Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for the ‘Historias de Nueva York – Blog SoHo’ Category

Me voy

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Tenía que haberlo logrado en Nueva York, cosa no necesariamente fácil para un cuidadano del país de peor reputación posible, para irme. Tenía que conseguir un trabajo decente, una renta moderada, una membresía con beneficios al mercado más barato de la ciudad, Path Mark, donde los negros y los chinos compran sus latas de chile con carne, y conseguir un sitio de falafels a un dólar para los días que almorzaba por fuera. Tenía que estar por fin instalado en esta ciudad deshonesta, para decidir que era el momento de irme. Al menos por un tiempo. Así que me voy. Y no sé cuándo voy a volver.

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diciembre 11, 2009 at 9:54 pm

47 Monroe Street

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Dino Stavrou, un griego de barba que lleva viviendo 20 años en Nueva York, tiene 38 años, dos hijas de 5 y 7 años y una cava de vinos que heredó del restaurante de su abuelo, entre los cuales se encuentran botellas de los años 50 y 70, la mayoría vinos franceses que no bajan del Gran Cru Clasée Controlée; a saber, vinos de exquisita calidad que pueden llegar a costar mil dólares cada uno. Los tiene guardados en unas cajas en el depósito de su oficina en Chinatown, donde también guarda colchones que le sobran y los coches que sus hijas ya no usan.

Dino tiene un negocio de, digamos, finca raíz: en los 90 compró 10 edificios destartalados en ese mismo barrio al sur de Manahattan, convirtió cada piso en un loft bonito y práctico y ahora le arrienda los cuartos a gente que no puede firmar un contrato, que no puede pagar mucho, y cuyo destino en Nueva York es incierto. Como yo.

En 10 meses, Dino me arrendó dos cuartos, me robó 200 dólares porque se aprovechó del informal contrato que firmé inocentemente y por último me prestó su oficina, la misma donde guarda sus vinos, para dormir en un colchón arenoso que revivió el espasmo en la espalda que por fin, hace un mes, había logrado sanar. Ahí estuve las últimas dos semanas, antes de irme de este barrio repugnante y coger rumbo a otros lugares.

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diciembre 3, 2009 at 9:53 pm

La Navidad en Nueva York

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Empecemos por citar al pensador de la ciudad, Jerry Seinfeld:

“El árbol de Navidad inspira una relación amor-odio. Todo ese tiempo que uno pasa emperifollándolo, para después botarlo, en la mitad de la calle, como si fuera una ardilla recién atropellada. La gente tira el espíritu de la navidad por la ventana como si fuera un borracho de bar. Se levantan un día, y dicen “¡Dios! ¡Hay un árbol entre la casa! ¡Bótenlo!”.

Diciembre es el domingo del año. Y Seinfeld tiene razón: enero es el lunes. La gente se pasa el año entero desayunando en el camino al trabajo, tratando de lidiar con el alto voltaje de Nueva York. Pero en diciembre, por fin, su obsesión por no perder un segundo de tiempo ni un metro de espacio, se relaja. Se sientan, finalmente, a comerse un helado, leer una novela, ver una película o a hablar con un extraño. En vez de hacerlo todo camino al trabajo.

Toda ciudad de Occidente, y la mayoría de las de Oriente, se empaca en papel de regalo en diciembre. Pero ninguna tiene el moño reluciente de Nueva York. La capital del mundo, la ciudad que nunca duerme, la Roma de la modernidad. Pero el pulmón que respira el espíritu de la navidad, también.

El primer árbol decorado con luz eléctrica se prendió acá. (¿Acaso tiene sentido un árbol de navidad sin luz eléctrica?). Si Edward Hibberd Johnson no es el padre de la navidad, al menos lo es de la navidad eléctrica. En 1871, Johnson contrató a Thomas Edison, un niño genio de 24 años que venía de New Jersey, para que trabajara con él en la Compañía Americana del Telégrafo. Años después, tras haber hecho historia juntos, Johnson escribió que, como buen neoyorquino, Edison almorzaba y dormía en su escritorio. “En seis meses, se había leído miles de libros y hecho centenares de experimentos”. Uno de ellos, el bombillo. Juntos, armaron la Edison Electric Light Company, de la que Johnson era el vicepresidente cuando, en su casa de Midtown, amarró 80 bombillos rojos, azules y blancos a un árbol de pino. Al día siguiente, diciembre 22 de 1882, un reportero del Detroit Post dijo “ayer caminaba por una de la zonas iluminadas de Manhattan y vi una cantidad de gente impresionada con un pino iluminado de colores”. Ese fue el comienzo de una tradición que se regó por el mundo entero y hoy, todavía, tiene su más imponente expresión acá, en la 51ª con 5ª Avenida: el Rockefeller Center. Todos los años, desde 1931, el manager de la división de jardines del Rockefeller vuela en un helicóptero por el noreste de América buscando un pino noruego que encaje en la plaza central de este complejo de edificios comerciales que, en el momento de su construcción, 1929, no tenía precedentes. Aunque el pino cambia todos los años (este año lo encontró en Connecticut), la estrella de cristal que se erige en su punta, de 3 metros de altura y 250 kilos de peso, no. Ocho kilómetros de cable con 3000 bombillos de luz solar serán instalados en el árbol de 40 metros de altura el 3 de diciembre. Y así –con su pista de hielo en la mitad–, la Plaza Rockefeller será, de nuevo, la primera parada de los tours navideños en Nueva York.

Una de las 19 instituciones que hacen parte del complejo Rockefeller es el teatro Radio City Music Hall, en la 51ª con 6ª. Desde el 13 de noviembre hasta el 30 de diciembre, cuatro veces al día, 40 mujeres enfiladas milimétricamente saldrán al escenario con sus piernas apuntando al cielo y una precisión matemática a dar inicio al show que reúne a un millón de personas al año desde 1933; hoy en día, por 45, 100 o 250 dólares. Después aparecerá Santa Claus, en un video en tercera dimensión, volando desde Staten Island, al sur de Mahnattan. Pasará por encima de la Estatua de la Libertad, el Empire State, llegará al Radio City y entrará al show más “emocionante que se puede vivir; un sueño inolvidable que uno no puede superar”, según le dijo al New York Post Katie Martin, una de las 140 Rockettes que son, según ese mismo artículo del Post, “más americanas que el pie de manzana y más navideñas que la nieve”. (¿Se puede pensar la navidad en un clima cálido?)

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La generalización, como es usual del NYPost, es debatible. Porque si algo hace de la navidad neoyorquina algo especial, es ver al Central Park forrado en blanco, con sus carrozas y su pista de hielo en la 58, justo en frente del Hotel Plaza, ese que todos recordamos por una película auténticamente navideña, Mi pobre angelito II: perdido en Nueva York. “Te puedes meter con lo que sea, pero nunca con un niño en navidad”, le dice Kevin McCallister a ­­­­­­­­­los ladrones que pretendían robar su tienda favorita, Duncan Toy Store. La escena, por la que los niños extras recibieron un juguete cada uno, fue grabada e inspirada en FAO Schwarz, una institución que, si no es la tienda de juguetes más grande del mundo, es la tienda más navideña del mundo. “Es un caos contenible, alegre e inocente en el que los niños, preocupantemente, entran en shock”, escribía Susan Orlean en diciembre de 1995 en The New Yorker.

De otra tienda, Macy’s, se trata Milagro en la calle 34, la cinta de 1947 sobre el señor que por accidente tuvo que actuar de Papá Noel en del desfile de Navidad y finalmente, gracias a su insistencia, fue reconocido como el verdadero Papá Noel. En Remember the Night, cinta de 1940, Lee Leander es arrestada el día de navidad por robar en una joyería de Nueva York; el juez la deja libre por la noche y durante la cena Lee se enamora de John Sargent, el oficial asignado para acompañarla; vuelven a la ciudad, y después de ser sentenciada, John le propone matrimonio.

Nueva York en navidad no es solo bienestar. No es solo niños con gorros, guantes y cachetes rojos montados en un trineo. No es solo Bagel con chispas rojas y verdes. También es familias sin casa en los ayuntamientos del Bronx y mexicanos moliendo en una cocina hirviendo en el Greenwich Village. A eso se refería en el 49 John Cheever en su cuento “La navidad es una temporada triste para los pobres”. Así como O’Henry en “The Gift of the Magi”, del 05, en el que una mujer vende su pelo para comprarle a su esposo una cadena para su reloj, cuando el señor ya ha vendido su reloj para comprarle a ella una concha de carey.

Pero si la navidad de los pobres se trata de saber evadirla y olvidarla rápidamente, la de los ricos, naturalmente, se trata de lo contrario. En la cena navideña, Jerusalén es a ‘la novena’ lo que Nueva York es a ‘los regalos’. Y de ahí que vitrinear sea uno de los eventos decembrinos de la ciudad. Las estanterías de Lord & Taylor (en la 5ª con 39) son obras de arte que no promocionan ropa, sino exhiben hasta qué punto puede llegar la imaginación de la navidad. Entrar a la tienda, sentir el alivio de la calefacción, ver el techo alto, oír la música de navidad y comerse un chocolate que le regala en la entrada una niña vestida de El Cascanueces, es una de las prácticas que uno no puede eludir en el diciembre de Manhattan. Como también lo es subir al quinto piso de Sacks (en la 5ª Avenida con 50) y ver a la gente patinar en la pista del Rockefeller. Dicen, y difícil comprobarlo, que la mejor vista se ve desde el vestier de mujeres, donde Jacqueline Kennedy se probaba sus compras en los 70 y hoy lo hace Gisele Bundchen.

Irse de compras en Nueva York en navidad es una tradición milenaria. Hay que pasar por la sección de los niños de Macy’s y ver a Santa Claus prometiéndoles regalos inimaginables a los que hacen la fila. Hay que comprar una bota de navidad en la feria de Bryant Park, donde también se puede patinar. Hay que parar en el lounge de Bloomingdale’s a tomarse un Gin-Tonic viendo Fútbol Americano, el deporte de la navidad gringa. Hay que entrar a la sección de DVDs de Barnes & Noble y comprarle uno al papá. Lo mismo que en la sección de billeteras, sombreros y corbatas de Barney’s. Hay que ver el show de caleidoscopios en la feria navideña de Grand Central. Hay que olvidarse de que las cosas cuestan y pensar que cada regalo que uno compre será de esas esos que uno mira, años después, y le comenta a su esposa: “¿Te acuerdas que compramos esta licorera en la Navidad del 2009 en Nueva York, antes de comernos el pato a la naranja en el sitio francés donde el mesero nos regañó?”

(c) Magnum Photos

Porque Nueva York sustenta, con argumentos, su rol de ser la ciudad donde no se cocina en casa. El Panetón milanés en Grandaisy Bakery, la panadería italiana que sirve el mejor espresso de SoHo al son de Sinatra, es un ejemplo. O la Bouche de Noël francesa en Payard Patisserie & Bistro, la chocolatería que Time Out llamó, en su clásica lista de todos los años, “la primera razón para romper su dieta”, otro. Dice New York Magazine que “el desayuno más fidedigno de navidad está en el Gemma”, el restaurante del Bowery Hotel, en el East Village. Y la tradición dice que la comida más tradicional está en el Maze, del Hotel London, en el Upper West Side.

Nueva York es “la ciudad de los contrastes”, según Gay Talese. Y por eso mismo es la navidad de la diversidad. Los musulmanes celebran el Festival del Sacrificio, los judíos Jánuca, los indios Sankranthi, los Puritanos no celebran nada y los chinos poco se dan por aludidos. Pero así la Catedral de San Patricio (en la 5ª con 50) haga grandes ceremonias en diciembre, la navidad en Nueva York no se trata de rezar. Se trata, por ejemplo, de colarse, a lo Ted Kramer (Dustin Hoffman en Kramer vs. Kramer), a una fiesta empresarial de navidad en cualquiera de los bares gringos que hay en la ciudad (McFadden’s, por ejemplo) a tomar champaña gratis y de paso conseguir un trabajo para el año que viene.

* Publicado en Don Juan

Written by pardodaniel

diciembre 3, 2009 at 9:52 pm

Tres no son redundancia

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Las esquinas de Nueva York son, generalmente, de noventa grados. Como en Bogotá, por ejemplo, acá las manzanas son cuadriculadas. Sin embargo, como toda regla que tiene excepciones, en esta manzana sobresalen algunas esquinas de ángulos obtusos o agudos, y sobre todo de los últimos, dentro de los cuales está uno de los edificios más interesantes de la ciudad, el Flatiron Building, ese triángulo fino de 1902 que apunta al norte desde el Madison Square Park y solo con verlo uno se siente en una foto en blanco y negro tomada por Robert Doisneau en 1951.

En otra esquina aguda de la ciudad, ésta en SoHo, está La Esquina (y sí: vale la redundancia), un establecimiento mexicano cuya descripción tiene que ser separada en tres. Y hay que empezar por el principio.

Porque lo que en realidad queda en la esquina donde se asienta La Esquina (no se pierda: es simple redundancia) es una cafetería sin mesas, con una barra de no más de 10 metros de longitud, donde la gente almuerza tacos de cerdo, chiles rellenos y quesadilla de chorizo; por 6 dólares cada uno en promedio. Poco ordinario, y más bien extraordinario en su ordinariez, éste es un restaurante de combate que vale la pena conocer. Porque no sólo su precio es pertinente, y las mesas que sacan en días soleados apacibles. Sino que, además, es un recinto plagado de originalidad, de colores vivos, suelo adobado y butacas de cuero amarillo, en el que uno puede terminar comiendo parado y cuya forma, para seguir con la redundancia, también tiene forma de triángulo escaleno. La barra empieza en el ángulo opuesto al recto y de ahí el triángulo se va abriendo hasta crear la cocina en su parte más ancha, como si estuviéramos en esa escena de Alicia en el País de las Maravillas donde un cuarto se va achicando hasta convertirse en una puerta diminuta.

La barra que da hacia fuera (donde uno compra para llevar, y tal vez comerse la tostada de cangrejo en la plaza que da al frente, la Plaza Cleveland) está decorada con una vitrina de Jarritos, Chaparritos y Boing, todos refrescos mexicanos de guayaba o tamarindo que desde los 70 no han cambiado su estética y dan una sensación de estar en una tienda perdida en el Desierto Chihuahuense con una sed desalmada.

La segunda clase hacia arriba —la clase media, podríamos decir—, es un café que sirve la misma comida por un precio más alto en mesas más cómodas y con una decoración más elaborada, si bien no necesariamente más sugestiva. La gran diferencia, de hecho, es un pargo rojo frito que vale 15 dólares. El café queda, como es predecible, a la vuelta de la esquina. Lo abrieron un año después de la inesperadamente exitosa inauguración de La Esquina con el mismo nombre, y ha logrado mantenerse desde entonces, 2007, en los recomendados de la guía Zagat con más de 26 puntos. Todo un logro.

La tercera clase (que paradójicamente va para abajo, porque queda en el sótano) es uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Hay que reservar con un mes de anticipación, duele en el bolsillo y no aguantan tenis o shorts. Pero también vale la pena, sobre todo después de las 11, cuando el restaurante se vuelve bar y, con suerte, discoteca. Ésta es, entonces, la clase noble y extravagante de una pirámide social que empieza muy mexicana y termina más bien neoyorkina, con sus reservaciones imposibles y sus bouncers insoportables. La puerta, a propósito, queda dentro de la cafetería y anuncia “Solo empleados”.

El éxito de ésta sociedad tripartita fue un accidente. O, mejor, como diría un genio de los mexicanos, ‘fue sin querer queriendo’. En efecto, la estrategia publicitaria de Serge Becker cuando abrió el sitio era no hacerla, y, más bien, dejar que los clientes fieles vinieran en paz. “No queríamos convertirnos en un sitio exclusivista típico del Meatpacking District”, dijo Serge, dueño también de M.K., Bowery Bar y Joe’s Pub, tres de los bares más importantes de la ciudad. Parece que le salió el tiro por la culata, porque es difícil no ver este sitio a punto de reventarse.

Es hora de reivindicar la redundancia. De celebrar lo pretencioso. Sin arrogancia. Con argumentos. De eso estamos siendo protagonistas en La Esquina, una cafetería que a punta de tacos con doble tortilla se expandió primero a café de clase media y después a restaurante de actores y modelos. Que siga siendo redundante.

* Publicado en Revista Exclama.

Written by pardodaniel

noviembre 18, 2009 at 9:50 pm

La exposición de Tim Burton

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Hay, en general, dos tipos de directores de cine: los artistas y los escritores. Los primeros son los que le dan privilegio a la estética. Los segundos priorizan el guión. Sobre todo, el sabor que deja la exposición de Tim Burton que se muestra actualmente en el Museo de Arte Moderno de Nueva York es que Tim Burton es, más que cualquier cosa, un artista. Si tiene sentido hacer una exhibición de un director de cine, mostrando sus bocetos y escenarios, la de Tim Burton resulta ser la más indicada.

A pesar de que la línea de un inadaptado genio que se supera ha sido su obsesión, el gran hilo conductor del cine de este hombre que superó los traumas familiares a través del dibujo es su estética. Tim Burton es un nerdo del arte, un langaruto asocial que logró triunfar, como sus personajes, en un mundo de mediocridad represiva, de arte elitista. Y de eso habla la exposición: el inhospitable pueblo en el que se crió Burton (Burbank, California) es eje de la muestra. Primero va “Sobreviviendo Burbank”, una presentación de sus primeras tiras cómicas, muchas de ellas con un estilo conocido, como Zlig, El Gigante, una tira del 76 que Burton mandó a Disney y recibió de vuelta una carta del editor que decía, “Está excelente, Tim, pero hay muchas similitudes al Doctor Seuss que encogen tu mercado; pero sigue adelante”. Un par de años después, a sus 22 años, Burton fue contratado como animador en Disney, y eso viene siendo el segundo bloque de la exhibición: “el embellecimiento de Burbank”, una selección de ensayos y cortos que el autor hizo para Disney. Lo más importante de esta etapa, sin embargo, fue Vincent, su primer cortometraje, una revelación del movimiento artístico que Burton ha inaugurado. Por último está “Más Allá de Burbank”, la etapa que ya todos conocemos de Tim Burton que, no obstante, está dotada de todas las maquetas y dibujos que el director le dedica a cada una de sus películas. Acá se da uno cuenta de que cada película es una odisea, que los personajes tienen un común diseminador, que los actores se escogen según los dibujos, y que Burton, más importante, piensa las películas desde su figura, no tanto desde su significado o trama.

Desde que Tim Burton decidió ser dibujante en 1980, poco ha cambiado. Por eso es que hoy es uno de los directores con más celebrados del mundo.

Written by pardodaniel

noviembre 4, 2009 at 9:52 pm

Qué basura

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Virginia A. McHugh nació en marzo de 1929 en Bogota (prenúnciese bogóura), un suburbio de New Jersey de nueve mil habitantes que debe su nombre a la familia Bogert, una de las primeras en poblar el sector a finales del siglo XIX. Allí Virginia fue a la universidad, se casó con un farmacéutico, y dedicó el resto de su vida a criar a sus 4 hijos y a viajar regularmente con su marido, John M. McHugh. Poco después de haberse casado, en el 53, John le regaló a Virgina una valija de cuero rojo marca Samsonite que hoy está a la venta por 49 dólares en Junk, una tienda de artefactos de segunda mano que más que un mercado de pulgas, una bodega o un depósito, es un sitio de culto, un homenaje a las cosas que ya no sirven, un museo de la basura.

Ver a un indigente dormido en una silla reclinomática en buen estado en la mitad de la calle no es un evento extraordinario en Nueva York. Al contrario: ver a la gente botar las cosas que ya no usa sin importar el estado en que estén es sorprendentemente normal. Ver, entonces, una estantería en perfecto estado el frente de un edificio no es solo una anomalía. Es una oportunidad.

Mucha gente se aprovecha de que la gente bota las cosas y arma su casa a punta de recoger lámparas, colchones, comedores y cuadros de un paisaje impresionista con un graffiti encima que dice “Out of Order”. Pero nadie, hasta ahora, hasta que Ellen Baranoff lo dio por armar Junk, había consolidado una tienda de baratijas y rarezas que, por insólitas, pierden practicidad y ganan sensibilidad. Esto es, de nuevo, una exhibición de basura.

“La basura de un hombre es el tesoro de otro hombre. Pero la basura de Nueva York, bueno, eso es arte”, dice el slogan de NYC Garbage, la compañía de Justin Gignac, un artista que en el 2001 empezó a enfrascar negativos, pedazos de cinta, cuerdas, escarapelas y platos usados en unos cubos de plástico transparente que hoy están en muchos de los escritorios de la oficinas más pijas del West Village. La basura y Nueva York son como hermanos, sobre todo si pensamos que en el 2001 cerraron el basurero más grande del mundo en Staten Island, el Fresh Kills Landfill, por falta de medidas preventivas. La basura en Nueva York sirve y es bella.

Y por eso Junk es un sitio excepcional. Porque así Baranoff, de 68 años, parezca restarle relevancia a su establecimiento, el trabajo que hizo en los últimos 25 años, recopilando este mar de artilugios aparentemente inútiles, es increíble. Dice ella que la manera como lo hizo es un secreto, que la tienda que cerró hace 4 años para abrir esta era más pequeña, y que su objetivo en la vida no es ser famosa. Pero es evidente que la recolección es producto de mucho caminar y recoger alrededor de Nueva York. Ellen es, en otras palabras, una recicladora con clase.

De ahí que en Junk, una tienda de al menos una hectárea de grande, se encuentre lo inimaginable en grandes cantidades. Es decir, un retrato gigante del 53 con un señor de bigote en un marco de carey (49 dólares); un plato enorme lleno de botones ($0.75 centavos c/u); un acetato del primer disco de The Velvet Underground, The Velvet Underground & Nico ($23); un VHS de aeróbicos con Cindy Crawford ($1); un muñeco de Tasmania ($0.75); un tenedor de plata ($2); un butaco forrado en charol plateado con escarcha ($40); una lámpara en forma de elefante ($50); una maleta de cuero violeta marca Lady Baltimore ($25); una máquina de escribir de 1954 marca Olivetti Underworld ($56); una edición del 38 de la enciclopedia de química del Smithsonian ($125); una televisión del 57 marca Admiral ($60); un cuadro de la cerveza Blue Ribbon con luz de neón incorporada ($90).

La mayoría de los comentarios que se encuentran en Internet sobre Junk critican sus altos precios. “Me estafaron y la dueña es una perra; me cobró 40 dólares por una mesa noche de juguete que no tenía una pata”, dice Christipher D, de Long Island City. ¿Acaso la basura tiene precio? Virginia A. McHugh, hoy una anciana de 80 años que pasa sus días, todavía en Bogota, entre la iglesia y unas terapias para su cadera artificial, piensa que 50 dólares es un regalo para lo que significa esa maleta roja Samsonite que le regaló su esposo John hace 56 años. Le pregunté si quería que comprara la maleta y se la llevara, pero ella no quiere que la maleta se muera con ella dentro de 10 años. Prefiere, más bien, que “un joven de Williamsburg la use para llevar sus utensilios para pintar”. “La basura —dice— es el símbolo que nos identifica como seres humanos”.

* Publicado en Revista Exclama


Written by pardodaniel

octubre 28, 2009 at 9:53 pm

Aquí vivo yo

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Éstas son las paredes de la estación de metro en la que yo me subo y me bajo del tren todos los días. Queda en el Lower East Side, cerca de Chinatown. Se llama East Broadway. Junto conmigo, se suben y se bajan, a las 8 y 30 de la mañana, un rabino que lee literatura erótica y se viste todos los días igual; un chino que juega alguna cosa que no entiendo en un periódico que menos; un hipster que oye música con unos audífonos rojos gigantes; un mexicano que solo lee la sección de farandula de El Diario; y una mona de tacones altos cargando un mochachino que lee The New Yorker. Yo también leo eso, y me bajo antes que todos, así que no puedo jugar a predecir en qué trabajan según el lugar donde se bajan, juego que sí he hecho y he comprobado que es de lo más divertido que se puede hacer en esta ciudad.

Written by pardodaniel

octubre 5, 2009 at 9:47 pm