Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for noviembre 2011

La Londres que recibe a Santos

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La legislación antidrogas inglesa es una de las más rigurosas. Aún así, en las calles de Londres es normal conseguirlas. / EFE

Hasta hace dos semanas, en el número treinta de Commercial Road, una de las calles más transitadas del este de Londres, operaba un coffee shop, un bar forrado en afiches de Bob Marley donde la gente fuma marihuana y toma café. No era un bar visible, pero con timbrar uno estaba adentro y en la libertad de comprar marihuana como si estuviera en Amsterdam. Una semana antes de cerrar, mandaron un mensaje de texto a todos los clientes frecuentes, donde informaban de la nueva locación del bar.

– Nos toca trasladarnos todo el tiempo, o si no la policía nos saca– me dijo el marroquí que atiende el lugar con un precario inglés.

30 Commercial Road no es el único establecimiento en Londres que vende marihuana como si ésta fuera legal. De hecho, conseguir droga en Londres es relativamente fácil: sobre todo en los barrios del Este, donde está la vida nocturna y donde transita la mayoría de la población inmigrante, es normal que a uno le ofrezcan marihuana, cocaína, éxtasis y demás derivados de las anteriores. Así como estos bares clandestinos, existen fiestas que, a la media noche, convocan a la gente a través de un mensaje de texto que informa de la locación secreta de la fiesta. Con ese sofisticado sistema de congregación, para la policía es difícil impedir eventos como este.

El porte de sustancias psicoactivas en Inglaterra se castiga con al menos tres meses de detención, aunque pasa que la policía se abstenga de penalizar a los portadores, dado que consumir es una práctica habitual. La venta legal de marihuana existe, si es con receta médica. Pero, en general, el sistema es bastante severo: desde el Acta de Abuso de Drogas de 1971, la ley inglesa, que por tradición había sido muy liberal, se convirtió en una de los más rigurosas de Europa.

Hugh O’Shaughnessy, un periodista irlandés que se ha hecho famoso por criticar con vehemencia esta Acta, me dijo que la guerra contra las drogas en Inglaterra está fuertemente influenciada por Estados Unidos, quien, “por alguna razón absurda, cree que la mejor forma para luchar contra el consumo es por medio de leyes prohibicionistas. Las industrias del tabaco y el alcohol también han hecho mucho lobby para que la droga siga siendo penalizada en el Reino Unido. Ejemplos como Holanda y Portugal han demostrado que la legalización trae grandes beneficios.”

Se dice en el leguaje popular que, en vez del nombre, la primera pregunta que se hace en un bar inglés es “what are you on?”, que traduce “¿qué droga consumió?”. “El problema de las drogas en Inglaterra tiene raíces culturales”, dijo Petra Maxwell, de DrugScope. Según un informe que publicó este año la UKDPC, la comisión anti drogas de la Policía, una de cada tres personas en el Reino Unido ha consumido drogas alguna vez en su vida y una de cada diez, en el último año. La conclusión de ese estudio fue que el consumo no ha sido bien manejado por los legisladores y que las políticas para prevenirlo deben cambiar.

La palabra “legalización” se usa cada vez más en el debate político y es por eso que la visita de Juan Manuel Santos ha generado tanta expectativa: si bien el Presidente no ha dicho de manera explícita que quiere legalizar la droga ni que lo haría de manera unilateral, la entrevista que le dio al dominical The Observer dejó la sensación de que el Presidente está dispuesto a debatir el tema. No por casualidad la comisión encargada de la ley anti drogas del Parlamento invitó al Ministro Germán Vargas Lleras este viernes a discutirlo. La idea no era llegar a conclusiones, me dijo el embajador Mauricio Rodríguez, sino compartir ideas sobre nuevas formas de combatir el problema.

A pesar de que el gobierno quiere buscar nuevas formas para luchar contra las drogas, varios columnistas han criticado su discurso. Daniel Pacheco, que toca el tema con mucha contancia en sus columnas de El Espectador, me dijo que “con la Ley de Seguridad Ciudadana, el gobierno Santos demostró que, así como el gobierno de Uribe, está en contra de la dosis mínima: Santos es una cosa para afuera y otra para adentro.”

Ahora, ¿por qué el tema de la legalización tiene tanto eco en el Reino Unido? Tal vez sea porque, primero, el Reino Unido es una potencia mundial en consumo de drogas: la semana pasada, la Agencia de Drogas de la Unión Europea publicó un estudio donde demostraba que acá se consume más cocaína que en cualquier otro país de Europa. El eco también tiene que ver con que los ingleses llevan debatiéndolo hace décadas: en el 97, por ejemplo, el diario The Independent se hizo famoso con una portada que decía “Legalicen TODAS las drogas”. Y desde entonces el periódico de corte liberal ha estado argumentando que esa es la única manera de atacar el problema. Esa idea es cada vez más aceptada por la gente: según una encuesta que realizó el partido Liberal Demócrata el año pasado, el 70 por ciento de los ingleses legalizaría la marihuana y el 50 por ciento, el resto de drogas. Por otro lado, los parlamentarios se preocupan por el tema porque el consumo no para de crecer: según las últimas estadísticas que publicó el NHS, el Servicio Nacional de Salud, 1,738 personas murieron por abuso de drogas en Inglaterra en el 2008. Comparado con el 2006, el consumo aumentó en un 19 por ciento.

El debate sobre la legalización ha generado innumerables columnas y editoriales, producto de la reunión de la Comisión anti dorgas del Parlamento a la que estaban invitados, además de Vargas Lleras, Ruth Dreifuss, ex presidente de Suiza, Paul Volker, ex jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos, y Nigel Lawson, ex Ministro de economía inglés. “¿Por qué todos los invitados eran ex?”, se preguntó Mark Easton, de la BBC. “Porque las altas paredes de la ortodoxia política no les permitieron decir nada durante sus administraciones”, concluyó. El Daily Mail, un diario de corte conservador, dijo que la legalización “es tan necesaria como un hueco en la cabeza”. El portal satírico NewsThump dijo que “solo los parlamentarios y los narcotraficantes están en contra de la legalización, dice todo el mundo”. El Evening Standard, que se reparte gratis en cantidades industriales, dijo que “nuestra problemática ley anti drogas pone en peligro a la juventud”.

A esa atmósfera llegó Juan Manuel Santos anoche. Su visita oficial empieza mañana. Hablará con el Primer Ministro, con el vice Primer Ministro, con el líder de la oposición y con el Príncipe Carlos. La legalización, sin duda, va estar de primera en la lista de temas a tratar.

Publicado en El Espectador n noviembre de 2011.

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noviembre 20, 2011 at 10:40 pm

La moda en Colombia, según la revista Vice

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Una legendaria revista gringa publicó un video sobre la moda en Colombia que generó controversia e indignación en nuestro país. Si bien lo que pinta el video es una realidad que no podemos negar, el ángulo del reportaje demuestra que la revista Vice no es más que un producto de esa cultura arbitraria e inmadura del primer mundo que, entre otras, abastece a los narcotraficantes que tienen a este país en el estanque cultural y económico hace cincuenta años.

Los colombianos tenemos que dejar de ofendernos por que nos digan narcotraficantes. No solo porque, en parte, eso somos, sino porque, también, el ser humano no tiene la culpa de ser inherentemente injusto: sea por culpa de los medios, sea porque somos idiotas, sea por una arbitrariedad innata, la gente estigmatiza a todo el mundo todo el tiempo. Y no tiene la culpa. Generalizar está mal, sí. Pero es una necesidad. Los colombianos somos narcotraficantes así como los argentinos son pedantes, los españoles malhablados, los gringos obesos o los indios cochinos. Cambiar eso nos va a tomar décadas, si no siglos: cambiar un estereotipo es cambiar concepciones culturales. Y eso no es fácil.

Gracias, Pablo: nos hiciste famosos ante el mundo. Gracias, Fabio: nos diste una carta contundente de presentación.

¿Y nos vamos a poner a decir que Colombia también es café y playas bonitas cada vez que nos dicen narcotraficantes? Nos va mejor si le seguimos el chiste a todo el extranjero obtuso que nos califica de narcos: decirle que, sí, en el bolsillo llevamos un kilo de coca, que llegamos a Nueva York con condones llenos de heroína en la barriga, que somos indígenas y que Colombia sí es una selva donde solo se produce perico. Y se consigue a precio de pan. Nos va mejor así. En vez de decir, siempre, que Colombia también es García Márquez y Shakira.

Decir que los colombianos son narcotraficantes es como decir que todos los jóvenes en sus veintes en Nueva York y Montreal son drogadictos.

Así que, si esos son los términos, empecemos por decir que la revista Vice es de drogadictos codiciosos sin pretensiones periodísticas serias, que estigmatizan y hacen prensa para ese niño rebelde que lo ha tenido todo en la vida y vive de sus papás en Brooklyn, haciéndose el artista y vestido con una boina innecesaria y unas gafas estrafalarias.

Esa revista neoyorquina para hipsters publicó hace poco un video sobre la moda en Colombia, usando como excusa y ejemplo la Semana de la moda en Medellín. Se fueron a los desfiles de la élite. En las entrevistas ridiculizaron a nuestros lagartos de la moda: niños sin conocimientos que, sin duda, son una carnada apetitosa y efectiva para todo aquel que busca ridiculizar. Hablaron de coca, de moda, de traquetos. En fin: usted conoce el cuento y ahí en el video lo puede ver. Después se fueron a un desfile alterno a la Semana de la moda, donde se toparon con esa cultura de la voluptuosidad y la ostentación que Colombia heredó del narcotráfico y hoy inunda nuestra televisión, reinados y, en general, forma de ver la belleza.

El video, entonces, escoge pintar las dos realidades que le convienen: la moda arribista y la moda corroncha en Colombia. No se ve a Silvia Tcherassi por ningún lado. Ni a Esteban Cortázar. Ni a Raúl Higuera, Ruven Afanador o Mauricio Vélez. Mire: yo no soy ningún sabio, pero, desde la ignorancia, sé que la moda en Colombia es mucho más que arribistas y traquetos. Es eso, sí, pero también es lo otro. Y ahí está el punto importante del video de Vice: que, para alimentar los gustos de su público drogadicto en Nueva York, ese por cuya culpa Colombia padece un problema histórico e irremediable, escogieron pintar el lado estereotípico de la moda en Colombia. Que existe, sí. Que no podemos negar, también. Pero que tampoco es el espectro completo.

Y ese es un problema, también irremediable, del periodismo: que uno no puede escribir pensando en las personas que se van a ofender. Al contrario: uno debe escribir según lo que su particular público demanda. Y, para Vice, una historia así cae como anillo al dedo: sus lectores son hipsters que creen estar en el cúspide del mundo solo por estar en Nueva York, que inundan sus narices en sangre colombiana, que creen que saben mucho porque estuvieron mochileando en Tailandia, que ven el mundo desde una pantalla. Ese es el público de Vice: ese que escribe Columbia en vez de Colombia. Que preguntan si nosotros hablamos es portugués o español. La revista Vice es una revista para idiotas, como su mismo fundador lo ha dicho. Y, en ese sentido, está bien que se basen en estereotipos injustos que abastecer esa estupidez. Ese es su negocio, saciar la estupidez de sus lectores, y están en su derecho de hacerlo.

Por eso en Colombia no tenemos por qué indignarnos por publicaciones como esta ni hacer campañas de Colombia es Pasión para cambiar esa imagen. Nada: vivamos con eso. Qué más da. Tampoco es tan grave. De hecho es divertido. Así como es divertido decir que los judíos son, todos, unos mezquinos, cicateros, usureros. Generalizar es fácil. Ridiculizar también. Mandar a una modelo británica a Medellín a que se rompa de fiesta y de paso haga un documental sobre la moda desde sus arbitrarios ojos también es fácil. Y eso fue lo que hizo Vice.

Colombia es un cagadero: en eso todos estamos de acuerdo. Somos un país atrasado, inviable. Y nuestra moda peor: en ella inunda el arribismo, la lagartería, el mal gusto. En eso, el video de Vice está bien. Sobre todo si eso es lo que su público –que también es inviable– le pide.

Así que, en conclusión, el video es una mediocridad. Así como la revista Vice y la moda en Colombia. Colombia como país también es una mediocridad.

Publicado en Exclama en noviembre de 2011.

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noviembre 19, 2011 at 5:25 pm

13 películas buenas que usted no se ha visto. Y están en Cuevana

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simpsons-the-homer-tv-4900921.jpgNo es porque a mí me parezcan buenas. Faltaba más. Sino porque, según Metametric, la página que recoge las reseñas de miles de críticos y las clasifica, no hay película de las que siguen que esté por debajo de 70 en la escala de 100 que maneja la página que ha revolucionado la crítica de cine en los últimos años.

Ahora bien: yo las he visto y, a pesar de mi honda inseguridad, me atrevo a asegurarlo: las que siguen son películas que, al menos, aguantan. Y digo que usted no se las ha visto, porque se trata de películas que no llegaron al olvidado territorio patrio, que se produjeron con las uñas y que no tuvieron el despliegue que tantas, innumerables películas tienen. También digo que no se las ha visto porque yo sé que usted prefiere repetirse por enésima vez The Hangover antes de verse una buena por conocer.

Pero estas son películas buenas, se lo prometo.

Así que aquí tiene 24 horas de cine por si no se le antoja quebrarse de fiesta este fin de semana de tres días.

Y están en Cuevana.

Mary and Max (2009). Una película en animación de origen australiano que no tiene nada que envidiarle a las megaproducciones de Pixar. Es la historia de una niña australiana que se manda cartas con un gordote en Nueva York. Buen humor, dibujos amenos e historia de amor.

The Station Agent (2003). La primera película de Thomas McCarthy, el director de la también remcomendadísima Win Win, es la historia de un enano neurótico al que le exaspera la condescendencia del gringo promedio. La apuesto todo al futuro de McCarthy, al que usted puede recordar por el papel Doctor Bob en La familia de mi novia.

Lars and the Real Girl. (2007). Ryan Gosling, que ahora está de moda por Drive, tiene un problema: que siempre hace de churro buena gente. Pero, si uno lo piensa bien, no hay película mala en la que actúe el galán. Acá, por ejemplo, hace un brillante papel: el de un gringo ensimismado que se enamora de una muñeca inflable.

Cold Souls. (2009). Me identidfico plenamente con Paul Giamatti. No hay papel suyo que me disguste. Y en esta película, que hace de sí mismo, se faja uno de esos papeles de introspección que marcan la carrera de un actor. Desde el “I’m not drinking any Merlot!” en Sideways, Giamatti está al mismo nivel del “Here’s Johnny!” de Nicholson y el “Are you talking to me?” de De Niro.

La Faute à Fidel! (2006). Solo por el papel de la niñita la película es buena. Es sobre una familia que se las da de comunista y latinoamericanista en los años setenta en Paris. El escepticismo de la niña hacia los pensamientos de sus padres es el escepticismo que debería tener cualquier adulto frente a discursos dogmáticos como este, el comunismo.

Somers Town. (2008) Dura una hora y, en los suburbios de Londres, cuenta la historia de dos aburridos niños que se hacen amigos, consiguen trabajo, se enamoran de una mujer y se pelean. La música, de Gavin Clark y Ted Barnes, es hecha exclusivamente para la película. Y bájesela: está en Pirate Bay.

Lemmy. (2010). Si usted no es metalero, lo más probable que no se haya visto el documental sobre el peculiar cantante de Motörhead, la banda de metal que revolucionó ese género a punta de subir el volumen como nunca nadie lo había hecho antes. La vida de Lemmy, además, no se parece en nada a la de Ozzy Osbourne: la de Lemmy es la de un auténtico metalero.

Another Year. (2010). La última del director inglés Michael Leigh es sobre una pareja algo deprimente que tiene una amiga deprimente que se reúne con gente deprimida a comer platos deprimentes en un ambiente depresivo, el invierno inglés. Los encuadres, colores y la música son de trofeo. Ah, y la película no es deprimente: es divertida.

Junebug. (2005). Otra película deprimente que, en el fondo, es para sudar de la risa: la historia de una pareja moderna, enamorada y feliz que visita la estancada casa del novio en el Estados Unidos del Tea Party. Y, con eso, todo se viene abajo. Aunque ese no es el final, fresco: es peor.

Terri. (2011). Todo gordo se identifica con esta película, sobre un gordo que anda en pijama por la calle y se encuentra con alguien que, finalmente, no lo discrimina. Otra vez: película independiente gringa, deprimente pero divertida. Si es gordo, esta es su película. Ah, bueno: y es con papá John C. Reilly.

Bottle Rocket. (1996). Es la primera película del director hipster Wes Anderson, aquel que se inmortalizó con The Life Aquatic with Steve Zissou, The Royal Tenenbaums y demás películas para hipsters. Lo increíble es que Bottle Rocket es, a diferencia de Fantastic Mr Fox, mucho más del estilo de Anderson: chistosa, rara, gringa, fina, medida. Es sobre tres amigos que deciden volverse ladrones.

You Don’t Know Jack. (2010). Al Pacino se volvió malo cuando trató de seguir haciendo el Al Pacino de las clásicas. En esta película para televisión se sale de ese molde: hace de un médico tonto pero ambicioso que practica y defiende la eutanasia. Excelente papel de una leyenda de Hollywood.

The Invention of Lying. (2009). Ricky Gervais no solo es una persona chistosa. También es un pensador, un genio. Y, a pesar de que esta película tiene sus descaches, el fondo y varios detalles merecen ponerla. La primera, y ojalá no última, película dirigida por el irreverente maestro.

Bonus track: El Rey León (1994).

Foto: http://www.myspace.com/393445729

Publicado en Slog SoHo en noviembre de 2011.

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noviembre 19, 2011 at 5:15 pm

Defensa de Blink-182

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blink182_naked.jpgTal vez este sea el artículo más arriesgado que vaya a escribir en mi carrera de columnista estúpido. Pero, como pregonero del paradigma de la verdad, y porque mi labor como periodista idiota es decir lo que pienso, no tengo más remedio que cumplir a cabalidad con mi irrelevante trabajo. Yo creo, de verdad, que Blink-182 no es tan grave como parece.

Digo que es un artículo arriesgado porque Blink-182 lo tiene todo para ser un grupo detestable. Y porque, simple y llano, qué idiotez defender músicos para adolescentes, sobre todo en esta revista tan sofisticada. Blink nos recuerda a esos años de American Pie y chistes sobre el niño que lo cogieron masturbándose; cuando un pedo daba risa. Nos recuerda a la triste y patética adolescencia que tuvimos. Los integrantes de Blink, y sobre todo el papel en el que se metieron, nos hacen pensar en todo eso que odiamos de los gringos: que solo piensan en sexo, que hablan de popó todo el día, que todo tiene que ver con el ano, que son inmaduros. Recuerdo el “Hello, I’m Tom, from Blink-182, and this is Radioactiva, the rock planet”: lo decía con esa voz de niño, medio tierno y medio bobo, que destemplaba a cualquiera. El humor, la estética, la voz, y sobre todo las letras, eran demasiado adolescentes para que hoy en día no pensemos mal de Tom, Mark y Travis. Se tiraron MTV, se tiraron el humor gringo. Hoy uno ya no se puede poner unos Vans o andar en una patineta por culpa de Blink-182.

Y, sin embargo, creo que podemos hablar bien de los muchachotes. Los de Blink-182 fueron víctimas de su propio invento, sin duda. Pero ese invento no es necesariamente un problema. Y acá está la razón.

Blink-182 se volvió un grupo de estadio no necesariamente por su música, sino por el video de “What’s my age Again?”, donde los niños salían en bola corriendo por la calle. Con eso, por ejemplo, respondieron al mamertismo de los videos noventeros de MTV. Y reivindicaron la pendejada, la desnudez sin pretensiones artísticas. Con eso, también, demostraron que un rockero no tiene por qué estar deprimido y pelear en contra del capitalismo. Y lo hicieron de frente: el formato y el objetivo de Blink fue, desde el principio, ser un hazmerreír. Y fue un éxito. Así después se hayan convertido en un tedio.

Ahora: lo que más me parece rescatable de ese video es que le hayan dado protagonismo a la exquisita Janine Lindemulder, una diosa del porno que también fue la portada de ese disco.

Los videos de Blink eran bobos, sí, pero no olvidemos que este fue el primer grupo en volver la burla a las celebridades un formato del video clip. El chiste contra Britney, Cristina y demás iconos del pop se volvió un lugar común para Eminem y Pink gracias al video de “All the Small Things”.

Toda la faceta de Jackass, de montársela a los papás, de los enanos como cómicos, de Tom Green, se popularizó e internacionalizó por culpa de Blink.

Y eso, además, fue lo que hicieron con el punk, un género que típicamente era de la clase trabajadora, que hablaba de política, que estaba en contra de todo. El gran problema de Green Day, por ejemplo, es que se creen políticos, que se toman muy en serio. Blink se inventó el pop-punk, si se quiere, o popularizó el neo-punk. Y lo hizo en clave de humor.

Otro argumento para defender a Blink: el baterista. Travis Barker es de los pocos bateristas cuyo nombre uno conoce. Y eso se debe única y exclusivamente a que se trata de un excelente baterista, con una rapidez y una habilidad extraordinarias. Además, los grupos que formó después de Blink no son malos. Y su reality es un éxito. Y su novia un personaje. En suma, Travis Barker tiene la mejor vida que puede tener una persona con el cuerpo enteramente tatuado. Y eso es de rescatar.

Como decía Popeye, nuestro adorado narcotraficante, hay gente que es como los yogures: que nace con la fecha de vencimiento tatuada en el cuello. Eso fue lo que les pasó a los de Blink. Y la cagaron más al haberse reunido el año pasado. Debieron quedarse callados después de que les cambió la voz.

Foto: http://punk182.net/news/oh-my-god-how-much-fun,271.html

Publicado en Blog SoHo en noviembre de 2011.

Written by pardodaniel

noviembre 19, 2011 at 5:10 pm

El fin de la chiva

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Nadie, en realidad, tuvo la chiva de la muerte de Alfonso Cano. Y, si alguien la tuvo, a nadie le importa. Según el espectáculo que se vio en Twitter, la mayoría de los medios se creyeron el cuento de que ellos, desde el mar de egos que son sus salas de redacción, tuvieron la preciada chiva. Se dijo que fue El Tiempo, Caracol radio, La W, CityTV, Caracol televisión, El Heraldo.

Y pensar que a nadie le importa. ¿O me va a decir que usted se acuerda de quién tuvo la primicia de la muerte de Bin Laden? La competencia por la primicia solo le importa a los periodistas, hasta el punto de que la gente se queja porque no informan y, en vez de eso, se dedican es a competir por un trofeo que no sirve de nada.

Los periodistas se rasgan las vestiduras cuando ven que la competencia publicó, en primicia, una noticia reveladora. A veces hasta le dan menos despliegue a la noticia por el hecho de que no fueron ellos, sino la competencia, quienes la destaparon. Por ese afán de ser los primeros es que los periodistas se equivocan y publican lo que no es.

Se rasgan las vestiduras, digo, pero no hay necesidad de hacerlo.

Hay que diferenciar, de entrada, entre primicia y denuncia, dos conceptos a los que se les suele llamar –en una celebración del horrible uso de la ‘ch’– chiva. Tener una primicia –es decir, ser el primero en enterarse de una noticia histórica– es lo que aplica en el caso de Cano. Tener una denuncia –es decir, revelar una noticia histórica que ningún otro medio investigó– es lo que aplica en el caso de, por ejemplo, las chuzadas de DAS.

Y, sin embargo, permítame preguntarle, querido lector promedio: ¿usted se acuerda qué medio destapó el escándalo de las chuzadas? Solo los periodistas recordamos que fue Semana. Y lo mismo pasa con el carrusel de contratación en Bogotá o los falsos positivos. Usted, amable lector promedio, no sabe quién los destapó. Y no tiene por qué saberlo. ¿Para qué va a saber algo que no sirve de nada?

La chiva es un concepto obsoleto. En los años que el periodismo daba plata, cuando la gente pagaba por las noticias y los periodistas podían vivir de su profesión sin meserear, la chiva sí era un trofeo. No solo porque quien quiera que la tuviera duraba un día entero saboreando el dejo de la exclusividad, sino porque la primicia disparaba las ventas. Pero hoy no toca ser el primero para vender: las noticias pasan de un medio a otro en cuestión de segundos.

Periodistas como Charlie Gasparino o Andrew Sorkin se hicieron grandes a punta de filtrar, antes de que saliera el comunicado de prensa, los negocios que se gestaban en el corazón de Wall Street. Hoy, según el bloguero de Reuters Felix Salmon, las chivas sobre fusiones y adquisiciones de empresas no existen, porque los periodistas se dieron cuenta de que la exclusividad ya no paga.

Esta es una de las realidades que los periodistas del viejo mundo no han querido entender: el buen periodismo no es el que habla de primero, sino el que habla mejor. El New York Times está en crisis porque casi no entiende que su rol cambió: que ya no podía enfocarse en las noticias, que ese era el trabajo de las agencias y de las redes sociales y que su función es la de analizar, pensar, proponer. Ahora que lo están haciendo, y que empezaron a cobrar, el panorama tiende a despejarse.

Eso es lo que hicieron los medios que no están a punto de quebrarse: periodismo desde el escritorio. Piense en The Economist, una vez más. Otro de los tabúes que quedaron de la vieja prensa es que hacer periodismo desde le escritorio está mal. Pero no: pregúntele a Julian Assange, el hombre que destapó la historia más grande del 2010, desde dónde reveló esa faceta inédita del periodismo. Le dirá que desde un computador, en su escritorio. Por no decir que desde su inodoro. Las entrevistas y la reportería necesitan de contacto, sí: estar ahí es importante. Pero eso no es todo: usted puede estar ahí y eso no significa que vaya a ser el que más jugo le saque a la noticia.

Cuando la revista Newsweek se enteró de que Bill Clinton sí había tenido relaciones extramaritales, un bloguero, Matt Drudge, se enteró y lo publicó. Les quitó la chiva. Y nadie lo metió a la cárcel por eso. Al contrario: le llovieron entradas y avisos. Y armó un imperio de noticias desde su escritorio: The Drudge Report.

La noticia ya no tiene autoría. Una vez publicada, la primicia ya es de todos. Y, de ahí, sálvese quien pueda: cada medio hará su versión de la misma noticia y el que mejor la maneje –el que mejor entienda a su público, así sea desde un café o desde la cama de la moza– será el que se puede considerar ganador en la inevitable competencia que es este oficio.

Por eso es que el New York Times tanto se ha quejado de medios como el Hufftington Post: porque cogen las noticias que ellos reportean, las reescriben y se fajan una cantidad de dividendos sin hacer el dispendioso trabajo que hizo el reportero. ¿Y eso es ilegal? No: ni se están copiando y están citando. Solo están entendiendo mejor el lenguaje que su público quiere leer. Y de eso se trata el nuevo periodismo.

“La chiva se ha ido, así que olvídela. Lo más importante es que la verdad sea publicada: no quién la publique o cómo”, dijo alguna vez el aterrizado editor de investigaciones de The Guardian, Paul Lewis.

En Colombia, sin embargo, seguimos detrás de la moribunda chiva. Si usted se sigue preguntando quién tuvo la primicia de la muerte de Bin Laden, acá está la respuesta: Twitter. ¿Seguro, estimado reportero, que usted quiere seguir detrás de la chiva?

Publicado en Kien&Ke en noviembre de 2011.

Written by pardodaniel

noviembre 10, 2011 at 10:39 pm