Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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La Londres que recibe a Santos

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La legislación antidrogas inglesa es una de las más rigurosas. Aún así, en las calles de Londres es normal conseguirlas. / EFE

Hasta hace dos semanas, en el número treinta de Commercial Road, una de las calles más transitadas del este de Londres, operaba un coffee shop, un bar forrado en afiches de Bob Marley donde la gente fuma marihuana y toma café. No era un bar visible, pero con timbrar uno estaba adentro y en la libertad de comprar marihuana como si estuviera en Amsterdam. Una semana antes de cerrar, mandaron un mensaje de texto a todos los clientes frecuentes, donde informaban de la nueva locación del bar.

– Nos toca trasladarnos todo el tiempo, o si no la policía nos saca– me dijo el marroquí que atiende el lugar con un precario inglés.

30 Commercial Road no es el único establecimiento en Londres que vende marihuana como si ésta fuera legal. De hecho, conseguir droga en Londres es relativamente fácil: sobre todo en los barrios del Este, donde está la vida nocturna y donde transita la mayoría de la población inmigrante, es normal que a uno le ofrezcan marihuana, cocaína, éxtasis y demás derivados de las anteriores. Así como estos bares clandestinos, existen fiestas que, a la media noche, convocan a la gente a través de un mensaje de texto que informa de la locación secreta de la fiesta. Con ese sofisticado sistema de congregación, para la policía es difícil impedir eventos como este.

El porte de sustancias psicoactivas en Inglaterra se castiga con al menos tres meses de detención, aunque pasa que la policía se abstenga de penalizar a los portadores, dado que consumir es una práctica habitual. La venta legal de marihuana existe, si es con receta médica. Pero, en general, el sistema es bastante severo: desde el Acta de Abuso de Drogas de 1971, la ley inglesa, que por tradición había sido muy liberal, se convirtió en una de los más rigurosas de Europa.

Hugh O’Shaughnessy, un periodista irlandés que se ha hecho famoso por criticar con vehemencia esta Acta, me dijo que la guerra contra las drogas en Inglaterra está fuertemente influenciada por Estados Unidos, quien, “por alguna razón absurda, cree que la mejor forma para luchar contra el consumo es por medio de leyes prohibicionistas. Las industrias del tabaco y el alcohol también han hecho mucho lobby para que la droga siga siendo penalizada en el Reino Unido. Ejemplos como Holanda y Portugal han demostrado que la legalización trae grandes beneficios.”

Se dice en el leguaje popular que, en vez del nombre, la primera pregunta que se hace en un bar inglés es “what are you on?”, que traduce “¿qué droga consumió?”. “El problema de las drogas en Inglaterra tiene raíces culturales”, dijo Petra Maxwell, de DrugScope. Según un informe que publicó este año la UKDPC, la comisión anti drogas de la Policía, una de cada tres personas en el Reino Unido ha consumido drogas alguna vez en su vida y una de cada diez, en el último año. La conclusión de ese estudio fue que el consumo no ha sido bien manejado por los legisladores y que las políticas para prevenirlo deben cambiar.

La palabra “legalización” se usa cada vez más en el debate político y es por eso que la visita de Juan Manuel Santos ha generado tanta expectativa: si bien el Presidente no ha dicho de manera explícita que quiere legalizar la droga ni que lo haría de manera unilateral, la entrevista que le dio al dominical The Observer dejó la sensación de que el Presidente está dispuesto a debatir el tema. No por casualidad la comisión encargada de la ley anti drogas del Parlamento invitó al Ministro Germán Vargas Lleras este viernes a discutirlo. La idea no era llegar a conclusiones, me dijo el embajador Mauricio Rodríguez, sino compartir ideas sobre nuevas formas de combatir el problema.

A pesar de que el gobierno quiere buscar nuevas formas para luchar contra las drogas, varios columnistas han criticado su discurso. Daniel Pacheco, que toca el tema con mucha contancia en sus columnas de El Espectador, me dijo que “con la Ley de Seguridad Ciudadana, el gobierno Santos demostró que, así como el gobierno de Uribe, está en contra de la dosis mínima: Santos es una cosa para afuera y otra para adentro.”

Ahora, ¿por qué el tema de la legalización tiene tanto eco en el Reino Unido? Tal vez sea porque, primero, el Reino Unido es una potencia mundial en consumo de drogas: la semana pasada, la Agencia de Drogas de la Unión Europea publicó un estudio donde demostraba que acá se consume más cocaína que en cualquier otro país de Europa. El eco también tiene que ver con que los ingleses llevan debatiéndolo hace décadas: en el 97, por ejemplo, el diario The Independent se hizo famoso con una portada que decía “Legalicen TODAS las drogas”. Y desde entonces el periódico de corte liberal ha estado argumentando que esa es la única manera de atacar el problema. Esa idea es cada vez más aceptada por la gente: según una encuesta que realizó el partido Liberal Demócrata el año pasado, el 70 por ciento de los ingleses legalizaría la marihuana y el 50 por ciento, el resto de drogas. Por otro lado, los parlamentarios se preocupan por el tema porque el consumo no para de crecer: según las últimas estadísticas que publicó el NHS, el Servicio Nacional de Salud, 1,738 personas murieron por abuso de drogas en Inglaterra en el 2008. Comparado con el 2006, el consumo aumentó en un 19 por ciento.

El debate sobre la legalización ha generado innumerables columnas y editoriales, producto de la reunión de la Comisión anti dorgas del Parlamento a la que estaban invitados, además de Vargas Lleras, Ruth Dreifuss, ex presidente de Suiza, Paul Volker, ex jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos, y Nigel Lawson, ex Ministro de economía inglés. “¿Por qué todos los invitados eran ex?”, se preguntó Mark Easton, de la BBC. “Porque las altas paredes de la ortodoxia política no les permitieron decir nada durante sus administraciones”, concluyó. El Daily Mail, un diario de corte conservador, dijo que la legalización “es tan necesaria como un hueco en la cabeza”. El portal satírico NewsThump dijo que “solo los parlamentarios y los narcotraficantes están en contra de la legalización, dice todo el mundo”. El Evening Standard, que se reparte gratis en cantidades industriales, dijo que “nuestra problemática ley anti drogas pone en peligro a la juventud”.

A esa atmósfera llegó Juan Manuel Santos anoche. Su visita oficial empieza mañana. Hablará con el Primer Ministro, con el vice Primer Ministro, con el líder de la oposición y con el Príncipe Carlos. La legalización, sin duda, va estar de primera en la lista de temas a tratar.

Publicado en El Espectador n noviembre de 2011.

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noviembre 20, 2011 at 10:40 pm

“El 11 de septiembre volvió loco a todo el mundo”

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Robert Fisk salía de Paris el 11 de septiembre de 2001. Iba para Washington. Antes de que despegara el avión, habló con su editor en el Independent y se enteró de que un avión había caído en una de las torres gemelas en Manhattan. No le dijo a nadie. El avión despegó. Durante el vuelo, Fisk mantuvo contacto telefónico con su redacción, quienes le contaron de otros dos aviones que había caído en las torres y uno más en el Pentágono. Fisk, entonces, se volvió la fuente de información para la tripulación: se fue para la cabina y le contó todo al capitán.

Robert Fisk, un periodista inglés que podría forrar su casa con prestigiosos premios, le dedicó su vida a cubrir el mundo árabe. El 11 de septiembre, Fisk sabía que el ataque era obra de Bin Laden. Estaba seguro, y sabía el por qué. Y la gente sabía que él sabía. Por eso su teléfono no dejó de sonar durante el vuelo: los medios internacionales necesitaban una explicación.

Entonces le contó su versión al capitán, quien, en seguida, fue a buscar sospechosos por el avión. Encontró unos 30 musulmanes. “Fue la primera y única vez en mi vida que toleré un acto racista”, me dijo Fisk en la entrevista telefónica que me dio desde su oficina en Beirut, su ciudad hace más de 30 años.

Uno podría decir que, gracias a Fisk, el Independent, un periódico liberal que ha sufrido más que ninguno los golpes del internet, sigue vivo: la gente compra el periódico para leer los análisis y reportajes de Fisk. Es, como dijo el New York Times alguna vez, el especialista en Medio Oriente más importante del mundo. Y lo más valioso: siempre ha sido un ferviente crítico de Israel, Estados Unidos y un defensor asiduo de la causa palestina. Ahora está entusiasmado con la Primavera árabe. Robert Fisk le demostró al mundo que un periodista riguroso también puede tener una subjetividad. Acá, una muestra.

¿Cómo se siente con los aniversarios de eventos históricos que hacemos en la prensa?

Demuestran nuestra doble moral. En la masacre de Sabra y Chatila en el 82 mataron a más de cuatro mil personas en Palestina. Eso es la mitad de las muertes del World Trade Center. Las fechas las recordamos: 16 de septiembre. Yo la recuerdo cada septiembre. Y nunca uno ve una pieza periodística que conmemore la muerte de todas estas personas. Hacemos aniversarios de lo nuestro, nunca de los demás. ¿Qué conmemoración le han hecho a los miles de iraquíes que murieron en los últimos 10 años? Si realmente viéramos los aniversarios como una forma de reflexión, en vez de verlo como una justificación, entonces deberíamos recordar otros aniversarios. Recordamos el final de la Segunda Guerra Mundial, sí, pero nadie celebra el final de la guerra de Vietnam o la de Corea.

¿Cuál es su perspectiva general del 11 de septiembre diez años después?

No he cambiado mi punto de vista, y tal vez nunca cambie. Después de la Segunda Guerra Mundial, en occidente nos convencimos, tal vez con buenas razones, de que se puede pensar en una justicia internacional, en derechos humanos. Nos inventamos la ONU, la Cruza Roja. Creamos toda una serie de leyes para hacernos pensar que el mundo era un mundo más justo después de la Guerra. Y el 11 de septiembre, que se interpretó como un crimen contra la humanidad, nos hizo perder el optimismo sobre los derechos humanos, porque nazificó a occidente. Cuando occidente se enfrascó en las guerras de Afganistán e Irak, el gran problema de su discurso fue tratar de justificar las invasiones con el argumento de la justicia. Bush no estaba interesado en llevar a Bin Laden a una corte internacional. Y ni Obama lo estaba, porque cuando finalmente lo capturaron lo mataron. No le dieron la oportunidad de rendirse y darle la cara al mundo. Entonces, cuando se habla del 11 de septiembre, lo primero que se debe tener en cuenta es que no estamos hablando de justicia.

¿O sea que, según usted, las invasiones de Afganistán e Irak nunca se justificaron?

Lo justificaron con mentiras, y ese fue el problema. Bush y Blair sabían que estaban mintiendo sobre las armas de destrucción masiva. Pero pensaban que lo hacían por una buena causa. Occidente nunca supo responder con inteligencia a los ataques de Al Qaeda. De haberlo hecho, desde un principio habría condenado a las dictaduras árabes que financiaba. Pero nunca lo hizo. Cuando la revolución egipcia estaba en auge en enero pasado, Estados Unidos casi no manifiesta su apoyo a las manifestaciones. Lo mismo con Siria. Esa idea de que occidente ganó la guerra contra el terrorismo y supo responder a Al Qaeda porque invadió y derrocó a Sadam Hussein en Iraq es completamente absurda. La guerra en Iraq todavía es un fracaso. Y lo increíble es que la solución está llegando por otro lado: la juventud.

¿Quién ganó la guerra contra el terrorismo?

Nadie. Si acaso los fabricantes de armas. Bin Laden ganó en un principio, porque probó que occidente no cree en la justicia, como llevaba medio siglo mofándose. Pero cuando lo cogieron, Bin Laden había perdido la batalla: la gran pelea de Al Qaeda era derrocar a los dictadores árabes financiados por occidente. Y eso lo lograron hacer unos jóvenes sin armas en las calles de Egipto y Túnez. La primavera árabe le probó a Bin Laden que el terrorismo no era el medio para alcanzar sus objetivos políticos.

Dicen los de las teorías de conspiración que el 11 de septiembre fue obra de la CIA, Bush y muchos otros. ¿Qué piensa usted de estas teorías?

No las descarto, aunque las dudo mucho. Si Bush logró hacerlo todo mal en el medio oriente y en sus políticas internas, ¿cómo diablos hizo para tumbar las torres con éxito? Pero, por otro lado, también me pregunto ¿dónde están las partes de los aviones y las investigaciones científicas sobre los atentados? Hay muchas preguntas por resolver. La versión oficial es pobre, así como la que han reportado los medios. No soy un teórico de la conspiración, pero es verdad que la verdad sobre el 11 de septiembre nadie la sabe.

¿Entonces lo medios no supieron cubrir el 11 de septiembre?

Cambiaron su visión con el tiempo. Hoy son críticos de Bush y sus guerras, pero en su momento y durante los primeros cinco años de la guerra en Iraq, la prensa norteamericana nunca condenó las invasiones. Seymor Hersh alguna vez me dijo que uno no va a ver críticas de la invasión en el New York Times porque los hijos de la gente que trabaja en ese periódico no estaba matándose en Iraq. Ellos sí fueron a buenas universidades.

Usted siempre ha sido crítico de Israel, ¿qué papel juega en todo esto?

Un papel importante que sin embargo occidente siempre ha ignorado. El 11 de septiembre lo etiquetaron de terrorismo, y con eso se quedaron. En occidente nunca se preguntaron cuál podría ser la razón de los ataques, la cual tenía mucho que ver con la ocupación de Gaza y el conflicto entre Israel y el pueblo palestino.

Usted vive y trabaja en el medio oriente. ¿Cómo ven los árabes el 11 de septiembre?

Si lo miramos desde un ángulo general, yo creo que ellos están convencidos de que chocar un avión contra un edificio no es buena idea. Siempre he dicho que esta es gente nosotros. Podemos tener todo distinto, pero, en general, para ambos la muerte masiva de personas inocentes no está bien. La gente acá estaba muy impactada con las imágenes de los atentados. Occidente piensa que el mundo islámico no sabe lo que nosotros sabemos sobre ellos, porque tenemos mejores universidades y demás. Pero ellos saben su historia. Y leen. Y pueden leer en inglés, cosa que nosotros no podemos hacer en árabe. Ellos entendieron, mucho antes que nosotros, que la venganza de Estados Unidos iba a acabar con Afganistán.

Pero… ¿y las imágenes que se publicaron de árabes celebrando después de que las torres cayeron?

Esas imágenes eran sacadas de archivo y no reflejaban el sentimiento de la mayoría de los árabes en ese momento. Claro, sí hubo gente que entendió de otra forma el ataque: ¿cómo vamos a vivir en una sociedad administrada por gente que perdió su fe? Para un islámico, es muy difícil entender la idea de una sociedad secular. Para ellos, occidente es inconcebible, a veces inmoral. Por eso algunos de ellos lo celebraron: porque no se sienten bien siendo ocupados y manejados por gente que no cree en Dios.

¿Qué aprendió occidente del 11 de septiembre?

El hecho de que sigamos improvisando me hace pensar que nada. Justificaron las invasiones sin planeación ni objetivos concretos. Un ejemplo: cuando Churchill propuso invadir Alemania cuatro años antes del fin de la Segunda Guerra, la universidad de Cambridge abrió un programa de postgrado para analizar cómo debería ser la ocupación de Alemania. Occidente solía planear. Ya no lo hace: solo improvisa. Y lo increíble es que todavía lo hacen: siguen atacando a los talibanes con la excusa del 11 de septiembre, cuando todos hemos podido comprobar que los talibanes no son los representantes de Al Qaeda en Afganistán. El 11 de septiembre volvió loco a todo el mundo, creó monstruos. Y hoy todavía no se sabe cuáles serán las últimas consecuencias.

Publicado en El Espectador en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 4, 2011 at 9:22 pm

Disturbios, Robos y Rap

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Policías antidisturbios en Inglaterra

Mientras la Policía le disparaba a Mark Duggan, Asota atendía a los clientes de su óptica. El asesinato de Duggan fue el jueves 4 de agosto en Tottenham, un barrio al norte de Londres. Y la óptica de Asota, que es una franquicia del imperio de farmacias Boots, queda en Hackney, al este de la ciudad.

El sábado siguiente, 300 residentes de Tottenham se organizaron para protestar por la muerte de Duggan. Y Asota, mientras organizaba las gafas en las vitrinas, seguía las noticias que planteaban dos versiones: que, como pensaban los residentes de Tottenham, la Policía “ejecutó” a Duggan por ser negro; y que, como defiende la Policía, Duggan había disparado en primera instancia. Ninguna versión ha sido comprobada.

El domingo, ya eran 26 los policías heridos durante las protestas en Tottenham. A medida que avanzó el fin de semana, los protestantes pasaron a ser vándalos encapuchados que, por toda la ciudad y después el país, saquearon tiendas e incendiaron carros y edificios. El lunes, Londres colapsó y el barrio donde hubo más saqueos y enfrentamientos fue en Hackney, donde queda la óptica de Asota, el pequeño hombre de raíces jamaiquinas que me atendió desde la vitrina que los asaltantes destrozaron.

“A las 4 de la tarde del lunes”, me dijo Asota, que me atendió de afán porque los señores del seguro estaban por llegar, “todos los negocios de la calle habíamos cerrado. Como en el aviso de mi óptica está el logo de Boots, los asaltantes rompieron la reja y saquearon mi tienda. Yo me devolví para defenderme. Les dije que esta tienda no es de Boots, sino mía. Pero los jóvenes encapuchados parecían locos, ciegos”. Los asaltantes no tocaron las tiendas de barrio, sino las de grandes marcas, como Boots.

Mare Street es una de las calles comerciales de Hackney, un barrio donde confluye gente de todas partes del mundo, sobre todo de Pakistán, India, Bangladesh y, bueno, Inglaterra. Ahí fue que asaltaron el Iceland, un exitoso mercado de comida congelada cuyo saqueo dio vueltas al mundo por YouTube.

Si bien las tiendas ya no tienen sus frutas afuera y los bares están forrados en madera, la normalidad volvió a Hackney al final de esta semana, después de que el gobierno blindó la ciudad con 16.000 policías. Se ven vidrios rotos y los carros de la Policía aturden al peatón cada vez que pasan. Pero al barrio más diverso del este de Londres, donde los turistas van a comer indio, ha vuelto la calma.

Los disturbios se regaron por el Reino Unido y dejaron seis muertos y 1.500 detenidos, entre ellos un niño de 11 años y un profesor de primaria. Los costos fueron estimados en 200 millones de libras. El desorden ha cesado, pero las consecuencias son de largo plazo.

Protestar con violencia es una tradición inglesa. En el siglo XIV los campesinos pelearon en contra del feudalismo y en el XVIII, por la crisis del grano. En los años 80, también en Londres, la gente manifestó su descontento con el gobierno de Margaret Thatcher. Y en 2001, en el norte, radicales de la izquierda se enfrentaron a radicales de la derecha. Cada protesta ha tenido su propio contexto. Y da la casualidad de que siempre ocurren en bonitos días de verano.

El título de The Economist fue contundente: “Anarquía en el Reino Unido”. Los disturbios no son una protesta organizada ni tienen fundamento político. Sin embargo, como argumentó The Guardian, el problema sí tiene un contexto social, cultural y político: en medio de una crisis económica mundial, la juventud pierde la esperanza y responde con violencia a los cortes de un gobierno que acostumbraba darle generosos beneficios económicos a la gente. Encima, los disturbios son consecuencia de una mezcla de culturas que no son necesariamente compatibles, como lo demostraron los enfrentamientos de Birmingham, que dejaron tres muertos. También son la reacción a las tendencias de ultraderecha que rechazan la migración. Por otro lado, hay quienes piensan que los disturbios son una consecuencia de la incapacidad de la Policía de frenar actos vandálicos, entre otras por el miedo de caer en racismo o xenofobia.

La juventud que protagonizó los disturbios, en términos generales, viene de familias de inmigrantes y de la clase trabajadora, que viven de los beneficios del gobierno y caminan por la calle en grupos grandes, hablan un inglés inconfundible y oyen rap. Son los mercaderes de la droga. También incluyen a los hooligans. Se trata de la clase marginal de uno de los países más desiguales de Europa.

Y una de sus facetas más tradicionales es la capucha, ese gorro pegado al saco de algodón que en inglés le llaman hoodie. Se convirtió en un símbolo de la rebeldía en las protestas de esta semana: era el uniforme de los encapuchados. E incluso ha dado con un estigma, que condena a todo joven que lleva un hoodie. Fue adoptado como una prenda de diario cuando los raperos se convirtieron en un modelo a seguir —atléticos, rebeldes, antisistema— para los jóvenes en los ochenta. Después esa cultura se infestó de la estética del narcotráfico y la ilegalidad. “El énfasis del hip hop en la fuerza, el estatus y el ostento aseguró que el hoodie de Rocky Balboa se convirtiera en la icónica e indispensable prenda de una generación”, escribió Kevin Braddock en The Guardian. Es una forma de esconderse, una demostración de su reprimida identidad.

No por casualidad uno de los productos que más se robaron fueron tenis Adidas, también un clásico del atuendo rapero. De hecho, una de las celebridades que dejaron estas protestas cubiertas por las redes sociales, Pauline Pearce, dijo en un desgarrador video: “Estoy avergonzada de ser una persona de Hackney porque no estamos juntos peleando por una causa sino robando Foot Lockers (una tienda de zapatos) y robando”. El video de Pauline, la abuelita de los disturbios de Londres 2011, representa a una cantidad de padres que rechazan los saqueos como forma de protesta política.

Se ha culpado a las redes sociales de ser la fuente de los motines. Llamaron los eventos “The Blackberry riots”, porque por medio del chat de esos celulares, cuyos consumidores son en su mayoría jóvenes, los asaltantes se comunicaron para realizar los asaltos. El primer ministro David Cameron quiere que las redes sociales sean vigiladas y hasta censuradas.

A diferencia de los disturbios de los años 80 en Londres  —inspirados en el racismo y el capitalismo salvaje—, esta vez la tecnología jugó el papel importante que ha tenido en las revoluciones de la Primavera Árabe y las protestas en España. La venta de bates de béisbol por internet subió 5.000%. A un delincuente lo encontraron vendiendo iPhones por la web y la Policía usó Flickr para identificar asaltantes. Sean Boscott, un activista de ultraderecha, hizo un grupo de Facebook en contra de los disturbios que ya lleva un millón de seguidores y ha sido mencionado por el primer ministro. La internet ha sido, una vez más, la gran protagonista.

Otra de las celebridades que resultó de los eventos es Ashraf Haziq, un estudiante de origen malayo que, como vimos en un video, fue asaltado por delincuentes después de que éstos le habían hecho creer que lo ayudarían. Le robaron la bicicleta, un PlayStation —que Sony ofreció pagarle— y lo dejaron sangrando por la boca en la calle. Ashraf salió el jueves del hospital, rodeado de cámaras y periodistas.

El clímax de la historia ya pasó, pero estamos lejos del desenlace. Primero están las consecuencias políticas. Cameron llegó a mitad de semana de sus vacaciones en Italia; aunque las interrumpió, llegó tarde. Su futuro político depende de la forma como maneje los disturbios. Si se “derechiza” más, si decide blindar el país y no dar vuelta atrás con sus cortes, la insatisfacción puede crecer. Si decide ponerle más atención al tema social, arriesga su preciado plan económico. Los disturbios en Inglaterra suelen fortalecer a la derecha, le pasó a Thatcher en los 80. Cameron puede salir fortalecido, si logra “derechizarse” sin sufrir más rebeliones.

Habrá consecuencias judiciales porque casi 2.000 detenidos no es trabajo fácil. El viernes le dieron seis años de cárcel a un estudiante que se robó una botella de agua en la misma noche de los disturbios. ¿Exceso de la justicia?

En el plano intencional también hay consecuencias. La columnista del Wall Street Journal Peggy Noonan alertó el viernes que estas manifestaciones violentas se pueden regar por el mundo desarrollado, incluso en Estados Unidos.

Y están las consecuencias económicas, por el costo de los arreglos. Además, el refuerzo de la Policía, cuyo presupuesto ya había sido cortado por el gobierno, también va a costar mucho dinero. Esto, mientras el mundo está a centímetros de caer en una nueva crisis financiera global.

Las repercusiones se van a ver desde cualquier ángulo. Al frente de la óptica de Asota, en Mare Street, Hackney, hay una farmacia que tuvo la suerte de no ser saqueada. Su dueño, Ashwin Patel, un indio que llegó a Inglaterra con sus padres hace más de 30 años, me dijo que sus ventas se han reducido 75%.

Dave Chapman es el dueño de un bar en Hackney, The Albion, que ha sufrido los disturbios: sus ventas bajaron 40%. Ya quitó la madera de las ventanas. La Policía, que lo llama todos los días, le avisó que el nivel de alerta había pasado al número uno en una escala de cinco. “Pero uno no es cero”, me dijo. “Y en cualquier momento esto se vuelve a prender”.

Una mano de hierro para Inglaterra

El primer ministro británico, David Cameron, contrató esta semana al expolicía estadounidense William Bratton como nuevo asesor de seguridad, en medio de la zozobra que a lo largo de esta semana dejaron las múltiples manifestaciones en Inglaterra.

Bratton es un hombre experto en ejercer control en las ciudades. En los años 90 llegó a la jefatura de policía de Nueva York con el objetivo de retomar la seguridad “manzana a manzana” de una ciudad en crisis, un plan que retomó ocho años después, cuando ocupó el mismo cargo, pero en la ciudad de Los Ángeles.

Sus éxitos fueron indiscutibles en ambos casos, con fuertes redadas e incremento de la fuerza en las calles. La reducción de índices de criminalidad, con un aumento en las detenciones, contrastaba con un incremento cercano al 50% en las quejas de abuso policial.

Publicado en El Espectador en agosto de 2011

Written by pardodaniel

agosto 14, 2011 at 12:46 pm

Días de fuego en Inglaterra

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Una víctima fatal y 200 detenidos

Si no fuera por las  sirenas de los carros de bomberos y de policía, cualquier visitante pensaría que ayer en Londres era domingo. El cielo de verano estuvo azul todo el día, las tiendas cerraron desde por la mañana y las avenidas estaban vacías. Pero las sirenas no cesaban. Ni los helicópteros y los trinos y las noticias de que en el resto del país —Birmingham, Leeds, Manchester, Liverpool y Bristol— también se registraron disturbios. La gente está nerviosa y se nota en el ambiente. Durante la última noche, la más violenta de los últimos días, fueron detenidas 200 personas, 44 policías y 14 civiles resultaron heridos, y un joven de 26 años que transitaba en un carro falleció a tiros en medio del desorden.

Londres no está acostumbrada a esto. La gente apenas se  recupera de los atentados de Al Qaeda en 2005. Desde   los ochenta, la ciudad  no veía a sus habitantes incendiando carros, rompiendo vitrinas y robando televisores de los almacenes (ver nota anexa).

Lo de los últimos cuatro días, sin embargo, es confuso y espontáneo: tiene que ver con los cortes en los subsidios del Estado, el aumento en las matrículas universitarias, la inequidad en uno de los países más desiguales del mundo desarrollado y las comunidades marginales que viven lejos del primer mundo que supone ser el Reino Unido. Los disturbios y saqueos no son organizados por una banda de criminales concreta y la mayoría de los analistas no ven argumentos en los disturbios.


Hackney es el diverso barrio donde se produjeron los motines que dejaron más de 300 detenidos el lunes por la noche. En total, se han arrestado 525 personas y más de la mitad de ellos son nacidos después de 1990. La mayoría de los residentes de Hackney son segundas generaciones de inmigrantes árabes, pakistaníes, indios y bengalíes. Con ellos conviven terceras generaciones de trabajadores ingleses y jóvenes estudiantes que vienen de otros países. Uno de ellos, Franklyn Addo, de 17 años, escribió en The Guardian: “Lo que empezó con un pequeño grupo de personas buscando una explicación de la Policía por la muerte de un miembro de la comunidad terminó en un grupo de personas sin motivos destruyendo comunidades y aprovechando para robar”. Así le hayan disparado, todavía no se ha comprobado si la Policía fue la culpable de la muerte de Mark Duggan, cuyo fallecimiento generó toda esta violencia.

Helios Sánchez, un ‘indignado’ español, escribió en   Facebook: “El paisaje era desolador, y me dio miedo lo que vi en el camino, todos los comercios cerrados, algunos destrozados, contenedores quemados y rotos, bandas de chavales encapuchados, peleas de gente joven mientras saqueaban una tienda cerca de la estación de Hackney Down”, comentó Helios Sánchez en la red social.

Según la cónsul colombiana en Londres, Ximena Garrido, los colombianos que residen en Londres cerca de los barrios afectados —como Seven Sisters, al lado de Tottenham— no han sido víctimas de los disturbios. Al contrario, dice Garrido, “los colombianos han estado muy precavidos: cerraron los establecimientos y mandaron a sus empleados a las casas”. La cónsul estuvo la mañana de ayer hablando con colombianos y la Policía. Ningún problema se registró.

Al cierre de esta edición, varios disturbios fueron reportados en West Bromwich, en el centro de Inglaterra, y 16.000 policías se desplazan al este de Londres para prevenir disturbios por la noche. Sin embargo, los bares han puesto la madera de los inviernos en sus ventanas por si algún disturbio se presenta. La compra por internet de bates de baseball aumentó 5.000%. Londres está nerviosa.

Un país propenso a los motines

Es posible que se deba a una desazón generalizada, a la inconformidad de la gente frente a la crisis económica que obliga al gobierno a recortar gastos, pero todavía los manifestantes no expresan explícitamente sus motivaciones. La muerte de Mark Duggan, un joven negro de 29 años, a manos de policías fue el detonante que de nuevo puso en marcha la ira en Londres, una faceta de la ciudad que despertó y se mantuvo con relativa constancia durante los años 80.

En abril de 1980, un recio operativo del Scotland Yard en una cafetería de Bristol originó una velada de violencia que saldó con 19 policías heridos, 130 detenidos y carros y edificios en llamas, como si se tratara de un calco de la situación que se vive hoy en día.

Al año siguiente, 1981, dos incidentes se archivaron en el libro de la historia de la ciudad. El primero tuvo lugar en Brixton, donde una multitud de cerca de 5.000 personas se enfrascó en una batalla que dejó a 300 agentes heridos después de que un hombre de color fuera apuñalado en plena calle. El segundo ocurrió en Toxteth, Liverpool, donde el arresto de un joven de 20 años fue el inicio de nueve días de enfrentamientos entre la población civil y la Policía. Cerca de 500 personas fueron arrestadas y de nuevo centenas de heridos e incendios inundaron las calles.


Como ocurriera en la madrugada del domingo, Tottenham se convirtió en el foco de brutalidad del Reino Unido después de que una joven mujer falleciera en una redada policial. Era octubre de 1985, el mes en que se registraron los incidentes más violentos de la historia reciente: un policía murió acuchillado y al rededor de 60 personas tuvieron que ser hospitalizadas por heridas de consideración. Ese mismo año, en Handsworth, se recrudeció la tensión entre los pobladores asiáticos y negros, quienes se consideraban invadidos por un exceso de locales comerciales. Con estallidos de violencia, los disturbios se desarrollaron entre las disputas de los dos bandos y la acción de la Policía.

Desde entonces, una relativa calma se mantuvo hasta 2010, cuando los recortes presupuestados por el gobierno de David Cameron originaron multitudinarias marchas por la capital inglesa con esporádicos brotes de violencia entre los casi 50.000 ciudadanos que protestaron. Ahora, los desórdenes vuelven a formar parte de la cotidianidad.

Publicado en El Espectador en agosto de 2011

Written by pardodaniel

agosto 11, 2011 at 11:06 am

El reino de los tabloides

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Dan vive en el mismo edificio que yo en Londres, en uno de los tradicionales conjuntos que construyeron sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial. En la vecindad todos conocemos a Dan, porque arregla bicicletas en el patio y pone música a reventar los domingos. Tiene dos perros pitbull, se viste con sudadera y toma cerveza desde las once de la mañana. Saluda con un sonido, “ioai”, que quiere decir “are you alright?” Y es, para meterlo en un estereotipo, un fiel representante de la cultura que los ingleses, sin tapujos, llaman la working class: esos que viven de su equipo de fútbol, que van al mismo pub todos los días, que viven del Estado. Y que leen los periódicos de Rupert Murdoch.

Dan compra The Sun tres veces por semana y hasta la semana pasada compraba News of the World todos los domingos. Los lee, dice, porque le dedican ocho páginas al día al fútbol inglés: rumores de transferencias, resultados, vida privada de los jugadores. Su opinión sobre las escuchas de News of the World que desataron un escándalo político y periodístico sin precedentes en la historia de los medios universales es indiferente: “los periodistas siempre han sido unas ratas que pasan por encima de cualquiera para conseguir historias; a mí qué me importa: solo espero que me informen sobre lo que quiero saber”.

Las escuchas son una anécdota en una historia de tres siglos. Los primeros periódicos que se pueden diferenciar de los panfletos políticos aparecieron hacia 1700. The Courant, London Gazette y News-Letter eran los principales medios de un mercado que, desde el principio, le dio a sus lectores el tipo de información que hizo a Murdoch un gigante del siglo XX: “¿Podríamos reconocer elementos del presente en los periódicos de principio del XVIII?”, se pregunta el Andrew Marr en su historia del periodismo inglés. “Estaban llenos de propaganda política, rumores rebuscados y chismes sucios… entonces sí”.

Con la apertura económica, la revolución industrial, la alfabetización y el establecimiento del Reino Unido como la primera potencia mundial durante el periodo victoriano se abrió un mercado de periódicos competitivo y feroz. Así nacieron el Daily Mail, un tabloide de derecha especializado en historias humanas, el Times, un periódico de clase alta conservadora y The Manchester Guardian, el periódico liberal que hoy, trasladado a Londres y llamado The Guardian, tiene a Murdoch en jaque. Fleet street es la calle del centro de la capital donde se instalaron estos medios. Allí nació esa cultura del periodismo que se enfoca en lo sensacional y quiebra cualquier código ético –o legal– para conseguir una chiva. “¿Cómo escoge usted sus noticias?”, le preguntaron a Mazer Mahmmood, el periodista de News of the World que se hizo famoso por sus reporterías encubiertas en los ochenta. “La clave está en si la gente está hablando de eso en los pubs”.

El plato fuerte de esta cultura son las peleas entre las celebridades y los periódicos, que son parte de la tradición oral inglesa. Una fue entre Noami Campbell y el Daily Mirror, por unas fotos que publicaron de ella en un centro de rehabilitación; y otra fue entre Max Mosley y el News of the World, que publicó unas fotos del magnate de la Fórmula 1 en una orgía temática nazi con prostitutas. Paradójicamente, las regulaciones a los medios en Inglaterra son de las más severas del mundo. Existe, por ejemplo, la figura de la superinjunction, una medida cautelar que impide a los medios publicar infamación sobre eventos específicos de la vida privada de la celebridad que solicite la medida a la Corona. Este año, corrió el rumor de que un famoso jugador de fútbol tenía una superinjunction por una relación extra marital. Todo el país sabía quién era, pero nadie lo había publicado, porque era ilegal. Al final se divulgó por Twitter: era Ryan Giggs, jugador del Manchester United.

Josh Clarke tiene 24 años. Su carrera como futbolista del Norwich City se frustró por una lesión de rodilla. Hoy se dedica al periodismo deportivo y trabaja para coral.co.uk, una leída página de apuestas deportivas. Su papá trabaja en transporte y su madre es peluquera. Ellos leen el Sun. Para Josh, las chuzadas son “una prueba de lo jodidos que están los organismos de regulación, que urgen de reestructuración. Yo nunca he confiado en los tabloides, aunque los disfruto, porque son una lectura basura y chistosa. Están lejos de cualquier ideal de periodismo, pero la plata habla. Por alguna razón los periodistas de tabloides son los mejores pagados del país.” Como periodista, Clarke está indignado con el escándalo, pero lo entiende. Y, al igual que muchos ingleses, incluidos sus padres, le parece normal que todo esto haya explotado. “La gente está moralmente indignada, pero les resbala porque no les afecta sus vidas. La mayoría simplemente está disfrutando del espectáculo mediático,” que incluye ataque a Murcoch en plena audiencia, periódicos hackeados, un ex editor muerto y hasta especulaciones sobre la caída del Primer Ministro David Cameron.

El día que News of the World cerró la dirección de internet thesunonsunday.co.uk fue registrada. Los medios empezaron a especular si era una reacción inmediata de News International, la empresa de Murdoch, para llenar el hueco que va a dejar la muerte del dominical más leído del país. Sin embargo, James Murdoch afirmó el martes en la audiencia ante el parlamento que esa posibilidad no ha sido discutida ni es una prioridad. La ausencia de News of the World, por histórico que fuera el periódico y por lo nostálgica que haya sido su última edición, solo le va a afectar a los periodistas que despidieron y, a duras penas, al propio Murdoch. La oferta de dominicales es tan suculenta y diversa que la demanda por ese tipo de información sensacional se va a satisfacer rápido. Dan, por ejemplo, se pasó al Sunday Mirror, un tabloide de tradición laborista. The Express on Sunday es otro de los grandes, especialista en realeza, y el Mail on Sunday tiene el monopolio de la población mayor. Y ni hablar de los periódicos de alta gama, como el Observer –hermano del Guardian–, el Times –de Murdoch– y el Independent on Sunday –el más liberal de todos–.

El internet le dio menos duro a los impresos británico que a los norteamericanos, porque acá la cultura del periódico está demasiado arraigada. Hay un periódico para cada estrato social y cultural. No es como en Estados Unidos, donde el sistema funciona por suscripciones y los grandes títulos son monopolios de sus ciudades. Por el contrario, hablamos de gente alrededor del país que, camino al trabajo, compra en el quiosco el periódico que en su portada tenga la información que le importa. Con tanta competencia, a la que hay que incluir los periódicos gratuitos que se distribuyen como pan, la posibilidad de figurar es difícil y de ahí el origen de esta cultura donde la chiva justifica los medios. En Inglaterra el lector tiene la razón.

Dave Chapman es el dueño del pub al que yo voy, el Albion. Se toma 16 pintas de cerveza al día y sabe de fútbol inglés como pocos. En su pub, que tiene una clientela fiel y de cierta manera sofisticada, compran el Guardian y el Express. Los clientes se toman su cerveza del día leyéndolos. Esta semana le pregunté a Dave y su esposa, Sue, una matrona a la que las meseras tienen miedo, por qué no compraban el Sun, y me regañaron: “acá no vamos a hablar de eso”, dijo ella. “Es gente mala que no merece nuestro apoyo.”

Publicado en El Espectador en julio de 2011.

Written by pardodaniel

julio 24, 2011 at 9:48 am

El mejor periódico del mundo

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Si uno coge el periódico que le regalan a la entrada es posible que se quede el resto del día ahí, sentado en los sofás de cuero del lobby. Coger una edición del Guardian puede entretenerlo a uno por horas. Y por eso, porque llegarle tarde a un inglés es pecado, lo primero que uno hace cuando llega a ese edificio de ventanales verdes ondulados es no leerse el periódico.

Las 1,400 personas que trabajan ahí fueron trasladadas hace tres años, porque las viejas instalaciones en el centro se habían convertido en un desorden regado en siete edificios. The Guardian, catalogado por muchos como el mejor periódico del mundo, le respondió al golpe del internet con más y mejor contenido gratuito. Y sus instalaciones tenían que ser coherentes con eso: hicieron salas de redacción integradas y todas las paredes son de vidrio. “Antes todo”, dice la relacionista pública que me invitó, “somos una institución transparente”. Huele a nuevo, los secadores de las manos parecen turbinas y hay un taller de bicicletas gratis. Una vez al mes la cafetería solo sirve comida vegetariana.

The New York Times, el otro mejor periódico del mundo, también estrenó oficinas hace dos años. Ambos edificios manifiestan, a su forma, la cultura de sus ciudades. El del Times es un rascacielos en el corazón de Manhattan. El del Guardian no pasa de los diez pisos y está lejos del turismo al norte de Londres, pegado a un canal del río por el que pasan botes que cocinan salchichas a medio día. La sala de redacción del Guardian puede estar al borde del colapso con el caos de las noticas, y su editor de crónicas, Simon Hattenstone, no pasa de las tres de la tarde sin trotar una hora por el canal. Después se baña, compra un sánduche y se lo come al frente de su escritorio.

Vestido de jeans, camisa de leñador escocesa y una barba de tres días, cuando lo visité Hattenstone editaba con una tranquilidad asombrosa una crónica escrita por el corresponsal que acaba de lograr su entrada a Libia, cerrada para periodistas internacionales por esos días de guerra civil incipiente.

Eran días caóticos en la sala de redacción, y, sin embargo, el editor del Medio oriente, Ian Black, un viejo flaco que lleva 25 años ahí, me dedicó un minuto en el desorden de su oficina. Me hizo mala cara cuando le pregunté su opinión sobre las revoluciones, porque mi visita no era para eso, pero al final me dijo que, guardadas las proporciones, él ve una ola de cambio parecida a la que se dio en los Balcanes después de la caída del socialismo en los noventa.

A las 10 menos cuatro de la mañana sin falta, y en punto, todos los periodistas que trabajan en ese edificio –unas 200 personas– se reúnen en una sala diminuta para una conferencia de noticias. Puede entrar cualquier extraño y decir lo que quiera. Natalie Hanman, la editora de opinión, me dijo que es como la polis griega y un ritual que pocos medios realizan, pues es más un coctel de periodistas con tinto en mano que un clásico consejo de redacción dirigido por un director.

La sección que ella maneja, Comment is Free, es uno de los rasgos que hicieron de este periódico un militante de la democracia desde que salió en 1821. “Buscamos que las voces sean una noticia”, me dijo. The Guardian tiene pocos columnistas de planta: invitan gente para que escriba según la coyuntura y hay lectores que han llegado a publicar una columna. “Cada columna, cada tema, tiene un especialista en el mundo que va a dar la opinión más sesuda”, dice Natalie. El periódico publica tres editoriales al día, uno de los cuales debe ser un elogio de algo. In praise of…, se llama la sección.

El mercado de periódicos en Inglaterra es el más amplio y diverso del mundo. Hay un periódico para cada estrato social y cultural. Cada familia inglesa creció con un periódico determinado. El internet le pegó más duro a los periódicos norteamericanos que a los ingleses gracias al arraigo que hay por el papel en este país. Están los de clase media de derecha, como el Daily Mail. O los sensacionalistas sin escrúpulos, como The Sun. O los de la clase alta, como el Financial Times. Paul Johnson, el segundo hombre al mando de The Guardian, me dijo que, si bien ellos son reconocidos por ser de centro-izquierda, sus posiciones cambian según lo que pase. El día que hablé con él, por ejemplo, acababan de decidir el apoyo a la intervención occidental en Libia. Analizan cada matiz y hablan hasta con el portero para definir la posición editorial del periódico en cada tema.

Y así fue en el episodio Wikileaks. The Guardian fue el primer medio que Julian Assange llamó desde que empezó a publicar sus documentos. El periódico lo apoyó y publicó los de Afganistán e Irak. Después fue el líder de las negociaciones entre Wikileaks y los medios. En un principio, The Guardian defendió a Assange, por sus dotes libertarios y pioneros. Sin embargo, con los cables del Departamento de Estado norteamericano la relación se dañó. Según un artículo de Vanity Fair, Assange se enfureció porque el periódico publicó los cables antes de lo que habían acordado. Assange quería estar encima de la información y el Guardián no lo dejó. Algo parecido pasó entre el New York Times y Assange. Los periodistas que hicieron los contactos con Assange en ambos medios ya escribieron libros en su contra. La publicación de los documentos de Guantánamo hace dos semanas por parte de estos dos medios, si bien fueron filtrados por un ex empleado de Assange, no mencionaba el nombre de Wikileaks.

Desde que el internet cambió el espectro de los medios la cara de The Guardian se transformó. Cambiaron de diseño, entre otras cosas. Nunca han estado cerca de ser el periódico más leído del Reino Unido –vende 300 mil copas al día en promedio– porque acá los grandes son los tabloides de Rupert Murdoch –que venden hasta 3 millones de copias en un domingo. El nicho del Guardian es otro: gente educada y globalizada interesada en leer periodismo de calidad, profundidad y largo aliento. Esto, sobre cualquier tema en cualquier parte del mundo. A diferencia de los otros diarios nacionales en Inglaterra, The Guardian tiene un prestigio internacional tan importante como el del New York Times. Tiene corresponsales por todo el planeta que escriben crónicas que requieren de tiempo y mucho trabajo. Guardian.co.uk es una de las páginas de noticias más leídas del mundo y las más leída del Reino Unido. Tiene más de 35 millones de visitas únicas al mes, de las cuales tres cuartos son por fuera del Reino Unido. Es gratis y, por principio, nunca la van a cobrar. Se fajan documentales y especiales multimedia de alta calidad sobre una crisis económica en Kenia, por ejemplo. Es difícil encontrar un tema sobre el que The Guardian no haya escrito algo de calidad. Johnson, el editor con el que hablé, dijo que van a insistir en hacer periodismo costoso, porque es su responsabilidad social, política y cultural con Inglaterra y el mundo.


Alan Rusbridger es el director de The Guardian hace 15 años. De 57, a duras penas se le puede oír lo que dice. Flaco, arrugado y nacido en Rodesia del Norte, Rusbridger es pianista y está por terminar un libro sobre la primera balada de Chopin. Ha escrito libros para niños y una historia de los manuales de sexo. En la reunión que estuve, Rusbridger le preguntó a Adam Gabbat, el reportero estrella de 25 años que llegó a la sala de redacción por una de las becas que ofrece el periódico, si un periodista de hoy en día está obligado a tener un teléfono con internet. Gabbat, que bloguea los eventos que ocurren en la ciudad desde su iPhone, asintió.

El punto de Rusbridger era hacer una comparación con la forma como nació The Guardian, gracias a un panfleto que mandó un joven ejecutivo a un periódico en el que se desmentía la versión oficial de una masacre que hubo en Manchester en 1819. El suceso fue un desafío a la información oficial y ahí nació el independiente Manchester Guardian, que en el 59 se vino a Londres y pasó a ser The Guardian. Desde ese entonces el Guardian se convirtió en un severo veedor de la sociedad: en este momento, por ejemplo, ha reportado todo el escándalo que tiene al periódico más leído, News of the World, en jaque porque chuzó los teléfonos de la realeza y unos políticos.

A pesar de ser un veedor, pues, The Guardian nunca ha dado entradas grandes de dinero. Scott Trust es el fondo dueño del diario, de su edición del domingo –The Observer– y de las innumerables compañías que tienen como soporte. Una parte importante de las entradas llega por donaciones. Y aun así, el periódico ni siquiera se toma el tiempo de discutir si cobran por la página de internet, como sí han hecho otro diarios ingleses con éxito. Dieron 70 millones de dólares en pérdidas y cortaron 200 empleos el año pasado. No obstante, emplearon 600 periodistas. Y lo único que les preocupa, me dijo Johnson, es “garantizar la independencia editorial de la empresa”.

En un mundo que no parece tener más espacio para el periodismo de corresponsales y de investigación, The Guardian va a insistir en hacer un periódico que da para una mañana de lectura. Y, en lo que a mí se refiere, acá van a tener un lector fiel.

Publicado en El Espectador en mayo de 2011

Written by pardodaniel

mayo 10, 2011 at 8:50 pm