Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Manual de conducta del pasajero de avión

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25083981.jpgSi no es en primera clase –o sea, si no es un mundo al revés–, viajar en una aerolínea comercial es la peor tortura que le pueden hacer a una persona promedio. Los asientos, la pantalla dañada, la comida de plástico, la turbulencia en el momento de las bebidas, la aburrición, los bebés, la imposibilidad de dormir. Estar en un país lejos de Colombia es un placer sin igual. Y, sin embargo, con tal de no pasar por la tragedia que implica cada viaje al exterior, yo me quedaría insertado en nuestro adorable platanal el resto de mi vida, felizmente deprimido.

Pero hay que vivir. Y hay que viajar. No sé por qué, en realidad, pero hay que viajar. Entonces hay que hacer lo posible para que viajar deje de ser una ladilla para todos: debemos elaborar códigos civilizados de comportamiento. Somos salvajes, sí, pero tenemos que trabajar en dejar de serlo, así sea en vano. Acá está, entonces, mi irrelevante contribución: un manual de comportamiento para el viajero de avión.

Coja el puesto que le tocó. Hay que dejar de creerse más avispados que el resto. Ese cuento de que ‘me hago en la ventana a ver si no me la piden’ no puede prosperar. Hay gente que se muere de la vergüenza de pedirle a los demás que se quiten de su puesto. Y les toca pasar por la pena, sudando. No nos podemos aprovechar de la humildad de la gente. Además, que alguien no coja el asiento que le tocó hace lento el proceso de abordaje. Y se forman conversaciones inútiles en las que la gente empieza a participar: si M es ventana, si F es pasillo. Si le gusta la ventana, pídala desde la compra del pasaje. Igual con el pasillo. Pero, en todo caso, siéntese donde le tocó.

No participe. Como los aviones son tan apeñuscados, las conversaciones privadas están disponibles para todos. Pero eso no quiere decir que sean públicas o multilaterales. Si uno le reclama o le pregunta algo a la azafata, no participe: déjelos hablar a ellos como si usted no existiera. En general, la azafata sabe más que usted.

Obedezca. Abra la ventana, ponga el espaldar recto, abróchese el cinturón, cierre la mesita, apague el iPod: haga todo lo que le dicen que debe hacer y no ponga a la azafata a recordarle. Si lo dicen es porque llevan siglos estudiando eventuales accidentes y saben que ese tipo de pendejadas lo pueden salvar.

No sea abusivo. No ponga sus cosas en el asiento del otro, no se coja todo el apoyabrazos, no se tome todo el compartimento de las maletas. Usted no es el único que tiene que llevar bocadillos al exterior. Piense que cada cosa que usted empaque será un poco menos de espacio para los demás. Cargue con lo estrictamente necesario. Y, por favor, no se coja dos almohadas.

Cállese. Estoy seguro que la gran mayoría preferiría que el de al lado nos les hable. No arme conversa: un avión no es una reunión social. Por otro lado, viajar es y debe ser una experiencia individual: uno solo con la pantalla, uno solo con su revista, uno solo con su aburrición. Usted no sabe si su conversación pueda molestar a los demás. Además, va a llegar un punto en la que la conversación se acabe y les quedarán horas de vuelo juntos. Evítese situaciones incómodas. Sobre todo cuando apagan la luz, no convierta en el vuelo una peluquería.

No se emborrache. El trago saca lo peor de nosotros. Si llega borracho, su olor a guayabo trasnochado, sus gases y sus sonidos van a ser un problema para los demás. Si llega borracho, algo le dirá a alguien que no tenía por qué decirle: usted lo sabe, usted conoce sus facetas. En un espacio diminuto habitado por mamás, abuelos con cáncer y niños, los borrachos son un problema. No se convierta en uno.

Si tiene tos, tome jarabe. Hay una creencia errónea en el ambiente: esa que permite sonidos del cuerpo con la excusa de que, como uno está enfermo, no puede hacer nada. La gente que tiene tos cree que puede toser a grito herido porque tiene tos. Pero no: para eso están los jarabes, los remedios, la medicina. Y, bueno, la prudencia. Si de verdad no puede contener la tos, al menos trate. Verá que algo logra.

No ronque. También hay remedios para la roncada. Y operaciones. Y si lo suyo no tiene arreglo, no duerma. O, bueno, al menos no haga las cosas que hacen roncar a la gente: como comer, tomar trago, ser un cerdo. Al menos piense en el tema: anticípelo. No se quede en el ‘no puedo hacer nada’. Piense que no todo el mundo llevó tapones para los oídos. Piense que más de una persona, seguro más de una, no va a poder dormir por su culpa. Si somos democráticos, lo justo es que ellos duerman y usted no.

Si es bebé, llore, pero no grite. Niños: una cosa es llorar, que se entiende, y otra es gritar desde la profundidad más remota de sus entrañas. Con que lloren nosotros entendemos: no tienen que gritar como araguatos.

Se me quedan por fuera otras recomendaciones para hacerle al pasajero de avión: hay muchas, por ejemplo, que sirven para que su viaje sea menos trágico: pida vegetariano, no coma mucho, evite los periódicos, no lleve sombrero, en fin. Pero eso es otro artículo.

Foto: http://bit.ly/qf2WRU

Publicado en Blog SoHo en octubre de 2011.

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Written by pardodaniel

octubre 3, 2011 a 2:54 pm

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