Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for mayo 2010

El tren de Wes Andreson

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Existen muchas diferencias entre la Darjeeling Himilayan Railway –la línea del tren entre Siliguri y Darjeeling, dos ciudades montañeras en los Himalayas indios– y The Darjeeling Limited –la línea de tren ficticia que da nombre a la singular película del ya legendario director gringo Wes Anderson.

La verdadera es una de las líneas más famosas del inmenso sistema de trenes indio, porque tiene la particularidad de ir entre las montañas y los pueblo que están entre ellas; porque solo funciona de día y no hay literas sino asientos; porque lo hace sentir a uno en el mundo de la india inglesa anteriora la revolución del 47; y porque el tren parece de juguete, y de ahí que lo llamen The Toy Train. El tren de la película de Anderson, en cambio, se parece más a la clásica línea india de tren: que se desplaza entre inmensas llanuras áridas, que los asientos son literas donde la gente ronca, que la fachada es azul con blanco y que se separa en cinco clases: general –la típica escena de un vagón atiborrado de gente saliéndose por la ventanas y sentadas en el techo–, sleeper –donde la clase media y yo dormimos en una litera inmunda– y las tres diferentes clases de AC –donde los indios ricos y los turistas consentidos viajan con aire acondicionado y literas con sabanas impecables. Los tres hermanos Whitman que protagonizan The Darjeeling Limeted van en AC, cosa que uno puede ver por el color de las literas, que es café y no azul, como son las de sleeper class.

Además del tren, el contexto de las ferrovías es completamente distinto. En el tren de la película van indios clásicos: flacos, practicantes del hinduismo, de pelo negro peinado para un lado, a veces de bigote, mascando tabaco, negros con rasgos de blanco y con una mirada curiosa que los vende como indios rasos. Los que van en el tren en dirección Darjeeling, una ciudad a 2.050 metros sobre el nivel del mar, son gente de otra raza y cultura: tienen ojos rasgados, son mucho más reservados, tienen vergüenza, su comida típica (los momos) tienen raíces chinas, lamayoría son budistas y parecen nepalíes. Y es que la ciudad de Darjeeling queda en la frontera con Nepal, que a su vez tiene grandes influencias tibetanas, yes por eso que la cultura en Darjeeling difiere mucho de la india, que es la que vemos en The Darjeeling Limited.

Parece, entonces, que Wes Anderson se inspiró más en una generalización de lo que es el tren indio que en el ‘Toy Train’ Darjeeling Himilayan Railway. Y que usó el nombre ‘Darjeeling’ porque simplemente sonaba divertido.  Ahora bien: en la película ocurre un evento que sólo, sólo en esta vida, pasa en la India, y es que el tren se pierde. Porque en la India pasan cosas ese tipo de cosas insólitas que usted nunca, nunca en esta vida, va a poder entender o explicar.

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Written by pardodaniel

mayo 20, 2010 at 3:09 pm

36 años sin bañarse

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No hay forma de entrevistar a Kailash Kalau Singh, el hombre que no se baña hace 36 años. Primero, porque la cantidad de tabaco que tiene en su boca no le permite hablar. Y segundo, porque toda pregunta la contesta con el clásico e inútil ‘porque sí’. Además, Kalau no habla inglés y el señor que tenía a mi lado, al que podríamos llamar Mi Traductor, lo hace a medias. No bastando con eso, Kalau habla un dialecto distinto al señor, así que entre ellos se tienen que comunicar en un hindi mediocre, que ninguno habla fluidamente.

Tampoco hay forma de llegar sin tropiezos a Chatav, el pueblo donde vive Kalau Singh, el hombre que se baña hace 36 años con fuego. Porque desde la polvorienta y caótica estación del bus de la mítica ciudad de Banarés hay que coger un destartalado bus a Phulpoor, un pueblo de carretera, de donde no hay buses para llegar a Mangarí, el punto de partida para llegar a Chatav. Por eso uno debe tratar que una moto lo lleve a Mangarí y después que un niño en bicicleta lo arrime a Chatav, donde yo pensaba que sería fácil encontrarlo. Increíblemente, sin embargo, Kalau no es una celebridad en esta región de pueblos minúsculos.

En cada uno de éstos pueblos la gente me recibió con miradas insolentes, como si fuera un extraterrestre o, en efecto, una celebridad. Me tocaban, me hablaban en dialectos indescifrables, me miraban como si yo fuera una película y sobre todo se reían de mí sin vergüenza, porque yo era un payaso blanco que vino de un lejano universo preguntando –foto en mano– por un granjero que no ha salido de su finca en sus 63 años de vida.

Finalmente encontré, después de que el niño me botara de su bicicleta en la mitad de Chatav, un señor que hablaba inglés porque hace 30 años vivió en Corea sirviendo para el ejército indio. Estaba en una tienda con otros viejos, también langarutos y despreocupados. Su nombre nunca lo supe, a pesar de haber estado más de 10 horas a su lado, y por eso acá lo llamo Mi Traductor.

Mi Traductor era un alcohólico sin escrúpulos, que se emborracha al frente de todos a las 10 de la mañana y pide plata, sin reservas, con el exclusivo objetivo de emborrachase hasta caer. Cuando lo conocí estaba dormido de la rasca y lo desperté, porque detrás mío llevaba una horda de niños curiosos persiguiéndome.

A pesar de haber salido de mi hotel en Banarés a las 6 de la mañana y haber dejado mi maleta en la estación de tren a las 6 y 30, puesto que tenía un tren a las 12 de la noche, solo pude conocer a Kalau a las 4 de la tarde. Mi Traductor sabía de él, pero nunca lo había visto e incluso pensaba que era una legenda. Había oído que era un hombre viejo que nunca había salido de su casa y que tenía siete hijas. Que tenía un ritual raro con el fuego y que su barba le llegaba hasta el piso.

Después de un par de llamadas que Mi Traductor hizo desde el único teléfono público del pueblo, y después de una travesía en moto de media hora, llegamos a la casa de barro de Kalau, el hombre que no se baña hace 36 años. Lo esperamos, su esposa nos dio té y finalmente llegó, con su barba recogida en la cintura y una bicicleta vieja pero en buen estado. Empezamos, realizamos y terminamos la entrevista en diez minutos, porque, como decía, mi traductor y Kalau no se entendían, y Kalau no podía hablar.

¿Es cierto que no te bañas hace 36 años? Sí. ¿Por qué? Porque el agua, para mí, no quita los pecados, sino el fuego. ¿Entonces te bañas con fuego? Sí, todas las noches a las 7, después de fumar opio. ¿Dicen en el pueblo que no te bañas con agua porque estás bravo con Dios, que solo te ha dado hijas y no hijos? No, yo me baño con fuego porque no creo en el baño de agua. ¿Por qué decidiste, de repente, dejarte de bañar con agua? Porque sí. ¿Qué te llevó a tomar la decisión? Nada en especial. ¿Cómo son tus baños de fuego? Me quemo con una llama en un ritual privado. ¿Nunca te ha dolido, ni siquiera la primera vez, hace 36 años? No. ¿No crees que la falta de higiene puede traerle enfermedades a tus hijas y tu esposa?

Después de esa pregunta Kalau dejó de contestar mis inquietudes. Se quedó congelado, en silencio, mirando al horizonte, como si estuviera esperando a que algo pasara. Pero no estaba esperando. Solo estaba ahí, callado. Y yo, seguramente porque soy un pésimo entrevistador, decidí no insistirle, sino quedarme con la idea de que no tengo por qué, en mi obsesión periodística prejuiciosa, darle razones a las prácticas y decisiones de Kalau, las cuales él tampoco estaba interesado en revelarme. Es cierto que el periodismo pretende explicar las cosas insólitas del mundo, pero hay cosas, sobre todo en la India, que simplemente no tienen explicación. Y yo no tengo por qué tratar de darles mi interpretación occidental o, mucho menos, inventármela.

Su mujer dijo que nunca le había olido feo y que sus prácticas nunca habían sido un problema higiénico. Y lo cierto es que Kalau, cuya piel parece un neumático, no huele feo y su casa, como toda casa de un indio, es impecable.

Por último le pedí que me mostrara la casa y que me llevara al lago donde se bañó por última vez, hace 36 años, una anécdota de la que él no se acuerda y ni le interesa acordarse. Me despedí de él a las 6 de la tarde. Y ahí me encontré, en medio de una nada sin luz, sin transporte público ni privado, a cuatro horas de Banarés y a 6 de la salida de mi tren.

Mi traductor me llevó, después de que lo invitara a una botella de whiskey que se tomó en dos sorbos, a donde su primo, también un borracho, para que me llevara en su moto taxi a Banarés. Y, como debí esperarlo, el primo y sus amigos, todos ebrios, me tomaron como el mejor de los chistes: que no me podrían llevar, que por qué tenía el pelo largo, que me tenían que subir el precio, que por qué no tenía saco en ese frío insolente, que cómo se me ocurrió estar en ese medio de la nada a esas horas. Dos horas después, el primo, cuatro de sus amigos, mi traductor y yo, íbamos camino a Banarés, con música a todo volumen y dos botellas de whiskey que yo, a punto de llorar, había tenido que comprar. En un momento, en la mitad de una carretera destapada rodeada de potreros infinitos, pararon para doblarme, una vez más, el precio que me iban a cobrar. Yo me rehusé y ellos empezaron a gritarme y amenazarme, hasta que les dije que bueno, que les pagaba las mil rupias (25 dólares, una fortuna en la India). Después llegó la Policía, que los llamó a todos y de un momento a otro, sin que yo supiera qué estaba pasando, empezaron a pegarles con los bolillos. Yo preguntaba qué pasaba, pero no me metí mucho, por miedo a que me pegaran a mí también. La policía los cogió presos, dijeron que “me habían salvado de ser absurdamente estafado, si no violado y secuestrado”, y me llevaron a la estación del tren de Banarés, que estaba, como todas las estaciones en la India, sucia y caliente y llena de zancudos y gente dormida en el piso.

Written by pardodaniel

mayo 19, 2010 at 3:08 pm

De mierda y otros demonios

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Empezando con que hay un pueblo, en Himachal Pradesh, al norte de la India, que se llama Popó. O Poo, en inglés. Y siguiendo con que la mitad de la gente en ese país caga al aire libre. O sea, algo más de 700 millones de personas cagan, al menos una vez al día, en los ríos, los parques, las playas, las calles y, como el niño de la foto, las canales de agua de los pueblos.

Cuando uno va en un tren o un bus, una de las imágenes más frecuentes es ver en un potrero una fila de indios acurrucados, con una botella de agua en la mano, llevando a cabo sus necesidades. La noción de lo privado en la India tiene características impresionantes, como que las casas siempre estén abiertas, que la gente siempre duerma en la sala de su casa y que la gente ande desnuda sin problema por lugares públicos. Otra es que la gente vaya al baño en grupo.

Los indios, y no las indias, no se sienten avergonzados de nada, y mucho menos del cuerpo y de las necesidades que éste tiene. Acá, de hecho, estamos hablando de la población masculina, porque la femenina está destinada a la casa y encargarse de ella. Nada más. Y por eso sí se preocupan, la mayoría de las veces, por no ser vistas cuando excretan.

Pero muchas otras características hacen de los hábitos bañísticos en la India unos enormemente extraordinarios. Una es que la gente se limpia con la mano, debido a las también extremas formas de condimentar la comida, que es picante cuando sale y cuando entra. Así que para que no duela, la mano resulta mucho más cómoda. A las particularidades gastronómicas también se debe que el carácter de la deposición sea acuarela.

Por otro lado, literalmente, la mano tiene que ser la izquierda, porque todo lo que viene de ese lado del cuerpo se entiende como desagradable, y de ahí que la gente desarrolle habilidades increíbles para solo comer con su mano derecha y que cuando uno le vaya a dar la vuelta a un templo siempre lo tenga que hacer con el lado izquierdo del cuerpo hacia afuera.

En la India, el 20% de la población urbana y el 70% de la población rural no tienen inodoro en su casa. Y los inodoros no son necesariamente dignos de llamarse como tal, sino que hablamos de un hueco en el piso con dos huellas a los lados donde uno debe poner sus pies, acurrucarse y hacer del cuerpo.

Con eso, cada uno de ellos pone su grano de arena para contribuir a las 100,000 toneladas de excremento humano que se producen en la India a diario en diferentes plantaciones de tomate, zanahoria o espinaca; en ríos por los que pasa el agua que usa la gente en sus baños. Por eso, cuando uno va a la India, se enferma una y otra vez, hasta tener que volverse experto en éstas prácticas tan naturales y absurdas a las vez.

Written by pardodaniel

mayo 11, 2010 at 3:07 pm