona promedio. Los asientos, la pantalla dañada, la comida de plástico, la turbulencia en el momento de las bebidas, la aburrición, los bebés, la imposibilidad de dormir. Estar en un país lejos de Colombia es un placer sin igual. Y, sin embargo, con tal de no pasar por la tragedia que implica cada viaje al exterior, yo me quedaría insertado en nuestro adorable platanal el resto de mi vida, felizmente deprimido.

Pero hay que vivir. Y hay que viajar. No sé por qué, en realidad, pero hay que viajar. Entonces hay que hacer lo posible para que viajar deje de ser una ladilla para todos: debemos elaborar códigos civilizados de comportamiento. Somos salvajes, sí, pero tenemos que trabajar en dejar de serlo, así sea en vano. Acá está, entonces, mi irrelevante contribución: un manual de comportamiento para el viajero de avión.

Coja el puesto que le tocó. Hay que dejar de creerse más avispados que el resto. Ese cuento de que ‘me hago en la ventana a ver si no me la piden’ no puede prosperar. Hay gente que se muere de la vergüenza de pedirle a los demás que se quiten de su puesto. Y les toca pasar por la pena, sudando. No nos podemos aprovechar de la humildad de la gente. Además, que alguien no coja el asiento que le tocó hace lento el proceso de abordaje. Y se forman conversaciones inútiles en las que la gente empieza a participar: si M es ventana, si F es pasillo. Si le gusta la ventana, pídala desde la compra del pasaje. Igual con el pasillo. Pero, en todo caso, siéntese donde le tocó.

No participe. Como los aviones son tan apeñuscados, las conversaciones privadas están disponibles para todos. Pero eso no quiere decir que sean públicas o multilaterales. Si uno le reclama o le pregunta algo a la azafata, no participe: déjelos hablar a ellos como si usted no existiera. En general, la azafata sabe más que usted.

Obedezca. Abra la ventana, ponga el espaldar recto, abróchese el cinturón, cierre la mesita, apague el iPod: haga todo lo que le dicen que debe hacer y no ponga a la azafata a recordarle. Si lo dicen es porque llevan siglos estudiando eventuales accidentes y saben que ese tipo de pendejadas lo pueden salvar.

No sea abusivo. No ponga sus cosas en el asiento del otro, no se coja todo el apoyabrazos, no se tome todo el compartimento de las maletas. Usted no es el único que tiene que llevar bocadillos al exterior. Piense que cada cosa que usted empaque será un poco menos de espacio para los demás. Cargue con lo estrictamente necesario. Y, por favor, no se coja dos almohadas.

Cállese. Estoy seguro que la gran mayoría preferiría que el de al lado nos les hable. No arme conversa: un avión no es una reunión social. Por otro lado, viajar es y debe ser una experiencia individual: uno solo con la pantalla, uno solo con su revista, uno solo con su aburrición. Usted no sabe si su conversación pueda molestar a los demás. Además, va a llegar un punto en la que la conversación se acabe y les quedarán horas de vuelo juntos. Evítese situaciones incómodas. Sobre todo cuando apagan la luz, no convierta en el vuelo una peluquería.

No se emborrache. El trago saca lo peor de nosotros. Si llega borracho, su olor a guayabo trasnochado, sus gases y sus sonidos van a ser un problema para los demás. Si llega borracho, algo le dirá a alguien que no tenía por qué decirle: usted lo sabe, usted conoce sus facetas. En un espacio diminuto habitado por mamás, abuelos con cáncer y niños, los borrachos son un problema. No se convierta en uno.

Si tiene tos, tome jarabe. Hay una creencia errónea en el ambiente: esa que permite sonidos del cuerpo con la excusa de que, como uno está enfermo, no puede hacer nada. La gente que tiene tos cree que puede toser a grito herido porque tiene tos. Pero no: para eso están los jarabes, los remedios, la medicina. Y, bueno, la prudencia. Si de verdad no puede contener la tos, al menos trate. Verá que algo logra.

No ronque. También hay remedios para la roncada. Y operaciones. Y si lo suyo no tiene arreglo, no duerma. O, bueno, al menos no haga las cosas que hacen roncar a la gente: como comer, tomar trago, ser un cerdo. Al menos piense en el tema: anticípelo. No se quede en el ‘no puedo hacer nada’. Piense que no todo el mundo llevó tapones para los oídos. Piense que más de una persona, seguro más de una, no va a poder dormir por su culpa. Si somos democráticos, lo justo es que ellos duerman y usted no.

Si es bebé, llore, pero no grite. Niños: una cosa es llorar, que se entiende, y otra es gritar desde la profundidad más remota de sus entrañas. Con que lloren nosotros entendemos: no tienen que gritar como araguatos.

Se me quedan por fuera otras recomendaciones para hacerle al pasajero de avión: hay muchas, por ejemplo, que sirven para que su viaje sea menos trágico: pida vegetariano, no coma mucho, evite los periódicos, no lleve sombrero, en fin. Pero eso es otro artículo.

Foto: http://bit.ly/qf2WRU

Publicado en Blog SoHo en octubre de 2011.

Written by pardodaniel

octubre 3, 2011 at 2:54 pm