Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for julio 2012

Puro Centro: ¿quién podrá defenderlos?

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El tuitero Andrés Ríos le preguntó a Gabriel Meluk “¿si el campeón hubiera sido Pasto, El Tiempo hubiera dedicado también 16 páginas?” Y el editor de deportes del diario le contestó: “teníamos listo otro de 12 páginas”. Es decir, no. El generoso cubrimiento de la victoria del “León” no solo demostró que los editores de los medios nacionales son hinchas de Santa Fe, sino que encima no tienen tapujos en determinar el cubrimiento de un tema según su capitalina subjetividad.

Tenía razón el activista Fernando Londoño cuando dijo, en el lanzamiento del grupo militante Puro Centro Democrático, que Uribe logró ganar las elecciones de 2002 “sin amigos en las páginas editoriales”. Uribe fue, en un principio, un extraterrestre del que desconfiaban las élites bogotanas que mandan en los medios tradicionales. Solo cuando llegó al poder, y se perpetró en él durante ocho años, los bogotanos lo admitieron en su peña. Porque cuando Uribe apareció en el espectro, el cachaquismo no lo veía como la ‘gente bien’ que debe manejar el país.

Ahora que otro bogotano —también, por supuesto, hincha de Santa Fe— es presidente, los medios bogotanos han vuelto a ser lo que eran: defensores del establecimiento capitalino. Y ahora que Uribe está en campaña opositora, ¿quién podrá defenderlo?

El viejo paradigma de que la opinión pública es diferente a la opinión publicada aplica con Uribe más que con cualquier otro prócer reciente. En 2002, el enigmático antioqueño del Partido Liberal sabía que era un bueno por conocer que no podía competir en los medios nacionales/bogotanos contra los malos conocidos, cual Serpa o Noemí. Por eso se ingenió una estrategia de contacto directo que se saltó a los medios grandes y, a través del populismo clásico, se dio a conocer en el grossode la población, que es el que vota. Así ganó y en esas se mantuvo durante sus ocho años de uribato: comunicando a través del populismo y con el apoyo de los medios regionales y, después, de Julito, RCN y El Tiempo.

La élite rola tuvo que acostumbrarse a sus modales campechanos. Y lo logró: allá llegaron los Pacho Santos. Pero cuando Juan Manuel subió al poder, y con esto acomodó un estirado gabinete de aristócratas uniandinos, los medios capitalinos lo celebraron como el hincha que ve a su equipo ganar una liga después de 37 años de sequía. Tanto así que el semanario chacaco Semana se ha vuelto para Santos lo queEl Colombiano fue para Uribe y está en la difícil situación —como tantos otros— de no poder criticar al santismo para no darle la razón al uribismo.

Con todo y reforma a la justicia, Santos sigue encamado con los medios bogotanos. Y el uribismo recargado, una vez más, se ha quedado sin apoyo dentro de la hinchada cardenal. Lo han tachado de cínico, de nazi, de peligroso, de paraco. Su única forma de comunicar será, otra vez, el populismo. Porque El Colombiano se reparte en un sector donde ya no puede crecer. Porque el único medio que en teoría es conservador en Bogotá, el Nuevo Siglo, nunca fue uribista. Porque antes los medios sentían la necesidad de darle voz a los uribistas, como fue el caso de Alfredo Rangel en Semana, pero ya no. Y porque los panfletos de sus propagandistas a sueldo, que insisten en etiquetarse de periodistas —como si eso fuera motivo de orgullo—, son publicaciones de nicho que no tienen posibilidades reales de masificarse.

Uribe seguirá refugiado en las redes sociales, su hogar dulce hogar, porque la membresía de los clubes bogotanos no es renovable. Pero si el uribismo fue elegido una vez sin amigos en las páginas editoriales, ¿por qué no va a poder hacerlo otra vez, en tiempos en que los medios tradicionales comparten su influencia y son el hazmerreír de todos los días? El éxito de Uribe revela los límites del poder de persuasión de los medios. Será porque la gente no les cree o porque el populismo es más eficiente. Cualquiera la razón, Uribe no va a necesitar de hinchas de Santa Fe para convencer al colombiano promedio —que no lee, no tiene Twitter y vota porque le pagan— de que vuelva a apoyar su credo.

¿Por qué la opinión pública es tan diferente a la opinión publicada? Lo preguntédurante el debate sobre la penalización del aborto el año pasado: ¿dónde están los conservadores?

Los medios tradicionales siempre han sido atacados por liberales. En Estados Unidos es cuestión de todos los días, y llega al punto de que la derecha usa ese argumento para tachar investigaciones rigurosas como Watergate de ser conspiraciones del liberalismo. A pesar de ser un golpe bajo y cobarde, es cierto que el periodista —allá y acá y en Cafarnaúm— tiende más hacia la izquierda que hacia la derecha. Sin embargo, hasta en América Latina hay periodistas y columnistas de derecha de altura y leídos. En Colombia, pocos.

Y es que acá pasa algo extraordinario: la guerrilla acabó con la izquierda política, que solo en contadas ocasiones ha logrado organizarse y ganar alcaldías o gobernaciones. A falta de representación en los congresos, la izquierda no guerrillera ha tenido que refugiase en los medios. Y de ahí que hoy sea tan fácil encontrar en las páginas editoriales pregoneros de, digamos, el matrimonio homosexual.

A Puro Centro no lo van a apoyar los hinchas de Santa Fe que abundan en los medios tradicionales que tanto leemos y citamos y compartimos. Eso no quiere decir que no haya hinchas de Nacional, Junior o Cali que no leen Semana y en las próximas elecciones vayan a votar por el uribismo.

Publicado en julio de 2012.

Written by pardodaniel

julio 24, 2012 at 6:09 am

No fue Twitter: fue Julito

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Carolina Botero lo graduó de “Primavera colombiana”. Álvaro Forerodijo que “la Reforma a la Justicia la frenó el poder ciudadano mediante un golpe de opinión”. Catalina Ruiz-Navarro aseguró que, en Colombia, “estamos presenciando por primera vez la fuerza del poder ciudadano”. Y estos son apenas algunos columnistas de El Espectador, cuyo editorialista también celebró: “la indignación ciudadana le ganó el pulso a la maquinaria entera del poder público”. En toda la estratosfera de los medios la gente está festejando la victoria del poder ciudadano. Hasta el Ministro del Interior, porque todo santista sabe endulzar el oído, dijo que “la ciudadanía se manifestó a tiempo”.

Y sí. Pero tampoco tanto.

Aunque es indudable que las redes sociales han sido una herramienta eficiente para debatir y cuestionar el poder, no es muy realista pensar que el poder se redistribuyó y hoy más que nunca el pueblo puede presionar a los gobiernos y hacer su voluntad. Y así podamos afirmar que las redes sociales fueron la esfera donde en un principio se gestó la indignación pública que llevó al Presidente a tumbar la reforma, esa indignación no habría podido legitimizarse y llamar la atención de Mr. Santos sin el apoyo de los grandes medios tradicionales. De Julito. No creo que la ciudadanía haya deslegitimado al establecimiento: creo que parte del establecimiento –inspirado en la ira de algunos ciudadanos– se rebeló en contra del Gobierno y el Congreso.

Si no es por el rechazo que leímos en los editoriales y las columnas de los periodistas/protagonistas de novela, esos que antes de internet también tumbaban ministros desde sus máquinas de escribir, Santos habría firmado la reforma sin tapujos y la indignación de los tuiteros se habría quedado ahí, en la precariedad de nuestros irrelevantes TLs.

Si los geeks de Twitter tuvieran el poder que les han atribuido, me late que la Ley Lleras 2 –un proyecto que les importa a los geeks porque les restringe susinherentes hábitos de copiar y pegar– no habría pasado así de campante en el Congreso. El poder ciudadano que se indignó no es el de todos los ciudadanos, sino el de unos. Twitter no es Colombia. Y si no es por la difusión de los medios, el país no se habría enterado de que había una gente haciendo pataleta por una ley absurda que el Congreso legisló.

Como dijo Hugo Dixon la semana pasada, las protestas necesitan de una estrategia armada por un líder para ser exitosas. Las revoluciones árabes tenían la inspiración –la democracia– y las herramientas –Twitter– para tumbar a los dictadores, pero la falta de liderazgo de los movimientos ha hecho que la Primavera Árabe tenga cada vez menos tintes de revolución: en Libia tuvo que intervenir Occidente después de un baño de sangre, en Egipto la gente quiso elegir entre el viejo régimen y el no tan viejo régimen y en Siria la revolución se convirtió en una guerra civil, que sigue ganando un establecimiento que, además, maneja a su parecer casi toda la información confiable que recibimos por fuera de ese país. Y ¿qué impacto tuvo #OcuppyWallStreet en los debates sobre la crisis y la austeridad en el Parlamento Europeo? O ¿de qué sirvió #YoSoy132 en la elección mexicana, si igual ganó el viejo régimen que inspiró la indignación?

Sin el liderazgo de políticos tradicionales como Navarro Wolff, Iván Cepeda o Ángela Robledo, que con una eficiencia extraordinaria organizaron un referendo para tumbarla, la reforma a la Justicia estaría intacta. Sobre todo en este país elitista, donde entre más salga uno en televisión menos fila tiene que hacer, las figuras tradicionales de poder son necesarias para que la indignación no se quede en trinos indignacionistas.

Yo entiendo la convicción de tipos como O’Reilly, que hacen debates interactivos desde recónditos lugares del mundo y creen que están cambiando el mundo y siendo actores de la fábula democrática. Yo entiendo que usted, optimista, se levante en la madrugada y crea que puede acabar con las injusticias de este país inviable desde su cama. Y, en parte, su grano de arena aporta. Pero el desierto de la indignación no se arma sin el apoyo de los viejos –y todavía– dueños del poder.

Por eso creo que el profesor Gladwell acierta al decir que Twitter no va a fomentar revoluciones a favor de la democracia. Se necesita de un tradicional andamiaje político, militar y, sobre todo, mediático para realizarlas. Los viejos poderosos son los nuevos poderosos. Piense en Álvaro Uribe, en los columnistas de Semana o en las celebridades: pocos son los tuiteros que tienen más influencia –y seguidores– que ellos en las redes sociales. Las viejas estructuras de poder no fueron embestidas por internet: se transfirieron a nuevas esferas de comunicación, pero se mantuvieron intactas. Julito sigue siendo el mandamás de Colombia. O si no pruébeme lo contrario.

Publicado en Kien&Ke en julio de 2012.

Foto: http://bit.ly/NHbyyk

Written by pardodaniel

julio 6, 2012 at 11:29 am