Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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El 113 del idioma

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A manera de 113 o línea caliente, existe un personaje en la Academia Colombiana de la Lengua que le contesta todas sus dudas idiomáticas. Perfil de Cleóbulo Sabogal, un hombre que parece no tener vida por fuera de los libros.

– “Usted es joven”, ¿verdad? –Me preguntó–.

– “Sí, tengo 22 años, ¿por qué?” –le dije–.

– “Porque, como todos los jóvenes de hoy en día, usa esa muletilla de ‘pues nada’ todo el tiempo”.

Yo, que siempre había ignorado mi persistencia con tan insignificantes par de palabras, le dije que tenía razón, que, en efecto, las usaba todo el tiempo. Lo llamaba para que me diera una cita en la Academia, y el hombre ya me había analizado y dado una lección sobre mi forma de hablar. Así son las cosas con Cléobulo Sabogal y eso demuestra sus dos grandes obsesiones: la rigurosidad y el español.

Cleóbulo de Lindos fue uno de los siete famosos sabios griegos. Fue el gobernante de Lindos, en la isla de Rodas, cerca del año 600 antes de Cristo. Asimismo, compuso numerosos enigmas y paradigmas en verso; entre ellas, una que decía “cuida tu lengua”. Parece ser que nuestro Cleóbulo, el tolimense, se la tomó en serio. Tanto, que lo único que quiere hacer el resto de su vida es profundizar en su conocimiento del español. Por eso no sabe otros idiomas, por eso no hace nada diferente a estudiarlo y corregirlo, porque está absolutamente convencido que escasamente sabe el español. Y eso, debe ser corregido, así le tome una vida.

Todos los días de la semana, de 8 a 12 de la mañana y de 2 a 5 de la tarde, cualquier persona puede llamar al 3426296 en Bogotá, sin ningún cargo adicional, y Sabogal le contestará el teléfono y le resolverá cualquier tipo de dudas que tenga. Dudas, claro, del lenguaje. Y si bien los horarios de la línea no son tan extensos, no hay evento que mueva a Sabogal de su silla. Ni de su puesto: ya son tres los trabajos que le han ofrecido (el Banco de la República, El Espectador e Icontec), y nada.

¿Freijoa o Feijoa? ¿Cuál es el femenino de chofer o de sastre? ¿El plural de chasis o de quórum? ¿Cuáles son las bodas de rubí? ¿Qué quiere decir itifálico? ¿Cuál es el sustantivo de la acción de emprender? ¿Membresía es con c o s? ¿Cómo se escribe en español bulldozer?

Preguntas como esas, de léxico, significado y ortografía, son el quehacer de todos los días de Sabolgal. De profesores, traductores, filólogos y editores, hasta publicistas, diseñadores, economistas y secretarias, llaman a la Academia unas 45 veces al día en busca de respuestas. En realidad, las llamadas del único teléfono de la Academia que dan en el 113, cosa que critica Cleóbulo de esa línea de información, llegan a la oficina de Información y Divulgación, de la cual él es el jefe y único funcionario. Sabogal, con tono acido y de manera tajante, devuelve muchas llamadas: no contesta preguntas de redacción y coherencia y se molesta cuando son abusivos, cuando pretenden que resuelva los crucigramas, cosa que podría hacer en un dos por tres. A veces, sin embargo, si da el caso, contesta cuestiones de historia y datos curiosos, pues tiene siempre abierta la enciclopedia Encarta.

La mayoría de las veces no tiene que consultar sus diccionarios, aunque se demore menos de 5 segundos buscando una palabra, pues tanto tiempo lleva ejerciendo este oficio -10 años- que ya se sabe las respuestas: resuelve la duda, cita la fuente -cualquier tipo de diccionario- y se despide en un dos por tres. Porque no hay lugar para conversaciones, comentarios o preguntas por fuera del tema idiomático: Cleóbulo tiene claro su objetivo, que es informar, y por eso no permite que lo molesten o distraigan de su labor. La disciplina podría ser su filosofía de vida. En la oficina está de 8 a 8, pues fuera del horario de atención se encarga de realizar todo tipo de actividades alrededor del tema del español: contesta consultas por mail y fax, da conferencias, clases, escribe columnas, lo llaman de programas de radio y colabora con todo tipo de publicaciones similares. Durante mucho tiempo lo llamó Jota Mario Valencia para que asistiera una vez por semana en su programa matinal y él no aceptó, no solo porque sentía que le mamaban gallo, sino porque no le iban a pagar.

Su oficina es envidiable: allí en la tercera con 16, en la sede de la Academia, tiene un cuarto gigante con techo alto donde contesta las llamadas. Hay una mesa grande -donde se reúne todos los martes con una comisión del lenguaje-, hay varias bibliotecas y archivadores, arriba se encuentra un mural que recrea la historia de la literatura colombiana y hay varios cuadros en las paredes (entre ellos, uno del padre Félix Restrepo y otro de Miguel de Cervantes). Su puesto de trabajo consta de tres escritorios: a la derecha un computador, que siempre está conectado a Internet (no chatea, solo responde correos y consulta diccionarios), al frente el Panhispánico de la Lengua Española abierto a manera de Biblia y en el otro lado está el teléfono con todo tipo de regalos que le han dado por cuanta conferencia o explicación ha dado. Este último artefacto, su herramienta primordial, es un aparato relativamente moderno, pues no es de rueda, es de plástico y los números son botones. Sin embargo, éste suena como lo hacían los teléfonos de antaño (ring, ring) al otro lado del cuarto en unos aparatos que, por viejos, parecen de decoración. No sabe por qué, no le importa por qué, pero la sensación es extraña y habla un poco de su forma de ser, que es, ante todo, indescifrable.

Sabogal es un tipo cuadriculando, tanto en su vida como en el trabajo. Se levanta todos los días a las 5 de la mañana, quisiera nunca tener sueño, pues cree que dormir es tiempo perdido que quisiera aprovechar estudiando, y cree que su objetivo en la vida es ahondar en el infinito mundo de la lengua española. Cuando tiene sueño se levanta a las 6, cuando no a las 5 y 30, pero siempre sale a las 7 de su casa en Pablo Sexto. Mientras se viste, oye RCN radio, y por la noche no come: solo se toma un vaso de leche caliente. Coge un colectivo que dice Germania y ese es el único momento de su inflexible rutina semanal en el que lee algo distinto a diccionarios: Selecciones del Reader’s Digest, una Revista estadounidense ultraconservadora en formato de fascículo que contiene todo tipo de artículos sobre libros, humor, política y héroes. Su lenguaje es ligero, tiene tono optimista y todo es en formato resumido. Ahora bien, no lee durante todo el trayecto de la casa al trabajo, solo en trancón o con semáforo en rojo, pues, según dice, no se quiere marear. De la lectura dice que la tiene solo como una herramienta para expandir su conocimiento: no le gusta la literatura o la poesía, no lee prensa, no escribe y, aunque alguna vez le gustó la obra de Jorge Isaac y su filósofo de cabecera es San Agustín (sobre todo Confesiones), desde la universidad no se lee un libro de texto. No obstante de reducir su oficio a leer diccionarios, Sabogal podría considerarse lo que los gringos llaman un workoholic: un adicto al trabajo.

Como decía, Cleóbulo es indescifrable. Uno no sabe qué está pensado, si es querido o insoportable, si es insensible o tiene un gran corazón, si es una eminencia o un erudito de pueblo, si se quiere deshacer de uno ya o si quiere hablarle el resto de la tarde. Porque habla, toca aclarar, cuando se siente cómodo. Pero pareciera que es difícil que Sabogal se sienta tranquilo con un contexto determinado, aunque también parece que no hay lugar en el mundo donde se sienta más cómodo que en su oficina. Por eso, al frente suyo, uno está en el limbo de la incertidumbre. Puede que uno le coja confianza, que logre la libertad de preguntarle sobre su vida personal, pero cuando llega el momento de partir, él se despide como si fuera un desconocido. Mas es raro pensar que este hombre sea difícil de interpretar, pues un hombre tan cabal no tiene por qué serlo.

Cleóbulo es la versión inteligente y colombiana de Ned Flanders, el vecino de Los Simpson. Nació en Cunday, un pueblo agrícola cerca de Carmen de Apicalá, donde su familia era dueña de una tienda de ropa (su padre era sastre) que él mismo cuidaba. Allí pasó su niñez y estudió en un colegio hasta los 14 años, cuando se internó a un seminario sacerdotal en Ibagué. Durante la primaria siempre fue el mejor estudiante, y hoy en día cuenta –orgulloso– que en su libreta de calificaciones siempre anotaran que “los libros son sus mejores amigos”. Sabogal duró 10 años en el cuento religioso, del que se salió justo antes de ordenarse sacerdote porque se enamoró (aunque suene raro en él) de las letras. Por eso vino a Bogotá y se licenció en filosofía y letras en la Universidad de la Salle.

Contestar llamadas del lenguaje es su primer y último empleo, si es que sus pretensiones de vida siguen siendo las mismas que hoy. Igual, difícil sería que alguien lo remplace. Cleóbulo está viviendo su más grande sueño y no quiere que termine hasta su muerte. Ahí se siente completamente instalado porque tiene, como buen positivista, su vida perfectamente delimitada.

No ha tenido muchos amigos ni una novia, su vida social nunca ha sido muy agitada, no toma trago y su peor pesadilla puede ser que lo hagan entrar en una discoteca. De vez en cuando, en eventos o celebraciones, se toma una copa de vino: “la semana pasada –decía– me tomé un copa y me gustó tanto que incluso me tomé otra”. Cleóbulo se cuida de sus amistades, que siempre han sido pocas, y procura no ir más allá de lo que le interesa. Una que otra amiga, la mayoría correctoras y bibliotecarias, de vez en cuando lo llama por motivos personales. Todos los sábados, por ejemplo, cruza caminando el Parque Simón Bolívar, único ejercicio que hace, y se reúne para almorzar con su mejor amiga.

A veces pasa por Ibagué a visitar a su madre, aunque prefiere no hacerlo porque odia el calor. Y es que a veces Cleóbulo puede llegar a ser un tipo bastante neurótico y por eso, entre otras, no le gusta dar clase: da una que otra conferencia, solo a personas adultas, y hace algo de asesorías. Sin embargo, hoy se da el lujo de no tener que dar clases para ganarse la vida, la cual, por cierto, no es muy ostentosa: se gana menos de un millón de pesos e incluso a veces le sobra algo para ahorrar. Cosa que parece rara, pues si no le gusta viajar y su vida ya está resuelta, ¿en qué se los gastaría? Alguna vez lo invitaron a Ecuador y no le gustó, porque simple y llanamente no le gusta desplazarse. El sueño de ir a España y conocer el lugar donde nació su único y exclusivo placer, el castellano, pasa desapercibido cuando toca el tema de salir: parece que quisiera, que lo invitaran o le hicieran un intercambio, pero el hecho de que nunca haya ido, y que el día en que vaya lo vea tan lejano, lo justifica por su odio radical por salir de su casa y romper con su rutina.

Cleóbulo es, pues, un hombre milimetrado. Su pelo está perfectamente cortado en la manera tradicional, usa gafas y todas sus camisas son de la misma marca –Costa Azul– y material –micro fibra–. Solo cuando está en la oficina, pues no quiere que se los roben, usa un anillo y una pulsera de 18 quilates de oro que le regaló su madre hace tiempo. Su piel es blanca y lisa, los colores de su ropa combinan de manera impecable y cuando está contestano llamadas en su escritorio, donde pretende pasar el resto de su vida, se pone unos protectores de plástico en los antebrazos para que no se le ensucien las mangas de la camisa. En la Academia no le toca usar corbata, él prefiere.

Publicado en El Universitario en abril de 2008. Fotografías de Juan Daniel Taboada.

Written by pardodaniel

abril 19, 2008 at 4:06 pm

Publicado en El Universitario

Nos están mirando

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Peligro: universidades en la vía

Dos vigilantes de la Sabana impiden paseo millonario a un estudiante

El décimo aniversario del Comité de Seguridad de Universidades del centro y el frustrado paseo millonario en la Sabana, hacen que Informes Especiales se pregunte por las infraestructuras para seguridad y las amenazas latentes en las universidades.


La infraestructura para seguridad y vigilancia que tienen algunas universidades de Bogotá, hace pensar que el campus académico es uno de los espacios más peligrosos del país. Con la excusa del reciente incidente en la Sabana y del aniversario del Comité El Universitario se metió en la seguridad universitaria.

En la víspera del aniversario número 40 de la muerte del Che Guevara, el 8 de octubre pasado, la ciudad se vio inmersa en numerosos disturbios protagonizados por encapuchados y frentes de la Policía. Las pugnas entre papas explosivas, piedras, gases lacrimógenos y agua dejaron a un estudiante de la Nacional sin un ojo. Los estudiantes tumbaron la reja que protege el ingreso al campus y destruyeron la caseta de vigilancia. Un grupo rompió los vidrios del edificio de Geociencias y sacó insumos para fabricar papas explosivas. La Distrital y la Pedagógica también se unieron a la celebración. Al mediodía, las directivas cancelaron las clases, pero los enfrentamientos siguieron y dejaron siete heridos. Al día siguiente, pocos comentamos el incidente.

¿Cómo se maneja la seguridad de las universidades?

Juntos por la causa

Además del aniversario del Che, este año celebramos una década de la creación del Comité de Seguridad para la Universidades del centro. Eran 4 las que originalmente erigieron el Comité: los Andes, el Externado, la Tadeo y el Rosario. Hoy ya son 13 y el objetivo, como dicen sus fundadores, es que sean más: que el centro deje de ser su punto de vínculo. El Universitario habló con sus respectivos representantes y todos comparten la misma visión sobre la seguridad de sus instituciones. Por eso, en parte, se han organizado. Complementándose, creen que van a aportar tanto a la tranquilidad de cada una, como a la de toda la zona. Y efectivamente funciona, según  ellos, porque el hecho de que hayan vigilantes, cámaras y policías al rededor de las 13 universidades del centro, tiene que implicar seguridad para la zona.

Mucho han crecido y mucho han debatido pero, sobre todo, su gran logro ha sido una red de corredores alrededor de las universidades para integrar los sistemas de seguridad de todas. Vigilantes de seguridad privada, con su respectivo canino, y policías bachilleres se paran las 24 horas del día en las calles que rodean las universidades que hacen parte del Comité.

Alirio Gómez, propietario de un parqueadero en la 23 con 2da, dice que en su cuadra los robos han bajado desde que pusieron los corredores. Su casa queda ahí mismo, cerca de un parqueadero que los estudiantes llaman ‘Donkeys’, haciendo referencia a ‘burros’.   Esa calle, donde hay 4 parqueaderos más, antes era reconocida porque desvalijaban los carros y vendían droga, incluso, dentro de los mismos parqueaderos. Según Alirio, eso terminó.

En esto, la Policía Metropolitana juega un papel fundamental. Su relación con el Comité ha sido intermitente, pero la llegada de bachilleres a los corredores inter-universitarios es un avance. El encargado para universidades de la Policía Metropolitana es el Coronel Luís Salazar. Desde que lo invitaron a participar, hace un año, puso a andar este proyecto de los corredores. “Junto al Coronel Vallejo, que coordina a los auxiliares bachilleres, pusimos tres auxiliares por Universidad. Ellos han formado una buena relación con la gente que ya los reconoce, a pesar de que no son profesionales de la Policía”.

Si bien Salazar ha sido muy colaborador, los coordinadores de los Andes y la Tadeo critican que el vínculo con la Policía no esté institucionalizado. Y, en consecuencia, cada vez que cambia el Comandante al mando, los términos del convenio se tergiversan. “El hecho de que nos ayuden con policías en los corredores se reduce a las preferencias del comandante a cargo”, dice Juan Sastoque, Director Administrativo de la Tadeo. El Coronel Salazar afirma que es cierto pero que no está en sus manos legalizar el convenio. Él aportó su granito de arena con los corredores y queda al Consejo Distrital plantearse la cuestión.

Y es que parece incuestionable que los corredores sirven. El Universitario se enteró de que el Jefe de Planta Física de la Salle, Germán Hernández, manifestó en el pasado encuentro del Comité, que se reúne cada mes, que hace un año se reportaban más de un atraco cada dos días, mientras que este año no se ha reportado ninguno.

Parece ser, pues, que la seguridad del centro anda bien. El Comité crece con sus corredores y la gente se siente tranquila. Sin embargo, quedan interrogantes. Por ejemplo, sabemos que el Parque de los Periodistas es uno de los sectores donde más se registran atracos en Bogotá. Para Sastoque el problema es que los corredores de seguridad no llegan hasta ahí. Es cierto, como él argumenta, que el exterior del campus no es problema de las universidades, pero si el Comité quiere aportar a la seguridad del centro va a tener que cuestionarse por la efectividad de los corredores en el Parque de los Periodistas.

Peligro inminente

Lo que pasa dentro de las universidades públicas y privadas es una pregunta de talante nacional, sobre todo, cuando se refiere a las amenazas que atacan su tranquilidad. Basta con vivir en Bogotá para darse cuenta de que las manifestaciones estudiantiles son una amenaza latente en las universidades públicas. En la Pedagógica, la Nacional y la Distrital hay conflictos desde los años sesenta entre los estudiantes y la Policía Metropolitana, mínimo una vez por semestre. En el ultimo mes se supo, por un lado, de  amenazas de grupos paramilitares contra estudiantes la Libre, la Nacional y la Universidad de Antioquia; y por otro, que el 4 de octubre fue asesinado Julián Hurtado, representante de los estudiantes ante el Consejo Superior en la Universidad del Valle.

Los conflictos no se reducen a las manifestaciones armadas, dice el Coronel Salazar, porque también hay pequeños atracos, flujo de drogas y hasta hurtos de video beams y computadores, sobre todo, en los pasillos de las universidades privadas. “Las directivas académicas, dice, reportan robos en sus instalaciones pero eso ya le corresponde a la empresa de seguridad de cada una”.

¿Cómo es, entonces, la seguridad interna de las universidades privadas?

El día de las manifestaciones del Che, las universidades privadas ni se inmutaron. Sus problemas de seguridad no están diseñados para enfrentar papas explosivas ni antimotines. Sus problemas se refieren a indigencia, hurtos, prostitución y delincuencia. Ahí está la gran diferencia. Los problemas son mayores cuando la universidad es pública, no solo porque presentan graves tensiones políticas, sino porque, incluso también en algunas privadas, sus puertas están abiertas para cualquier ciudadano común y corriente.

El caso, el ejemplo

La noticia es el incidente ocurrido en La Sabana el pasado 15 de noviembre. Como informaban El Tiempo y Caracol Radio al día siguiente, un estudiante de derecho fue atacado con un arma blanca por dos personas que se trasportaban en un Chevrolet Sprint rojo de vidrios polarizados. La buena noticia es que dos vigilantes impidieron con disparos al aire que el estudiante fuera robado (llevaba un portátil), secuestrado (nunca había recibido amenazas, pero los estudiantes sostienen que esa era la intención) o lo que fuera que pretendieran hacer los delincuentes que después fueron entregados a la Policía. Después del altercado, el Rector Obdulio Velásquez fomentó la normalidad diciendo que las clases nunca se interrumpieron y que el acontecimiento no generó riesgo para la integridad física de la comunidad.

La seguridad de la Sabana no tiene que ser tan rigurosa como las de otras universidades. El campus se encuentra en Chía y lo que más puede uno ver es zona verde. La violencia no le llega directamente. Sin embargo, algunos estudiantes dicen que es insólito que al entrar a pie los estudiantes sean requisados y pidan el carné pero que cuando es en carro no haya ninguna tipo de inspección.

El Universitario habló con Rafael Leuro, jefe del departamento de seguridad. Él afirma que no son tantas las amenazas que se presentan en la Universidad. Hay robos comunes y venta de drogas pero no es de alarmarse. Las políticas son de precaución y dieron efecto con el incidente del paseo millonario, como se le ha llamado. Las puertas están cerradas, hay que presentar carné a la entrada, hay vigilantes con canino y encubiertos, hacen un simulacro anual, tienen cámaras y están por implantar un sistema de tarjetas digitales en los parqueaderos. Y cuando todo esto se estructuró nadie se preguntó para qué era, pero ahora que pasó este incidente los sistemas instalados, que efectivamente sirvieron, son justificados. Así, lo ocurrido en La Sabana debe ser entendido como un ejemplo claro del tipo de problemas que amenazan la seguridad universitaria.

Un campus privado y blindado

Cada universidad tiene su propio sistema, y gracias al Comité los objetivos de las universidades privadas del centro se han unificado y el modelo a seguir es el de los Andes. Pues como decía Sastoque, de la Tadeo, allá lo tienen todo para estructurar el mejor sistema.

Los Andes tiene el sistema que todas las universidades del Comité quieren tener. Allí, por ejemplo, acaban de inaugurar un sistema de carnés inteligentes con el que los estudiantes pueden entrar al campus sin ser requisados. Incluso hay unos computadores pegados a las entradas donde uno, si se le quedó el carné, con su código y clave, puede sacar un papel que le sirve para entrar el resto del día. Además, esta tarjeta con chip personal incluido sirve para identificar las entradas y salidas de los estudiantes, hasta el punto de poder saber a qué clases han asistido, cuál es su perfil y hasta cuántos días se han ausentado. Acá, la cosa es con tecnología de avanzada.

Asimismo, tienen una red de emergencia, al estilo gringo del 911, por medio de la cual el estudiante llama y al instante le contestan por si necesita alguna ayuda urgente. El número es 0000 y en la Tadeo, donde copiaron el sistema, es 4444. Según Hernando Cortés, Jefe del Departamento de Seguridad de los Andes, la gente llama de a dos veces por día en promedio para informar de incendios, hurtos y denuncias, pero, sobre todo, de emergencias médicas -que alguien se cayó, que alguien se desmayó-.

Si es una línea para los estudiantes, se asume que ellos conocen de su existencia y que responde a peligros inminentes. Sin embargo, de los estudiantes que consultó El Universitario, entre ellos Felipe Meneses de la Tadeo, pocos conocen de su existencia. La razón por la que los estudiantes no saben de estas líneas, así como de los carnés por un día, es que la nueva tecnología apenas empieza y hay un problema es de desinformación. Por eso, Cortés dice que “próximamente vamos a lanzar un folleto que explica los sistemas que tiene la Universidad”.

A esa idea sí se adelantó la Tadeo. Hace unos meses repartieron un panfleto que titulaba “en la Tadeo, entre todos nos cuidamos” explicando los diferentes dispositivos de seguridad -cámaras, radioteléfonos, perros, anillos de seguridad- e informando de la línea de emergencia 4444. Entre las recomendaciones que presentaba el folleto se destacan “evite el uso de joyas”, “no reciba alimentos y bebidas de personas extrañas”, “comunique a las personas las anomalías” y hasta “cuídese de encuestas sospechosas”. Pero, ante todo, “recuerde, todos somos amigos”.

¿Mera paranoia?

Los estudiantes dicen que los sistemas de este tipo son exagerados, que hay muchas cámaras y que los avisos que piden denunciar a los sospechosos, afirma Catalina Giangrandi de los Andes, “son hasta discriminatorios”. Al respecto, Cortés dice que es por precaución. Expresa que el campus se encuentra entre las localidades más peligrosas de Bogotá, la Candelaria y Santa fe, y “es mejor prevenir que curar”.

Sin embargo, el Coronel Salazar insistió en que “la zona donde se encuentra los Andes no es peligrosa. Puede tener áreas cerca que generan conflicto, como el Parque de los Periodistas”. Sin embargo, dice que todo lo que sea en pro de la seguridad y lo que contribuya a la vigilancia local es valioso y debe ser promovido.

Mucho se habla sobre la seguridad en los Andes, es un caso anecdótico y atípico. Un profesor de ahí, cuyo nombre pidió mantener en reserva, dice que es más una forma de persuasión. La guardia tiene prelación sobre la amenaza. Además, “sirve como una forma de control que fomenta el miedo. Así, la gente sabe que está siendo vigilada y prefiere abstenerse de robar. Es una forma de dar a conocer las características de lo normal frente a lo anormal, diferente y perverso”.

Por medio de estadísticas se podría argumentar una cosa y la otra, que los sistemas son exagerados o que se justifican. Sin embargo, todos los departamentos de seguridad entrevistados negaron al Universitario la posibilidad de incluir números que sustentaran la necesidad o la redundancia de estas superestructuras de seguridad y vigilancia.

Cabe preguntarse si tanta parafernalia es una forma de fomentar miedo o en realidad existen las amenazas latentes que la justifiquen. Pues hablando de paranoia, por estos días CableNet mandó un correo electrónico a todos los estudiantes de los Andes. El mail decía que todos deben grabar en su celular el número de la persona a contactar en caso de urgencia, bajo el nombre: “A en caso de emergencia”. (La A es para que aparezca siempre como primer contacto en la lista). “Es sencillo, dice el correo, no cuesta nada y podría ayudarnos mucho. Si te parece bien, pasa este mensaje al mayor número posible de personas.”

Algunos dicen que las estrictas medidas de Los Andes se deben a que un hijo del Presidente Uribe, entre otros estudiantes vulnerables, estudia allá. Pero Cortés argumenta que el sistema no se debe solo a ellos sino a toda la comunidad. Dice que los familiares de personalidades en situación delicada tienen su propio sistema a partir del cual, por ejemplo, se permite la entrada de sus escoltas a los salones de clase.

La otra opción

Otro argumento que se usa para criticar el sistema de los Andes es que la Javeriana tiene sus puertas abiertas y no está requisando a los estudiantes permanentemente. Allí, reciben a diario a muchos visitantes que circulan a través del campus sin tener ninguna relación con la Institución. Por ahí pasan los habitantes de los barrios aledaños, los pacientes del Hospital e incluso los transeúntes que paran en la cafetería central a tomarse un café. La Javeriana es un área común a la que todos pueden acceder, como cualquier parque o plaza. ¿Por qué?

Eso preguntamos a Álvaro Beltrán, encargado del tema de seguridad. En efecto, gracias a sus convicciones liberales, y a que prestan algunos servicios públicos, no encuentran la necesidad de cerrar sus puertas. Y la Nacional se ha unido a esa política, pues ya es un hecho que la cerca que cerraba el campus será removida.

El Externado también es de puertas abiertas y tiene más de 52 cámaras conectadas a un centro de video las 24 horas del día. El coordinador Rafael Borja dice que sus políticas se basan en los mismos argumentos que los Andes pero que no es necesario cerrar las puestas del campus.

La pregunta es si las amenazas son tan inminentes como para cerrar las puertas del campus, tener cámaras por doquier, perros con vigilante, carnés inteligentes, avisos que piden denunciar sospechosos y hasta porteros encubiertos en algunas universidades.

La academia del pueblo

El caso de la Nacional puede entenderse como un caso aislado. Allí se concentran la mayoría de los movimientos estudiantiles, tienen la infraestructura más grande del país y la seguridad es la más precaria Asimismo, la venta de droga y los vendedores ambulantes son un problema, pero, sobre todo, están los encapuchados. El Universitario intentó hablar con ellos, pero sólo pudo conocer la visión institucional de Gerardo Cruz, Jefe de la División de Seguridad.

La violencia estudiantil es una amenaza para la Nacional, donde no se puede reprimir la protesta libre. A pesar de que se ha tratado de crear convenio con los encapuchados, muchos de ellos son ajenos al plantel académico y una reacción violenta implica la intervención de la Unidad Antidisturbios de la Policía. Además, apenas se está empezando a integrar un sistema de cámaras que permita la vigilancia del campus. Su sistema, comparado con el de los Andes, el Externado o la Tadeo, es todavía muy débil. Paradójicamente, la Nacional debería tener el sistema que tiene los Andes.

A partir de todos los acontecimientos violentos que han sucedido en universidades públicas, se ha debatido la idea de cerrar sus puertas e incluso requisar. Cuando se dieron los enfrentamientos a principios de octubre, el Vicepresidente Santos dijo que “si nos toca entrar a requisar a todo el mundo, pues lo vamos a hacer”. Asimismo, el Alcalde Garzón y el rector de la Nacional, Fernando Montenegro, coincidieron en que no hay lugar vedado para la Fuerza Pública. Días después de los enfrentamientos, El Espectador citaba que un reporte de la División de Inspección de la Nacional había contado 115 elementos explosivos entre morteros, botellas con gasolina y otros artefactos que permitirían la elaboración de bombas artesanales

El objetivo

Es difícil sustentar sin estadísticas que no hay robos en las localidades donde se presentan los más sofisticados sistemas de seguridad para universidades. Sin embargo, no hay que ser científico para darse cuenta que las amenazas son más evidentes cuando nos referimos a la universidades públicas. Y si algo se concluye con una investigación sobre las infraestructuras es que la seguridad no está donde debería. En las universidades privadas no existe la misma cantidad de amenazas pero sí tienen los mejores sistemas. No obstante, el sector privado está en la libertad de invertir en lo que le plazca. El Comité ha venido haciendo múltiples esfuerzos y desafortunadamente no ha contado con la colaboración del sector público.

Más allá de la pregunta sobre qué tanto se justifican las cámaras, los perros, los vigilantes, etcétera, en las universidades privadas, lo que nos debe preocupar es la importancia de que organizaciones como el Comité y las mismas alcaldías locales aboguen por que la seguridad de las universidades públicas sea mejor. Desde la administración local de Chapinero se viene adelantando un Pacto de Entornos Universitarios en el que se busca rescatar la corresponsabilidad de los diferentes actores.

Eso dice Angélica Lozano, Alcaldesa de Chapinero, quien habló también de un sistema de cámaras ubicadas en el espacio público en puntos estratégicos que le permiten a la Policía mantener el control. Sin embargo, también dice que la autorización para intervenir en las manifestaciones públicas está a cargo de la Secretaría de Gobierno Central.

Si hay un problema conceptual en las infraestructuras privadas y un problema práctico en las públicas, estos deben ser solucionados. Porque la precaución no justifica la represión pero las amenazas evidentes sí justifican la vigilancia. Por eso la Alcaldesa Lozano concluyó que “todas las medidas que se adopten para preservar la integridad de los estudiantes y las instituciones son útiles e importantes, siempre y cuando tengan un objetivo específico”.

Publicado en El Universitario en Diciembre de 2007

Written by pardodaniel

diciembre 3, 2007 at 4:56 pm

Publicado en El Universitario

Del monte a la U

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245 desmovilizados estudian en la universidad

El 1 de octubre y el 1 de agosto de este año, se trazaron las líneas de un camino al que nadie le quitará el ojo. Informe especial de El Universitario sobre lo que pasa con los desmovilizados que van a ser profesionales.

Ilustración por: Luis Carlos Cifuentes

Desde que Esteban Torres era campesino en Santiago Pérez, Tolima, la sombra de las FARC lo acompaña día a día. Cuando apenas cursaba tercero de primaria, empezó a tener contacto con el movimiento. Poco tiempo después, ingresó a las filas del grupo. Durante toda su adolescencia, junto con su hermano, hizo parte de la red urbana guerrillera de Ibagué. Por las noches pudo terminar el bachillerato en un colegio de esa ciudad, sin embargo, no tener libreta militar y un mal puntaje en el ICFES no le dieron para ingresar a una universidad.

Ahora, después de haberse reincorporado a la sociedad a través de la Ley de Justicia y Paz hace dos años, estudia Ingeniería Electrónica porque cree que es una carrera con muchas perspectivas laborales así como porque ser profesional evidencia, según él, una clara superación.

Desde que entró como cualquier estudiante a la universidad, no ha mencionado su pasado guerrillero porque está seguro de que su situación cambiaría. Igual no tiene muchos amigos, ni oportunidad para contar sus anécdotas insurgentes. Esteban prefiere ser reservado y atenerse a cualquier estigmatización. Sabe que en su universidad, cuyo nombre prefirió no revelarnos, hay movimientos de izquierda que lo condenarían por ‘traidor de la causa’.

Torres se siente diferenciado por su pasado y quiere ser tratado y visto como los demás. No pretende que desconozcan su historia militante o esconderlo por miedo al señalamiento. Por el contrario, quiere ser reconocido como individuo, con errores y virtudes como todos. A pesar de que le cueste vincularse en la práctica, tiene convicciones que quiere manifestar.

Ejemplos de vida como el suyo, en este país violento, hay innumerables. Pero casos de reintegrados formándose como profesionales, no tantos.

¿Cuál ha sido la estrategia para que los desmovilizados puedan tener una vida común y corriente? ¿Qué se ha hecho para que dentro de sus objetivos de vida esté graduarse de la universidad?

Puede que la educación profesional no sea el primer paso para vincular los desmovilizados a la sociedad. Primero tienen que ser satisfechos sus problemas de salud, sus inconvenientes psicológicos, sus necesidades materiales y, claro, su formación escolar. Sin embargo, muchos de ellos conocen el inmenso poder del conocimiento y una vez dejaron las armas, desean que aumenten las oportunidades de elegir una carrera. La situación actual es reflejo de que el proceso está apenas empezando. Muchos han tenido que convertirse en vendedores ambulantes, delincuentes o incluso indigentes.

Sobre el tema, Eduardo Pizarro, presidente de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) dice que “en este momento no nos está yendo tan mal como cree la opinión pública. Solamente el 5 % de los desmovilizados han vuelto a la vida criminal. La labor pedagógica es muy importante para que las comunidades barriales, campesinas y educativas tengan una actitud favorable con estos jóvenes desmovilizados, y les permitan tener una oportunidad de reinsertarse a la vida civil.”

Aun así, el porcentaje de reintegrados que acceden a una formación educativa sigue siendo muy bajo y, según Pizarrro, debe ser una prioridad. Hoy existen unos 44 mil desmovilizados alrededor del país que han superado las fases iniciales, de los cuales la mitad son analfabetas funcionales. Sólo 245 están estudiando una carrera universitaria gracias a las becas dadas por la Alta Consejería Presidencial para la Reintegración. Ante esta cifra, un objetivo a largo plazo, ciertamente, tiene que ser que todos tengan la oportunidad y sean capaces de estudiar. Hoy hay más de 10 mil desmovilizados graduados del bachillerato y la meta es que en un año sean 30 mil. Sin embargo, es necesario obrar para que el mayor porcentaje posible de esos bachilleres sigan su proceso de formación en una universidad.

La intención (no solo) es lo que vale

En el 2006, la Alta Consejería creó un convenio con el ICETEX (Instituto Colombiano de Crédito y Estudios Técnicos) en la línea de crédito educativo a largo plazo Acces (Acceso Con Calidad a la Educación Superior) para que los 4500 desmovilizados con título de bachiller que se suponía habría para finales de ese año, ingresarán a un pregrado. Se trataba de un crédito para financiar el 75 % de los programas académicos para los desmovilizados tanto en universidades públicas como privadas.

Esto nunca llegó a realizarse. Primero, porque tuvieron que ponerle diferentes restricciones a los porcentajes hasta el punto de estar obligados a violar algunas de las pautas firmadas en el convenio con el ICETEX. En segundo lugar, en el momento incipiente del programa, tuvo lugar el cambio de gobierno presidencial. Como ese convenio estaba a cargo del Ministerio del Interior y Justicia, y en adelante iba a estar en manos de la naciente Alta Consejería, tocó volver a empezar. De todas maneras, como nos contó Lina Espinosa, Coordinadora Nacional de educación de la Alta Consejería, fue una oportunidad para replantear en mejores términos el programa, sobre todo, porque no había pautas de compromiso por parte de los desmovilizados.

Para los que fueran a estudiar mientras la transición, se creó un Acta de Compromiso que, en la medida en que los desmovilizados mantuvieran un buen promedio y asistieran a clase, se les pagaría el 100 % de la matrícula. Y se ha dado: Esteban Torres, el campesino opita, es un ejemplo.

En efecto, él nos contó que para entrar al programa no tuvo ningún requisito sino aplicar y llevar el recibo a la Alta Consejería. En su caso específico, junto con varios compañeros, redactaron un derecho de petición exigiéndole al Estado que les brindara el derecho a la educación e interviniera donde no los querían aceptar. Sin embargo, cree él, les dieron la plata para callarlos. “A mi me favorece -dice Torres- pues no tengo deudas ni compromisos, pero si pienso en otros compañeros, veo que es necesario que se legalice este convenio para que estudien.”

A por le grado

Hoy, un año después, el tema se vuelve a flote. En efecto, el 1 de octubre se firmó un nuevo convenio de educación superior con el ICETEX. Es un fondo de becas y manutención -10 salarios mínimos al año durante toda la carrera- que busca ayudar a los desmovilizados a estar en la universidad. La idea inicial es que el fondo de crédito -en las becas- o desarrollo social -en la manutención- pueda vincular a las empresas privadas a la causa. La mitad del dinero será propiciada por esas empresas y la otra por el Estado. Juntos reunirían 4 mil millones de pesos y será el ICETEX quien se encargue de la observación del rendimiento de los desmovilizados; quienes, por su parte, tendrán que ser de estrato 1, 2 o 3 y haberse matriculado.

Por segunda vez la Alta Consejería se alía con el ICETEX para dar un empujón a los desmovilizados en su proceso de formación como ciudadanos. Y aunque el 1 de octubre fue un día importante, no es ahí donde los colombianos debemos tener nuestros ojos. Lo que viene, en cambio, será objeto de permanente examen por parte de nosotros los estudiantes. Frank Pearl, el hombre que lidera todo esto, el Alto Consejero Presidencial para la Reintegración Social y Económica de Grupos Alzados en Armas, dice que si queremos que aporten desde su experiencia y convicciones políticas a la democracia, necesitamos darles los medios y argumentos.

Además de esta nueva etapa que vive la proceso, sabemos del programa de aprendizaje técnico y tecnológico que se ha llevado a cabo en el SENA que busca capacitar a los excombatientes para que tengan un nivel competitivo de trabajo (ver recuadro). Sin embargo, el mismo Frank Pearl nos decía que es importante pensar en esto como una solución momentánea que responde a las circunstancias actuales. El objetivo tiene que ser que todos sean profesionales, y no simplemente técnicos en panadería, criminalística o mecánica, por ejemplo. El hecho de que sólo cinco de cada cien colombianos sea profesional, no quiere decir que una prioridad a largo plazo no sea que los ex combatientes también se puedan graduar de la universidad.

José Alfredo Mejía, un costeño que se desmovilizó el año pasado en un proceso colectivo del bloque Simila, Copey (César) con Jorge 40, dice que cuando llegó a Bogotá empezó a estudiar criminalística -una disciplina que, según él, llama mucho la atención de los ex paramilitares- porque no se creía capaz de cumplir el nivel intelectual que implicaba una carrera profesional. Ahora está empezando a estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad Militar porque sabe que las convicciones anti subversivas que alguna vez lo hicieron ser paramilitar durante 12 años, pueden ser fundamentadas con argumentos sólidos y académicos. Incluso quiere irse para Europa a terminar su carrera universitaria.

Otras obsesiones

Pizarro nos hizo caer en cuenta del importante papel que juegan en esto las universidades. Si no hay un esfuerzo gigantesco de ellas para acompañar este proceso, vamos a fracasar”. Y a pesar de que no hayan sido tan evidentes, nos enteramos de un programa bastante interesante que se está llevando a cabo en Medellín (ver recuadro) y de una reunión que se realizó el 1 de Agosto en Barranquilla con más de 140 rectores universitarios para consolidar los intereses de todos en una sola causa: hacer de la relación desmovilizado-Universidad, algo más fácil.

Los rectores fueron convocados por el CNRR y la ASCUN (Asociación Colombiana de Universidades) para poner sus instituciones y estudiantes a disposición de la política de reintegración. Van a desarrollar en Barranquilla, con extensión a Sincelejo y Valledupar, un proyecto académico de contenido social orientado a favorecer la educación y mejoramiento de condiciones de vida de las víctimas de la violencia.

A las manos de El Universitario, llegó el proyecto que dejó dicha reunión: Proyecto piloto de servicio social de la educación superior. Lo que deja ver el documento es que se van a juntar profesores, estudiantes y funcionarios para “aportar al análisis y la compresión de los diversos aspectos académicos y técnicos en el desarrollo de un modelo de servicio social para la educación superior”. El proyecto no solo quiere mejorar las condiciones de vida de las comunidades afectadas por la violencia sino hacer que su formación escolar y superior sea real y eficiente.

Las necesidades de las victimas serán estudiadas por el CNRR y de ahí se formularán planes de trabajo llevados a cabo en lugares adecuados para el determinado propósito de cada región y población. Los temas que se tratarían buscan dar una orientación legal y jurídica sobre derechos y normatividad en defensa de los derechos civiles de las víctimas a través de sesiones de atención psicosocial a las victimas. “Para el desarrollo de la atención a víctimas en aspectos legales, psicológicos y sociales, se adelantará la organización y coordinación para la prestación de los servicios de apoyo en las sedes de la CNRR de las respectivas ciudades. Para ello es necesario el traslado de alumnos y profesores por una semana cada mes durante un período electivo de cuatro meses a las zonas en mención.”

Tareas a largo plazo

Es evidente que el Estado y otras instituciones privadas están haciendo un gran esfuerzo para que la reintegración, en términos de educación, sea completa. Sin embargo, como nos decía Pearl, hay mucho por hacer para que los exbeligerantes tengan la posibilidad de estudiar una carrera universitaria como cualquier otro ciudadano.

Y en ese sentido, el programa, además de lograr que los desmovilizados estudien, también debe hacer un esfuerzo para que en el momento en que entren al campus académico, sean tratados como iguales. Estudiar no es sólo ir a clase, se trata también de un contacto con una red de relaciones sociales que cotidianamente interpreta el pasado de cada quien. El primer día de clases los estudiantes entran a un nuevo mundo que debe recibirlos como seres librepensadores y presentarse como un ex combatiente es difícil (el caso mencionado de Estaban Torres, es ejemplar). Pero no debe serlo, como explica Pearl. El estigma peyorativo del desmovilizado tiene que ser reemplazado por una actitud acogedora y solidaria.

Mejía, el costeño exparamilitar, nunca mencionó su pasado porque sabía que en el momento que contara que reclutó gente en la universidad Manuela Beltrán de Bogotá, lo iban a juzgar y rechazar. Y lo mismo le pasa hoy en día a Esteban Torres: no es capaz de revelar su pasado e identidad por miedo a que los demás se rehúsen a hacer un trabajo en grupo con él.

Eduardo Pizarro asegura que se ha dado cuenta de que la mayoría de los universitarios están de acuerdo con el proceso de reconciliación. Sin embargo, “van a haber reacciones diversas. Los grupos altamente politizados probablemente van a considerar que los desmovilizados de las AUC son infiltrados  de las agencias de inteligencia y los van a mirar con profunda desconfianza. Y los que tengan postura hacia la derecha, van a mirar a los desmovilizados de la guerrilla como un riesgo potencial. Yo creo que la posibilidad de una visión politizada y desconfiada va a ser profundamente negativa. El  mayor riesgo que corremos es que los desmovilizados sean mirados como parias sociales o criminales potenciales. Ésta mirada se convierte en rechazo y éste rechazo se traduce en que estos jóvenes, ante el rechazo social, reincidan en la vida criminal”.

No es fácil que de un momento a otro los estudiantes vean y entiendan a los desmovilizados como personas iguales. Muchos piensan que no han pagado su pena aun acogiéndose a la ley que los absuelve de sus delitos. Al fin y al cabo, los desmovilizados hicieron parte de movimientos que le hicieron mucho daño al país. ¿Cómo decirle a un estudiante cuyo padre fue asesinado por las AUC, o a uno cuyo hermano está secuestrado por las FARC, que debe hacer un trabajo con alguien que fue integrante de alguno de estos grupos? Las víctimas directas del conflicto armado que vive este país hace 50 años, tienen derecho a repudiar a una persona que en el pasado integró las filas del grupo delincuente. Asimismo, tampoco es justo que los desmovilizados tengan más de facilidades para estudiar que cualquier delincuente común.

Sin embargo, según Pizarro, oponerse a la desmovilización y a su reintegración social discriminándolos, es negar una realidad que el país, tarde o temprano, tiene que vivir. Los reintegrados están tratando de aprovechar la oportunidad que les dio el Estado para reivindicarse y hacer una vida.

Pearl incluso les ha dicho que no muestren su carné de desmovilizado porque hay  razones de seguridad para negar su identidad y pasado. La sociedad todavía los rechaza como sucedió con el famoso caso de los albergues en Teusaquillo hace un año. Para evitar eso, la Alta Consejería se ha inventado todo tipo de actividades comunitarias para vincularlos a la sociedad y para que los mismos gremios que los rodean se conscienticen del proceso de reintegración.

Se puede afirmar que la gran mayoría de los colombianos están de acuerdo con el proceso de desmovilización, pero no todo el mundo sabe hasta qué punto está dispuesto a verlos y tratarlos como cualquiera. Es difícil que el proceso sea asimilado en la práctica. Muchos de ellos prefieren salir del proceso de reintegración a ganarse la vida de la forma más eficiente posible: como vendedores, mensajeros, panaderos o mecánicos. Estudiar es difícil y dispendioso, sus frutos son intangibles y sólo se ven en el futuro.

Pearl nos decía que es necesario que los exmilitantes se porten bien: que se ganen la confianza entre los ciudadanos. También es fundamental que participen en los proyectos que los vinculan a las comunidades. Lograr la realización de estos dos puntos es una tarea a largo plazo.

Según Pearl, es muy pronto para estar pensando en un número de desmovilizados profesionales. Con mucho escepticismo, habló de 2.000. Sin embargo, dice que la idea no es graduarlos de cualquier universidad, ni con un bajo promedio. Son personas muy inteligentes y al ser éste un sistema de incentivos, aun a largo plazo, es realizable. “Al hacerlos estudiar, ellos entienden su valor. El día que nosotros dejemos de discriminar a los otros por su pasado, podemos pensar en lograr la paz.”

La ruta es la educación

Para que los ex combatientes salgan de la delincuencia y la pobreza en la que muchos han caído por falta de oportunidades, es necesario concentrarse en su formación, sus capacidades integrales y sus valores cívicos. El posconflicto -cuya existencia en Colombia es debatible- puede ser más violento que la misma guerra. Y ejemplos en la historia hay muchos. En Colombia ya estamos viviendo experiencias que nos deben servir de alarma. Hay ciudades como Valledupar, Bucaramanga o Cúcuta donde las tasas de homicidio se han disparado, en buena medida, impulsadas por jóvenes desmovilizados sin oportunidades. Pizarro dice que “incluso por egoísmo, incluso simplemente por evitar vivir en un país más incluyente en el futuro, tenemos que hacer un esfuerzo para reintegrar a estos jóvenes a la vida civil y darles la oportunidad de encontrar en la educación un espacio para encontrar salidas positivas a futuro.”

Recuadro 1

Un ejemplo del valor del conocimiento

Fernando Barbosa, desmovilizado de las FARC hace 2 años, nos contó que la idea de estudiar cuando estaba en las filas era nutrirse de conocimiento para aplicarlo en el grupo insurgente. “Pero lo que sucedió -dice- fue un fenómeno contrario. Empecé a hacer otra lectura de los hechos y el saber se volvió contraproducente, operó en mi manera de pensar”. Fernando se graduó de psicología social en el programa de educación a distancia de la Universidad del Magdalena mientras era militante. “Fue un golpe de suerte”, dice, pues aunque tardó 8 años en terminarla, es consciente de cómo influyó en la decisión que tomó en el 2005: dejar las armas y reintegrarse a la sociedad.

Casos como éste son clave para entender que es fundamental que un programa de desmovilización favorezca el acceso a las universidades y carreras tecnológicas. La educación es fundamental y tiene que ser una prioridad.

Recuadro 2

Buenas nuevas

El SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje) tiene un programa que se concentra en la formación técnica de los desmovilizados. Nos lo contaba Fabiola Bonilla Montaño, Coordinadora Nacional del programa de formación académica de la Unidad de Reintegración Económica de la Alta Consejería. Los requisitos son asistencia, buen rendimiento y estabilidad psicológica y social. A diferencia del programa del ICETEX que tiene una parte importante de desarrollo social en la manutención, el del SENA tiene como gran objetivo la formación esencial para trabajar. En teoría es obligatorio que todos los desmovilizados estén matriculados en un colegio, o en un programa técnico o tecnológico como el del SENA que dura mínimo 3500 horas. Por ahora, a diferencia del otro, el convenio sigue en manos de del Ministerio del Interior y Justicia. Sin embargo, en la práctica es administrado por la Alta Consejería que en noviembre oficializará esta alianza, pero continuará apoyando el programa con docentes y dotación para el trabajo técnico, como lo ha venido haciendo.

Por otra parte, por cada joven desmovilizado que entra a la Universidad de Antioquia, entran tres jóvenes de la comunidad. Lo mismo pasa en el SENA: por cada joven desmovilizado que entra a esa entidad, tres jóvenes de la comunidad paisa también ingresan. Todo, con el objeto de romper la idea de que el crimen paga.

Publicado en El Universitario en Noviembre de 2007

Written by pardodaniel

noviembre 19, 2007 at 4:51 pm

Publicado en El Universitario