Daniel Pardo's Blog

Un reguero de letras, por Daniel Pardo

Archive for diciembre 2011

Comer (y cagar) en la India

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Comer (y cagar) en la India.

La única salida viable de Madurai —una ciudad infernal que uno visita por un templo— era comer, sin parar. Después de ver el bendito templo —cuatro torres esculpidas con figuras en cuanto color se pueda pensar— terminé flotando, sin nada que hacer durante dos días. Y lo único que me quedó, en esa ciudad del sofocante sur de India, fue comer. Madurai es caos: bicitaxis, mototaxis, carros, gente y animales mezclados en estrechas calles desbaratadas… pero también están los mejores puestos de comida del país. Al año, diez millones de personas visitan el templo y solamente por la estación de tren transitan 300 millones de personas. Por eso la oferta gastronómica es de primera.

Caminando entre la multitud descubrí el uttapam, un estilo de pizza india: masa de pancake con verduras exóticas encima, que sirven con una salsa de coco y otra de tomates secos. Después fue la dosa, una crepe rellena de papa y especias. También los idlis, unos ponquecitos hechos de lentejas que sirven con las mismas salsas de coco y tomate. Yo no podía parar. Esto a diez centavos de dólar. Y no tenía nada más que hacer: mi hotel era un depósito y la ciudad, un infierno. Lo único, comer.

Y así fue: comí sin tapujos. Cuando llegó la hora de irme del polvero, sentí el primer retorcijón. Mi barriga iba a estallar en cualquier momento. Y tenía que coger, a medianoche, unos de esos destartalados trenes por los que viajan centenares de personas con las patas afuera de las ventanas. Que roncan como leones borrachos. Lo tuve que haber pensado. Cómo no caí en la cuenta. Llevaba dos meses en India y nada que aprendía: en ese país, más que en cualquier otro, se cumple al pie de la letra la regla animal de que comer es, en efecto, cagar.

CAGAR

Debo empezar diciendo que hay un pueblo, en Himachal Pradesh, en el norte de la India, que se llama Popó. O Poo, en inglés. Y también que la mitad de la gente en ese país caga al aire libre. O sea, algo más de 700 millones de personas cagan, al menos una vez al día, en los ríos, parques, playas, calles y canales de agua de los pueblos.

Se ve a diario desde la ventana del tren: una fila de indios acurrucados, con una botella de agua en la mano, llevando a cabo sus necesidades en pleno potrero. La noción de lo privado en India tiene características únicas. Las casas, por ejemplo, siempre están abiertas, la gente duerme en la sala de su casa y anda desnuda sin problema por lugares públicos. También van al baño en grupo.

El concepto de vergüenza, como se entiende en Colombia, por ejemplo, no existe para los indios. Si le riegan el té encima, la gente no le pide perdón. Si lo despiertan con alaridos, no caen en la cuenta de que eso para usted es un inconveniente. Si por alguna razón extraña les da por pedir perdón, dicen “sorry”, porque en hindi esa palabra no existe.

Lo mismo pasa con las necesidades y propiedades del cuerpo: si todo el mundo caga, si usted y yo lo hacemos todos los días, ¿de qué hay que avergonzarse? Por eso cagan al frente de uno, en la carrilera del tren, al pie de la carretera, frente al templo o el restaurante. Porque no tienen vergüenza. Y, a diferencia de los occidentales, que solo cagamos en nuestra casa y no hablamos del tema con nuestra mamá, los indios son conscientes de que los hombres también somos animales. Que excretan.

Los hábitos bañísticos en India son inverosímiles. Lo primero es que la gente se limpia con la mano. Y de ahí la botella que siempre lleva en la mano ese flaco que anda por ahí agachado plantando sus pinos. Se limpian con la mano porque la comida es demasiado picante y condimentada. En consecuencia, bueno… Entonces: para que no duela, la mano resulta mucho más cómoda que el papel.

A las particularidades gastronómicas también se debe que el carácter de la deposición sea acuarela. Pisar mierda humana en India no es un evento extraordinario, y que esta no sea sólida, tampoco.

Ahora bien: la mano tiene que ser la izquierda. Según el hinduismo, todo lo que viene de ese lado del cuerpo se entiende como desagradable e impuro. Por eso, siempre que uno le vaya a dar la vuelta a un templo tiene que darla con el lado izquierdo del cuerpo hacia afuera. También por esa razón la gente desarrolla habilidades extraordinarias para solo comer —arroz, lentejas, ensalada— con su mano derecha. Por eso en India no se come sopa (¿qué vino primero: la sopa o la cuchara). En muy pocos restaurantes locales hay cubiertos. Y, así uno decida comer con las manos, le tomará años aprender a hacerlo solo con la mano derecha. Al ver que uno toca la comida con la mano izquierda, los indios terminan sintiendo repugnancia por uno. Entonces uno es el cochino. Acá reina la paradoja.

En India, el 20% de la población urbana y el 70% de la población rural no tienen inodoro en su casa. Y los inodoros no son necesariamente dignos de llamarse como tal: hablamos de un hueco en el piso con dos huellas a los lados sobre las cuales uno se agacha y hace del cuerpo. Si tiene suerte, hay un tubo a un lado del que nos podemos agarrar los occidentales, que nos caemos hacia atrás al agacharnos en dos patas.

Con eso, cada indio pone su grano de arena, o de mierda, para contribuir a las 100.000 toneladas de excremento humano que se producen en India a diario en diferentes lugares, como las plantaciones de tomate, de zanahoria o de espinaca; o en los ríos por los que pasa el agua que llega a los baños.

Por la comida, por el agua o por los olores escalofriantes que hay en cada rincón, el 80% de los extranjeros que visitan India se enferman del estómago, hasta tener que volverse expertos en estas prácticas tan naturales y absurdas a la vez: cagar sin papel, sin baño, en público. Tan común es la diarrea en los turistas, que los hoteles ponen negocio de enfermería. Es inevitable: así uno purgue cada sorbo de agua que se toma, así se lave los dientes con agua embotellada, así solo coma en restaurantes formales, así tome las precauciones más paranoicas, igual se va a enfermar. India, en otras palabras, da diarrea.

COMER

Primera paradoja a propósito de la comida: en la India hay un hombre, Prahlad Jani, que lleva 70 años sin comer. Al menos eso dice. Lo tienen en un hospital en el estado de Gujarat, en la costa noroccidental, porque puede tener una condición que ayudaría a salvar vidas. Es un hombre sagrado, o Sadhu, que vive de la espiritualidad. Se cree que es abastecido por una sustancia sagrada que una diosa pone en su paladar. A pesar de que el caso también ha sido llamado un ‘fraude de pueblo’, el Departamento de Investigación y Desarrollo indio —una entidad que ha inventado aviones, creado misiles revolucionarios e innovado con diferentes tipos de bombas— cree que Prahlad puede enseñar a las tropas indias maneras para sobrevivir sin comida. Y que puede curar el hambre, uno de los tantos problemas sociales que padece India, donde hay más gente con hambre que en cualquier otro país del mundo: 200 millones. Y Jani no come ni orina hace 70 años. Aunque todavía no se ha comprobado que lleve siete décadas sin comer, los doctores sospechan que han dado con un caso inédito en la historia de la ciencia universal.

En India es normal ver gente que, por sacrificio religioso, lleva hasta ocho días sin comer. La mayoría de los seres humanos, se estima, pueden durar máximo 50 días sin ingerir ningún tipo de líquidos o alimentos. La huelga de hambre más larga registrada en el Guinness es de 74 días. De acuerdo con el doctor Sudhir Shah, que examinó a Jani en el 2003 durante diez días, su orina se reabsorbe y genera proteínas.

Y si de India es que estamos hablando, con paradojas podemos seguir: McDonald’s, el dispensador de comida rápida gringo, es un restaurante elegante y de clase alta en ese país. Cuando uno viaja en lugares como este, donde todo es una bofetada en su sistema de valores y costumbres, hay momentos en los que uno necesita un refugio, un asilo occidental. McDonald’s sirve para sentirse algo más cerca de casa. Sin embargo, allí lo van a mirar mal, porque va vestido de turista y no tiene modales. Lleva uno dos meses asimilando que los indios simplemente no conciben los modales, pero, cuando uno entra a McDonald’s, ahí sí le piden que se comporte según un código de comportamiento: no subir los codos a la mesa, no hablar con la boca llena, etcétera. Es un restaurante caro, donde las mesas están limpias y los baños tienen agua caliente, toallas y jabón líquido para las manos.

Una paradoja más es que los indios no pueden ni deben comer hamburguesa. Primero porque les toca cogerla con una sola mano, la derecha, y comer hamburguesa con una sola mano es, al menos, incoherente. Además, los indios no comen carne, porque la vaca es un animal sagrado, entonces las hamburguesas que venden en McDonald’s son de pescado o de pollo. Y la última contradicción del asunto: si bien una hamburguesa de McDonald’s es impagable para un indio promedio, esta sigue siendo la hamburguesa más barata del mundo: un dólar con 22 centavos. En 1966, The Economist se inventó el Big Mac Index, un índice monetario que, a través del precio de la legendaria hamburguesa, uno puede calcular la capacidad de poder adquisitivo de las personas según el país. Entonces: así esta sea la Big Mac más barata del mundo, para los indios sigue siendo cara, lo que demuestra que India no es un país pobre, sino un país paupérrimo. Y baratísimo.

Tan barato que uno puede almorzar bien con veinte centavos de dólar. En la calle —el lugar donde uno, finalmente, después de resignarse a que igual se va a enfermar, siempre come— venden sándwiches de vegetales condimentados por ese precio. Por el doble, uno se puede comer, en pleno centro de la ciudad, sentado en un comedor ahí instalado, un plato de lentejas con arroz y acompañamientos. O una empanada de papa con garbanzos, una samosa, por diez centavos. O un cangrejo adobado en azafrán por un dólar. O un pollo con espinacas por un dólar y medio. Más que cosas raras, como sapos o tarántulas —productos que comen en China y Camboya—, en India lo extraordinario no es el producto, sino la forma como está preparado. A las frutas, por ejemplo, siempre les echan sal mezclada con masala, una mezcla de especias. Todo lo condimentan y lo enriquecen de sabor. Lo más raro que yo comí fue sangre de cordero hecha puré y mezclada con huevo por 50 centavos de dólar; esto, junto a un grupo de estudiantes de Ingeniería en la plaza central de Mysore, una ciudad de mercados coloridos y un palacio imponente.

La comida india es un reflejo de lo que es ese país: una mezcla abigarrada imposible de descifrar. Tiene una historia de cinco mil años durante los cuales miles de pueblos se han enfrentado o fusionado con otros, de otras culturas e historias. Las esencias gastronómicas se han perdido, pero sí se han ido enriqueciendo. Esta es una historia de historias indescriptibles.

Se sabe que, hacia el año 3000 a. C., durante el periodo védico, en los valles indios se conocían el sésamo, la berenjena y el cebú, así como diferentes especias: el cardamomo, la pimienta y la mostaza. Con la llegada del budismo y después del hinduismo, hacia el año 2000 a. C., se dejó de comer carne, pues ambas religiones prohíben, de una u otra forma, el consumo de otras especies.

La única forma de comer carne de res en India hoy en día es yendo a Pondicherry, un pueblo que quedó de la pequeña colonia francesa que tuvo lugar en el siglo XVIII.

Cada una de las innumerables facetas del hinduismo tiene su propia cultura gastronómica, y con eso todas las dinastías e imperios que estuvieron en el poder en las distintas regiones impusieron sus propias tradiciones. Lo mismo pasó con todos los viajeros que pasaron por ahí, como Marco Polo o los ingleses, que llegaron en 1617 y adaptaron sus ideas a las costumbres del subcontinente. Los británicos le dieron un nuevo rol al té, por ejemplo, que se cultiva en el norte del país en cantidades industriales, y le dieron un nuevo significado a lo que hoy conocemos como curry, un concepto que en India es distinto a lo que estamos acostumbrados en Occidente. Es decir, el clásico pollo al curry que uno se come en la casa de la mamá, con uvas pasas y maní, no existe en India.

Las bases de la comida india son las diferentes —e infinitas— formas de arroz, vegetales y granos. Curry, en realidad, quiere decir salsa, o mezcla de especias. No es una salsa particular, como creen las mamás. Esta puede ser hecha, según la región del país, con aceite de oliva, coco, mostaza o jengibre. Y de ahí, según su tradición, le echan lo que encuentren: chile, comino, cúrcuma, fenogreco, asafétida, menta, azafrán. En realidad, no es lo que encuentren: cada plato, cada salsa, cada mezcla, tiene su razón de ser, su historia y su sabor. Así un plato pueda llegar a tener hasta setenta especias diferentes y se demore tres días en preparar, ellos sienten la diferencia en el sabor si le ponen una más o una menos.

Lo sienten los norteños de Kashimir si el rogan josh, un curry aromático, no tiene suficiente hinojo o anís. Lo siente la gente del oeste en Gujarat si los pepinos con los que acompañan el tali, un plato de salsas que uno le echa a una tortilla, no están bien remojados en masala. Lo siente la gente costeña de Goa si el aceite de coco en que fritaron el pescado estaba más de dos horas pasado. Lo sienten los del noreste en Assam si el pollo en hierbas de menta no está servido en platos de cerámica. Lo sienten los sureños de Bangalore si la comida no está servida en una hoja de banano.

Lo siente Sanjay Samantaray, el mercader de joyas que me invitó a su casa por tres noches y en mi despedida me hizo un plato característico de su natal Calcuta: scampi, un estilo de langostino gigante de agua dulce, adobado en salsa de coco y frito en aceite de mostaza; acelgas, espinacas y fenogrecos hervidos en agua saborizada con mango y papas en salsa de tamarindo y papaya. Nos sentamos en el piso de mármol de la inmensa casa que comparte con otros amigos mercaderes. Pusimos unos periódicos como individuales, nos lavamos las manos y con ellas comimos como muertos de hambre. Al terminar, ya aplastados de la llenura, después de lavarnos las manos una vez más —porque los indios, así coman con las manos, siempre se las lavan antes y después de comer— probamos el postre: rasgulla, un dulce color marrón hecho de sémola, queso y azúcar. Después, como gran tradición india, nos tomamos un vaso de leche inmenso.

Yo, con esta barriga caprichosa que heredé de Occidente, no dormí un segundo, sino que cagué toda la noche, mientras ellos, botados en los colchones de la sala, roncaron sus pechos como si me quisieran matar.

Es una situación que viví muchas veces en India, sobre todo en el tren que salía de Madurai: estar rodeado de indios que roncaban sus almas mientras mi barriga ardía.

Cuando me subí al tren ya todos iban dormidos y en mi litera iba una viejita espigada de al menos ochenta años. Me tocó sacarla. Traté de dormir y convencerme de que no tendría que depositar en el baño del tren, viendo la carrilera por el hueco del piso. No pude dormir. Entre el ronquido y el tren, esto parecía una guerra. Y los nietos de la viejita no podían dormir. Tuve que cagar, agachado y cogido de un tubo oxidado, a ritmo de tren destartalado.

Estuve tres días intoxicado, encerrado en un hostal en Pondicherry, la colonia francesa que nunca vi. Me quedé sin comer carne en India.

Publicado en Revista SoHo en diciembre de 2011.

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diciembre 25, 2011 at 3:16 pm

El personaje del año soy yo

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Porque acostumbré a mi estómago a cagar todos los días después del desayuno. Porque empecé a usar seda dental. Porque me aprendí “El ratón” en guitarra. Porque me lavé el pelo cada tres días. Porque dejé de ir a fiestas que nunca quise ir. Porque aprendí a subir el andén y andar sin manos en la bicicleta. Porque aprendí a hacer humus. Porque me bañé mucho menos de 365 veces.

Pero, un momento, ¿a usted qué le importa todo esto? Pues parece que sí le importa, y mucho. Que, por patético que sea, es mi vida. Y las irrelevancias que yo pienso sobre mí y para mí. El egocentrismo, el lector se ha pronunciado, paga.

Ni el más experto en estudios de audiencias se esperaba el número de mensajes, columnas y comentarios que generaron las recientes renuncias públicas de Carolina Sanín y Camilo Jiménez; que, aunque diferentes en espíritu, ambas dos renuncias ególatras. ¿Por qué tanto alboroto? ¿Por qué a usted le gustan tanto las disertaciones en primera persona? ¿Qué es eso del ser humano íntimo que tanto le llama la atención?

No es fácil de responder. Lo dijo Jiménez: “Si hubiera sabido que iba a salir en los medios, no habría dicho que fumaba marihuana”. Los lectores son un ente impredecible e indescifrable. Suele pasarle al que vive de publicar barrabasadas: cuando uno cree que escribe un buen artículo, nadie lo lee. Pero cuando manda un comentario espontáneo y banal, a la gente le fascina. Hay algo de usted que los publicadores no logramos entender.

Y más si se trata del lector en internet, que es ecléctico, crítico, vacilante, participativo. Por eso dicen que la clave de una publicación en internet es conocer a la audiencia: entre más sepamos de ella, más y mejor contenido sobre lo que quiere le podemos dar. En ese sentido, el publicador tendrá mejores argumentos para vender su contenido a los anunciantes. Y ahí está su negocio. El estudio de la audiencia era más una práctica de la publicidad que del periodismo, que ahora ha debido adoptarla a la fuerza. Tan a la fuerza, que no lo ha sabido hacer. Y de ahí esta crisis de la que hablan.

Las audiencias de los viejos medios eran menos cambiantes, menos aleatorias. Las audiencias de ahora son un hoyo negro. Y les encantan los soliloquios egocéntricos.

Las controversias de Sanín y Jimenez son fenómenos típicos del internet. Sin él este barullo no se habría dado. Primero, porque las repuestas fueron inmediatas y se dieron en caliente. Incluso yo caí en la trampa de dar mi opinión sobre el asunto. Lo hice rápido, y llovieron las visitas. No me arrepiento, ni cambio de opinión, pero acepto que fui víctima de la calentura que fomenta la red. Lo cual no es necesariamente malo: así son los nuevos medios.

Por otro lado, estas controversias son dignas hijas de la red porque son revelaciones íntimas. Iban en primera persona. Y eso a usted, cibernauta caprichoso, le fascina.

Recuerde el copy de YouTube: “Broadcast yourself” (transmita usted mismo). El internet le dio una nueva función a la vida privada y, por consiguiente, a la primera persona. Que, sí, venía en proceso de reivindicación desde que Hunter Thompson y sus secuaces empezaron a escribir así en los sesenta; pero con el internet se disparó. Ahora el periodismo es un reality. Y sobre todo en Colombia, donde volvemos cualquier controversia una pelea de gallos; gallos egocéntricos, claro, que escupimos nuestras opiniones como si fueran imprescindibles.

El periodista se ha vuelto más protagonista que las noticias. No olvidemos –por favor, nunca vayamos a olvidar– la renuncia a Twitter del caricaturista Vladdo, la cual, por irrelevante que fuera, generó un chorrero de trinos y comentarios irrepetible.

Que un columnista revele su intimidad puede ser la fórmula más taquillera para generar visitas en el periodismo actual. No por casualidad José Antonio Vargas, el inmigrante que sedestapó en el New York Times en junio pasado, fue uno de los personajes del año. También es famoso el caso de Emily Gould, una bloguera que revelaba su vida y terminó siendo ridiculizada por su exnovio en el New York Post. Antes no existía semejante formato intimista: la privacidad era más respetada, más enigmática. Pero ahora el Yo es preciado y usado por muchos. La gente valora que un columnista, en vez de mirar el mundo desde el trono que le da su estatus de comentarista serio, trate temas mundanos sobre su vida cotidiana. Y más si expone su intimidad. Un ejemplo: Adolfo Zableh. El mundo ha visto le emergencia del periodismo del Yo.

Ahora: me pregunto qué habría pasado si las renuncias no hubieran sido publicadas en medios masivos, como son El Tiempo y El Espectador. ¿Habrían tenido tanta relevancia? ¿Habrían dado con tantas columnas? Lo dudo. Los blogueros todavía son sobrevalorados, no solo en Colombia. Pero acá, en esta aldea, la gente solo considera relevante lo que viene de los medios tradicionales. Por ejemplo: La bobada literaria publica cosas como estas y más controversiales a diario, pero nunca han sido motivo de una columna de, digamos, Daniel Samper Pizano. El día que publiquen una entrada de La bobada en El Tiempo, aténgase a la faena de opiniones.

Terminamos el año, pues, hablando de Mí, de los cinco mismos temas y pelagatos de siempre y del poder que la red le propició a nuestra irremediable arrogancia. Primero yo, segundo yo, tercero yo. La era de la información es, más bien, una comuna de egos. ¿A dónde vamos a llegar? Ojalá el mundo se acabe el próximo año. Por lo pronto, solo les pido a los periodistas/protagonistas de novela que no renuncien más. Que se queden callados hasta el próximo año, a ver si podemos pasar las fiestas tranquilos. Aunque lo dudo.

Publicado en Kien&Ke en diciembre de 2011.

Written by pardodaniel

diciembre 24, 2011 at 7:11 pm

Petición de un periodista a Camilo Jiménez

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Yo soy uno de sus estudiantes, Camilo. Si no de manera literal, sí cultural: como ellos, no sé hacer un resumen. Y véame: vivo de escribir.

Le cuento mi historia. Cuando salí del colegio no sabía cuál era la diferencia entre un adjetivo, un sustantivo y un verbo. Solo hasta cuando tomé clases de inglés entendí la diferencia. De hecho, solo estando en la universidad aprendí las bases de un ensayo o de una reseña. Hoy en día no sé escribir sin la ayuda de Word: sin esta herramienta, un texto mío sería un chorrerro de errores de ortografía aberrante. Lo poco que sé de ortografía, lo aprendí gracias a Word y a los innumerables intentos de literatura periodística o académica que escribo a diario. Me cuesta mucho trabajo escribir sin una conexión de Internet. Estoy tan mal instruido como –y soy igual o peor reseñista que– sus estudiantes. Y véame: vivo del periodismo.

Me someto a la penosa tarea de contarle mi historia para darle a entender una cosa, estimado editor: no se trata de que Internet –y los celulares, y los videos, y Twitter– nos impida instruirnos.

Se trata de que, primero, la educación en Colombia es desigual, deficiente y mediocre. Y también de que pasamos por un momento de incertidumbre y transición en la historia. Sabemos que las formas de comunicación e instrucción han cambiado para siempre. Y tal vez la escritura haya dejado de ser una prioridad. Quizás saber escribir un resumen ya no sea necesario, ni importante. Para usted puede sonar básico, querido Camilo: a mí, en cambio, me da lo mismo. ¿Para qué escribo un resumen si puedo encontrar uno en Internet?

Yo soy un nativo de la red, como sus estudiantes. Y no me parece que ésta sea la culpable de mi infalible impotencia para escribir o pensar. Culpo, por el contrario, a Colombia. Y a su paupérrima educación. Porque, de hecho, lo poco que tengo en esta cabeza es gracias a Internet: a poder leerlo a usted con solo un click, a poder leer el New York Times todos los días, a poder informarme en el bus camino a la escuela, a poder ver todas las temporadas de Seinfeld gratis, una tras otra.

No es culpa del Internet, créame. Como todo, está lleno de problemas: es caótico y nos distrae. Concentrarse con la señal de Internet prendida es muy difícil. Pero no imposible. Y los que nacimos con una cuenta de correo lo vamos a ir aprendiendo, le juro. Yo, como su sobrino, leo mucho: todo el día. Leo en Internet. Pocas son las cosas que me quedan, sí. Pocas son las cosas que recuerdo al otro día. Pero algunas permanecen. Y ahí vamos. (Mientras escribo esto, tengo dos conversaciones por chat y Youtube, Facebook y Twitter activados).

Entiendo su indignación: es frustrante trabajar con gente incapaz de leerse un libro entero. Hasta da risa ver los comentarios de su columna, que llaman a la “refleccion”. Yo lo entiendo: es exasperante ver un espacio antes de una coma o una hache en frente del verbo ir. A mí también me pasa: cada vez que chateo con mis amigos sufro.

Pero hay algo que me hace seguir chateando con ellos: los tipos son unas lumbreras: saben de cine, de fotografía, de arte, de moda, de tecnología. Tal vez la gente de mi generación no sepa escribir, pero sabe diseñar, y pensar, y ver. Es gente curiosa, ecléctica. Yo le aseguro que Mark Zuckerberg no sabe escribir un resumen; pero vea lo que se inventó.

Puede que el Internet perjudique la calidad de nuestras futuras revistas, como usted dice. Pero, ¿qué revistas, querido profesor? ¿Qué libros? Resignarse porque las viejas formas de comunicación están en vía de extinción me parece facilista. Aprovechemos las nuevas.

El Internet no acabó con la literatura y el periodismo de largo aliento. Byliner o Longreadsson páginas que lo demuestran. Pero sí le dio un sacudón. No obstante, creo que podemos vivir sin ellas. No sea determinista: con el Internet también se puede educar. Hay gobiernos que lo saben y están enseñándole a la gente –niños y adultos– cómo leer en Internet, cómo entender las nuevas comunicaciones. Y nuestro gobierno lo va a tener que saber en algún momento. Entiendo la nostalgia por los libros, y por los objetos, y por las viejas formas de instrucción. Pero no nos podemos quedar ahí. Y usted, además, tiene que pagar la renta.

Entonces le quiero pedir que no se vaya. Le quiero pedir, respetado editor, que investigue sobre nuevas formas de educación vía Internet. Su blog es un comienzo. Sigamos. Yo creo que las aptitudes que tienen sus estudiantes son valiosas. Tal vez no para la literatura como usted la aprendió. Pero sí para una nueva literatura: una que, de golpe, venga con un video, con diseño; una que el lector incluso pueda modificar.

Si no es con usted, no es con nadie. No se puede ir, profesor. No nos deje ahogar en la ignorancia. Inventémonos, juntos, nuevas formas de instrucción. Aprendamos a leer en Internet. Quién quita que el gobierno algún día también nos ayude.

Publicado en Kien&ke en diciembre de 2011.

Written by pardodaniel

diciembre 16, 2011 at 8:39 pm

La privacidad de Uribe

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“La privacidad es para los pedófilos”, dijo un exeditor del News of the World. “Solo la necesitan las personas malas para hacer cosas malas”, indicó en la audiencia ante el parlamento inglés. “En 21 años que invadí la privacidad de la gente, nunca me encontré con algo bueno”, dijo. “Saber la verdad justifica chuzar los teléfonos de la gente poderosa”, remató el sinvergüenza.

La declaración de Paul McMullan en los debates sobre las escuchas que hizo el difunto periódico de Rupert Murdoch demostró que el News of the World estaba dispuesto a pasar por encima de cualquier código ético con tal de encontrar historias sobre las celebridades. Cometieron delitos, y hay que ser idiota para tratar de justificar la ilegalidad. Sin embargo, después de que la semana pasada el expresidente Uribe fue sorprendido hablando mal de Santos en lo que según él era su privacidad, me quedó rodando en la cabeza una pregunta: ¿será la privacidad un invento de los poderosos para protegerse de que les publiquen su ropa sucia?

La respuesta, una vez más, no es clara. Y son más las preguntas que tengo. Porque es un tema complejo. La privacidad es un derecho fundamental, sí. Pero no siempre es buena: muchas cosas malas pasan por debajo de cuerda. Y el caso de Uribe –el cual dejó en evidencia la campaña sucia del ex en contra de su sucesor– demostró que, a veces, publicar conversaciones privadas se justifica. Pero ¿cuándo? ¿En qué casos? ¿Por qué Uribe no tiene derecho a la privacidad mientras que las celebridades sí? ¿Dónde está la línea que traza la vida privada de una figura pública?

La ley en Colombia es particularmente benévola con los personajes públicos. Para poner un ejemplo: si yo me encuentro un video de Uribe engañando a su esposa con otra mujer, me pueden meter a la cárcel, según el Código Penal. ¿No es esto absurdo? ¿No deberían los políticos ser coherentes con sus discursos?

Hace unos días, varios periodistas cuestionaron la relación de la fiscal Viviane Morales con un exguerrillero, Carlos Alonso Lucio. Se preguntaban si el noviazgo afecta su capacidad de juicio como funcionaria pública. Y ese es uno de los matices que la ley suele aceptar: si la idoneidad de un político se ve afectada por su vida privada, que publiquen. Ahora: ¿eso qué significa? ¿Acaso la fiscal está cometiendo un acto ilegal? No, y por eso ella no tiene nada por qué responder. ¿Eso quiere decir que no podemos comentarlo?

Y ¿qué pasa si no se trata de funcionarios del Estado? Acá la película también es gris.

El caso del Bolillo Gómez dice mucho, porque el abuso sexual o la violencia doméstica son crímenes que muchas veces se han justificado con este derecho. Los argumentos de privacidad cuando el Bolillo golpeó a una mujer sonaban absurdos. No obstante, el DT sí estaba en su privacidad. Pero es una figura pública. Y una que da ejemplo. Así la mujer no presentara cargos, el Bolillo debía responder por los hechos. Gracias a que los periodistas violaron su privacidad, respondió.

Se supone que la información que publica un medio debe estar basada en lo que la gente quiere saber. Es lo que llaman interés público. En ese sentido, un video sexual de una celebridad –que también es una figura ejemplar para muchos– debería ser publicable. No en Colombia. Y de ahí que Graciela Torres haya tenido que pagarle 86 millones de pesos a Luly Bosa por publicar un video íntimo.

Se suele decir que el límite para publicar los actos privados de una figura pública es si esos actos tienen connotaciones públicas; es decir, si afectan a mucha gente. Sin embargo –y este ha sido el gran argumento de los periodistas ingleses hace décadas– no solo se trata de realizar actos ilegales o que afecten a un colectivo de gente. Se trata, también, de dar ejemplo. Y de no ser hipócritas: si una persona se vende en público como una figura de bien, lo mínimo es que su vida privada lo corrobore.

Otro elemento que siempre me ha llamado la atención es que los periodistas no sean sometidos a este examen público de sus personalidades. El caso de las chuzadas en Inglaterra da fe de lo importante que es saber lo que hablan en sus salas de redacción. Que su trabajo sea juzgar a los políticos, además, me hace pensar que ellos también deben ser coherentes. Los periodistas, así como los políticos, son figuras de poder que deben dar ejemplo. En Colombia, sin embargo, nadie sabe nada de la vida privada de los periodistas (salvo, bueno, lo que sale en las sociales). Y el que lo publique, olvídese de encontrar trabajo en un medio.

El que nada debe nada teme. Y bajo esa lógica las figuras públicas no tienen porqué temerle a la publicación de sus vidas privadas. Que lo escondan es más sospechoso.

Según McMullan, el vehemente periodista citado arriba, los medios deberían poder publicar lo que quieran y la gente debería ser quien juzgue si eso debe ser leído o no. Eso es, más o menos, lo que pasa en Estados Unidos: el público tiene la libertad de consumir lo que quiera. Casi siempre, claro, escogen leer sobre la vida privada de los poderosos y de ahí se desprende otro problema: si la gente solo quiere leer chismes, ¿les damos más chismes? Con eso, el papel democrático de la prensa se perjudicaría.

Como decía, el debate no es sencillo. Yo pienso que las elites poderosas deben ser cuestionadas por los medios. En lo público y en lo privado. Pienso que, además, los periodistas también deberían ser sometidos a ese cuestionamiento. Y pienso que, entre más leyes se le adjunten al derecho a la privacidad, más serán los delitos que los poderosos cometerán a nuestras espaldas. Yo pienso que, si un periodista se encuentra una foto de Uribe con otra mujer, la ley debería respaldar su publicación. Igual, eso es solo lo que yo pienso.

Publicado en Kien&ke en diciembre de 2011

Written by pardodaniel

diciembre 16, 2011 at 8:34 pm

La radio de la mañana

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A ver si a usted también le pasa todas las mañanas: empieza con La W y se cansa al rato, porque Casas está recitando poemas o llevan horas enfrascados en un tema sin conclusión. Entonces se pasa a Caracol, y se aburre en dos minutos porque el tema del día es sobre peinados de famosos que le gustaría tener o porque los segmentos de comerciales son eternos. En un acto de generosidad, uno se va para RCN, pero oír a Pacho Santos tratar a los periodistas de mijo y pontificar sobre el buen gobierno de Uribe es agotador. Termina uno oyendo a Vicky Dávila, y concluye –deprimido, desconsolado– que La FM es lo menos peor que tiene la radio colombiana por las mañanas. Como uno no se aguanta a Vicky más de media hora, y como combina noticias con vallenato, uno termina el resto de la mañana saltando de una emisora a otra, a ver si encuentra una que lo entretenga o, de tener suerte, lo informe. Pero no: eso no va a pasar. Y tal vez la solución sea poner un disco, u oír la HJCK, que al menos no le va a sacar canas del desespero. Aunque, si usted oye la HJCK, lo más probable es que ya tenga canas.

Desde que en los años veinte inauguraron la Radiodifusora de Bogotá, la radio en Colombia no ha parado de crecer y ser la fuente de información quizá más importante del país. La radio acá es cultural. En los cuarenta fundaron la Radiodifusora Nacional y con eso aparecieron Caracol, RCN e innumerables derivados de esas que buscaban hablarle a nichos particulares de la población: había una estación para cada perfil, una voz para cada estrato social y cultural. Pero con la entrada del capitalismo y la masificación de los medios, las emisoras dejaron a sus nichos y cambiaron sus ambiciones: ahora el objetivo era hablarle al groso de la población y la competencia ya no era por el que mejor sonara sino por el que más sonara. Y ahí seguimos. Y de ahí la crisis.

En una reciente portada del Economist salía una ilustración del salón de café del siglo XIX, un clásico donde los hombres ilustres se reunían a comunicarse. El argumento del Economist: vivimos en una nueva versión de ese café: hoy todos los medios están en la misma esfera; conectados, en convergencia, articulados entre ellos.

La radio ya no es una esfera distinta a los periódicos, la televisión y el internet. Y la razón de que usted se sienta todas las mañanas en un estado esquizofrénico que no encuentra la emisora que hable su mismo idioma es esa: todas las emisoras apuntan a lo mismo –ser las más oídas– y en esas pierden la subjetividad que lo llevaría a uno a quedarse en una estación la mañana entera.

Tal vez esto no sea culpa de los periodistas, sino de los anunciantes que ignoran esa manera abigarrada como la gente se informa ahora. Creerán que en Colombia no hemos llegado a la convergencia. Pero Twitter no deja de crecer, las emisoras se oyen vía internet, los periódicos gratis se reparten por todo el país y los celulares inteligentes se venden como pan. El argumento de que el internet en Colombia no ha cambiado el espectro de los medios –no solo la tecnología, sino el contenido y el método– es absurdo. Y es por eso, porque los anunciantes no saben eso, que los periodistas se ven obligados a apuntarle a los números: el que más suene, más le pautan.

La radio de la mañana en Colombia se ha vuelto predecible y mala porque todos dicen lo mismo, pero a su forma.

Hay otra razón que explica la crisis. El poder de la radio en Colombia se debe, en parte, a que la televisión está subdesarrollada: nació hace diez años, no tiene análisis, no produce noticias y es un duopolio. En Colombia, Darío Arizmendi es más referente de periodista que Jorge Alfredo Vargas. En Colombia no hay un Larry King, un Don Hewitt. Pero con la llegada de Twitter y el internet se le está acabando el reinado a la radio: la chiva se acabó, los políticos hablan por Twitter, hay que competir con celulares y web. En ese escenario, la radio de la mañana no ha sabido reinventarse.

¿Qué hacer? Hay ejemplos que dicen mucho del futuro de la radio. Por un lado, esquemas como el de “Hora 20” podrían tener cabida en el horario matinal. Así son BBC4 y Radio Francia, que ya se salieron de la entrevista en vivo o el informe de noticias y hacen debates de análisis o crónicas pregrabadas.

Por otro lado, está volver al esquema del nicho. La revista Monocle, por ejemplo, lanzó una estación de radio que ni tiene frecuencia: es solo para internet. Así como la revista, que ha demostrado que en esta era digital sí hay campo para el impreso, la emisora habla el mismo lenguaje erudito de los lectores: urbanismo, innovación, diseño, desarrollo. Ejemplos de este estilo, de emisoras que tratan al oyente en su particularidad, hay varios: véase WTF, This American Life o Friends of Tom.

Si uno le habla al oyente –o al lector, o al televidente– en el lenguaje que este habla, el grado de fidelidad es mucho más alto. Y ese es un mandamiento de la publicidad: no importan cuánta gente está oyendo el anuncio para que éste cumpla su objetivo publicitario. Lo que importa es qué gente, y cómo.

Para poner un ejemplo: si una persona como Héctor Abad oye un anuncio de detergentes en Caracol, no hay forma de que el escritor le pare bolas. Pero si oye en La W –en caso de que La W fuera para intelectuales– un anuncio de la publicación en español de los libros del nuevo Nobel de Literatura, lo más seguro es que vaya y los compre de inmediato. Igual, en realidad Abad debe estar en este preciso momento saltando de una emisora a otra, sin encontrar una emisora que lo informe sobre lo que él quiere saber.

Porque todos los programas de radio de la mañana en Colombia están haciendo lo mismo: tratando de ser masivos. Cuando deberían, más bien, ser únicos, y saberle vender la idea a sus anunciantes de que mejor es hablar bien que hablar más. Mientras ellos no entiendan eso, yo prefiero poner un disco.

Publicado en Kien&Ke en noviembre de 2011.