Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Julian Assange ahora duerme en un colchón inflable

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Julian Assange está en la cárcel. Se encuentra en una de las oficinas de la embajada de Ecuador en Londres, que es un apartamento de diez cuartos tal vez nunca utilizados para prácticas diferentes a la burocracia. En el despacho que le adaptaron para que resida, y donde lleva 64 días enclaustrado, no hay ventanas. Le pusieron una ducha, una caminadora y una cocineta. Duerme en un colchón inflable. Tiene una conexión a internet y solo dos formas de recibir el sol: o con la lámpara de luz solar que le instalaron o desde el balcón de la embajada donde dio un discurso este domingo.

Julian Assange está en asilo diplomático en la embajada de Ecuador porque Suecia, cuya justicia lo investiga por abuso sexual y violación, lo pide en extradición. El Reino Unido, donde se encuentra hace dos años, la concedió y amenazó, en un “suicida” falso positivo de su canciller, con asaltar a la embajada. Ecuador y el activista político creen que la acusación es el pretexto de una conspiración de occidente para condenarlo por revelar, entre otras cosas, los oscuros secretos de la diplomacia de Estados Unidos en unos cables confidenciales.

Julian Assange, el fundador de la organización de filtro de documentos secretos llamada WikiLeaks, habló en público el domingo después de no haberlo hecho en dos años. Su aspecto ha cambiado desde que el mundo lo conoció cuando dio una rueda de prensa presentando los documentos secretos de la guerra de Afganistán, a finales de 2010. En esa oportunidad tenía el pelo más largo; al frente tenía un computador Mac y detrás, los avisos del Frontline Club, el sindicato de periodistas de guerra que lo acogió tras su llegada a Londres. Mostraba la portada del progresista diario The Guardian, que en ese momento –ya no– era su aliado. El peliblanco se presentaba como un revolucionario del periodismo, un símbolo de la libertad de expresión.

Julian Assange, el ahora comensal del presidente de Ecuador Rafael Correa, es hoy otra cosa. El domingo vino rapado, con corbata roja. Leyó un discurso de lugares comunes, cual político latinoamericano. Se paró en un púlpito decorado con la bandera y el escudo de un país hoy dirigido por un caudillo que ha cerrado seis estaciones de radio, intimidado a periodistas y prohibido a sus funcionarios hablarle a la prensa privada.

Julian Assange es un peón de Rafael Correa. La idea de que Estados Unidos lo quiere juzgar de espionaje, como ha hecho con la fuente de los cables secretos, Bradley Manning, es una excusa del primero para ausentarse de la corte sueca. El segundo quiere, en vísperas electorales, jugar una carta nacionalista similar a la que sus camaradas bolivarianistas usaron como plataforma internacional y de fuente de favorabilidad sensibilera en casa. A la señora De Kirchner, reciente dramaturga de un nuevo cruce de declaraciones con el Reino Unido por las islas Malvinas, cabe nombrarla como un antecedente a estas jugadas en nombre de la “soberanía”.

A Julian Assange las circunstancias lo convirtieron en la herramienta retórica de un político en cuya frente hay un rótulo que dice “Autoritario”. Ahora WikiLeaks, que comenzó siendo un movimiento a favor de la libertad de información, “se convirtió en algo vago, antiimperialista, antiamericano y anti-OTÁN”, como afirmó Padraig Reidy, del Índice de Censura. Al ser el arte de la ilusión, la política tiene una enorme capacidad de desilusionar.

Julian Assange –que tiene 41 años y tuvo un hijo a los 18– estaba lejos de ser ese dinosaurio del club de los perseguidos en agosto de 2010, cuando dio una conferencia sobre periodismo de guerra en Estocolmo. En los días que estuvo ahí, el ojicerrado tuvo relaciones sexuales con dos mujeres. Una de ellas fue quien lo invitó al evento e hospedó en su casa en el la capital sueca. El 17 de ese mes la corte sueca ordenó el arresto del exhacker después de que las dos mujeres lo acusaron ante la policía de haber abusado de ellas sexualmente. Son cuatro los cargos que se investigan: “coerción ilegal”, “acoso sexual”, “acoso deliberado” y “violación”.

Julian Assange es, en parte, protagonista de un choque cultural. Tuvo sexo con una de las mujeres mientras ella dormía y sin condón. La justicia debe determinar, con la ayuda de su eventual testimonio, cuándo y cómo fue que el sexo consensual pasó a ser no consensual. Lo que para la mentalidad latinoamericana puede no ser muy grave –sujetar a una mujer o tener relaciones sexuales con ella sin su consciente beneplácito– en Suecia se castiga con cuatro, seis y hasta diez años de cárcel. Según un índice de la Unión Europea, Suecia es el país de Europa donde más se reportan casos de abuso sexual: 53 por cada 100 mil habitantes en 2010. Aunque la cifra puede sugerir que los suecos son violadores por naturaleza, también puede ser la consecuencia de un rígido sistema judicial inspirado en una fuerte concepción de los derechos de las mujeres. Los partidos feministas en Suecia son populares, y en parte por eso, como lo dijo en una comentada columna la periodista sueca Karin Olsson, al nuevo mejor amigo de Rafael Correa “no le quedan muchos amigos en Suecia”.

Julian Assange ya no puede recorrer Vietnam en moto, como hizo en los noventa, porque está arrinconado en una oficina. En el improbable caso de que termine en Ecuador, se encontrará enclavado en un recóndito platanal donde la libertad que él alguna vez simbolizó –y todavía, según los que se pusieron las máscaras de Anonymous el viernes– se acomoda según circunstancias populistas. La otra opción que tiene, y que según su abogado Baltazar Gazón está meditando si le dan la garantía de que no será extraditado a Estados Unidos, es rendir indagatoria en el tercer país más democrático del mundo.

Cualquier cosa que pase, Julian Assange terminará en una cárcel.

Publicado en Kien&Ke en agosto de 2012.

Caricatura de Steve Bell en The Guardian.

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Written by pardodaniel

agosto 22, 2012 a 8:16 pm

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