Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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13 películas buenas que usted no se ha visto. Y están en Cuevana

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simpsons-the-homer-tv-4900921.jpgNo es porque a mí me parezcan buenas. Faltaba más. Sino porque, según Metametric, la página que recoge las reseñas de miles de críticos y las clasifica, no hay película de las que siguen que esté por debajo de 70 en la escala de 100 que maneja la página que ha revolucionado la crítica de cine en los últimos años.

Ahora bien: yo las he visto y, a pesar de mi honda inseguridad, me atrevo a asegurarlo: las que siguen son películas que, al menos, aguantan. Y digo que usted no se las ha visto, porque se trata de películas que no llegaron al olvidado territorio patrio, que se produjeron con las uñas y que no tuvieron el despliegue que tantas, innumerables películas tienen. También digo que no se las ha visto porque yo sé que usted prefiere repetirse por enésima vez The Hangover antes de verse una buena por conocer.

Pero estas son películas buenas, se lo prometo.

Así que aquí tiene 24 horas de cine por si no se le antoja quebrarse de fiesta este fin de semana de tres días.

Y están en Cuevana.

Mary and Max (2009). Una película en animación de origen australiano que no tiene nada que envidiarle a las megaproducciones de Pixar. Es la historia de una niña australiana que se manda cartas con un gordote en Nueva York. Buen humor, dibujos amenos e historia de amor.

The Station Agent (2003). La primera película de Thomas McCarthy, el director de la también remcomendadísima Win Win, es la historia de un enano neurótico al que le exaspera la condescendencia del gringo promedio. La apuesto todo al futuro de McCarthy, al que usted puede recordar por el papel Doctor Bob en La familia de mi novia.

Lars and the Real Girl. (2007). Ryan Gosling, que ahora está de moda por Drive, tiene un problema: que siempre hace de churro buena gente. Pero, si uno lo piensa bien, no hay película mala en la que actúe el galán. Acá, por ejemplo, hace un brillante papel: el de un gringo ensimismado que se enamora de una muñeca inflable.

Cold Souls. (2009). Me identidfico plenamente con Paul Giamatti. No hay papel suyo que me disguste. Y en esta película, que hace de sí mismo, se faja uno de esos papeles de introspección que marcan la carrera de un actor. Desde el “I’m not drinking any Merlot!” en Sideways, Giamatti está al mismo nivel del “Here’s Johnny!” de Nicholson y el “Are you talking to me?” de De Niro.

La Faute à Fidel! (2006). Solo por el papel de la niñita la película es buena. Es sobre una familia que se las da de comunista y latinoamericanista en los años setenta en Paris. El escepticismo de la niña hacia los pensamientos de sus padres es el escepticismo que debería tener cualquier adulto frente a discursos dogmáticos como este, el comunismo.

Somers Town. (2008) Dura una hora y, en los suburbios de Londres, cuenta la historia de dos aburridos niños que se hacen amigos, consiguen trabajo, se enamoran de una mujer y se pelean. La música, de Gavin Clark y Ted Barnes, es hecha exclusivamente para la película. Y bájesela: está en Pirate Bay.

Lemmy. (2010). Si usted no es metalero, lo más probable que no se haya visto el documental sobre el peculiar cantante de Motörhead, la banda de metal que revolucionó ese género a punta de subir el volumen como nunca nadie lo había hecho antes. La vida de Lemmy, además, no se parece en nada a la de Ozzy Osbourne: la de Lemmy es la de un auténtico metalero.

Another Year. (2010). La última del director inglés Michael Leigh es sobre una pareja algo deprimente que tiene una amiga deprimente que se reúne con gente deprimida a comer platos deprimentes en un ambiente depresivo, el invierno inglés. Los encuadres, colores y la música son de trofeo. Ah, y la película no es deprimente: es divertida.

Junebug. (2005). Otra película deprimente que, en el fondo, es para sudar de la risa: la historia de una pareja moderna, enamorada y feliz que visita la estancada casa del novio en el Estados Unidos del Tea Party. Y, con eso, todo se viene abajo. Aunque ese no es el final, fresco: es peor.

Terri. (2011). Todo gordo se identifica con esta película, sobre un gordo que anda en pijama por la calle y se encuentra con alguien que, finalmente, no lo discrimina. Otra vez: película independiente gringa, deprimente pero divertida. Si es gordo, esta es su película. Ah, bueno: y es con papá John C. Reilly.

Bottle Rocket. (1996). Es la primera película del director hipster Wes Anderson, aquel que se inmortalizó con The Life Aquatic with Steve Zissou, The Royal Tenenbaums y demás películas para hipsters. Lo increíble es que Bottle Rocket es, a diferencia de Fantastic Mr Fox, mucho más del estilo de Anderson: chistosa, rara, gringa, fina, medida. Es sobre tres amigos que deciden volverse ladrones.

You Don’t Know Jack. (2010). Al Pacino se volvió malo cuando trató de seguir haciendo el Al Pacino de las clásicas. En esta película para televisión se sale de ese molde: hace de un médico tonto pero ambicioso que practica y defiende la eutanasia. Excelente papel de una leyenda de Hollywood.

The Invention of Lying. (2009). Ricky Gervais no solo es una persona chistosa. También es un pensador, un genio. Y, a pesar de que esta película tiene sus descaches, el fondo y varios detalles merecen ponerla. La primera, y ojalá no última, película dirigida por el irreverente maestro.

Bonus track: El Rey León (1994).

Foto: http://www.myspace.com/393445729

Publicado en Slog SoHo en noviembre de 2011.

Written by pardodaniel

noviembre 19, 2011 at 5:15 pm

Defensa de Blink-182

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blink182_naked.jpgTal vez este sea el artículo más arriesgado que vaya a escribir en mi carrera de columnista estúpido. Pero, como pregonero del paradigma de la verdad, y porque mi labor como periodista idiota es decir lo que pienso, no tengo más remedio que cumplir a cabalidad con mi irrelevante trabajo. Yo creo, de verdad, que Blink-182 no es tan grave como parece.

Digo que es un artículo arriesgado porque Blink-182 lo tiene todo para ser un grupo detestable. Y porque, simple y llano, qué idiotez defender músicos para adolescentes, sobre todo en esta revista tan sofisticada. Blink nos recuerda a esos años de American Pie y chistes sobre el niño que lo cogieron masturbándose; cuando un pedo daba risa. Nos recuerda a la triste y patética adolescencia que tuvimos. Los integrantes de Blink, y sobre todo el papel en el que se metieron, nos hacen pensar en todo eso que odiamos de los gringos: que solo piensan en sexo, que hablan de popó todo el día, que todo tiene que ver con el ano, que son inmaduros. Recuerdo el “Hello, I’m Tom, from Blink-182, and this is Radioactiva, the rock planet”: lo decía con esa voz de niño, medio tierno y medio bobo, que destemplaba a cualquiera. El humor, la estética, la voz, y sobre todo las letras, eran demasiado adolescentes para que hoy en día no pensemos mal de Tom, Mark y Travis. Se tiraron MTV, se tiraron el humor gringo. Hoy uno ya no se puede poner unos Vans o andar en una patineta por culpa de Blink-182.

Y, sin embargo, creo que podemos hablar bien de los muchachotes. Los de Blink-182 fueron víctimas de su propio invento, sin duda. Pero ese invento no es necesariamente un problema. Y acá está la razón.

Blink-182 se volvió un grupo de estadio no necesariamente por su música, sino por el video de “What’s my age Again?”, donde los niños salían en bola corriendo por la calle. Con eso, por ejemplo, respondieron al mamertismo de los videos noventeros de MTV. Y reivindicaron la pendejada, la desnudez sin pretensiones artísticas. Con eso, también, demostraron que un rockero no tiene por qué estar deprimido y pelear en contra del capitalismo. Y lo hicieron de frente: el formato y el objetivo de Blink fue, desde el principio, ser un hazmerreír. Y fue un éxito. Así después se hayan convertido en un tedio.

Ahora: lo que más me parece rescatable de ese video es que le hayan dado protagonismo a la exquisita Janine Lindemulder, una diosa del porno que también fue la portada de ese disco.

Los videos de Blink eran bobos, sí, pero no olvidemos que este fue el primer grupo en volver la burla a las celebridades un formato del video clip. El chiste contra Britney, Cristina y demás iconos del pop se volvió un lugar común para Eminem y Pink gracias al video de “All the Small Things”.

Toda la faceta de Jackass, de montársela a los papás, de los enanos como cómicos, de Tom Green, se popularizó e internacionalizó por culpa de Blink.

Y eso, además, fue lo que hicieron con el punk, un género que típicamente era de la clase trabajadora, que hablaba de política, que estaba en contra de todo. El gran problema de Green Day, por ejemplo, es que se creen políticos, que se toman muy en serio. Blink se inventó el pop-punk, si se quiere, o popularizó el neo-punk. Y lo hizo en clave de humor.

Otro argumento para defender a Blink: el baterista. Travis Barker es de los pocos bateristas cuyo nombre uno conoce. Y eso se debe única y exclusivamente a que se trata de un excelente baterista, con una rapidez y una habilidad extraordinarias. Además, los grupos que formó después de Blink no son malos. Y su reality es un éxito. Y su novia un personaje. En suma, Travis Barker tiene la mejor vida que puede tener una persona con el cuerpo enteramente tatuado. Y eso es de rescatar.

Como decía Popeye, nuestro adorado narcotraficante, hay gente que es como los yogures: que nace con la fecha de vencimiento tatuada en el cuello. Eso fue lo que les pasó a los de Blink. Y la cagaron más al haberse reunido el año pasado. Debieron quedarse callados después de que les cambió la voz.

Foto: http://punk182.net/news/oh-my-god-how-much-fun,271.html

Publicado en Blog SoHo en noviembre de 2011.

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noviembre 19, 2011 at 5:10 pm

Manual de conducta del pasajero de avión

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25083981.jpgSi no es en primera clase –o sea, si no es un mundo al revés–, viajar en una aerolínea comercial es la peor tortura que le pueden hacer a una persona promedio. Los asientos, la pantalla dañada, la comida de plástico, la turbulencia en el momento de las bebidas, la aburrición, los bebés, la imposibilidad de dormir. Estar en un país lejos de Colombia es un placer sin igual. Y, sin embargo, con tal de no pasar por la tragedia que implica cada viaje al exterior, yo me quedaría insertado en nuestro adorable platanal el resto de mi vida, felizmente deprimido.

Pero hay que vivir. Y hay que viajar. No sé por qué, en realidad, pero hay que viajar. Entonces hay que hacer lo posible para que viajar deje de ser una ladilla para todos: debemos elaborar códigos civilizados de comportamiento. Somos salvajes, sí, pero tenemos que trabajar en dejar de serlo, así sea en vano. Acá está, entonces, mi irrelevante contribución: un manual de comportamiento para el viajero de avión.

Coja el puesto que le tocó. Hay que dejar de creerse más avispados que el resto. Ese cuento de que ‘me hago en la ventana a ver si no me la piden’ no puede prosperar. Hay gente que se muere de la vergüenza de pedirle a los demás que se quiten de su puesto. Y les toca pasar por la pena, sudando. No nos podemos aprovechar de la humildad de la gente. Además, que alguien no coja el asiento que le tocó hace lento el proceso de abordaje. Y se forman conversaciones inútiles en las que la gente empieza a participar: si M es ventana, si F es pasillo. Si le gusta la ventana, pídala desde la compra del pasaje. Igual con el pasillo. Pero, en todo caso, siéntese donde le tocó.

No participe. Como los aviones son tan apeñuscados, las conversaciones privadas están disponibles para todos. Pero eso no quiere decir que sean públicas o multilaterales. Si uno le reclama o le pregunta algo a la azafata, no participe: déjelos hablar a ellos como si usted no existiera. En general, la azafata sabe más que usted.

Obedezca. Abra la ventana, ponga el espaldar recto, abróchese el cinturón, cierre la mesita, apague el iPod: haga todo lo que le dicen que debe hacer y no ponga a la azafata a recordarle. Si lo dicen es porque llevan siglos estudiando eventuales accidentes y saben que ese tipo de pendejadas lo pueden salvar.

No sea abusivo. No ponga sus cosas en el asiento del otro, no se coja todo el apoyabrazos, no se tome todo el compartimento de las maletas. Usted no es el único que tiene que llevar bocadillos al exterior. Piense que cada cosa que usted empaque será un poco menos de espacio para los demás. Cargue con lo estrictamente necesario. Y, por favor, no se coja dos almohadas.

Cállese. Estoy seguro que la gran mayoría preferiría que el de al lado nos les hable. No arme conversa: un avión no es una reunión social. Por otro lado, viajar es y debe ser una experiencia individual: uno solo con la pantalla, uno solo con su revista, uno solo con su aburrición. Usted no sabe si su conversación pueda molestar a los demás. Además, va a llegar un punto en la que la conversación se acabe y les quedarán horas de vuelo juntos. Evítese situaciones incómodas. Sobre todo cuando apagan la luz, no convierta en el vuelo una peluquería.

No se emborrache. El trago saca lo peor de nosotros. Si llega borracho, su olor a guayabo trasnochado, sus gases y sus sonidos van a ser un problema para los demás. Si llega borracho, algo le dirá a alguien que no tenía por qué decirle: usted lo sabe, usted conoce sus facetas. En un espacio diminuto habitado por mamás, abuelos con cáncer y niños, los borrachos son un problema. No se convierta en uno.

Si tiene tos, tome jarabe. Hay una creencia errónea en el ambiente: esa que permite sonidos del cuerpo con la excusa de que, como uno está enfermo, no puede hacer nada. La gente que tiene tos cree que puede toser a grito herido porque tiene tos. Pero no: para eso están los jarabes, los remedios, la medicina. Y, bueno, la prudencia. Si de verdad no puede contener la tos, al menos trate. Verá que algo logra.

No ronque. También hay remedios para la roncada. Y operaciones. Y si lo suyo no tiene arreglo, no duerma. O, bueno, al menos no haga las cosas que hacen roncar a la gente: como comer, tomar trago, ser un cerdo. Al menos piense en el tema: anticípelo. No se quede en el ‘no puedo hacer nada’. Piense que no todo el mundo llevó tapones para los oídos. Piense que más de una persona, seguro más de una, no va a poder dormir por su culpa. Si somos democráticos, lo justo es que ellos duerman y usted no.

Si es bebé, llore, pero no grite. Niños: una cosa es llorar, que se entiende, y otra es gritar desde la profundidad más remota de sus entrañas. Con que lloren nosotros entendemos: no tienen que gritar como araguatos.

Se me quedan por fuera otras recomendaciones para hacerle al pasajero de avión: hay muchas, por ejemplo, que sirven para que su viaje sea menos trágico: pida vegetariano, no coma mucho, evite los periódicos, no lleve sombrero, en fin. Pero eso es otro artículo.

Foto: http://bit.ly/qf2WRU

Publicado en Blog SoHo en octubre de 2011.

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octubre 3, 2011 at 2:54 pm

Ese tipo que se las sabe todas

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Hoy estaba en un parque leyendo y se me sentaron al lado dos personas, un hombre –pelo corto de lado, candado, gafas de sol, botas, cerveza cuya marca desconozco, camisa azul pegada al cuerpo y metida en los jeans– y una mujer –que estaba de espaldas y solo pude ver su camiseta amarilla–. Y la verdad es que nunca hubo oportunidad para pensar en la niña, porque el hombre lo copaba todo: no se callaba, se reía duro, preguntaba “¿sí me entiendes?” todo el tiempo, hacía sonidos después de cada sorbo de cerveza.

Fue imposible seguir leyendo: me tuve que ir. Un blasfema que pontifica de esa manera no deja concentrar ni a un sordo. La pobre mujer no podía hablar: a duras penas se reía con nervios. Y el hombre le seguía preguntando “¿sí me entiendes?”. Y ella le seguía responiendo: “claro”, “sí”, “obvio”, “no, me imagino”.

Sentado con las manos atrás, y con las piernas estiradas, y cruzadas, hacia el frente, el hombre empezó hablando de la fiesta del fin de semana. Le decía a la niña que no debió haberse acostado con equis hombre. Y que él le advirtió, como si tuviera la capacidad de predecir el futuro, que era un error. Nunca se preguntó, y la mujer no tuvo tiempo de preguntarle, por la mujer con la que él se acostó. Pero él sí no hizo más que hablar mal del tipo con el que se acostó la niña: que era feo, primero que todo. Y que era de mal gusto, que era un perro, que solo la quería por una noche, que estaba borracho, que ni siquiera es chistoso, que una vez se acostó con una fea.

Después, el señor pasó a hablar de las cosas que todo el mundo siempre habla: de otra gente, de películas, de fiesta, de las redes sociales, de las noticias. En la mayoría de los temas que tocaba, el tipo citaba al menos un estudio que comprobaba su posición. Empezaba con un “si mal no estoy…” y seguía contando lo que le parecía, y estaba seguro, que era la verdad absoluta.

La gente así no puede seguir sentándose en los parques. Van a acabar con el mundo, les juro.

Como ese tipo en la fila que hacen Annie Hall y Alvy Singer para entrar a cine en la aclamada película de Woody Allen. ¿Se acuerdan?

 

Ese: el que no se calla, que cita autores, que habla de su vida como si fuera un modelo para todos, que, cuando llega de un paseo, saluda con un “no sabes” y lo que sigue es una retahíla sobre lo divertido y único que fue su paseo. Y sobre lo que uno se perdió. “No te imaginas”, “de lo que te perdiste”, “increíble.”

Es más, ahora que lo pienso, esa no fue la única vez que Woody Allen habló de este personaje que está en la vida de cada uno de nosotros. En la última, en Medianoche en París, estaba: el tipo ese de barba, novio de la amiga de la novia del protagonista, que contradice a la guía del museo, que baila divino, que su trabajo es dar conferencias, que usa palabras como ‘humeante’ o ‘tánico’ para decribir un vino, que se viste divino, que le habla a extraños sin pena, que critica al protagonista por estar enfrascado en el pasado. En fin. Ese tipo:

 

A este personaje se le puede culpar de muchas cosas. Desde Bush hasta Ahmadinejad, ese protohombre que cree que puede conquistar el mundo es lo que nos llevó, entre otras, a esta crisis financiera que cada vez tiene más cara de Gran Depresión. Necesitamos más ignorantes, sí. Sin embargo, no se necesitan argumentos para detestar a estos señores: los eruditos son, simple y llano, exasperantes. Y lo que más me preocupa es que la gente –las universidades y las entrevistas de trabajo y las mamás– cada vez prefieren un hombre así a un hombre sumiso e inseguro. Que la mayoría de mujeres prefieran un tipo así –“seguro de sí mismo”, dicen– me hace pensar peor del futuro de este mundo. Así que lo único que voy a hacer al respecto es nada: me voy a leer a mi casa.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 30, 2011 at 8:03 am

Por qué no ganarse el Baloto

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bird-money.jpg

Qué encarte ganarse setenta y cuatro mil millones de pesos, de verdad. No lo digo con ironía, mucho menos con humor. Es en serio: qué mamera ganarse el Baloto. Con razón que casi no reclaman ese nefasto premio. Yo tampoco lo reclamaría. Imagínese: le cambiaría su vida. Rico cambiar de marca de cereal, sí, o de novia, o de vehículo de transporte. ¿Pero de vida? ¿Volverse rico de repente, sin trabajar por ello? No sé: suena demasiado bueno para ser cierto. Algo de malo tiene que traer: tal vez viene con una maldición, o su muere mi mamá, o alguna de esas tragedias.

Empecemos por esto: la plata sí trae felicidad. El dinero sí lo es todo. La felicidad sí se compra. El dinero trae felicitad. O, bueno, tampoco la trae. Uno nunca va a ser feliz: eso se sabe de entrada. La vida es una búsqueda de la felicidad, sabiendo que no se va a encontrar. En todo caso, entre más rico es uno, más feliz, y estudios lo han probado.

Sin embargo, ser rico de repente es como ser churro de la nada: su forma de ser tiene que cambiar: lo que uno dice, la manera como uno actúa, su relación con el mundo. Cambiar es bueno, sí. Pero cambiar de personalidad es demasiado difícil.

Entonces: mi argumento no tiene que ver con eso de la felicidad y el dinero. Tiene que ver con elementos más prácticos.

Por ejemplo, ¿usted se imagina todo el papeleo que hay que hacer después de que uno se gane el Baloto? Pasado judicial, seguro. RUT. Vaya al CADE, haga fila acá, pelee con esta señora allá. Firme, tómese la foto, regístrese, llene este formulario. Tal vez lo que más inspira estrés en Colombia es lidiar con la burocracia de este platanal ineficiente. Teniendo en cuenta todo ese trajín burocrático que debe implicar ganarse el Baloto, yo prefiero pasar.

Otro problema: a quién le regalo plata y a quién no. Como en Navidad, como en los cumpleaños, la vida es un proceso de escoger a quién uno le regala y a quién no. Es decir, a quién se gana de enemigo y a quién no. Quién le importa y quién no. Siendo rico de repente, el sentimiento de culpa lo va a llevar a regalar. Y tendrá que escoger. Y ganarse enemigos. Más de los que tiene.

Eso, además, sin tener en cuenta el sentimiento de envidia que va a generar con sus conocidos. Acuérdese: este en un país de envidiosos. Así que, cuando se gane el Baloto, espere apreciaciones tipo “es que usted tiene una vida mejor”, “es que mi vida sí es dura”, “aproveche”, “es que usted sí es feliz.” Ese tipo de apreciaciones elogiosas llenas de envidia entre líneas se volverían un lugar común en su vida. Y usted no quiere eso. Tanto, que, como todos sabemos que la plata sí es el antídoto para la felicidad, usted tendría que ser feliz para siempre. O, al menos, tendría que hacerle entender a la gente que usted es feliz. Cuando no. Si se gana el Baloto, le tocaría ser feliz para siempre. Y qué desgracia.

Por ese sentimiento de culpa, además, le tocaría hacer caridad. Y eso no es así de fácil. Tesis doctorales en Harvard se han escrito probando que la caridad sin contexto, sin preparación, sin justificación, es peor que no regalar nada. Así que, si se gana el Baloto, le tocaría volverse experto en caridad: entender cuál es la mejor manera, el mejor sitio, etcétera. Le tocaría leer libros sobre caridad, escritos por Lady Di. Sin Baloto, en cambio, uno puede seguir esta vida banal lejos de la generosidad. Mire a Bono, o a Sting: toda esa gente se volvió estúpida por cuenta de la caridad.

Si se gana el Baloto, usted se lo gana en Colombia. Es decir: si se gana el Baloto, lo secuestran. Para que eso no pase, le tocaría tener escoltas. Y perder su privacidad.

Se volvería famoso, también: un famoso con escoltas. Y lo invitarían a lanzamientos y le tocaría salir en las Sociales de las revistas. También le tocaría ser el centro de atención de todas la fiestas lagartas que le harían. Además, ¿de verdad le gustaría ser famoso porque tiene más plata que los demás? Lo dudo.

Además, volverse rico en este país es volverse traqueto. Es perder el gusto. Todos acá somos pobres, y, cuando nos volvemos ricos, no solo porque es mal visto sino porque todos tenemos pésimo gusto y muy poca etiqueta, pasamos a ser traquetos.

Si se gana el Baloto, lo más probable es que usted termine en una situación como la de la película ésta, ¿Qué pasó ayer?, en la que una fiesta termina quitándole un diente. Usted no quiere eso, créame. Y mucho menos si usted es, como yo, un adicto a la fiesta: le pasarían accidentes de ese estilo a diario.

Otra especialidad en la que tendría que incursionar si se gana el Baloto: las finanzas. Así usted contrate un contador y un corredor de bolsa y todo eso, usted va a tener que saber qué está pasando con su plata. Entonces tendrá que pararle bolas a los números de la bolsa, Wall Street y demás eventos estresantes de este mundo. Si se gana el Baloto, le tocaría empezar a leer Portafolio. Y eso es estar lejos, muy lejos, de la felicidad.

Si yo me gano el Baloto, no lo reclamo. O se lo doy, todo, a Julio Mario Santo Domingo, que sí sabe qué hacer con la plata. A la gente como yo, que nos gastamos cien mil pesos en aguardiente en una noche, no nos deberían ni vender el Baloto. Porque qué peligro donde nos lo ganemos.

Foto: http://www.onmoneymaking.com/why-many-smart-people-hate-money-plus-crucial-distinctions.html

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 26, 2011 at 7:42 pm

Contra las bolsas de plástico

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bolsa+de+plástico.jpgYo no sé quién fue el colombiano al que le dio por usar las bolsas de plástico del mercado como si fueran una maleta para cargar cosas, a manera de talego. O, bueno, de talega. No sé, digo, pero me la imagino: chiquita, gordita, conservadora, católica, manos cogidas sobre la panza, chaqueta puesta sobre la espalda sin usar las mangas. Esa mujer está por todas partes en Colombia: es la que no deja abrir la ventana del bus, porque prefiere no sentir frío (ellas siempre tienen frío) a asfixiarse. Es la representación en más fiel de nuestra nación: que critica sin saber, que para a ver el accidente y lo comenta, que se cuela, que se coge todo el compartimiento de las maletas en los aviones con cajas llenas de bocadillos, que se mete en la vida de sus nietos, que vota por el candidato más churro, que lee a Poncho Rentería, que le habla a todo el que se le pasa por el frente, que se queja con gemidos. Y que lleva, siempre, una bolsa de plástico como si fuera una talega normal.

Supongo que esto tiene que ver con nuestra histórica pobreza, lichiguez y falta de gusto. Cualquiera la razón, no le veo justificación a esa bolsa que siempre llevan las viejitas en adición a su cartera, por las siguientes razones.

La primera es, obviamente, estética. Yo, como la mayoría, pienso que primero está la función a la forma. Sin embargo, una bolsa de Carulla no se puede volver un objeto aceptado por la sociedad como si fuera una cartera adicional. No podemos llegar hasta ese punto. Tan feas son, que, así estén limpias, uno piensa que todo lo que sale de ahí está sucio. Y de ahí que ver a alguien comer directamente de una bolsa de esas sea desagradable. Imagínese a una modelo, a Gisele Bundchen: imagínesela cargando, además de una maleta Luis Vuitton, una bolsa de plástico donde lleva un tupper con papa chorreada. ¿Verdad que pierde todo su encanto? Esas bolsas se deben usar exclusivamente para llevar y traer el mercado. Punto. Ni siquiera para ponerse en los zapatos cuando llueve, mucho menos en el pelo. Yo entiendo que es práctico, y que con dificultad podremos encontrar un remplazo. Igual, creo que no podemos renunciar a vernos civilizados.

Y es que esas bolsas, que acá tienen un arraigo cultural tan fuerte como la arepa, demuestran que no hay forma de que salgamos de este atraso irremediable. En países desarrollados, los mercados ya no usan esas bolsas. Si uno las quiere, le toca comprarlas. Aun así, la mayoría de gente no las usa, sino que hace mercado con maletas o bolsas de tela, o de papel. Y, no: no llevan el almuerzo en esas bolsas.

Porque, claro: el gran argumento de los países desarrollados para pelear en contra de la bolsa de plástico ha sido el medio ambiente. Pero en Colombia a nadie le importa eso, y el medio ambiente nos da la misma. Entonces ese argumento prefiero no tocarlo.

Más que el medio ambiente, una razón contundente para acabar con las bolsas de mercado es el sonido que generan. Uno de los clásicos obstáculos para no poder dormir en una flota es una bolsa de esas. Que el man que está comiendo atrás, que la bolsa al pie de la ventana que hace un concierto con el viento. Siempre hay una bolsa de esas por ahí haciendo bulla. En las flotas, sí, y en los taxis, tiendas, casas, estaciones de policía. Están por todas partes. Han invadido nuestro país.

Y no me diga, por favor, que este uso intensivo de las bolsas de plástico es una demostración del colombiano recursivo que puede sacar al país adelante. Por favor no me diga eso. Salgámos adelante con educación, con trabajo, con creatividad. Pero no usando bolsas de mercado para todo. A mí, esas bolsas solo me hacen pensar en recoger el depósito del perro en el parque. Y, en ese sentido, esa es la única connotación que les veo, y el único uso justo que les veo, además de cargar el mercado.

Otro rasgo de nuestro conservatismo inútil: guardar las bolsas de plástico. Las doblamos en triangulitos en un cajón especial que no hace más sino crecer, que después de un tiempo ya ni cierra. Nadie, nunca, en una casa normal, se va a quedar sin bolsas de plástico si las guarda todas. Los colombianos creemos que sí. Por eso las guardamos hasta que no quepan, ‘por si acaso’.

Y es que deberíamos ser, al menos, más coherentes: si vamos a usar estas bolsas para caneca, usémoslas para eso, que es donde se merecen estar. Pero no pensemos que los mismos objetos que usamos para guardar los sobrados del pollo pueden utilizarse para llevar un regalo, el almuerzo y, peor aun, los cosméticos. Por favor, no renunciemos a la civilidad.

Hace poco mi mamá me dijo que estaba deprimida, porque se dio cuenta que estaba entrando a la tercera edad al ver que estaba usando bolsas de plástico para solucionar todo. Las bolsas de plástico tienen a esta sociedad deprimida. Yo siento –tal vez en la ignorancia y el desespero, pero lo siento de verdad– que un mundo mejor no puede ser uno donde las bolsas de plástico de los mercados sean nuestro objeto por excelencia. Si seguimos así, las bolsas de plástico van a terminar siendo nuestro símbolo nacional. Hay que pelear contra ellas.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 13, 2011 at 7:39 pm

Top cinco de las mejores horas del día

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Los días tienen altas y bajas. Como el clima de Bogotá, uno pasa del cielo al infierno más de cinco veces al día. Acá están los cinco momentos que, para mí, son los mejores del día.

Empecemos por mencionar la peor hora del día: las 7:00am, cuando suena el despertador. Un día normal es como un domingo pero el revés: va de mal en bien. Un domingo, en cambio, empieza con felicidad y termina en la peor de las miserias. Un día normal es así, pero al revés: empieza mal, porque se viene un día de trabajo y relaciones sociales, y termina bien, porque todo eso ya terminó. Por eso la peor hora del día es, de lejos, la primera, cuando suena el despertador. Y, bueno, está ese sonido: no existe en el mundo un despertador que tenga un sonido agradable, y puede que tenga lógica: si uno se despierta con el sonido del mar o la lluvia, no hay chance de que se pare. El sonido de un despertador, para que cumpla su papel, tiene que ser ensordecedor. Y por eso, cuando suena, es el peor momento del día.

Ahora sí, las mejores cinco horas del día:

12:00am. Dormir es la mejor parte de estar vivo, que es cuando uno está medio muerto. Dormirse, arruncharse, tocar las partes frías de la cama, envolverse en las cobijas, frotar un pie con el otro: ese momento, cuando ya todo se terminó y la única tarea que queda por hacer es dormir, es el mejor momento del día. Es la prueba más cercana que, en vida, tenemos de la muerte. No por casualidad Dalí le daba tanta importancia al segundo antes de dormirse: es el mejor momento de más lucidez –y amenidad– del día.

6:30pm. Digamos que la hora promedio para salir del trabajo en Colombia es las 6pm. Se supone que es a las 5, y de ahí el nine-to-five de los gringos. Pero nosotros, los colombianos, tenemos que trabajar más, entonces tenemos el “siete-a-seis”. Pero uno termina saliendo a las 6:30, y muchos salen o hemos salido a las 7, 8, 11:30, 2 y, los últimos, a veces, a las 3, que se encuentran con los primeros. Y toman tinto en agua panela. Cuando uno sale del trabajo, a cualquier hora que sea, uno siente que la vida empieza otra vez.

10:30pm. Perder el tiempo es una necesidad básica. Las diez y treinta de la noche es mi hora de acabar el día, y meterme en la cama a joder con el computador hasta que me duerma: ver porno, tetris, ¡Seinfled!, la gente borracha en sus vacaciones. Es mi hora de perder el tiempo, y todos las tienen (o han pasado por): jugar FIFA, no poner atención en clase pintando, fumar bareta, mirar al techo. Hablo del tiempo de perder el tiempo, que todo día lo tiene, así sea el más agitado de los días.

1:00pm. El almuerzo, qué bella costumbre humana. Uno se empieza a hacer la ilusión a las 12:30, y desde entonces no trabaja pero está en la oficina o en proceso de salir. Es una media hora de felicidad, aunque perjudicada por el con-quién-voy-a-almorzar y el cómo-me-voy-a-escapar. Pero es una media hora llena de ilusión. Y a la una en punto uno ya está sentado al frente del plato. Solo, o acompañado: a esa hora uno solo quiere comer y no estar ni pensar en la oficina. Y la una es, sí, cuando uno más lejos está de volver a la oficina. Es majestuoso.

7:45am. El primer sorbo de café cuando uno está recién levantado es mi quinto mejor momento del día a pesar del segundo 34 de esta canción. También puede ser estropeado por el sonido del reloj de cuerda, o por el sonido de los seres al lado comiendo cereal, o por una mala noticia, o por Darío Arizmendi. Pero, en un día ordinario, como casi todos, el primer sorbo de café, cuando uno está dormido pero parado, es espléndido. Y con frecuencia viene acompañado de nuevas noticias, que (siempre) es rico tener, así (siempre) sean malas.

Hay una que no vale meter: la hora de tener sexo. Si usted folla todos los santos días, como parte de su rutina, me le quito el sombrero si puede meter ese momento en sus cinco mejores del día, aunque lo dudo, porque eso del sexo no es extraordinario para siempre, todos los días.

Estas otras sí, sobre todo porque tocan.

Publicado en Blog SoHo en septiembre de 2011.

Written by pardodaniel

septiembre 13, 2011 at 7:37 pm