Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for septiembre 2012

La cruzada de Twitter contra los seguidores fantasma

with one comment

Perfil de Twitter de Twitter

Incluso la cuenta de Twitter de Twitter tiene 33% de seguidores falsos.

De los más de 20 millones de personas que supuestamente leen los mensajes del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, en Twitter, el 70% son usuarios falsos o inactivos, según un conteo especializado. Lady Gaga, Hugo Chávez e incluso usted, si es que tiene cuenta en Twitter, tienen una buena cantidad de seguidores que no leen sus tuits.

Ese número que aparece en el perfil de cada tuitero y corresponde a la cantidad de personas que pueden leer los tuits de un usuario puede estar equivocado.

En una charla esta semana, uno de los fundadores de Twitter y actual miembro de la junta directiva, Evan Williams, dejó claro su disgusto sobre la cifra al asegurar que la red social ha pensado en cambiarla.

“Lo que sería más interesante que los seguidores son los retuits [repeticiones que se hacen de un tuit]”, dijo en el evento organizado por Buzzfeed, un importante blog. “Los seguidores no capturan tu distribución”.

“La cifra ideal”, dijo, “es cuánta gente vio tu tuit”.

Las declaraciones de Williams han generado una buena cantidad de interpretaciones en los innumerables blogs que hablan de internet. En el mundo tecnológico es bien sabido que los seguidores no son una cifra muy fiable: muchos pueden estar inactivos y se ha demostrado que un usuario recién registrado puede comprar por poco dinero una cantidad enorme de seguidores falsos.

¿Cuál es el problema del conteo de seguidores? ¿Qué se puede hacer para arreglarlo?

Seguidores no seguidores

Hace menos de un mes, un grupo de ingenieros londinenses lanzó una página de internet, Status People, que por medio de un complejo algoritmo mide cuántos seguidores falsos e inactivos tiene un usuario.

Uno de sus creadores, Rob Waller, le dijo a BBC Mundo: “Las cuentas falsas están configuradas para seguir a la gente o enviar spam; normalmente no tienen seguidores y siguen un gran número de personas. Una cuenta inactiva es aquella que no ha estado en actividad por un tiempo… Pueden ser personas reales, pero no son partícipes de la red social”.

Casi todas las cuentas de Twitter tiene un pequeño porcentaje de seguidores falsos, en parte porque, a diferencia de Facebook, cualquier usuario puede seguir a otro.

A cuánto el seguidor

Ev WilliamsEsa libertad que ofrece Twitter parece haber creado un mercado para la venta de seguidores. En julio, la cuenta del candidato a la presidencia de EE.UU. Mitt Romney tuvo un extraordinario salto de 100.000 seguidores en un fin de semana, lo que generó especulaciones e investigaciones sobre la posibilidad de que hubiesen sido comprados.

Basta con hacer una búsqueda en Google de compra de seguidores para ver la enorme cantidad de sitios de internet que ofrecen miles de seguidores por pequeñas sumas de dinero.

En un reportaje del New York Times, el comediante Dan Nainan confesó que, por US$424.15, pasó de tener 700 a más de 220.000 seguidores.

“El número de seguidores de Twitter que tenía en relación a la cantidad de personas en el mundo que saben de mí era lamentablemente inadecuada”, le dijo al del diario neoyorquino. “Hay un enorme prestigio asociado con tener un gran número (…) Cuando la gente ve que tienes muchos seguidores, digo algo como: ‘Oh, Dios mío, este tipo es popular. Podría querer contratarlo'”.

“Ese amigo que se jacta de tener 1.000 o 100.000 seguidores en Twitter puede no habérselos ganado con arduo trabajo e interacción en la red, sino que simplemente pudo haberlos comprado en el mercado negro”, dijo el periódico.

Qué hacer

Waller le dijo a BBC Mundo que no tiene claro cuál puede ser la solución: “Saber cuántos seguidores tienes siempre será de gran valor para las empresas y los comercializadores en Twitter”.

Lo que es importante, dice, “es explicarles a las empresas y marcas que para sus seguidores la calidad es mucho más importante y tendrá un retorno de la inversión mucho mayor. Y esto es, en esencia, el objetivo de Status People y la razón por la cual lanzamos recientemente nuestro Fakers App, el Fakers Dashboard, que ayuda a los usuarios a monitorear sus números, los de sus amigos y competidores, y eliminar falsos seguidores”.

Twitter tiene un servicio de análisis de tráfico e interacción para las compañías que pagan pauta publicitaria en la red social. El sistema mide retuits, menciones y clics en cada tuit, así como los seguidores obtenidos y perdidos en un día.

Según Poynter, un blog especializado, volver público ese sistema “sería un buen comienzo”.

Por otro lado, en Mashable, otro importante blog, se propone que Twitter podría borrar todos los seguidores que son falsos. Sin embargo, dice Chris Taylor, el autor del editorial, eso podría traerle conflictos a Twitter, porque su publicidad, que empezó a vender este año por primera vez, es ofrecida según esas medidas.

Taylor dice que otra opción es acabar con los seguidores y establecer el retuit como la medida que determina la influencia de un usuario de Twitter. Existen páginas como Klout y Social Ping que permiten una aproximación a la influencia algo más trabajada que el mero número de seguidores. Eso, sin embargo, “dispararía el número usuarios pidiendo que los retuitéen”, dijo Taylor.

La solución a la ambigüedad del número de seguidores no parece ser una ni estar clara. En cualquier caso, Twitter está trabajando en ello.

Publicado en BBC Mundo en septiembre de 2012.

Anuncios

Written by pardodaniel

septiembre 27, 2012 at 7:08 am

La pelea de los jueces brasileños con Google

leave a comment »

google_brasilNuevas controversias parecen comprobar un fenómeno de larga data: Brasil es uno de los países que más le solicita a Google remover contenido digital que considera imprudente o ilegal.

Dos noticias encabezan los medios brasileños este miércoles: la del presidente de la filial local de Google que fue arrestado, por un lado, y la del ultimátum que una corte le dio a YouTube para que remueva el polémico video que generó protestas en varios países árabes en las últimas semanas, por el otro.

El martes, un juez brasileño ordenó el arresto de Fabio José Silva Cohelo, presidente de Google en Brasil, después de que la compañía estadounidense, propietaria de YouTube, se rehusara a remover un video sobre un candidato a la alcaldía de Campo Grande que la corte considera ofensivo. El próximo 7 de octubre hay elecciones de alcaldes y concejales en Brasil.

En un caso aparte, un Tribunal de Justicia de Sao Paulo le dio diez días a YouTube para quitar de su sitio web los videos con fragmentos de la película “La inocencia de los musulmanes”, cuya difusión desató protestas violentas en el mundo islámico.

No es la primera vez que la justicia brasileña ordena a Google que remueva contenido. En su informe de transparencia más reciente, el gigante de búsqueda por internet dice que Brasil es uno de los países que más solicitudes de remoción de contenido hace: 128 entre julio y diciembre de 2011.

En los foros sobre libertad de expresión en internet, Google ha dicho más de una vez que se enfrenta a difíciles decisiones cuando hay información políticamente sensible en la red. Mientras que en 2009 dejó un video de una mujer siendo ultimada durante unas protestas en Irán en contra de la petición del gobierno, hace menos de un mes removió en varios países la grabación antimusulmana que llevó a los disturbios tras los que murió el embajador estadounidense en Libia.

Ahora el debate llega a Brasil. BBC Mundo hace un recuento de algunos de los casos y trata de explicar a qué se debe esta tendencia del país latinoamericano.

Arresto de presidente de Google

Alcides BernalEl martes, un tribunal electoral dijo que Fabio Jose Silva Coelho cometió “desobediencia” al no eliminar dos videos que “calumnian, insultan y difaman” al candidato a las alcaldía de Campo Grande, Alcides Bernal.

Los videos acusan al candidato a la alcaldía de “instigar el aborto, el alcoholismo, las lesiones físicas a un menor y el enriquecimiento ilícito así como de tener prejuicios contra los menos privilegiados”, según los cargos.

La corte, en el estado de Mato Grosso do Sul, también le pidió a Google que bloquee YouTube en la ciudad de Campo Grande, o en el estado completo, durante 24 horas.

Google dijo, en un comunicado, que los videos no eran anuncios electorales negativos y un portavoz de la empresa aseguró que la firma no es responsable del contenido que se coloca en YouTube”.

“Islamofobia”

También el martes, la Justicia le dio diez días a YouTube para remover “La inocencia de los musulmanes”, el video creado en EE.UU. que ha generado protestas en países árabes, tras una demanda iniciada por el grupo musulmán brasileño Unión Nacional Islámica.

El juez dijo que el video era ofensivo y violaba el derecho constitucional a la libertad de culto, horas después de que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, hizo una crítica de la “islamofobia” en los países occidentales durante su discurso den la Asamblea General de Naciones Unidas.

Otros casos

dilmaDesde Brasil, Google ha recibido 128 peticiones judiciales y 66 extrajudiciales para que se remueva contenido, de las que la compañía ha acatado el 69% y el 26%, respectivamente. Es una cifra récord.

A principios de este mes un tribunal en Paraíba ordenó la detención de otro alto ejecutivo de Google, Edmund Balthazar Luiz Pinto, luego de que la empresa se negó a bajar un video de YouTube que se burlaba de un candidato a la alcaldía. A los pocos días otro juez revocó la orden, porque “Google no es el autor intelectual del video, no fue quien subió el archivo, y por esa razón no puede ser castigado por su propagación”.

En su informe de 2010, Google dice que un tribunal ordenó la eliminación de más de 11.500 fotos en Picasa, una plataforma de archivo de fotografías. La demanda alegaba que las fotos contenían imágenes de páginas de libros con derechos de autor.

Google asegura que la mayoría del contenido a eliminar en Brasil ha tenido que ver con la suplantación de personalidad en la red social Orkut, propiedad de Google y muy popular en el país latinoamericano.

Por qué

Paulo Cabral, periodista de BBC Brasil en Sao Paulo, comentó que las leyes electorales en Brasil tienen severas restricciones sobre lo que los críticos o los oponentes pueden expresar en televisión o radio sobre los candidatos en campaña.

Lo que pasa, asegura, es que si bien las leyes sobre televisión y radio están claras, el tema de internet sigue siendo gris.

Por otro lado, Cabral asegura que el poder que tienen los jueces locales es grande y por eso puede pasar que un juez en una remota región termine pidiendo el arresto de un alto ejecutivo de Google.

“El severo sistema de leyes electorales puede ser sobreestimado por los jueces locales y dar con este tipo de solicitudes de eliminación del contenido.”

Aunque internet no esté entre los medios en los que se aplican las severas leyes electorales, que fueron establecidas en 2010, los candidatos tienen el derecho de impugnar ante los tribunales electorales este tipo de videos. Y las elecciones de octubre no han sido la excepción.

Publicado en BBC Mundo en septiembre de 2012.

Written by pardodaniel

septiembre 26, 2012 at 6:59 am

Soy colombiano, luego opino

with one comment

Es una escena muy colombiana: un automóvil se estrella contra otro y, de repente, de la nada, empiezan a brotar opinadores como si fueran abejas de un panal recién caído. Que fue éste, que fue el otro. Que el seguro. Que la policía. Que el trancón. Todos opinan. Todos gimen. Y lo mismo pasa en los aviones, en las peluquerías, en las filas de los bancos: no es sino que surja un temilla medio polémico en cualquier esfera pública para que salten 40 millones de colombianos a ejercer su derecho fundamental a la libertad de expresión. Es la democracia, maestro.

Los traumas de una sociedad se notan en sus medios de comunicación, y la cultura del opinionismo también abunda en la prensa. Empezando por este texto, que es una opinión. Pero miren los nuevos proyectos: las mañanas Blu son “una apuesta por el periodismo de opinión”, el programa de Luis Carlos Vélez “será un espacio para el análisis” y el de Rodrigo Pardo, mi papi, presenta la opinión de dos puntos contrarios. Los tres proyectos se unen a las opiniones de más de 50 y más de 100 columnistas que escriben El Tiempo y El Espectador, así como a los cinco de Semana, que es una revista de opinión, y a los editorialistas de El Nuevo Siglo, que son la razón de ser del periódico. Esto sin mencionar internet, que es un zaperoco de opiniones, ni los medios regionales, que son en su mayoría panfletos de sus dueños.

No digo que haya muchas opiniones. Sino que hay demasiados espacios de opinión. Pareciera que tan pronto alguien se queda sin trabajo pide una columna en un medio de comunicación. Y se la dan.

¿Por qué? ¿Por qué acá todos creemos que nuestras opiniones son dignas del tiempo de los demás? Habrá quien diga que las raíces democráticas de esta sociedad huérfana de dictadura generan espacios para que las diferentes opiniones se manifiesten. Pero nuestra versión de la democracia, donde un ‘buen’ apellido es garantía de columna, no ha establecido las estructuras que refuerzan la movilidad social y la rendición de cuenta gubernamental. Además, en los demás países latinoamericanos, que supuestamente son menos democráticos que el nuestro, también se ve esta saturación de espacios de opinión. De hecho, si semejante cantidad de tribunas dice algo de nuestras democracias es que acá los favores se pagan con espacios en la prensa.

Tal vez la explicación de que haya tantos opinionistas sea más simple y se pueda resumir en una palabra: pereza. Dar una opinión es mucho más fácil que hacer una investigación. Los casos de columnistas que le dedican investigación a sus artículos son escasos, y por eso Daniel Coronell o Cecilia Orozco sobresalen tanto. Recuerde al costeño que prefiere dar un dato equívoco a decir que no sabe dónde queda tal sitio: en Colombia nos creemos sabelotodo y sentimos que podemos opinar sobre cualquier tema, no importa si es magnetohidrodinámica.

Pero periodistas perezosos y sabidillos hay en todas partes. El otro problema al que se enfrenta el periodismo colombiano es la pobreza: tener más opinadores que periodistas no solo es más barato, sino que genera más réditos, porque es más taquillero. Las columnas suelen ser los artículos que más se leen de la prensa del domingo porque son más entretenidas, controversiales y exponen la intimidad de una persona. Además, después del sacudón de internet la gente consume lo que quiere y no lo que le toca. En esa lógica, la audiencia busca reafirmar sus prejuicios en vez de encontrar unos nuevos.

La opinión vende. Y, en general, es bienvenida. Pero todo en exceso es malo. El opinionismo tiene consecuencias.

La primera, la repetición. Si bien hay muchos espacios de opinión en Colombia, no es que haya muchas opiniones. De hecho, si uno filtrara todas las opiniones que se publican, lo más probable es que pueda reducirlas a dos o tres ideas divergentes. Por eso uno queda con la impresión de que perdió cuatro horas de su tiempo cuando termina de leer la prensa del domingo. Por eso, y paradójicamente, la palabra unanimismo se lee con tanta frecuencia en las columnas.

La segunda, el sacrificio de la investigación. Es preferible que haya una saturación de espacios de opinión a que no los haya, sin duda. Pero el exceso de opinión se convierte en un problema cuando remplaza a la investigación. Que el presupuesto de los medios se vaya en pagarle a los opinadores es bueno para los medios porque le traerá más visitas el domingo. No es bueno, sin embargo, para el periodismo, y para la democracia, porque se pierde el objetivo principal de la prensa, que es investigar. La opinión es un acompañamiento del periodismo: no puede ser el plato fuerte.

Es contradictorio que mi opinión sea que hay mucha opinión. Debería ser el primero en dejar de dar mi opinión, si quiero ser coherente. Y es que parte de la intrascendencia de las opiniones es que nos permiten ser incoherentes, porque, como decía Mr. Santos, “solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”.

El día de su lanzamiento, el perfil de Twitter de Blu dijo “#EscuchoBlu, luego opino”. Le apuestan a opinar. Le apuestan a lo que ya todos hacemos todo el santo día. Le apuestan a la democracia, maestro.

Publicado en Kien&Ke en septiembre de 2012.

Caricatura: http://bit.ly/Pl9Bux

Written by pardodaniel

septiembre 25, 2012 at 6:24 pm

Juan Manuel Santos, el fin de la independencia de Semana

with one comment

Alfonso López Pumarejo, Enrique Olaya Herrera y Eduardo Santos.

Días antes de que Juan Manuel Santos se posesionara como presidente en el 2010 se veía un grafiti en una pared de Bogotá que decía “se va el mayordomo, llega el dueño de la finca”.

La forma más apropiada para entender la política en Colombia, el séptimo país más desigual del mundo, es ver la manera como nuestros líderes entienden sus fincas. Mientras que Álvaro Uribe es el jinete que dirige el arreo de ganado desde su purasangre, Santos tiene una casa con piscina y pantallas plasma que colinda con las mansiones de sus amigos burgueses. Son dos tipos de élites distintas. Dos formas diferentes de entender lo rural. Y el mundo. Pero la segunda, la que ve su finca como un lugar de reposo y no como el origen del trabajo y la vida en sí, es la que manejó al país durante las décadas que antecedieron a Uribe.

Esa disyuntiva de élites es el contexto que quiero usar en esta columna para explicar por qué para Semana ser independiente del gobierno de Santos es como entrar al Gun Club sin corbata. Por qué desde que Juan Manuel llegó al poder, la revista no es el veedor del poder que fue durante el polémico gobierno de Uribe.

El pasado de Semana, propiedad del periodista Felipe López, está estrechamente ligado al de Santos, no solo en términos políticos e históricos, sino culturales y territoriales. Los vínculos entre las dos familias se remontan, por lo menos, a la República Liberal de los treinta y cuarenta. Felipe y Juan Manuel son amigos de infancia. Sus familias recibieron los terrenos de sus fincas del exalcalde de Anapoima Julio César Sánchez, un hombre que pasó de ganadero a toparse con los tiesos y majos dirigentes del Partido Liberal o, en términos de El Tiempo, “escaló, peldaño a peldaño, casi todas las dignidades que ofrece la democracia colombiana”.

Que Santos sea la tercera persona que más veces ha salido en las Sociales de Semana–ese extraordinario formato que explica por sí solo a nuestra sociedad y nuestro periodismo– no es una casualidad. Antes de ser presidente, Santos ya tenía un historial con la revista. Le dieron dos portadas cuando era ministro, una que titulaba “La hora de Juan Manuel” y otra en la que, en contra de la voluntad del presidente Uribe, Santos revelaba que Tirofijo estaba muerto. En la primera edición de Semana, publicada en 1982, había una columna suya, “Nubarrones cafeteros”. El ahora presidente acababa de llegar de Londres, donde trabajó para la Federación Nacional de Cafeteros, y empezaba su carrera como periodista de El Tiempo, el periódico de su familia que fue objeto de la siguiente cita escrita por Álvaro Salom Becerra en sulibro Al Pueblo nunca le toca.

Las cosas se parecen a su dueño. Y El Tiempo ha sido, es y será idéntico al doctor Santos. El respeto al statu quo, el culto a los valores consagrados, el servicio a dos amos, las velas simultáneamente prendidas a Dios y al diablo, el oportunismo elevado a categoría de necesidad patriótica, la cobardía disfrazada de prudencia, el miedo a la verdad, la mentira ataviada con los ropajes de la discreción, las fórmulas eclécticas, las soluciones salomónicas, los tonos grises, las medias palabras, los eufemismos, las ambigüedades, fueron siempre las normas de conducta y, aplicándolas sistemáticamente, llegó a convertirse en una de las empresas más prósperas del país. Pero Santos, además, le infundió su personalidad a millones de sus compatriotas. Porque el santismo es un estado de alma colectivo. La gente sigue la línea de la menor resistencia. No habla porque es imprudente, no escribe porque es peligroso, no exige porque es inoportuno, no protesta porque es subversivo, no actúa porque es contraproducente. Y si se atreve a hablar, escribir o actuar, lo hace con reticencias y ambages que diluyen la idea y desvirtúan la intención.

Salom Becerra escribió su novela en los años setenta, pero la trama ocurre en los cuarenta. Es una historia sobre la élite bogotana y liberal que manejó al país desde los salones estilo republicano del Jockey Club durante la Violencia. El Santos que menciona es Eduardo, expresidente y fundador del periódico. Pero la cita con facilidad puede tratarse de su sobrino y actual presidente, que llegó a la subdirección de El Tiempo sin hacer carrera periodística y hoy en día sufre un problema de identidad política que lo tiene montado en un caballo que no sabe maniobrar para remontar en las encuestas. Después de un populista como Uribe, la gente no ha entendido la metodología santista de delegar las decisiones desde un salón republicano. El santismo, así gobierne en el siglo XXI, es un fenómeno de los años cuarenta.

***

Según el especial que se publicó el domingo, la portada más crítica que Semana ha publicado sobre  Santos se tituló “¿Qué está pasando?”. Mostraba un par de fotos del presidente encogiéndose con motivo de un bajón en las encuestas. El texto no explica las opiniones de la gente, sino que las cuestiona; califica los resultados seis veces de ser “sorpresivos” y tiene afirmaciones como esta: “lo que sorprende es que la encuesta revela (…) un escepticismo general en el estado de ánimo del país que parecería no corresponder al momento histórico que está atravesando”.

La otra portada de Santos que uno podría calificar de crítica es sobre la reforma a la Justicia, titulada “Todos quedaron mal”. En el penúltimo párrafo, después de que se responsabiliza al Congreso y a los magistrados y a los senadores, dice: “La verdad es que ninguno de los miembros del gobierno actuó de mala fe o tenía la intención de consagrar constitucionalmente la impunidad”.

Semana no niega la realidad: ahí están la encuesta y la reforma a la Justicia. Pero encuadra los argumentos, los ajusta, para que el gobierno salga bien librado y Santos no se queje durante el almuerzo del domingo en Anapoima.

***

Mucho se ha escrito sobre la falta de movilidad social en Colombia y la perpetuidad de las élites en el poder. La misma María Jimena Duzán, en su reflexión de aniversario, se quejó de que “en la Colombia actual, para hacer política se necesita no tener ideas, no ser audaz y ser hijo de alguien”. Y Semana ha reconocido más de una vez, y en portada, que este es un país de delfines políticos.

Pero lo que les ha faltado a los análisis sobre la élite en Colombia, y en entre ellos vale destacar los de Malcolm Deas, es decir que esos fenómenos también se dan en los medios de comunicación.

La puerta giratoria y los vínculos entre las élites políticas y mediática han sido fenómenos cambiantes a través de la historia. Dependiendo del gobierno, los medios han tenido altas y bajas en términos de independencia. Lo dijo Daniel Coronell sobre el periodista de Semana Ricardo Calderón, quien “ha vivido florecientes períodos en los que la revista quiere investigar y otros en los que quiere menos”. El gobierno de Santos es uno de esos momentos en los que la revista no quiere investigar.

***

Semana asegura que Uribe ha sido portada 62 veces y Santos, 39. Mientras estuvieron en el gobierno, yo conté 58 portadas de Uribe y 19 de Santos. Según esto, Santos estuvo en la portada 20 veces antes de ganar las elecciones; Uribe, 4.

El tono que Semana le ha dado a las portadas del presidente Santos –“El cuarto de hora de Colombia”, “¡Por fin!”, “¿Líder regional?”– es difícil de encontrar en las portadas que le dieron a Uribe: “El poder soy yo”,  “Uribeitor”, “¿A qué le juega Uribe?”, “¿Se metieron al rancho?”, “Calma, presidente”, “Grietas en el pedestal” o “¿A qué le teme, presidente?”.

Solo hay una portada que se puede considerar positiva sobre Uribe, “El año en que volvió la esperanza”, que fue un artículo firmado por el director, Alejandro Santos, algo pocas veces visto en la historia de la revista.

Es forzado comparar a Uribe con Santos: pudo haber razones para ser críticos con el primero y elogiosos con el segundo. Además, en ocho años se generan más controversias dignas de criticar que en los primeros dos, cuando se supone que los mandatarios gozan de una luna de miel.

Por eso hacer la comparación en igualdad de condiciones es importante. En el análisis de los primeros 100 días de Uribe, Semana fue escéptica: “Aunque no ha mejorado la situación de los colombianos, el Presidente ha logrado un cambio sicológico que les ha devuelto la esperanza”. Con Santos fue elogiosa:

“Casi todos los presidentes de Colombia empiezan bien sus mandatos y la expresión ‘luna de miel’ se ha convertido en un lugar común para definir el sentimiento de los ciudadanos en los 100 primeros días. En el caso de Juan Manuel Santos, sin embargo, esa figura se queda corta para definir la manera favorable como la opinión pública ha recibido los nombramientos, anuncios y cambios de estilo de su gobierno. La luna de miel actual es una de las más dulces que se pueden recordar”.

Para ambos análisis de los 100 días Semana contrató encuestas, y los resultados no corresponden al tono: Uribe tenía 74% de favorabilidad mientras que Santos, 73%. Aunque hoy se puede explicar la preferencia de Santos sobre Uribe con razones como las chuzadas del DAS o la parapolítica, en los primeros dos años de Uribe no se había destapado ningún escándalo de aquellos. En igualdad de condiciones, pues, Semanafue más santista que uribista.

Puedo ser injusto. Puedo estar tomando los ejemplos que me sirven de manera aleatoria para argumentar que Semana es santista. Pero, esta vez, yo no soy el único que he visto esta tendencia. El bloguero Carlos Cortés también se dio cuenta de ella en su burlón “Top de portadas de Mr. Santos”. Ricardo Galán criticó el análisis de la encuesta mencionada. Y La silla vacía dijo que Semana es a Santos lo que El Colombiano fue a Uribe, un panfleto propagandista. “A Semana no le creo ni el horóscopo”, tuiteó hace poco Sandra Borda, una profesora de los Andes.

Semana cree, en general, que Santos es regio. Y, aunque esto puede ser cierto y la opinión pública, que desaprueba su gestión, puede estar equivocada, el cubrimiento de Semana sobre Santos no ha sido del todo balanceado.

***

Como dijo Juanita León, Santos tiene estrechos vínculos con los medios. El ejemplo de El Tiempo es uno de los más evidentes: su director está casado con una prima del Presidente y es primo de la Canciller. Pero en Semana el presidente tiene a “uno de sus mejores amigos” y a su sobrino favorito. Su asesor más cercano, Juan Mesa, que viene de ser un alto ejecutivo en Caracol, es hermano de la gerente en Publicaciones Semana, Elena.

Así han funcionado las élites de los medios casi siempre. Yo, que soy hijo de Rodrigo Pardo y bisnieto de Roberto García-Peña y sobrino de D’Artagnan, soy parte del fenómeno: a los 22 años ya estaba sentado en un escritorio del edificio de Semana al lado de la hija de Felipe López, que es nieta y bisnieta de periodistas/políticos. Mi jefe era Daniel Samper Ospina, nieto y bisnieto de periodistas/políticos. Felipe López es consciente de todo esto, y sus ácidos comentarios lo corroboran: “cuando quise hacer cine, fui director; y cuando quise ser periodista, fui dueño”, ha dicho en tono irónico más de una vez.

El clientelismo que remplazó al caudillismo en Colombia le permitió a determinadas élites mantenerse en el poder político, económico y mediático y sucederse entre ellas a manera de monarquía.

Semana, porque las cosas se parecen a su dueño, es una revista de la élite. Y durante el gobierno elitista de Juan Manuel se encontró con un escenario, quizás sin precedentes en estos 30 años, donde sus estrechos vínculos con el poder político comprometen su capacidad de tomar distancia. Cuando hay desacuerdo dentro de la élite, Semana es independiente: los gobiernos de Uribe o Samper son ejemplos. Pero cuando hay consenso en ese remoto e influyente círculo de la sociedad –y los procesos de paz serán una prueba más– Semana es culturalmente incapaz de establecer la distancia necesaria para darle una mirada alternativa a la realidad nacional. En general y excluyendo a sus columnistas, Semana es menos independiente cuando se trata del dueño de la finca.

En estas columnas he argumentado una y otra vez que el problema de los medios en este país, y sí que los hay, es el mismo de la política y la sociedad: la exclusión. Estamos en manos de las mismas élites de siempre, que se consienten entre ellas y hacen todo lo que pueden para perpetuarse en el poder. Hay matices, por supuesto: innumerables. Y en la historia de Semana antes del gobierno de Santos hubo más independencia que cercanía del poder. No obstante, en los últimos dos años Semanademostró que –con todo y aplicación de iPad– seguimos en los años cuarenta.

Publicado en Kien&Ke en agosto de 2012.

Foto: Alfonso López Pumarejo, Enrique Olaya Herrera y Eduardo Santos. Banco de la República.