Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Diatriba contra Steve Jobs

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Con el respeto que se merecen él y su familia, confieso que estoy hastiado del mesianismo que se ha desprendido de la muerte del capitalista más exitoso de este siglo, Steve Jobs. Twitter, Facebook, los periódicos, la sopa: no hay lugar en este mundo que no esté infestado de adjetivos rimbombantes sobre el millonario. Comentarios del estilo de “lágrimas inundan mis ojos… mi mentor… Steve, más que un hombre: una idea, un ideal, un verdadero servicio… lo único que se puede anhelar es que su energía persista en nuestros corazones” inundad al planeta. Los medios y los lectores se han sobreactuado como nunca antes lo habían hecho: ni con la ‘primavera árabe’, ni con el tsunami en Japón, ni con la crisis financiera más crítica en la historia del capitalismo los había visto así de eufóricos.

Y creo que se equivocan: Steve Jobs no fue un mesías que salvó a la humanidad de sus más terribles tragedias. Al contrario: se aprovechó de ellas. Que está bien, porque de este mercado competitivo vive el hombre. Pero esa no es razón para enterrarlo como si fuera la Madre Teresa. Steve Jobs no fue el ningún filántropo que trabajó para hacer de este un mundo mejor: como Henry Ford o John D. Rockefeller, Jobs fue un trabajador, un innovador y un empresario. Pero en ninguna medida fue un mesías que dedicó su vida a mejorar el mundo.

Y acá están las razones.

Puede que Jobs haya sido uno de los innovadores más importantes de la historia reciente del mundo. Eso lo sabemos y no hay necesidad de repetirlo enésimas veces. Las comunicaciones, las relaciones sociales, la política y la economía se vieron afectados por los inventos de Jobs. Pero esos inventos no los hizo él solo. Y esas innovaciones no son necesariamente, si lo vemos de una manera más trascendental, un paso hacia adelante para la humanidad: violan derechos humanos, perdimos el contacto interpersonal, vemos las películas en una pantalla de dos por dos, en fin: Steve Jobs pudo ser un genio, pero no era perfecto.

La etiqueta de ser un jefe autoritario, grosero, despectivo, hostil y rencoroso siempre lo acompañó. Así lo reportó la revista Fortune en mayo de este año y así lo dijo Alan Deutschman, uno de sus biógrafos: “Jobs guía a sus subalternos de maneras muy creativas, pero también recurre a la intimidación, el menosprecio e incluso la humillación. No le preocupa perjudicar los egos y las emociones de sus empleados … de repente e inesperadamente, mira a algo que ellos están haciendo y dice “es una mierda”.”

Jobs nunca tuvo problemas con armar, a punta de la mano de obra de gente inocente y reprimida, un imperio que hoy es más grande en términos económicos que 128 países del mundo: por ejemplo, Colombia. Apple se hizo, de manera literal, sobre la espalda de niños y mujeres en China cuyo sueldo no alcanza para unos audífonos.

Las políticas de relaciones públicas de Apple son también cuestionables. Por ejemplo: medio que los critique, medio cuya pauta de Apple se va. Y reseñista de tecnología que los critique, reseñista que se queda sin muestra gratis para reseñar en el siguiente lanzamiento. Con dificultad dan entrevistas y las preguntas de las entrevistas que dan son predeterminadas. Solo una vez un periodista se ha podido colar en una fábrica de Apple. Y escribió: “las fábricas operan 24 horas, siete días a la semanas. El himno del partido comunista chino se oye todas las mañanas. Los empleados llegan a trabajar 15 horas al día. Por estrechos corredores del estilo de una cárcel, los empleados duermen en cuartos pequeños, en literas de bambú de tres pisos para ahorrar espacio.”

Dicen que parte de la revolución tecnológica que explotó con el internet es gracias Jobs. Pero que no se nos olvide que Jobs fue un censurador como los de las dictaduras. Con el iPad, Apple se da el lujo de ser la plataforma de una gran porción de los medios de comunicación que hoy están a punto de quebrarse. El iPad puede salvar a los periódicos, por ejemplo. Y puede volver el contenido que la gente consume una experiencia divertida y apta para todos. Pero Jobs se aprovechó de eso: todas las publicaciones que se publican en un iPad son detalladamente examinadas por Apple, y las que no les gustan, las dejan a un lado. El iPad es tan independiente como un periódico en Cuba: los pasquines, los panfletos, los manifiestos están todos prohibidos. Apple está barriendo el piso con la libertad que nos dio el internet: en el iPad se han prohibido el arte homosexual, las guías de viajes homosexuales, las caricaturas políticas. Y el porno: en palabras del archimillonario, “el iPad nos va a liberar del porno”. La empresa más próspera del país que se inventó la libertad de expresión no les permite a sus usuarios expresarse con libertad.

Jobs hizo lo que cualquier empresario en el mundo capitalista hace: se ingenia un producto, lo vende y se hace rico. Punto. Jobs nunca tuvo el papel político que Warren Buffet, por ejemplo, el hombre más rico de Wall Street, ha tenido en los últimos meses, al haber propuesto que los ricos pagaran más impuestos. Tampoco tuvo el papel que ha tenido Bill Gates desde los noventa, como uno de los filántropos más importantes del mundo. Según el New York Times, Jobs nunca ha dado caridad y cerró, él mismo, el centro de proyectos filantrópicos de Apple.

A esa publicación del Times, uno de sus colegas respondió que tal vez era porque “no tenía tiempo”. Y ese es el problema: Jobs era un adicto al trabajo, un obstinado, una de esas personas que no puede vivir sin el éxito y puede pasar por encima de cualquier amigo con tal de alzar la gloria. Tal vez eso sea legal, pero también es cuestionable, sobre todo si lo vamos a enterrar como si fuera el hijo de Dios.

“Las manifestaciones de pena pública deben ser reservadas para las personas que viven la vida heroicamente y se destacan como ejemplos magníficos de humildad y amor para el resto de la humanidad”, dijo Hamilton Nolan sobre Jobs. Estoy de acuerdo.

Desde que dijo que el iPad nos iba a salvar del porno, Steve Jobs me cae mal. Y desde que se murió, la gente me tiene seco venerando cada una de sus obras, como si no fueran productos que buscaban monopolizar un negocio competitivo. Como los carros de Ford, por ejemplo, a quien nadie le dedicó tantas benevolencia. Confieso que me inspiro en un sentimiento subjetivo: siempre he estado en contra de la adoración ciega de una figura pública y creo que, a partir de ese tipo de sentimientos fundamentalistas, es que tenemos el mundo así de jodido. Que el mundo esté tratando a un tecnócrata como un ídolo de culto me hace pensar que nuestros valores están cada vez más corrompidos. Es necesario que pongamos a Jobs en el sitio que se merece: el de un innovador, sí, el de un empresario exitoso, sí, que sin embargo no es perfecto ni debe ser visto como un artista que hizo mejor el mundo.

Ilustración: http://bit.ly/57iKx7

Publicado en Kien & Ke en octubre de 2011.

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Written by pardodaniel

octubre 8, 2011 a 6:59 pm

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