Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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Kailash Kalau Singh, 36 años sin bañarse

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No existe manera de entrevistar a Kailash Kalau Singh, el hombre que no se baña hace 36 años. Por un lado, porque el tabaco que masca no le permite hablar correctamente; y una entrevista, se me ocurre, no le parece argumento suficiente para botarlo. Por otro, el hombre responde a todas las preguntas con un inútil porque sí. Y, además, no habla inglés; y el señor que tengo a mi lado —al que llamaré Mi Traductor— lo hace a medias. Por si esto no bastara — teniendo en cuenta que en la India se manejan 18 dialectos oficiales—, entre ellos no comparten el mismo idioma, por lo que, para empezar, las posibilidades de compresión entre nosotros tres son mínimas.

Tampoco hay forma de recalar sin tropiezos en Chatav, el pueblo donde vive Kalau Singh, el hombre que se baña —pensándolo bien, sí se baña— desde hace 36 años con fuego. Porque para llegar desde la polvorienta y caótica estación de la mítica ciudad de Benarés hay que coger un destartalado bus a Phulpoor, un pueblo de carretera, y desde allí no hay transporte público hacia Mangarí, el punto que conecta finalmente con Chatav. Por eso, en Phulpoor uno debe tomar una moto que lo lleve a Mangarí para que, después, un niño en bicicleta lo arrime hasta Chatav, donde yo suponía que sería fácil hallar a Kailash. Pero el personaje, aunque parezca increíble, no es una celebridad en esta región de pueblos minúsculos. En cada una de las villas mencionadas —rodeadas de llanuras con tierra verde y fértil, armadas en su mayoría con casas de barro y calles empedradas— los nativos me recibieron con miradas insolentes, como si estuvieran delante de un extraterrestre. Me tocaban, me hablaban en lenguas indescifrables, me miraban como si fuera una película y, sobre todo, se reían de mí sin vergüenza.

Los indios, hay que decirlo, no tienen concepto de la vergüenza: no les importa nada. Por eso, los niños se paraban frente a mí para analizar mis rasgos, absurdos para su mentalidad. Para ellos, yo era un payaso blanco que vino de un lejano universo preguntando —fotografía en mano— por un granjero que casi no ha salido de su finca en sus 63 años de vida.

***

Llegué a Chatav en la parrilla de la bicicleta de un estudiante de secundaria, un chico flaco con ropa de colegio que parecía ser un buen alumno, un joven aplicado al que no le importó cargar su cuaderno en la mano para que este blanco absurdo, mi persona, pudiera viajar sentado.

Después de conversar todo el camino sobre sus aspiraciones de ser médico, terminamos en el centro del pueblo, en la confluencia de cuatro calles sin pavimentar. Me botó allí como si nada, como si nunca me hubiera conocido, y luego se esfumó.

Entonces comencé a preguntar. Buscaba gente, preferiblemente mayor, que eventualmente pudiera pronunciar alguna palabra en inglés. Y así di con la única tienda que había cerca, donde un montón de ancianos tomaba trago y trataba de no dormirse.

Uno de ellos, de los más borrachos, dijo que hablaba algo de inglés porque había combatido en la Guerra de Corea 30 años atrás, junto al ejército indio. Su nombre nunca lo supe, aunque estuve a su lado más de diez horas. Por eso lo llamé Mi Traductor.

Mi Traductor es un alcohólico sin escrúpulos que se embriaga cada día al frente de todo el mundo a las diez de la mañana y pide plata, sin reservas, con el único objetivo de emborrachase hasta caer. Es calvo, de piel caída, con arrugas marcadas, manos secas de dedos largos y dientes que parecen pedazos de carbón. Debido a el tabaco que masca con frecuencia los tiene negros, muy negros, demasiado negros.

Ese día que lo conocí vestía una camisa roja de lino y pantalones blancos del mismo material; también tenía una bufanda de lana. Estaba dormido; y no se despertó porque le hablara, sino por el ejército de niños curiosos que andaba detrás mío.

A pesar de que mi odisea comenzó a las seis de la mañana, no pude encontrar a Kalau hasta las cuatro de la tarde. Y lo preocupante es que tenía que volver a tiempo a la estación de Benarés, ya que tenía un boleto hacia Bombay a las once de la noche.

Mi Traductor había escuchado acerca de Kalau, pero nunca lo había visto. Sabía lo que todos sabían, de acuerdo a una leyenda en la que no necesariamente creían: que era un viejo huraño padre de siete hijas cuya barba llegaba hasta el piso.

***

Tras un par de llamadas que Mi Traductor hizo desde el único teléfono público del pueblo, y después de una travesía en moto de media de hora, entramos en la casa de Kalau. Los muros, de al menos tres metros de altos, están pintados de azul, un color muy común en las casas de la India porque no genera calor.

Los cuartos, que en su mayoría estuvieron ocupados por sus hijas —que hoy viven en ciudades grandes, ya casadas o estudiando—, quedan en segundos y terceros pisos. Para subir se necesita una escalera portátil hecha de madera. Debajo de cada uno hay barro a modo de cimiento. Y en el centro, en lo que vendría a ser el área social, donde hay unas ollas y una tabla con chile tajado en el piso, está el patio, que también sirve de cocina y es el lugar donde Kalau hace su ritual de limpieza con fuego.

Su esposa, vestida con un sari azul de lentejuelas doradas, nos invita té mientras le esperamos; y al rato aparece él como un fantasma que se asoma sin intenciones de asustar, montado sobre una vieja bicicleta todavía en buen estado. La barba, el más llamativo de sus atributos, va recogida en la cintura. Luce la misma ropa que en la foto de él que encontré en Internet y que fue el origen este viaje: una chompa gris de lana gruesa y un pantalón claro de lino.

—¿Es cierto que no te bañas hace 36 años?—le pregunto sin más preámbulo. Claro y directo.

—Sí.

—¿Por qué? — Porque el agua, para mí, no quita los pecados, sino el fuego.

—¿Entonces te bañas con fuego?

— Sí, todas las noches, a las siete, después de fumar opio.

—Dicen en el pueblo que no te bañas con agua porque estás bravo con Dios, ¿es por qué sólo te ha dado hijas y no hijos?

— No, yo me baño con fuego porque no creo en el baño de agua.

—¿Por qué decidiste, de repente, dejar de bañarte con agua?

—Porque sí.

—¿Qué te llevó a tomar semejante decisión?

—Nada en especial.

—¿Y cómo son tus famosos baños de fuego?

—Me quemo con una llama en un ritual privado.

—¿Nunca te ha dolido, ni siquiera la primera vez?

—No.

—¿No crees que la falta de higiene acabe por enfermar a tus hijas o a tu esposa?

Después de esa última pregunta, Kalau deja de contestar mis inquietudes. Se queda congelado, en silencio, mirando al horizonte, como si estuviera esperando que algo pasara. Pero no está esperando nada.

Los indios no esperan: sólo son. Son lo que nacieron siendo y no lo cambian. No lo buscan cambiar. No pretenden trasformar el mundo para bien o para mal. Sólo están. Ahí. Sin necesidad de alardear de sí mismos o publicitarse.

Quizá por eso, iniciamos, realizamos y terminamos la entrevista en diez minutos. Y yo, seguramente porque soy un pésimo entrevistador, decido no insistirle. El periodismo pretende explicar los hechos insólitos del mundo, sí, pero hay cosas, sobre todo en la India, que simplemente no tienen explicación. Y uno no tiene por qué tratar de dar una o inventársela.

La mujer de Kalau, que desde el principio ha estado pendiente de nosotros de la manera más amable, afirma que su marido jamás ha olido feo, que sus prácticas nunca han sido un problema higiénico. Lo mismo dice la única de sus siete hijas que aquí se encuentra, una niña tranquila, callada y risueña. Y es la verdad: Kalau, cuya piel parece la de un neumático, no huele mal; y su casa, como toda casa de indio, es impecable.

Le pido a Kalau —a su señora y a la horda de niños siempre atenta a lo que conversamos— que me lleve al sitio donde se bañó por última vez hace 36 años. Es un lago seco, deprimido, porque los monzones típicos de la época de lluvias han sido escasos los dos últimos años. Es un simple charco entre dos inmensos potreros forrados de pasto alto y abandonado.

El atardecer cae y Kalau observa este punto con apatía, como si lo hubiera desterrado de su vida. Para mí estamos en un espacio clave para entender esta historia. Pero él se muestra indiferente. Sólo quiere atenderme. Nada más. A su manera.

***

Cuando me despedí de él eran ya las seis de la tarde. En mi travesía nunca pensé en cómo devolverme: solo quería encontrarlo y después mirar.

Por eso, para mi sorpresa, cuando Kalau volvió a entrar a su casa, me encontré en medio de una nada sin luz, sin transporte público ni privado, a cuatro horas de Benarés y a seis de la salida de mi tren.

Mi Traductor, después de que lo convidara a una botella de whiskey que se tomó en dos sorbos, me propuso buscar a su primo, otro borracho despiadado pero más joven e inmaduro que supuestamente me llevaría en su moto-taxi a Benarés.

Cuando lo encontramos, el primo y sus ebrios amigos no le vieron problema a tomarme como un chiste insuperable: decían que no me podrían llevar, que por qué tenía el pelo largo, que me tenían que subir el precio, que por qué no tenía saco en ese frío insolente, que cómo se me ocurría estar ahí a esas horas.

Mi Traductor me invitó entonces, resignado, a dormir en su casa, que me mostró en medio de la oscuridad con la mejor de las voluntades. Era de barro, muy parecida a la de Kalau. Pero los dueños de la mototaxi —miembros de una generación algo más industrial que ve al turismo como objeto de explotación— no paraban de molestarme y de tomar trago con la radio de su vehículo a todo volumen; mientras yo tiritaba de frío y les rogaba que me llevaran por la plata que tenía.

Dos horas más tarde, el primo, cuatro de sus amigos, Mi Traductor y yo íbamos finalmente en una movilidad camino a Benarés, con la música a reventar y dos botellas de whiskey que les había tenido que comprar.

Al de un rato, de repente, en una carretera rodeada de un desierto invisible en mitad de la noche, pararon para doblarme el precio una vez más. Yo me rehusé, ya enervado, y empezaron a amenazarme. Por eso no me quedó otra que asegurarles que pagaría las mil rupias que pedían (25 dólares, una fortuna con la que uno puede vivir un mes en este país).

Me sentía en el mundo de la incertidumbre, preso de un ir y venir desesperante. Hasta que, por arte de magia, llegó la Policía. Los agentes llamaron a los muchachos y, de un momento a otro, sin que yo supiera qué estaba pasando, sin que yo siquiera hubiese abierto la boca, empezaron a pegarles con sus bolillos. A pegarles duro, como cuando uno ve en las noticias que unos policías abusaron de unos civiles, un hecho completamente aceptado en la India.

Yo preguntaba qué pasaba, pero no me metí mucho, por miedo a que me golpearan a mí también. Los detuvieron, me dijeron que “me habían salvado de ser absurdamente estafado, si no violado y secuestrado”, y me llevaron a la estación del tren de Banarés, que estaba, como todas las estaciones en la India, sucia, caliente y llena de zancudos y gente dormida en el piso que parecía llevar unos cuantos años sin bañarse.

Publicado en Revista Pie Izquierdo en Noviembre de 2010

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Written by pardodaniel

noviembre 27, 2010 at 10:51 am