Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

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Comer (y cagar) en la India

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Comer (y cagar) en la India.

La única salida viable de Madurai —una ciudad infernal que uno visita por un templo— era comer, sin parar. Después de ver el bendito templo —cuatro torres esculpidas con figuras en cuanto color se pueda pensar— terminé flotando, sin nada que hacer durante dos días. Y lo único que me quedó, en esa ciudad del sofocante sur de India, fue comer. Madurai es caos: bicitaxis, mototaxis, carros, gente y animales mezclados en estrechas calles desbaratadas… pero también están los mejores puestos de comida del país. Al año, diez millones de personas visitan el templo y solamente por la estación de tren transitan 300 millones de personas. Por eso la oferta gastronómica es de primera.

Caminando entre la multitud descubrí el uttapam, un estilo de pizza india: masa de pancake con verduras exóticas encima, que sirven con una salsa de coco y otra de tomates secos. Después fue la dosa, una crepe rellena de papa y especias. También los idlis, unos ponquecitos hechos de lentejas que sirven con las mismas salsas de coco y tomate. Yo no podía parar. Esto a diez centavos de dólar. Y no tenía nada más que hacer: mi hotel era un depósito y la ciudad, un infierno. Lo único, comer.

Y así fue: comí sin tapujos. Cuando llegó la hora de irme del polvero, sentí el primer retorcijón. Mi barriga iba a estallar en cualquier momento. Y tenía que coger, a medianoche, unos de esos destartalados trenes por los que viajan centenares de personas con las patas afuera de las ventanas. Que roncan como leones borrachos. Lo tuve que haber pensado. Cómo no caí en la cuenta. Llevaba dos meses en India y nada que aprendía: en ese país, más que en cualquier otro, se cumple al pie de la letra la regla animal de que comer es, en efecto, cagar.

CAGAR

Debo empezar diciendo que hay un pueblo, en Himachal Pradesh, en el norte de la India, que se llama Popó. O Poo, en inglés. Y también que la mitad de la gente en ese país caga al aire libre. O sea, algo más de 700 millones de personas cagan, al menos una vez al día, en los ríos, parques, playas, calles y canales de agua de los pueblos.

Se ve a diario desde la ventana del tren: una fila de indios acurrucados, con una botella de agua en la mano, llevando a cabo sus necesidades en pleno potrero. La noción de lo privado en India tiene características únicas. Las casas, por ejemplo, siempre están abiertas, la gente duerme en la sala de su casa y anda desnuda sin problema por lugares públicos. También van al baño en grupo.

El concepto de vergüenza, como se entiende en Colombia, por ejemplo, no existe para los indios. Si le riegan el té encima, la gente no le pide perdón. Si lo despiertan con alaridos, no caen en la cuenta de que eso para usted es un inconveniente. Si por alguna razón extraña les da por pedir perdón, dicen “sorry”, porque en hindi esa palabra no existe.

Lo mismo pasa con las necesidades y propiedades del cuerpo: si todo el mundo caga, si usted y yo lo hacemos todos los días, ¿de qué hay que avergonzarse? Por eso cagan al frente de uno, en la carrilera del tren, al pie de la carretera, frente al templo o el restaurante. Porque no tienen vergüenza. Y, a diferencia de los occidentales, que solo cagamos en nuestra casa y no hablamos del tema con nuestra mamá, los indios son conscientes de que los hombres también somos animales. Que excretan.

Los hábitos bañísticos en India son inverosímiles. Lo primero es que la gente se limpia con la mano. Y de ahí la botella que siempre lleva en la mano ese flaco que anda por ahí agachado plantando sus pinos. Se limpian con la mano porque la comida es demasiado picante y condimentada. En consecuencia, bueno… Entonces: para que no duela, la mano resulta mucho más cómoda que el papel.

A las particularidades gastronómicas también se debe que el carácter de la deposición sea acuarela. Pisar mierda humana en India no es un evento extraordinario, y que esta no sea sólida, tampoco.

Ahora bien: la mano tiene que ser la izquierda. Según el hinduismo, todo lo que viene de ese lado del cuerpo se entiende como desagradable e impuro. Por eso, siempre que uno le vaya a dar la vuelta a un templo tiene que darla con el lado izquierdo del cuerpo hacia afuera. También por esa razón la gente desarrolla habilidades extraordinarias para solo comer —arroz, lentejas, ensalada— con su mano derecha. Por eso en India no se come sopa (¿qué vino primero: la sopa o la cuchara). En muy pocos restaurantes locales hay cubiertos. Y, así uno decida comer con las manos, le tomará años aprender a hacerlo solo con la mano derecha. Al ver que uno toca la comida con la mano izquierda, los indios terminan sintiendo repugnancia por uno. Entonces uno es el cochino. Acá reina la paradoja.

En India, el 20% de la población urbana y el 70% de la población rural no tienen inodoro en su casa. Y los inodoros no son necesariamente dignos de llamarse como tal: hablamos de un hueco en el piso con dos huellas a los lados sobre las cuales uno se agacha y hace del cuerpo. Si tiene suerte, hay un tubo a un lado del que nos podemos agarrar los occidentales, que nos caemos hacia atrás al agacharnos en dos patas.

Con eso, cada indio pone su grano de arena, o de mierda, para contribuir a las 100.000 toneladas de excremento humano que se producen en India a diario en diferentes lugares, como las plantaciones de tomate, de zanahoria o de espinaca; o en los ríos por los que pasa el agua que llega a los baños.

Por la comida, por el agua o por los olores escalofriantes que hay en cada rincón, el 80% de los extranjeros que visitan India se enferman del estómago, hasta tener que volverse expertos en estas prácticas tan naturales y absurdas a la vez: cagar sin papel, sin baño, en público. Tan común es la diarrea en los turistas, que los hoteles ponen negocio de enfermería. Es inevitable: así uno purgue cada sorbo de agua que se toma, así se lave los dientes con agua embotellada, así solo coma en restaurantes formales, así tome las precauciones más paranoicas, igual se va a enfermar. India, en otras palabras, da diarrea.

COMER

Primera paradoja a propósito de la comida: en la India hay un hombre, Prahlad Jani, que lleva 70 años sin comer. Al menos eso dice. Lo tienen en un hospital en el estado de Gujarat, en la costa noroccidental, porque puede tener una condición que ayudaría a salvar vidas. Es un hombre sagrado, o Sadhu, que vive de la espiritualidad. Se cree que es abastecido por una sustancia sagrada que una diosa pone en su paladar. A pesar de que el caso también ha sido llamado un ‘fraude de pueblo’, el Departamento de Investigación y Desarrollo indio —una entidad que ha inventado aviones, creado misiles revolucionarios e innovado con diferentes tipos de bombas— cree que Prahlad puede enseñar a las tropas indias maneras para sobrevivir sin comida. Y que puede curar el hambre, uno de los tantos problemas sociales que padece India, donde hay más gente con hambre que en cualquier otro país del mundo: 200 millones. Y Jani no come ni orina hace 70 años. Aunque todavía no se ha comprobado que lleve siete décadas sin comer, los doctores sospechan que han dado con un caso inédito en la historia de la ciencia universal.

En India es normal ver gente que, por sacrificio religioso, lleva hasta ocho días sin comer. La mayoría de los seres humanos, se estima, pueden durar máximo 50 días sin ingerir ningún tipo de líquidos o alimentos. La huelga de hambre más larga registrada en el Guinness es de 74 días. De acuerdo con el doctor Sudhir Shah, que examinó a Jani en el 2003 durante diez días, su orina se reabsorbe y genera proteínas.

Y si de India es que estamos hablando, con paradojas podemos seguir: McDonald’s, el dispensador de comida rápida gringo, es un restaurante elegante y de clase alta en ese país. Cuando uno viaja en lugares como este, donde todo es una bofetada en su sistema de valores y costumbres, hay momentos en los que uno necesita un refugio, un asilo occidental. McDonald’s sirve para sentirse algo más cerca de casa. Sin embargo, allí lo van a mirar mal, porque va vestido de turista y no tiene modales. Lleva uno dos meses asimilando que los indios simplemente no conciben los modales, pero, cuando uno entra a McDonald’s, ahí sí le piden que se comporte según un código de comportamiento: no subir los codos a la mesa, no hablar con la boca llena, etcétera. Es un restaurante caro, donde las mesas están limpias y los baños tienen agua caliente, toallas y jabón líquido para las manos.

Una paradoja más es que los indios no pueden ni deben comer hamburguesa. Primero porque les toca cogerla con una sola mano, la derecha, y comer hamburguesa con una sola mano es, al menos, incoherente. Además, los indios no comen carne, porque la vaca es un animal sagrado, entonces las hamburguesas que venden en McDonald’s son de pescado o de pollo. Y la última contradicción del asunto: si bien una hamburguesa de McDonald’s es impagable para un indio promedio, esta sigue siendo la hamburguesa más barata del mundo: un dólar con 22 centavos. En 1966, The Economist se inventó el Big Mac Index, un índice monetario que, a través del precio de la legendaria hamburguesa, uno puede calcular la capacidad de poder adquisitivo de las personas según el país. Entonces: así esta sea la Big Mac más barata del mundo, para los indios sigue siendo cara, lo que demuestra que India no es un país pobre, sino un país paupérrimo. Y baratísimo.

Tan barato que uno puede almorzar bien con veinte centavos de dólar. En la calle —el lugar donde uno, finalmente, después de resignarse a que igual se va a enfermar, siempre come— venden sándwiches de vegetales condimentados por ese precio. Por el doble, uno se puede comer, en pleno centro de la ciudad, sentado en un comedor ahí instalado, un plato de lentejas con arroz y acompañamientos. O una empanada de papa con garbanzos, una samosa, por diez centavos. O un cangrejo adobado en azafrán por un dólar. O un pollo con espinacas por un dólar y medio. Más que cosas raras, como sapos o tarántulas —productos que comen en China y Camboya—, en India lo extraordinario no es el producto, sino la forma como está preparado. A las frutas, por ejemplo, siempre les echan sal mezclada con masala, una mezcla de especias. Todo lo condimentan y lo enriquecen de sabor. Lo más raro que yo comí fue sangre de cordero hecha puré y mezclada con huevo por 50 centavos de dólar; esto, junto a un grupo de estudiantes de Ingeniería en la plaza central de Mysore, una ciudad de mercados coloridos y un palacio imponente.

La comida india es un reflejo de lo que es ese país: una mezcla abigarrada imposible de descifrar. Tiene una historia de cinco mil años durante los cuales miles de pueblos se han enfrentado o fusionado con otros, de otras culturas e historias. Las esencias gastronómicas se han perdido, pero sí se han ido enriqueciendo. Esta es una historia de historias indescriptibles.

Se sabe que, hacia el año 3000 a. C., durante el periodo védico, en los valles indios se conocían el sésamo, la berenjena y el cebú, así como diferentes especias: el cardamomo, la pimienta y la mostaza. Con la llegada del budismo y después del hinduismo, hacia el año 2000 a. C., se dejó de comer carne, pues ambas religiones prohíben, de una u otra forma, el consumo de otras especies.

La única forma de comer carne de res en India hoy en día es yendo a Pondicherry, un pueblo que quedó de la pequeña colonia francesa que tuvo lugar en el siglo XVIII.

Cada una de las innumerables facetas del hinduismo tiene su propia cultura gastronómica, y con eso todas las dinastías e imperios que estuvieron en el poder en las distintas regiones impusieron sus propias tradiciones. Lo mismo pasó con todos los viajeros que pasaron por ahí, como Marco Polo o los ingleses, que llegaron en 1617 y adaptaron sus ideas a las costumbres del subcontinente. Los británicos le dieron un nuevo rol al té, por ejemplo, que se cultiva en el norte del país en cantidades industriales, y le dieron un nuevo significado a lo que hoy conocemos como curry, un concepto que en India es distinto a lo que estamos acostumbrados en Occidente. Es decir, el clásico pollo al curry que uno se come en la casa de la mamá, con uvas pasas y maní, no existe en India.

Las bases de la comida india son las diferentes —e infinitas— formas de arroz, vegetales y granos. Curry, en realidad, quiere decir salsa, o mezcla de especias. No es una salsa particular, como creen las mamás. Esta puede ser hecha, según la región del país, con aceite de oliva, coco, mostaza o jengibre. Y de ahí, según su tradición, le echan lo que encuentren: chile, comino, cúrcuma, fenogreco, asafétida, menta, azafrán. En realidad, no es lo que encuentren: cada plato, cada salsa, cada mezcla, tiene su razón de ser, su historia y su sabor. Así un plato pueda llegar a tener hasta setenta especias diferentes y se demore tres días en preparar, ellos sienten la diferencia en el sabor si le ponen una más o una menos.

Lo sienten los norteños de Kashimir si el rogan josh, un curry aromático, no tiene suficiente hinojo o anís. Lo siente la gente del oeste en Gujarat si los pepinos con los que acompañan el tali, un plato de salsas que uno le echa a una tortilla, no están bien remojados en masala. Lo siente la gente costeña de Goa si el aceite de coco en que fritaron el pescado estaba más de dos horas pasado. Lo sienten los del noreste en Assam si el pollo en hierbas de menta no está servido en platos de cerámica. Lo sienten los sureños de Bangalore si la comida no está servida en una hoja de banano.

Lo siente Sanjay Samantaray, el mercader de joyas que me invitó a su casa por tres noches y en mi despedida me hizo un plato característico de su natal Calcuta: scampi, un estilo de langostino gigante de agua dulce, adobado en salsa de coco y frito en aceite de mostaza; acelgas, espinacas y fenogrecos hervidos en agua saborizada con mango y papas en salsa de tamarindo y papaya. Nos sentamos en el piso de mármol de la inmensa casa que comparte con otros amigos mercaderes. Pusimos unos periódicos como individuales, nos lavamos las manos y con ellas comimos como muertos de hambre. Al terminar, ya aplastados de la llenura, después de lavarnos las manos una vez más —porque los indios, así coman con las manos, siempre se las lavan antes y después de comer— probamos el postre: rasgulla, un dulce color marrón hecho de sémola, queso y azúcar. Después, como gran tradición india, nos tomamos un vaso de leche inmenso.

Yo, con esta barriga caprichosa que heredé de Occidente, no dormí un segundo, sino que cagué toda la noche, mientras ellos, botados en los colchones de la sala, roncaron sus pechos como si me quisieran matar.

Es una situación que viví muchas veces en India, sobre todo en el tren que salía de Madurai: estar rodeado de indios que roncaban sus almas mientras mi barriga ardía.

Cuando me subí al tren ya todos iban dormidos y en mi litera iba una viejita espigada de al menos ochenta años. Me tocó sacarla. Traté de dormir y convencerme de que no tendría que depositar en el baño del tren, viendo la carrilera por el hueco del piso. No pude dormir. Entre el ronquido y el tren, esto parecía una guerra. Y los nietos de la viejita no podían dormir. Tuve que cagar, agachado y cogido de un tubo oxidado, a ritmo de tren destartalado.

Estuve tres días intoxicado, encerrado en un hostal en Pondicherry, la colonia francesa que nunca vi. Me quedé sin comer carne en India.

Publicado en Revista SoHo en diciembre de 2011.

Written by pardodaniel

diciembre 25, 2011 at 3:16 pm

El dios rata

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En India cada animal tiene su culto y sus fieles, incluso las repulsivas ratas. Un cronista de SoHo visitó el templo de Karni Mata, donde más de 20.000 ratas comparten espacio y comida con sus devotos.

Estoy ahí, al frente de ese hombre de barba por cuyas piernas, brazos y abdomen corre una infinidad de ratas. Él, con su cuerpo langaruto, y yo, con mi cuerpo occidental, estamos en el mismo lugar, la casa del Dios Rata. Sentados en un piso ajedrezado, él les reza y yo las aborrezco.

Las ratas usan de nido su turbante y se le meten por la camiseta y se reproducen sobre su espalda. Lo arropan, lo cubren. Es un río de ratas que baña a Dadi Dan, un señor de 54 años vestido con un pañalón de lino blanco y una camisa azul. Dadi lleva en sus manos unas tortillas de harina, de las que comen él y las ratas en armonía. Armonía entre animal y humano: entre deidad y devoto.

Son las ratas de siempre, las de las pesadillas: negras, narizonas, basureras, con las orejas rotas, la cola larga y el pelo gris ceniciento, grasoso. Pero para él, para Dadi Dan, son ‘niños sagrados’. Cientos de ‘niños sagrados’ que le recorren todo el cuerpo, que lo olisquean con esa nariz de rata, sospechosa.

Las mismas ratas que caminan con libertad por las alcantarillas y los rieles del metro en Nueva York, que se rascan como gozques y que comen lo que encuentran, ahora corren por el cuello y la ingle de Dadi Dan como Pedro por su casa. Se le trepan por el pelo, le resbalan por la clavícula.

Y yo ahí, occidental, trato de entender esta impactante y milenaria tradición del hinduismo: adorar a las ratas, considerarlas dioses.

***

Rajastán es la región más turística de la India. El desierto Thar, el noveno más grande del mundo, está en su zona occidental, cerca de la frontera con Pakistán. Las principales ciudades indias del desierto son Jaisalmer, que rodea a un soberbio fuerte, y Bikaner, una villa de mercados alborotados que, entre otras atracciones, tiene a 30 kilómetros un templo donde la gente va a adorar, a venerar, a tocar las ratas. Y a comer con ellas. Ratas enjutas, escalofriantes, pestíferas.

El templo no es diferente a los que se ven en cada rincón de la India: en el centro de una plaza donde venden las ofrendas que los peregrinos llevan a sus dioses —dulces, flores, incienso— está el templo Karni Mata. Las paredes de cemento están pintadas de rosado, y en el centro tiene una entrada tallada en mármol que enmarca las dos inmensas puertas de plata, que exhiben relieves con imágenes de ratas. Adentro hay un hall de piso blanco y negro donde la gente hace fila para entrar al altar donde está Karni Mata, el Dios Rata. A la derecha está el criadero de las ratas, un cuarto donde las alimañas caminan unas sobre otras. Es como un hormiguero. Pero de ratas.

Después de quitarse los zapatos —porque, como las casas, los templos en la India no deben ser infectados con lo que viene de afuera— y despojarse de todo el cuero que uno tenga sobre el cuerpo —porque el cuero de vaca es sagrado y usarlo cerca de Dios es una profanación—, uno hace la fila para entrar al altar, un diminuto y oscuro cuarto donde se mezclan las ratas, la gente y las pegajosas ofrendas.

Hasta allá no podemos entrar los no hinduistas, pero podemos ver desde afuera, siempre y cuando nos quitemos los zapatos y soportemos el asco que nos genera estar compartiendo piso con lo que para nosotros es una hueste de bestias enfermizas que hacen sonidos destempladores.

Humanos y roedores beben de las mismas ollas llenas de leche que hay por todo el santuario. Los fieles los tocan, se sientan con ellos, se tiran al piso y les hacen venias. Los niños juegan con ellos como si estuvieran en una piscina de pelotas. Son casi 20.000 los roedores que andan por ahí, mientras los fieles los adoran.

En ese tapete de ratas —muchas malheridas, con las orejas rotas y la cola hecha jirones—, los occidentales debemos caminar en puntas de pies, sin pisarlas, ojalá sin rozarlas, para evitar la multa que uno debe pagar si mata alguna: un pedazo de oro cuyo peso sea igual al de la víctima, 300 gramos en promedio.

Es inevitable preguntarse por las consecuencias higiénicas de compartir comida y aire con estos animales, pero no hay registros que certifiquen que las ratas de Karni Mata hayan originado alguna peste en los 150 años que tiene el templo. Y cierto es que las ratas nunca en su vida salen del recinto, y las que entran son muy pocas, pues afuera del templo solo hay desierto.

Visto de otra manera, no es del todo absurdo adorar a las ratas. Son animales casi perfectos, cuya inteligencia les garantiza un poder de supervivencia del que carecen casi todos los demás mamíferos. Las ratas se adaptan. No tienen buena visión, pero su poder olfativo es infalible. Y, sobre todo, se reproducen: dos ratas son capaces de multiplicarse de manera exponencial, y lo hacen a una velocidad tan abrumadora que en 18 meses una pareja de ratas puede producir un millón de descendientes.

Pocas especies tienen la memoria olfativa de las ratas y casi ninguna puede hacer gala de la capacidad asociativa que ellas tienen. Si una rata cae en una trampa, ninguna de su colonia caerá después en una semejante. Las ratas aprenden de las experiencias de sus congéneres. No se tropiezan dos veces con la misma piedra. Y son cautelosas. Les temen a las novedades. Estudios han comprobado que una rata hambrienta puede durar hasta 17 horas sin probar mendrugos desconocidos de comida por simple precaución, así renuncien a la onza mínima que necesitan para sobrevivir.

Pocos animales pueden corroer con tanta paciencia, sin sobresaltos, lo que una rata muele y digiere con sus 22 dientes, cada uno con diversos grados de dureza que les proporcionan filo permanente, y cada uno con una capacidad de regeneramiento inédito en otros animales. Ningún material puede dejar de ser horadado por una rata paciente. Ni siquiera —y los científicos han hecho pruebas— el hormigón.

Visto de otro modo, son un ejemplo de constancia. Una rata no se rinde. Tras pruebas nucleares en el atolón de las islas Marshall, unos científicos observaron que las ratas, y ningún otro animal, sobrevivieron a punta de raíces, de desperdicios; a punta de buscar la comida rabiosamente, como nadie: incluso buceaban para disputarse crustáceos con los peces. Porque las ratas bucean. Y, según el tipo, saltan hasta un metro. Y pueden caer 20 metros sin lesionarse.


No es claro por qué los occidentales odiamos tanto a las ratas. Será porque transmiten la peste, el tifus, la salmonelosis, la disentería y varias enfermedades más. Y la rabia. Pero han pasado siglos desde la última vez que una rata infectó a un ser humano. Decía el coronel nazi Hans Landa, protagonista de Bastardos sin gloria, que “si tuviera que comparar a los judíos con una bestia, los compararía con las ratas, porque uno no sabe por qué no le gustan, pero tiene claro que los encuentra repugnantes”.

Tal vez no haya razón para odiarlas, o tal vez nos sintamos amenazados por un animal más audaz que nosotros. En Bucarest, las cuatro ratas que hay por habitante se devoran 450.000 toneladas de arroz al año, comida con la que se podrían alimentar tres millones de personas. Aunque apenas viven dos años y medio en promedio, su especie puede devastar lo que necesita la nuestra: las ratas viajan en barcos, se adueñan de las cañerías de las ciudades, se toman las despensas de casas de campo y de apartamentos en las ciudades. Siempre andan en grupo. Nunca hay una rata sola. Las odiamos, porque se trata de ellas o de nosotros. Y por eso nos intimidan, nos dan asco.

Pero en el Karni Mata los únicos intimidados, asqueados, somos los occidentales. Mi experiencia de caminar sin zapatos por el pegajoso piso del templo, al que atraviesan ratas como hormigas, dista mucho de la experiencia mística de los fieles, que parecen pisar nubes del cielo.

***

El templo fue construido por el maharajá (una suerte de rey local) Ganga Singh a comienzos del siglo XX como homenaje a Karni Mata, la líder de un matriarcado que tuvo lugar en el siglo XIV, quien pasó a ser un símbolo espiritual del poder y la victoria gracias a los éxitos que, como emperadora, tuvo en esta región del noroeste indio. Cuando un ahijado suyo murió, ella trató de volverlo a la vida con la ayuda del Dios de la muerte, Tama, quien aceptó reencarnarlo, pero no en humano sino en rata. Desde ahí, todos los pertenecientes a esa casta reencarnan en ratas. Y Karni Mata, la líder de la casta, pasó a ser el Dios Rata. Desde entonces, las ratas en el hinduismo, y sobre todo en esta región y en la casta Charan, son consideradas personas que están en una etapa divina del proceso de reencarnación. “Deificarse con un animal como excusa es un práctica que usaron muchos gobernadores a través de la historia del hinduismo”, le dijo el profesor George Michell a National Geographic.

Los fieles creen que, en todo el templo, cuatro de las casi 20.000 ratas son los dioses mismos. Se reconocen fácilmente porque son blancas, pero muy poca gente las ha podido ver. Son las encarnaciones de la Diosa Mata y sus familiares. La mejor forma de llamarlas es con unos dulces hechos de sémola, harina y trigo: los prasad. Son amarillos, y se sabe que las ratas reconocen este color.

En 1999, el templo fue restaurado y hoy en día es visitado por más de 400.000 peregrinos y 100.000 turistas al año. Navaratri, el festival de nueve días que celebra su existencia, reúne miles de indios y millones de ratas para rendir tributo a Karni Mata, el Dios Rata.

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Las ratas no son los únicos animales deificados en la India. Este es el país de los sumos animales; el reino donde ser animal puede ser más grato que ser humano.

Lo primero que uno recibe cuando llega a Nueva Delhi es una cachetada. El centro de la inmensa capital de la India es el sector más densamente poblado del mundo, parece una visión anticipada del juicio final. Y entre las motos que transitan despavoridas como cucarachas y los carros y las bicicletas y la gente gritando y la pobreza y el olor, las vacas caminan con parsimonia por las calles como si todo ese barullo no fuera con ellas.

Las vacas, así como las ratas, son adoradas en el hinduismo. Por eso uno las ve por el país entero comiéndose la basura de las calles, abandonadas a manera de indigentes que nadie es capaz —por razones morales— de matar. Como nadie se las come ni las mata, y como a cierta edad no dan más leche, la gente las bota a la calle como si fueran un mueble que ya no sirve. Y ahí se quedan, como parte del mugroso mundo callejero que reverbera en la India. Las vacas representan un problema mayor para la salud que las ratas: no solo esparcen enfermedades en la calle, sino que expelen cerca de 200.000 toneladas de excremento por andenes y avenidas, mierda de Dios que ahúma el aire. Devi es el nombre del Dios Vaca.


Los micos, por su parte, no excretan por medio país, pero el occidental también podría considerarlos una peste: le pegan a la gente, se roban los bienes de los turistas y realizan sus prácticas reproductoras —y se masturban— en público. Como son divinos, también se desenvuelven con toda la libertad por el país y tienen sus propios templos, casi siempre incrustados en la punta de una montaña. Hanuman es el nombre del Dios Mico.

La cobra, esa venenosa y temible serpiente, también es sagrada en India. De ahí el tradicional encantador de serpientes que todos hemos visto, el indio acurrucado que con su flauta la hace bailar en una canasta. Es un homenaje, un culto al Dios Cobra. Su veneno produce múltiples muertes anuales, pero desde 1972 es ilegal matarla, porque en la mitología hindú tiene un lugar especial como deidad. Sankarshan es el nombre del Dios Serpiente.

Dentro de este politeísmo hindú, el Dios omnipotente encarna en tres formas diferentes: Brahma, el creador; Vishnu, el preservador, y Shiva, el reproductor. Cada uno —y todos sus descendientes— se asocia con un animal distinto, hasta el punto de que casi todos los animales son un vehículo operador de algún dios.

***

Tatu Dan también tiene su cuerpo forrado con ratas. Es el ‘sacristán’ del templo Karni Mata: se encarga de cuidarlo y mantenerlo en funcionamiento. Y se ocupa, por supuesto, de las ratas: les da leche y comida, limpia los bloques donde se amontonan y de vez en cuando, en la medida de lo posible, cura a las malheridas. También está encargado de liderar los apasionados rezos que se hacen en el templo, con la parafernalia que implica un rezo hinduista.

Como Dadi Dan, Tatu tiene el cuerpo en los huesos. Parece enfermo. Mantiene su uniforme blanco, así su trabajo sea limpiar lo que está sucio; limpiar, entre otras cosas, el excremento de su Dios Rata. Porta un turbante rojo, se acomoda el bigote con una peinilla y camina con propiedad por el templo, sacando su esquelético pecho y con los pies apuntando hacia fuera.

Tatu duerme y come con las ratas desde hace 12 años, cuando voluntariamente se vinculó al templo porque, según dice, las ratas son sus ancestros. “Toda mi familia está acá”, me dijo. Le conté que en Nueva York, donde hace un año una ráfaga de ratas invadió un KFC, hay varias campañas para acabar con estos animales. También le dije que en Occidente tenemos trampas y venenos para ratas. Que las personas las siguen, las matan. Con calma monacal, Tatu me pidió que no le hablara más. Y que saliera del recinto tan pronto acabara mi visita.

Salí. Mientras me limpiaba los pies en la regadera de la entrada —que usan, como en todos los templos, para lavarse las manos antes de entrar al edificio— y me tomaba un jugo de caña exprimido ahí mismo, salió del recinto una pareja de recién casados. Los matrimonios en la India son un carnaval: duran diez días y la gente dilapida la plata que no tiene. El novio, Samarjit, un joven apuesto de piel morena, tenía un vestido con lentejuelas, un turbante con plumas y un collar de flores. Le pregunté por qué había escogido ese lugar para celebrar su matrimonio, y me contó que llevaba toda su vida planeándolo así; que sus “superiores lo habían educado para que así fuera”.

Mientras me lo decía, enfoqué la mirada en la entrada del templo. Y ahí estaba Dadi Dan, todavía forrado en ratas. Le pasaban por encima, lo rodeaban, dormían sobre su turbante. Fue liberador, en medio de todo, salir corriendo de ese torbellino de chillidos del templo de las ratas para encontrar, de regreso en la ciudad, la calma de los ojos amarillos de las vacas, el pitido de las motos y el acoso de los micos. Y de los indios. Ya las ratas se habían quedado atrás. El mundo era, otra vez, un hormiguero. Pero de gente.

Publicado en la revista SoHo en Noviembre de 2010.

Written by pardodaniel

noviembre 22, 2010 at 4:48 pm

El escolta de Piedad Córdoba

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A Carlos le encantan los jugos, sobre todo de sabores ácidos. Esta vez pide de naranja. Está en una panadería cerca del apartamento de la senadora en el centro de Bogotá: 7 a.m., y ella terminó su día tarde (Piedad es parrandera).

Minutos después, con tres de sus siete subalternos, va por la quinta a 80 km/h. Por la vertiginosa avenida, se pasan dos semáforos en rojo. En segundos ya están en pleno centro, caótico y aglomerado: esquivan buses, pitan de manera incesante, hacen cruces prohibidos, sacan los brazos por las ventanas, todo, sin descuidar las armas que llevan a la mano. Llegan a la séptima y alcanzan 120 km/h. Zarandeado por el movimiento, mientras maldice por no haberse terminado su jugo de naranja, Carlos empieza su rutina, que bien podría definirse como una montaña rusa.

Con su Avantel, una pistola, su placa del DAS y cuatro celulares sobre la mesa, Carlos esperaba con sus camaradas en la panadería donde, según él, todo es bueno. Consciente, sin embargo, de que ella saldría en cualquier momento; consciente, también, de que cuando lo llamara su colega que estaba de turno en el lobby del edificio para decirle que el ascensor era pedido desde el piso 13 tendría que saltar, incluso sin pagar la cuenta, para reunirse con la caravana de dos Chevrolets y una Toyota blindada. Suponían todos que la senadora dormiría hasta tarde, pero no: salió recién bañada y con maleta (Piedad es impredecible).

***

Hace cinco años, Carlos Moreno —cuyo verdadero nombre no es ese— es el jefe de escoltas de la congresista más desaprobada de Colombia. Odiada, aborrecida, frágil. En los últimos seis meses, según la más reciente encuesta de Inver-Gallup, su imagen positiva cayó del 42 al 20% y la negativa pasó del 32 al 68%. De todos los políticos presentes en la última indagación, mayo de 2008, ella es la más despreciada.

Se atribuye esto a sus declaraciones exageradas, su relación con Chávez y con las Farc, sus diferencias con el Presidente, su polémico papel en la liberación de secuestrados. Lo que sea, a la senadora liberal cada día la maldicen más colombianos (Piedad polariza). Cada vez frecuenta menos los restaurantes y el cine (Piedad goza), pero adjetivos como negra, guerrillera, lesbiana y apátrida siguen siendo comunes en su día a día.

El pasado 23 de enero fue agredida en un vuelo hacia Caracas. Desde la inmigración del aeropuerto hasta el avión, los insultos no cesaban. Tanto, que el capitán anunció que, si no terminaban los agravios, tendría que devolver el vuelo a Bogotá. Esta es solo una anécdota en un libro inmenso de humillaciones que ha vivido la senadora en los últimos meses. A las que, por cierto, el Ministro del Interior se refirió diciendo que “si ella está en riego, es por ella misma”. Él tiene un esquema de seguridad compuesto por 15 escoltas, a quienes les pagan 50% más —por ser un ministro— del salario base para todos los detectives del DAS. Al senador uribista Germán Vargas Lleras, a quien las Farc le hicieron dos atentados, lo cuidan cerca de 20 guardaespaldas, cuyo salario aumenta 30% de la base —por ser un senador—. A los del presidente Uribe, por su parte, les pagan 70% más. El salario para los detectives que custodian a los políticos del país, en resumen, no depende del nivel de riesgo que implique el personaje, sino de su cargo político. Así, a Carlos le pagan un 1.600.000 del que dice estar satisfecho.

A las agresiones e insultos hay que sumarles los 469 grupos en Facebook en contra de la senadora. Por citar algunos, se destacan “Odiamos a Piedad Córdoba por antipatriota y vender el país”, “Quememos a la senadora Piedad Córdoba”, “Bomba dirigible a Piedad Córdoba”, “Apoyamos a la gente que insultó a Piedad en el avión” y “Quitémosle el turbante, pero con cabeza incluida”. “Un millón de colombianos de bien exigimos la renuncia de Piedad Córdoba” tiene 63.794 miembros y “A que hay 100.000 personas que odiamos a Piedad Córdoba” tiene 22.488 miembros.

Por correo, por fax, por teléfono, Carlos calcula que son al menos diez las amenazas que recibe al día. A Santiago, uno de los asesores políticos de la senadora, le dejó de hablar uno de sus mejores amigos desde que se enteró de su oficio.

El nivel de riesgo que implica la congresista es evidente y su historia lo corrobora. En 1999 fue secuestrada durante varias semanas por Carlos Castaño y su organización paramilitar. Estaba en Medellín y había mandado a dos de sus escoltas a hacer un par de vueltas, ella solo se quedó con uno y se fue para el gimnasio; en el recorrido la embistieron 15 hombres armados y se la llevaron. Al ser liberada, la amenazaron tanto que tuvo que exiliarse con su familia en Canadá. Volvió, y le hicieron otro atentado en Medellín. Desde entonces, tres de sus cuatro hijos viven en el exterior.

¿Le pasará algo? ¿Le harán un atentado? En este país convulsionado, su muerte no es de descartar (Piedad es controvertida). Según la columnista de El Tiempo María Jimena Duzán sería “una tragedia que necesariamente tocaría al gobierno: a quienes han atacado a la senadora opositora en contadas ocasiones —José Obdulio Gaviria y el Ministro del Interior—; como consecuencia, se esperaría que perdieran sus cargos”. Sería un funeral del carácter funesto del de Jaime Garzón, el humorista asesinado en 1999 por los paramilitares. “Así como a él, la convertirían en un mártir que despertaría las voces silenciosas de la oposición”. Según Rafael Nieto, columnista de la revista Semana, “Colombia tiene una coraza que le hace olvidar a sus víctimas, como ha pasado con todos los políticos asesinados en los últimos 20 años”. Además, dice que no faltaría el radical que aplauda el asesinato de la senadora. Las críticas al gobierno por la falta de garantías, sobre todo si se trata de ella, también se harían presentes.

Carlos, por su parte, tendría que ir al trabajo al otro día: presentarse en el DAS para que le asignen otro político por quien dar su vida.

Para que dicha catástrofe no se dé, él se levanta todos los días a las 5 a.m. en su casa, en el occidente de Bogotá. En la sede del DAS en Paloquemao se encuentra con sus siete compañeros donde recogen las dos herramientas que su trabajo les exige: una miniuzi, por cada dos, y tres camionetas, incluida la blindada, para todos. Además, cada uno porta siempre su pistola. A pesar del riesgo, mientras ha trabajado con la senadora nunca ha sentido la muerte cerca. Pero la tensión siempre está presente, como en una manifestación pública, donde la gente está tan cerca de su protegida, que la posibilidad de una sorpresa resulta una amenaza. En el entierro del ex presidente López Michelsen, por ejemplo, el ‘Indio’, otro miembro del grupo de escoltas, tuvo que pegarle un codazo a una persona que se acercó de manera imprudente a la senadora.

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Como todos los días, ella va para Marco Antonio, la peluquería donde le ponen base, pintalabios y le maquillan los ojos. El turbante, en cambio, se lo monta desde su casa (Piedad es vanidosa). Sale en su camioneta de siempre, la blindada. Ni Carlos ni ninguno sabe para dónde se dirige; solo Pablo, el conductor de la Toyota, que no es escolta profesional, sabe cuál es el destino. El recorrido que toman, ahora, no los lleva hacia el aeropuerto, que es la suposición de todos al ver la maleta. No obstante la incertidumbre, ellos van tranquilos: están acostumbrados.

Carlos ve un par de afrodescendientes que esperaban en la puerta de la Alcaldía de Suba y dice: “Es una reunión de afrocolombianos, bajémonos”. Es, como bien supuso el jefe, una reunión de la comunidad afro de Suba con el Alcalde de Bogotá a la que la senadora llega de sorpresa. Cuando se baja, después de esperar un rato dentro de la camioneta, una costumbre suya, la gente la reconoce: la mayoría la aplaude (Piedad es popular) e ingresa con autoridad al evento. Son unas 200 personas que la ovacionan al entrar y ella se sienta en la mesa de la tarima. Carlos, atento, se para a su lado.


Cada uno de los guardaespaldas se sitúa en un lugar estratégico del recinto y el jefe prueba el agua aromática que le llevan a la senadora. Hay discursos y aplausos para el Alcalde y para ella. Ambos, al terminar la reunión, salen por la puerta de atrás. Ella y su escolta se suben a sus respectivas camionetas y la caravana toma un nuevo rumbo.

Entre códigos y claves emitidos por celular, Carlos se entera del número del vuelo, su destino y la hora de partida. En un abrir y cerrar de ojos —tras una embalada carrera por la avenida Boyacá— la senadora ya va para Caracas. El hombre que cuida de su vida, como acostumbra, la ha acompañado hasta la silla del avión.

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Carlos se hace querer por sus allegados, tiene 38 años y le dedica mucho tiempo a su casa. Es de una familia humilde de filiación liberal; su padre trabajaba en la Contraloría y su madre tenía una tienda de barrio. Ambos eran boyacenses y de ellos heredó una casa en Facatativá, a donde va ocasionalmente a leer revistas, tomar cerveza y reunirse con sus amigos. Está casado hace diez años y tiene un hijo de ocho.

Es una persona divertida y su relación con el equipo lo demuestra: todos tienen apodos y él es un referente claro de alegría. Físicamente, se trata de un personaje común y corriente: ni alto ni bajito, ni buenmozo ni feo, ni grande ni pequeño. Su nariz, eso sí, y su calvicie llaman la atención. De vez en cuando se viste de colores llamativos, usa un anillo de oro, dos pulseras y un collar. Además, hace ya más de diez años que se pone todos los días la misma colonia: Hermès.

Del colegio pasó a una escuela técnica de fresadora y de torno. Ejerció en Estufas Haceb, donde tenía que hacer tornillos y le pagaban el salario mínimo. Pasó a una empresa que distribuía muebles, cosa que le gustó, pues la calle es su lugar de trabajo favorito. La sede era en el primer piso de un edificio residencial. Él es muy curioso y por eso se interesó en la historia de un hombre elegante que dejaban ahí todos los días. Se hizo amigo del conductor, se enteró de que el señor era un alto funcionario del DAS y así, pronto, terminó en las filas de la Institución. Escaló rápido, regalándose a cuanta tarea le pusieran, y empezó su carrera de detective.

Su idea es pensionarse en cuatro años. Es detective profesional de grado 11 en una pirámide de 16 escalones. Antes estuvo en las seccionales de Antioquia y Cundinamarca, y esos fueron sus años más agitados, no solo porque su oficio era de detective judicial, sino porque la época de Pablo Escobar era mucho más tensa. Nunca le ha pasado nada, pero al ‘Indio’, por ejemplo, lo hirieron en esos años. Con la senadora nunca han tenido un susto. Esporádicamente, cuando ella viaja, les toca cuidar a diferentes personalidades que les asignan en el DAS. Tienen un día libre por semana y un fin de semana al mes.

A Carlos le gusta su trabajo. Como todo oficio, puede ser monótono, pero lo que le gusta es, precisamente, que los niveles de riesgo y exaltación rompen con esa cotidianidad. Nunca ha matado a alguien, pero sí vio cómo dos de sus compañeros murieron en un tiroteo donde él también estuvo: la captura del paramilitar Ramón Isaza, en La Dorada.

Si bien su oficio implica un alto margen de peligro (Piedad genera riesgo), Carlos se levanta contento todos los días. Su esposa se preocupa, su madre también, pero son pocos en realidad los que saben que cuida a la política más reprochada de Colombia.

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Durante la hora de almuerzo las sensaciones de vértigo descienden. La senadora se dirige a su casa y los escoltas van a los corrientazos aledaños. Dependiendo de la hora en que los citen, ellos escogen el restaurante: si hay tiempo, se van a Los Moscos, en Paloquemao; si no, les gusta El Parque, cerca de la Plaza de Toros. Esta vez, es al segundo.

En el lobby del edificio —donde día y noche hay dos policías— o dentro de las camionetas, se relajan hasta que salga ella y vuelvan los tiempos de adrenalina, que son, digamos, la mitad de su jornada laboral, ya que la otra mitad es, en general, tiempos de espera. La incertidumbre, eso sí, perdura todo el día.

Ella siempre sale retrasada. Por eso, la ida al Congreso por la Circunvalar —una rutina que ya es clara— se caracteriza por el movimiento y el chillido de las llantas. Para rematar, puede que escoja ir caminando o en taxi, decisión que implica una maniobra extraordinaria por parte del esquema de seguridad (Piedad improvisa).

Siempre con Carlos encima, siempre saludando a cuanto fanático la aplaude, la congresista entra a su oficina. Saluda a Elvirita, su secretaria, una mujer tierna que reza por el bienestar de su jefa. Al terminar las plenarias, ella da algunas entrevistas, se reúne cortamente con sus asesores y sale. Por las escaleras alguien la saluda y grita: “Piedad, gracias por todo, que Dios la bendiga”. Minutos después —tras el alboroto de siempre— ella está en su casa, arreglándose para lo que sea que tenga por la noche. ?

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Carlos no tiene opinión personal sobre la senadora: la admira, claro, y la quiere, pero no vas más allá. En lo político mucho menos: puede votar, pero el hecho de que su oficio signifique dar la vida por ella lo hace una persona prácticamente apolítica. No sabe si ella mantiene contactos con las Farc, si tiene novio o si quiere ser presidente. Tampoco pretende saberlo y su discreción es impecable, ya que no solo es muy prudente con sus palabras —mientras mueve sus manos para hacerse explicar—, sino que también es muy sagaz: toda pregunta comprometedora la evade con bromas y afirmaciones tangenciales.

El momento de mayor intimidad en la agenda de Carlos y “la doctora” es en el ascensor del edificio: ahí se comentan las vestimentas, los perfumes (Piedad usa Cartier) y el día. Nunca hay preguntas personales, comentarios políticos u opiniones coyunturales. Su relación está entre lo burlón y lo estrictamente laboral. Ella lo quiere, según él, pues le ha perdonado un par de llegadas tarde por las que cualquier otro político hubiera pedido su relevo. A veces lo regaña (Piedad es grosera), pero no sería, dice, cosa de preocuparse. Se conocieron cuando Carlos custodiaba al ex candidato presidencial Horacio Serpa.

La senadora le dice ‘Payaso’ (Piedad es graciosa) y él le dice la ‘Negra’. Con ella, a diferencia de lo que sugiere la metodología que Carlos aprendió en la escuela del DAS, no se maneja agenda: ya sea por seguridad, gusto personal o por simple improvisación, la blindada siempre va de primera. La ‘Negra’ es, sin duda alguna, su propia jefa de seguridad.

Ella viaja mucho y alguna vez se creó el debate mediático sobre los motivos de sus viajes y la manera como los financia. Como sea, al menos una vez cada 15 días, ella pasa por Medellín, Cali y Caracas. Además, de vez en cuando va a Estados Unidos y a Europa. Sin saber por qué lo hace tanto, Carlos pretende estar siempre informado de dónde está y cuándo va a llegar. Sin embargo, contrario a como quisiera, nunca la acompaña. No entiende por qué no puede ir y tampoco busca respuestas, aunque se puede intuir que es por plata. Igual, él se concentra exclusivamente en cuadrar el esquema de seguridad que recibirá a su protegida en las demás ciudades del país. Por fuera, en cambio, se desentiende del tema. Según él, porque ella es mucho más querida en el exterior —y, por ende, menos vulnerable—. Así, salvo cuando va a su casa en Faca, Carlos nunca sale de Bogotá.

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7:00 p.m. y la senadora sale de su apartamento vestida de rojo y negro. A pesar de la velocidad estrepitosa, la rutina parece clara: van para Marco Antonio y después para Corferias. Carlos va tranquilo, pero con los ojos abiertos: siempre se sienta en el puesto de adelante, lo hace de lado para tener una perspectiva amplia, y lleva su 9 milímetros en la mano; las miniuzis, que a veces sacan dependiendo del lugar, van debajo de los asientos.

A las 8:00 la senadora tiene que presentar una biografía del ex guerrillero Simón Trinidad en la Feria del Libro. Carlos, con los ojos rojos y cara de cansancio, consciente de que la noche puede extenderse, estudia el lugar. Entran a un teatro repleto y ella es aclamada. Entre los invitados están Luis Eladio Pérez, senador recién liberado por las Farc, Yolanda Pulecio, madre de Íngrid Betancourt, y Natalia, la hija de la senadora.

A las 9:30 sale la caravana después de declaraciones y abrazos (Piedad sonríe). Llegan al apartamento y, después de un rato de vacilación en la portería, les anuncian que pueden irse a dormir, para lo cual falta mucho tiempo: vuelven a Paloquemao y tienen que hacer todos los trámites para dejar las armas y las camionetas. En eso se demoran 30 minutos.

El jefe tiene una Toyota que está impecable y podría ser su objeto favorito. Está parqueada cerca del DAS y en ella se va para su casa, a donde regresa a las 11:00 p.m. Agotado, con sus ojeras marcadas, es consciente de que mañana el día será una montaña rusa; consciente, también, de que mañana su vida estará en riesgo.

A Carlos le encantan los jugos, sobre todo de sabores ácidos. Esta vez se toma uno de lulo, que le dejó hecho su esposa en la cocina. (Piedad duerme).


Publicado en Revista SoHo en Julio de 2008.

Written by pardodaniel

julio 27, 2008 at 10:53 am

Publicado en Revista SoHo